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Dolor avisado

Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional domingo 19 de diciembre de 1999

Y el hombre... ¡Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada; vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

César Vallejo

Recurro a la ayuda de una lejana lectura juvenil de César Vallejo, porque no sé de qué manera se escribe un artículo de opinión después de todo lo que nos ha ocurrido. Porque la impotencia es tan grande, el dolor tan profundo y la desolación tan cruel, que —lo sabemos todos— ninguna palabra, ningún texto, ninguna explicación servirá por los momentos para aliviarnos.

Escribo esta nota el viernes 17 por la mañana, en medio y enfrente de un país que venía haciéndose el propósito de cambiar para bien, y al que irónicamente la naturaleza enloquecida —ayudada por largas décadas de equívocos humanos, de indolencia cómplice y de ceguera colectiva— ha venido a cambiarlo abruptamente. De un solo golpe. De un solo manotazo.

Como si no resultaran suficientes las catástrofes a las que nos sometió, la década que concluye —con su secuencia de insurrecciones populares, genocidios, golpes de Estado, fugas de banqueros— ahora nos ofrece esta bofetada mortal. Es como si el Dios de la Historia, por decir algo, quisiera jugarnos una mala pasada de última hora antes de despedir a un mismo tiempo la década, el siglo y el milenio. «Para que no crean que la vida es un juego», «para que recuerden que los demás existen», parece decirnos severamente con su mensaje de agua y lodo.

Y, sin embargo, nos había dado tregua. Porque, más allá de lo evidentemente aplastante del fenómeno natural que nos ha castigado, una buena parte de la catástrofe, como las telenovelas, nos fue ofrecida y anunciada por entregas. Todos los años, por el tiempo de lluvias, la conciencia compartida entre autoridades del Área Metropolitana y los habitantes de esas viviendas técnicamente conocidas como «no consolidadas» eran sacudidas ya por amagos, ya por sucesos que cumplían más o menos con la misma secuencia: lluvia intensa / quebrada crecida / terreno deslizado / vivienda perdida o agrietada / seres humanos muertos o convertidos en damnificados.

Una secuencia cumplida anualmente casi con la rigurosidad de un ritual que, además, ha incluido siempre algunos añadidos pintorescamente cínicos. Un alcalde o una primera dama bandida en traje de campaña ofreciendo durante horas declaraciones en televisión y distribuyendo culpas a otros, como si ellos no tuvieran ninguna. Centenares de damnificados hacinados en un viejo cuartel, un galpón o un inmenso gimnasio, atendidos con esmero durante los primeros días y poco a poco olvidados o reubicados en lugares que muy pronto abandonarían para regresar a reconstruir en el mismo lugar, sobre las ruinas y el mismo barro seco, el rancho en el que alguna vez se sintieron felices, propietarios y vecinos.

Y nos acostumbramos al ritual. Como nos fuimos acostumbrando a casi todo lo que la pobreza y el desamor de la democracia desviada le trajeron a Venezuela. Como nos acostumbramos a los 40 ó 50 muertos a balazos de los fines de semana; al medio millar de muertos anuales en las cárceles; a los porcentajes ascendentes de pobreza crítica; o a vivir entre rejas, unos, y alambres y cámaras de videos, otros.

Algunos años el número de muertos por las lluvias era más alto, y la pesadumbre mayor. Pero luego los deslizamientos y las muertes aminoraban y la tranquilidad volvía, las conciencias lúcidas bajaban la guardia y se resignaban al curso de los hechos, la emergencia de lo político —es decir, de lo partidista— cegaba otra vez incluso a las almas más sensibles, y la tragedia anunciada quedaba allí, a la buena de Dios.

Un escalofrío espantoso, un dolor de utopía no realizada, me quiebra el alma cuando recuerdo la voz alarmada de Julio Montes, en el gabinete municipal de Aristóbulo Istúriz, explicándonos con lucidez técnica la bomba de tiempo que representaba la red de quebradas que cruzan la ciudad y los remiendos que durante medio siglo se les había practicado. «Sólo la suerte nos ha salvado», decía por entonces nuestro amigo.

Pues se acabó la suerte. Con el eterno mito de la naturaleza buscando sus cauces originales hemos topado. Y, como casi todas las tragedias anunciadas que nos han ocurrido en los últimos tiempos, la pobreza que fuimos construyendo y ocultando en el vientre de los cerros urbanos volvió a abrir sus fauces para que no olvidemos su existencia.

Pero esta vez fue diferente. No hay rabia. No hay ira. No hay venganza posible. Ya ni siquiera hay culpables. Porque ahora se mezclan viejas y nuevas responsabilidades, viejas y nuevas miopías. Hay, sí, dolor, mucho dolor. El Ávila, nuestro viejo y venerado tótem que nos liberaba de la polución y de la opresión urbana, nos ha castigado cruelmente, como si estuviese obligado a hacer realidad las prédicas fatales de los fines de milenio.

Por suerte, también hay solidaridad a montones. Si de algo ha servido la tragedia es para recordar que los demás existen, que somos transeúntes de un mismo barco, y que el amor y la solidaridad que nos negamos, el egoísmo en el que vivimos y la ausencia de comunión con los demás en la que solemos vivir —el peor de nuestros enemigos—, no han logrado aminorar nuestra capacidad solidaria.

Anoche, mi amiga Jenny Rodríguez, actriz de teatro y animadora infantil, me contaba con la voz en vilo y el alma en pena, la hermosa actitud de los habitantes de los edificios aledaños a Catuche, trabajando solidarios durante toda la noche para ayudar a los vecinos del barrio pobre, rescatándolos, refugiándolos en sus casas, dándoles de comer, cuidándolos amorosamente. «Por primera vez», contaba Jenny, «los vecinos de mi edificio nos saludábamos, nos sonreíamos unos a otros, nos alentábamos para poder ayudar a los que viven del otro lado del muro».

Lo mismo ocurrió en miles de lugares. Las tragedias, como la muerte, tienen la extraña virtud de recordarnos el valor de la vida y de los demás. El terremoto de México en 1998 produjo un profundo cambio político y una cultura de la solidaridad que comenzó a debilitar el peso estatista en su sociedad, y que hoy exhibe con orgullo. Ojalá y las muertes y el dolor del presente, y la larga tarea de reconstrucción que se avecina, nos ayuden a recuperarnos como personas y como país. Nos ayuden a reconocernos en los otros. Lo dijo Vallejo: «Son golpes como del odio de Dios». Y el odio de Dios hay que enfrentarlo con obras. Ojalá y esta vez aprendamos y la solidaridad que florece se convierta en forma de vida futura.


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