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Cómo se salvó Buenos Aires
El Nacional, domingo 7 de octubre de 2001 Por estos días, no importa hacia qué esquina del mundo nos movamos, inexorablemente nos encontraremos con el fantasma de Bin Laden y la imagen reiterada de las torres mellizas derrumbándose. El tema no recuerdo otro igual ha dado para todo: solidaridades auténticas, epidemias proféticas, redefiniciones geopolíticas, revivals nacionalistas, delirios analíticos, pánicos colectivos, agudas operaciones de mercadeo y hasta hiperkinéticas oscilaciones de las bolsas. Pero lo que no era previsible dadas las dimensiones del desastre y del duelo que el mundo entero, en su mayoría, ha expresado frente al ataque es que cuando todavía las escenas de dolor se repiten en los televisores, el ataque al World Trade Center, sus protagonistas más visibles y sus consecuencias evidentes se conviertan de inmediato, tal como ocurre en las redes de Internet, en intenso y curioso objeto de humor. Por ejemplo, en Buenos Aires, desde donde escribo estas notas, la gente comenta, con inocultable complacencia por la creatividad local, un correo electrónico que narra en clave de burla los pormenores de cómo esta ciudad se salvó de los ataques terroristas, inicialmente planificados única y exclusivamente contra ella. El relato, contado a la manera de una cronología, va mostrando cómo los terroristas tropiezan con una serie de dificultades, una a una asociadas al caos propio de la ciudad y del país, que al final les impide cometer el ataque. Primero, al arribo, un taxista los pasea por toda la ciudad durante una hora y media y, después de cobrarles lo que le da la gana, los deja tirados en un remoto lugar. Luego, los islámicos se ven involucrados en una ilógica golpiza con un mendigo que se siente ofendido por la negativa de los extraños a darle «un pesito para la birra». Más tarde, toman un transporte privado hacia el aeropuerto internacional de Ezeiza, pero cinco kilómetros antes de llegar, piquetes de protesta de camioneros, profesores universitarios y empleados de Aerolíneas Argentinas, cada uno con su tema, los detienen por un largo tiempo. Al fin, cuando entran al aeropuerto con la intención de tomar un avión y hacerlo caer sobre la ciudad, descubren que Aerolíneas y Austral están de paro, el único avión en pista lleva horas de retraso, los pasajeros acampan dentro del aeropuerto, hacen «ollas populares», gritan consignas contra el Gobierno y se caen a trompadas con la policía. Los terroristas entran entonces en una crisis hamletiana, pues a estas alturas ya no pueden discernir si volver trizas a Buenos Aires sería un acto terrorista o una obra de caridad. Es cuando deciden hacerlo en Nueva York. Versiones casi idénticas del chiste, sólo que con ajustes locales, circulan en el ciberespacio teniendo como escenario de los hechos a otras urbes «informales» como Ciudad de México, Caracas e, incluso, la menos loca Madrid. Circula también una supuesta promoción de un kit de terrorismo casero que se enuncia como creación del propio Osama. Vendido bajo el lema «Pare de sufrir» el mismo que utiliza una iglesia evangélica brasileña, se ofrece como instrumento para resolver de manera definitiva los problemas con novios, amigos cizañeros, vecinos o suegras. «Si usted llama de inmediato», reza la oferta, «recibirá gratis una devastadora ametralladora Usi, firmada por el propio Bin Laden». Pero el desplante que aparentemente más comentarios ha alcanzado, probablemente por lo negro de su humor, es la propuesta de un nuevo diseño para las Mellizas, presentada como noticia de CNN. Las torres aparecen en todo su esplendor, pero cada una de ellas muestra en su parte superior un monumental agujero, por el que atraviesan holgadamente, sin roce alguno, sendos Boeing. El mensaje es claro: «Ellas más nunca interrumpirán el tráfico aéreo». La lista es larga. Una secuencia de montajes fotográficos presagia qué ocurriría en Nueva York si los talibanes ganaran la guerra: en el lugar de las Mellizas, se elevan sobre la ciudad varias mezquitas-rascacielos, mientras que la estatua de La Libertad se preserva, pero su cabeza y su rostro, mujer al fin, se hallan cubiertos por un velo. Otra fina ironía se encuentra en la parodia a una publicidad de Microsoft en la que se promociona su Flight Simulator World Trade Center Edition con el empaque escrito en árabe y Bin Laden, en vez de Bill Gates, anunciando el lema «Es el vuelo de tu vida». La reacción en cadena no pasaría de ser otro de los pasajeros usos humorísticos generalmente tontos de Internet, si no fuera porque lo que está en juego es una tragedia global, un asesinato masivo, y la antesala de una impredecible guerra de escala internacional. Lo que llama a la reflexión es que, mientras el mundo occidental «civilizado» oficialmente se llena de pánico, y Hollywood la impúdica e imperturbable industria que siguió produciendo y exhibiendo Tornado, Inundación, Tormenta, Deslave o Ahogamiento mortal III cuando centroamericanos y asiáticos morían a montones por los efectos de El Niño inicia una cruzada de autocensura para impedir escenas que lesionen a las víctimas y sus familiares, tanta gente independiente dedique su ingenio y recursos para crear humor con el acontecimiento. Como bien recuerda Claudia Martínez, periodista de El Clarín, en un artículo publicado el pasado miércoles 3, el Holocausto nunca causó risa, tampoco Hiroshima ni Vietnam, y nadie se ha atrevido a hacer humor con los 20.000 ó 30.000 desaparecidos de las dictaduras militares del Sur. ¿Por qué ahora sí? Puede ser que estemos efectivamente en un tiempo descarnado, o que la libertad del anonimato en Internet facilite una eterna necesidad humana, indispensable para soportar la dura realidad. Lo más probable es que, a diferencia del Holocausto, donde lo más visible de las víctimas era su condición de seres humanos individuales además, débiles ante el Poder, en esta ocasión lo monumental de los símbolos derruidos, el hecho de ser el Poder mundial mismo lo que ha sido agraviado, opaca el sufrimiento individual y deja en el aire una contradictoria sensación que nadie, salvo a través del humor, se atreve a confesar. Por los momentos, dos tendencias se hacen visibles en este tipo de humor. Una, la de celebrar la ineficiencia y la desmesura de las ciudades iberoamericanas como una protección más segura contra el horror terrorista: el caos como salvación. La otra, la de ironizar, copiando sus formas, los más sólidos lenguajes el publicitario sobre todo con los que Estados Unidos nos ha enseñado a comprender y a estar en el mundo. Mientras Hollywood se prepara para callar esconder por un rato sus estallidos y demoliciones, humoristas caseros de todo el mundo comienzan a hablar. Es que el humor, como nos lo ha explicado el profesor Zapata, es una de las cosas más serias del mundo. Y más duras, diría yo.
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