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Celebrar y comprender

Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional, domingo 4 de marzo de 2001

Muestran las culturas sajonas del presente una admirable capacidad para conservar a sus grandes hombres lo más cerca posible de la condición humana y lo más prudentemente distantes de la divina. Por eso las mejores biografías de sus hombres y mujeres prominentes, ya se trate de pensadores, gobernantes, artistas o millonarios, tienen generalmente la cualidad de, al mismo tiempo que celebrar su talento y sus aportes, mostrar también sus flaquezas, desilusiones y el lado contradictorio —y, si es el caso, patológico— de sus vidas.

Todo lo contrario ocurre entre nosotros y, en general, en la tradición latinoamericana. En nuestro caso —probablemente como acto reflejo del empeño obsesivo de convertir a los héroes patrios fundadores de la República en seres únicos, insuperables, inmaculados, en casi dioses— hemos terminado por acostumbrarnos a despojar a los venezolanos ejemplares, una vez que fallecen y se convierten en historia, de sus lados incómodos, sus facetas contradictorias, sus dolores con el país, que no se explican solamente con las clásicas listas de exilios o prisiones. La tentación es convertirlos en objetos de culto, en inofensivos bustos de bronce para la adoración sin debate, que es probablemente una de las formas más crueles del olvido social.

Si alguna duda nos queda, basta que pensemos en Bolívar y en cuánto nos ha costado, aún sin éxito definitivo, liberarlo de su endiosamiento, pues cada vez que su figura comienza a adquirir el rostro humano que necesita para ser comprendido a cabalidad, aparece un sacerdocio renovado que se encarga de hacerlo levitar de nuevo, como una deidad inalcanzable que vaga solitaria por los cielos de la patria.

II

Viene al caso la comparación porque a estos últimos riesgos quedan expuestas a partir de ahora la memoria y la obra de Arturo Úslar Pietri y Juan Liscano, los dos escritores venezolanos que, coincidencialmente y para tristeza del país, se han tomado la licencia de partir casi juntos en el mismo mes de febrero.

Y sería verdaderamente una lástima, un desperdicio y un flaco favor a nuestra ya maltratada conciencia histórica que las figuras de Úslar y Liscano se fueran ajustando al bronce de las academias —celebratorio de una compartida e indiscutible condición de hombres de letras y de pensamiento— sin que intentemos hurgar en el hecho de que sus vidas nos colocan cara a cara con las más importantes contradicciones, carencias, éxitos y fracasos colectivos del siglo XX venezolano. Especialmente porque la presencia pública de ambos durante una buena parte del siglo nos remite a dos temas que han sido constantes a lo largo de nuestra historia: el de la peculiar relación vivida en nuestros países, de una parte, entre los hombres de pensamiento y el ejercicio del poder; y, de la otra, entre las élites económicas, políticas e intelectuales, y los valores, conductas y destino del pueblo común y silvestre, con su secuencia de encuentros, divorcios y desencuentros.

En el caso de Úslar, esta relación va a ser intensa, persistente, apasionada y, si se quiere definir con más precisión, patética y conflictiva. Porque su persona, su obra, su vida toda y su trayectoria individual atraviesan y se entrelazan indisolublemente con el destino colectivo, con la cultura y con el ejercicio del poder político venezolano. Úslar, como lo sabemos todos, se convierte a lo largo del siglo XX en el modelo supremo, el más exitoso y respetado, de lo que significa entre nosotros ejercer el oficio intelectual. Su obra escrita y su oficio de divulgador a través del medio televisivo son un testimonio de disciplina, creatividad y coherencia, excepcional entre nosotros.

Pero, al mismo tiempo, y prácticamente desde el día de su bautizo —en el que tuvo como padrinos a doña Zoila y Cipriano Castro, la pareja presidencial de la época—, su vida estará atada, por acción u omisión, por compromiso profundo o por crítica despiadada, a los centros de poder venezolanos, de los cuales quedó desterrado prácticamente desde que el golpe del 45 lo alejó de su cargo de ministro y el voto popular de 1963 le negó su voluntad de acceder a la presidencia de la República. El final de su vida lo encontraría con una profunda desilusión frente al país que habíamos construido —o más bien destruido—, las inmensas posibilidades que habíamos derrochado y la certeza amarga de intuir —como lo demuestra Astrid Avendaño en su libro Arturo Úslar Pietri, entre la razón y la acción— que otra cosa habría ocurrido si se le hubiese escuchado y hubiese sido él y no Betancourt el triunfador de la contienda histórica que alguna vez protagonizaron, ganada por éste último por su capacidad de organizar dentro de un partido al pueblo llano de entonces.

Similar desilusión mostraba Juan Liscano en estos últimos años. De ese sentimiento ha quedado un brillante testimonio en dos entrevistas. Una realizada por Alfredo Chacón y aparecida en un libro editado por Fundef bajo el título de La fiesta de la tradición. 1948. Cantos y danzas de Venezuela, y otra por Antonio López Ortega, publicada en la revista Bigott N° 51.

En esas entrevistas, llenas de nostalgia y de conmovedores relatos de cómo el joven que regresó de Europa en medio de los años 30 fue descubriendo y registrando la cultura tradicional de un país por entonces desconocido para sus propios pobladores, Liscano resume lo que serían los tres momento de su relación con Venezuela. El de la conmoción interior que le produce su peregrinar por el interior de Venezuela, descubriendo maravillado y a un mismo tiempo el país popular y su vocación poética. El del entusiasmo por la responsabilidad y el servicio público, que se expresa en su participación creativa en instituciones culturales en los gobiernos de Gallegos, primero, y de Leoni y Pérez, después. Y, por último, el de la amargura profunda ante el fracaso de aquello, el proyecto democrático, la obra de Betancourt, Leoni y Pérez, con quienes desde su trinchera cultural había intentado colaborar. Al final, era fatalista: "¿En qué terminó todo? En el crecimiento devorador de los partidos, convertidos en cúpulas gobierneras. El populismo se deformó y la democracia también", solía decir.

Dos vidas para celebrar y debatir en estos tiempos de extravío, para impedir que el peso del bronce los convierta en bustos silenciosos.


Tulio Hernández en La BitBlioteca



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