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Ejercicios de centro
El Nacional, domingo 7 de octubre de 2001 La gran tarea [domingo 19 de mayo de 2002] Supongamos que el pasado lunes, el día del paro convocado por Fedecamaras, hubiésemos encerrado a dos ciudadanos extranjeros el señor A y el señor B, en sendos apartamentos. Cada uno equipado con un televisor previamente arreglado para recibir la señal de un único canal. Globovisión el de A, Venezolana de Televisión el de B. Y supongamos que, luego de haberlos dejado encerrados todo el día, mirando y escuchando sus televisores, al terminar el paro los hubiésemos llevado a Maiquetía para hacerlos volar de nuevo a sus respectivos países, sin permitirles entrar en contacto con nadie más. ¿Qué hubiese contado cada uno al llegar? La respuesta es obvia. El señor A, el monoespectador de Globovisión, habrá retornado convencido de que en Venezuela se vivió algo muy pero muy cercano a un paro general, que prácticamente ningún negocio o empresa privada abrió sus puertas ese día, que los obreros dirigidos por la máxima central obrera, la CTV, se rebelaron, y que, en consecuencia, al Gobierno le falta sólo un pequeño empujón para caer. B, el usuario obligado de VTV, habrá regresado en cambio contando exactamente lo contrario. Que el paro fue un absoluto fracaso, que centenares de negocios en todo el país abrieron sus puertas, que las calles estaban llenas de gente y que el Presidente realizó una gesta admirable, recorriendo Venezuela de norte a sur y de oeste a oriente, mientras en todas partes las multitudes obreras y campesinas lo aclamaban y, junto con los empresarios «serios», cuestionaban con vehemencia a los instigadores del paro. Ninguno de los dos, señor A y señor B, estará en sentido estricto mintiendo. Ambos se habrán limitado a contar lo que las dos plantas televisoras, de manera insistente, y agregaríamos que impúdica, se dedicaron a mostrar a sus audiencias. Las reporteras de VTV, contando, por ejemplo, que en la 4 de Mayo de Porlamar todo estaba abierto cosa que de inmediato, por teléfono, confirmamos que no era cierto, y entrevistando a un vendedor árabe hasta forzarlo a condenar el paro y a Fedecamaras, y casi que obligándolo a utilizar la palabra oligarcas. Los de Globovisión, tratando de convencer de que ningún negocio abrió sus puertas ni siquiera la panadería Flor de Funchal, donde tomamos un café a las dos de la tarde, e insistiendo a las ocho de la mañana en que no había nadie en el metro, mientras la cámara mostraba una respetable fila de personas que acababan de dejar su vagón. El señor B habrá escuchado durante todo el día, única y exclusivamente, las opiniones del Presidente, los gobernadores y otros funcionarios oficiales. El señor A, salvo pequeñas excepciones, las de los representantes, protagonistas o analistas proclives al paro. B, al final del día, luego del comercial que los estrategas comunicacionales del Gobierno tenían de antemano preparado sin importarles cuál fuera el resultado real de la jornada, saldría convencido, con el lema, de que «El país no se paró». El señor A, de exactamente todo lo contrario. En la realidad, a pesar del éxito del paro, todos sabemos que ninguna de las dos cosas fue esa estricta verdad. IIImagino que para un chavista o un antichavista furibundo no hay aquí ningún dilema ético. «Es una guerra», dirán, «y cada quien se las arregla como puede». Pero para alguien que intente mirar la sociedad como un conjunto, donde la coyuntura puede derivar en hábito, el asunto es diferente. De todos modos, no es mi propósito evaluar las consecuencias que traerá para el periodismo venezolano el que muchos medios, incluidos y sobre todo los del Estado, estén actuando como partidos políticos, tratando de persuadir audiencias, no de informarlas. Es ese un tema que le pertenece al Ininco, o a la gente de la revista Comunicación. Prefiero ocuparme de las señales de la cultura política del presente que esta anécdota de alguna manera resume. La más importante es la pérdida efectiva y tangible de eso que todos, pero sobre todo el Gobierno, ofrecen y nadie practica con sinceridad: el diálogo. Parece cerrada la posibilidad de que los grupos en pugna por asuntos del destino colectivo puedan escucharse, evaluar y «negociar» en el buen sentido del término. Sin diálogo, con posiciones definitivas asumidas a priori, el único camino posible es la confrontación. Si no dialoga el Gobierno, aun teniendo mayoría en los cuerpos deliberantes, sólo le queda como salida la imposición autoritaria. Pero como no estamos en un régimen de facto ni en un sistema monopartidista como el de Cuba, para poder ejercer ese tipo de imposición sólo le quedan dos vías: el recurso a un estado de excepción, con todos sus costos y miserias, o verse sometido a la condena de contener en la calle y en los medios un largo período de conflictividad con los sectores que lo adversan. Y si los adversarios más activos de Chávez se mueven en torno a una idea única salir del Presidente cueste lo que cueste, entonces cualquier cosa, incluso la más descabelladamente derechista, puede prosperar, y no habremos aprendido de lo que ocurrió en otros países que resultaron muy talentosos para salir del malvado Bucaram, Collor de Melo, Velazco Alvarado, pero absolutamente ineptos para construir la transición y el futuro. En la jugada falta un centro, una tercera opción. Pero, que quede claro, un centro no es un lugar de ambigüedades, un espacio de medias tintas, un territorio «ni-ni». Un centro político sería hoy una confluencia de demócratas, una especie de «izquierda de mercado», capaz de mantener la sensatez, de pensar en un programa de largo plazo para el país, de aprender a hablar con esas mayorías que el Presidente seduce, de tratarlas con respeto y, sobre todo, de no hipotecar el alma con el diablo suelto de la vieja política y los nuevos autoritarios. Es como para pensarlo. De lo contrario, el futuro de muchos que no hemos sido invitados a esta fiesta oscilará entre los extremismos de Iris Valera y Luis Henrique Ball. O entre los liderazgos callejeros de Alejandro Peña Esclusa y Darío Vivas, ambos nombres, parafraseando a Manuel Caballero, poco potables para la democracia. Buenos centros han existido. Cuando nadie recuerde al Ku Klux Klan ni a los Black Panters, se seguirá escuchando la sabia voz de Luther King.
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