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No es una carga El Nacional, domingo 15 de agosto de 1999 Un pariente cercano, que vive en la casa vecina pero está muy presente en la nuestra, mas no lo suficiente como para disfrutar a plenitud de las bondades del parentesco: esa es una manera de imaginar lo que ha significado Colombia para los venezolanos. En cambio, no ocurre lo mismo en el sentido inverso. Probablemente, porque Colombia ha sido históricamente mucho más endogámica, segura de sí misma, y menos entregada a las seducciones de lo exterior o a las vocaciones libertarias. Sin embargo, no importa cuál sea la apreciación de un lado con respecto al otro, ambas naciones han estado condenadas a vivir historias análogas a las de melodramas con mellizos separados al nacer. Los vínculos, pero también las distancias, son muchos. Comienzan, por supuesto, con los odios y amores, de ambos lados, por el Libertador. Continúan con la condición limítrofe, ésa que siempre propicia aun cuando se trate de Suecia o Suiza tantas cercanías como conflictos, tantos cariños como antipatías. Se masifican con las mezclas de músicas y costumbres, y sobre todo con la potencia y penetración de la radio colombiana, que enseñó a los venezolanos más humildes a querer el vallenato, con la misma efectividad que el cine mexicano de los años 40 los había enseñado a amar las rancheras. Se tornan cercanía personal, primero con la presencia en territorio colombiano de pequeños núcleos de exiliados políticos venezolanos, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, y más tarde, en recorrido inverso, con la presencia en territorio venezolano de quienes huyen de la violencia política desatada en Colombia a lo largo de la mitad del siglo que ahora concluye. Y, al final, se convierten en alud demográfico con las desbordadas cifras de emigrantes que, a partir de los años 50, atraviesan por millares el río Táchira o la península de La Guajira, de Oeste a Este, buscando de este lado de la otrora Gran Colombia en las faenas agrícolas, las tareas domésticas y los oficios más variados el sustento y la estabilidad que su patria, por entonces, les niega. Son tantos los que llegan, y quienes se quedan para siempre, que para la mayoría de los venezolanos de mi generación la que comenzó a crecer en los años 60 al mismo ritmo que los precios del petróleo y la convicción en la democracia pertenecientes a familias medias o adineradas, es prácticamente imposible reconstruir la memoria familiar sin incluir la presencia de una doméstica, un jardinero o cualquier otro trabajador informal de origen colombiano. En esa sucesión de circunstancias, los juicios y prejuicios que han dominado de una y otra parte del Arauca son tan variados como oscilantes. El mismo Bolívar fue responsable de algunos de ellos, cuando calificó a Bogotá de universidad y a Caracas de cuartel: buenos para el pensamiento, unos; para las armas, los otros. Durante un tiempo, Bogotá fue el centro y Caracas la periferia. Bogotá patricia y Caracas plebeya. La riqueza petrolera venezolana y la pobreza creciente de los pobres colombianos, la mano de obra barata que representaban en Venezuela y el alto índice que ocupaban en las cárceles venezolanas, hicieron cambiar la apreciación. Durante un largo tiempo, no importa que en Venezuela laboraran diestros ingenieros, importantes empresarios o personajes como García Márquez, el término colombiano adquirió en el imaginario popular una connotación de desconfianza y minusvalía que contrastaba, sin embargo, con el grado de integración, familiaridad, condescendencia y cariño inimaginables en una familia santafereña tradicional que recibían las trabajadoras domésticas en el país. Mucho antes que Miami y que la propia Isla de Margarita, Colombia especialmente Cúcuta, Maicao y San Andrés se convirtió, durante el tiempo de las vacas gordas, en el lugar donde los venezolanos del 4,30 hicieron sus primeros entrenamientos consumistas. Pero una vez que regresó el tiempo de las vacas flacas, una suerte de pequeña venganza de vecino recorrió estos lugares, y los venezolanos comenzaron a conocer, impávidos, cómo se les atribuía el mote de venecos, y de qué manera la fama de «dame dos» y de «burros con plata» era asociada a dicho mote. Ese retorno de las vacas flacas a Venezuela, con las distancias circunstanciales de Miami y la evidencia del fracaso político y gerencial de toda una nación, hicieron que, otra vez, por lo menos las élites venezolanas comenzaran a mirar a Colombia con otros ojos. De la misma manera que antes lo habían hecho con la gerencia mexicana, de improviso se comenzó a mirar a los vecinos con dejo profundo de admiración. «Cómo trabajan de bien, a pesar de la guerra y el narcotráfico». «Es verdad que se están matando entre ellos, pero, ¿has visto cómo mantienen su economía floreciente y qué telenovelas tan buenas están produciendo? Y además, están a punto de conseguir la paz». Frases como ésas se escuchaban a menudo, y hasta Amparo Grisales estaba más buena que Rudy Rodríguez y todas las caraqueñas juntas. Así, más o menos, hemos vivido hasta ahora. Una polarcita más, una bavaria menos, no hemos llegado nunca a cometer ninguna de las idioteces históricas que tanto han costado a otras naciones del mundo, enfrascadas en odios ancestrales. No ha faltado, ni en Bogotá ni en Caracas, quien periódicamente alborote los nacionalismos y proponga confrontaciones bélicas por razones limítrofes. Quien atice esas pequeñas rencillas de vecino y se apoye en las debilidades del otro para levantar un poco su moral caída o su fragilidad electoral. Por ahora, las dos naciones están a la par. Una Colombia desgarrada por la guerra y fracasando en la economía, y una Venezuela que trata de salir de largos años de atolladero pero que se encuentra en la más grave y profunda recesión económica que jamás haya conocido. Lo peor que podría hacer Venezuela su gobierno, más allá de la defensa de nuestra seguridad territorial, es terminar involucrada en el conflicto interno que el vecino mismo, en largas décadas, no ha podido resolver. Lo peor que puede hacer Colombia como es notorio que lo intentan sus élites, a través de algunas publicaciones frente a cuyo contenido Manuel Caballero termina pareciendo un «chavista» es terminar involucrándose en procesos internos de Venezuela que ni siquiera nosotros mismos terminamos de comprender. Por mi parte, prefiero seguir jugando hasta el infinito el juego de los prejuicios oscilantes, que se parece más a los problemas de familia.
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