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La ciudad del Festival

Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional, domingo 22 de marzo de 2001

Ocurrió en medio del Festival Internacional de Teatro, al final de la presentación de la obra Leit motiv, de Canadá, en el centro de Caracas, en el Teatro Nacional. La obra estaba llegando a su fin. La conflictiva y sufrida historia de amor entre una mujer judía y un oficial alemán reclutado por el ejército fascista ya había llegado a su clímax, y en la escena sólo flotaba un aire de melancolía. Los impresionantes efectos visuales sobre los que se había soportado el relato ya habían desaparecido. De improviso, y como grata sorpresa, una música demasiado realista, de banda seca, se escuchó como un ligero telón de fondo que muchos espectadores interpretamos como una ligera reminiscencia de la guerra. La guerra que no era fácil de olvidar, aun cuando la historia de amor se disolviera.

Luego vinieron los aplausos. Una y varias salidas de los actores a recibir, sonrientes, la gratitud del público. Y a medida que la sala se silenciaba, la música inconfundible de la clásica banda de guerra militar se hizo más fuerte, apropiándose del patio y los balcones del viejo teatro guzmancista. Muchos intuimos que se trataba del último ardid, la puesta en escena de despedida para que nos fuéramos a casa impregnados por la atmósfera de guerra. Muchos también celebramos, a priori, la idea. ¡Qué vaina tan buena!, se escuchó.

Y fue en ese momento, una vez que cada espectador salía a la calle, cuando se descubrió la verdad. Lo que sonaba no era parte, ni premeditada ni casual, del espectáculo teatral. Lo que muchos creímos era un efecto sonoro que calzaba perfectamente con la historia narrada, no era otra cosa que la banda seca de la Escuela Militar, que abría paso con sobriedad prusiana a la procesión del Nazareno de San Pablo, a punto de finalizar y a dos cuadras apenas de la iglesia a la que pertenece la imagen milagrosa.

Lo que comenzó a ocurrir a partir de aquel momento puede ser contado de mil maneras, dependiendo, como casi siempre, del punto de vista en que se haya ubicado el narrador. Fue como una sorpresa o un descubrimiento mutuo. Los del teatro, como hipnotizados, mirando la escena desde lo alto, no terminaban de salir de su asombro ante la conmovedora visión de teatralidad religiosa que ocurría frente a sus ojos. Los de la procesión, incluyendo el informado sacerdote que la dirigía, comprendían que en ese momento eran ellos un objeto privilegiado de observación por parte de un grupo que acaba de salir de una representación teatral.

Fue entonces cuando la imagen del Nazareno, dramáticamente iluminada desde abajo, llevada en hombros por una cofradía de cargadores uniformemente vestidos de camisas grises y corbatas negras, primero se detuvo, y luego comenzó a girar sobre sí misma hasta colocarse de frente al teatro, que para ese momento ya se había convertido en balcón y platea plenos de espectadores. Al terminar el giro, los cargadores de adelante se agacharon un poco, los de atrás elevaron la figura, logrando que el Nazareno, como si tuviera movimiento autónomo, hiciera al público del teatro una «reverencia» más o menos similar a la que unos minutos antes le habían hecho los actores de Canadá.

La avalancha de aplausos brotó rápida y abrumadora. Y luego se hizo mutua, como en un intercambio de gratitudes y de felicidad. Los de la procesión, aplaudiendo a los del teatro; y los del teatro, a la procesión. Mientras tanto, el sereno pero inspirado sacerdote que presidía la procesión explicaba algo que sólo muy pocos —estoy seguro, porque observaba maravillado y en detalle todo lo que estaba sucediendo— se dedicaban a atender. Informaba, para prevenir a algunos despistados que se habían persignado creyendo que estaban ante la fachada de una iglesia, que ese era el Teatro Municipal. Que allí, en ese mismo terreno, quedó alguna vez la Iglesia de San Pablo, en donde se encontraba protegida esta imagen del Nazareno a la que hoy veneraban. Y añadía que, en 1861, Antonio Guzmán Blanco demolió el viejo templo para construir el que sería el primer y gran teatro moderno de Venezuela, y que por esa razón la imagen del Nazareno estuvo extraviada, o más bien, celosamente protegida por una humilde mujer caraqueña que la cuidó hasta el momento en que el mismo Guzmán hizo construir una iglesia, la de Santa Teresa, que la alberga desde entonces. El gesto del Nazareno era también un saludo al lugar donde una vez habitó.

A partir de ese momento, cuando la procesión reinició su marcha —y no es la primera vez que ocurre algo semejante durante un festival de teatro— todos quedamos integrados en un solo desplazamiento: unos, los que ya venían, siguiendo la imagen con fe y veneración; otros, los del festival, desplazándose sin claridad de sentido, movidos por el imán irresistible de la multitud o definitivamente seducidos por la ceremonia que nunca antes habían visto, a pesar de ser habitantes de la misma ciudad.

Quienes estaban a su lado, dicen que Marmarino, el director del grupo griego, no lograba salir de su asombro y celebraría días después aquel encuentro como lo mejor del festival. Los miembros del grupo canadiense Les Deux Mondes sostenían horas más tarde, en un brindis, que fue el final más apoteósico que haya tenido alguna vez una de sus obras. En una esquina cercana, un erudito popular daba clases recordando que, según los caraqueños viejos, la noche de inauguración del Teatro Municipal, el autócrata Guzmán tuvo que abandonar por unos minutos el coliseo y buscar aire fresco para superar un ataque de asfixia.

Pero esa fue la versión oficial, explicaba el erudito, con cara de sabihondo. La verdad es, continuó, que aquella noche, en medio de la zarzuela que habían traído de Italia, el Nazareno se le apareció a Guzmán en pleno palco presidencial, a reclamarle por qué le había demolido su iglesia y a exigirle que le construyera otra en el menor tiempo posible. Yo creo, concluyó con propiedad antes de marcharse tras la procesión, que esta noche el Nazareno ha perdonado. Por el aplauso que le dieron los del teatro, dijo.

Es el Festival, que remueve la ciudad y pone en escena la memoria y el futuro.


Tulio Hernández en La BitBlioteca



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