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Partidos en dos

El Nacional domingo 6 de febrero de 2000

Dos naciones latinoamericanas, Chile y Cuba, viven en este momento sendos procesos judiciales, ocurridos ambos fuera de sus respectivos territorios nacionales, que han terminado por convertirse, gracias a la efectividad de las cadenas de noticias, en extensos, exitosos y seductores dramas globalizados. Hablo, por supuesto, del proceso que se le sigue en Inglaterra al ex dictador chileno Augusto Pinochet, y del que es objeto Elián, el balserito cubano, en suelo estadounidense. Son dos historias massmediáticas que, guardando las distancias de lo que cada personaje representa, han encontrado un formato narrativo que las satura y las envuelve con las tradiciones políticas y la cultura narrativa de las naciones en juego.

La de Elián, por ejemplo, se ha convertido en una original mixtura de melodrama caribeño, puesta en escena realista-socialista y estrategia del super show. El melodrama lo ofrece de manera espontánea la cultura afectiva del cubano —no importa de que lado estén—, como parte de la cual coinciden en el guión abuelas, primas y tíos, que exhiben gozosamente ante las cámaras, con los ojos llorosos y las voces quebradas, impenitentes conflictos familiares. La puesta en escena realista-socialista la aporta el régimen de Fidel, que organiza —con la anuencia del brillante sol habanero— mítines y desfiles multitudinarios, y recibe como a heroínas de guerra al par de abuelas que regresan de Estados Unidos luego de haber intentado rescatar a su nietecito de «las garras del imperialismo yanqui». Y el super show, por supuesto, lo colocan las cadenas televisivas de Miami, que en melódicas tomas muestran la felicidad de Elián mientras recibe en territorio Disney, de las manos —o digamos mejor de las paticas— de Pluto, «la libertad y el bienestar que hasta ese momento Fidel le había negado».

La de Pinochet, en cambio, es una historia televisiva con menos goce visual. Si fuese necesario calificarla, diríamos que se asemeja más a un thriller que se convirtió en novela de suspenso por entregas, pero narrada a la manera eficiente y directa de Agatha Christie. La presencia de la aristocracia inglesa y la élite del derecho europeo, los sombríos cielos de Londres y las fachadas de los edificios victorianos, el silencio patriarcal del indiciado, e incluso el mesurado y hasta sofisticado estilo de protesta de los chilenos —tan distantes de la desbocada gestualidad cubana—, le confieren un toque aséptico y técnico que, por los momentos, limpia y hace olvidar los torrentes de sangre y dolor que le anteceden.

Pero, más allá de la gramática televisiva, las dos historias, en su singularidad aparente, expresan situaciones paralelas vividas por Cuba y por Chile. En ambos casos, son países que están sometidos a decisiones de la justicia extranjera. En ambos, el incidente es consecuencia directa de la experiencia política de cada país: un sobreviviente de esa aventura interminable de gentes que quieren huir del régimen cubano, aun al precio de sus vidas; y un dictador al que una compleja noción de justicia internacional trata de hacer pagar sus crímenes, aunque hayan sido cometidos en territorio chileno. Y en ambos, también, cada gobierno nacional espera, defiende y exige la repatriación.

Hay también muchas diferencias. En el caso de Elián, además del forcejeo político, lo que está en juego para él es dónde y con quiénes realizará el resto de su vida, que apenas comienza. En el de Pinochet, saber si terminará la suya a la sombra incómoda de un calabozo o en la plácida tranquilidad de su hogar. Pinochet es una estaca oscura y candente clavada a martillazos en el plexo solar de la nación chilena. Elián, apenas un pretexto, una sonrisa tímida, perdida, como en los días de la balsa, en el océano de los intereses internacionales. Pinochet, para el mundo, es un rostro. Elián, sólo una máscara.

En cualquier caso, y este es el paralelismo más revelador, estamos hablando de dos naciones cuyos ciudadanos se encuentran profundamente divididos. Tanto en Santiago como en distintas capitales de Europa occidental, los chilenos se agolpan, más o menos en similar número, sea para apoyar o para condenar —con equivalente devoción— al implacable comandante de los lentes oscuros y la negra capa. Y en los dos territorios humanos de Cuba, el que habita en la Isla y el que crece fuera de ella, algo similar ocurre frente a la custodia de Elián, que no es en realidad otra cosa que un asalto más en el largo combate entre seguidores y enemigos de Fidel. La historia de la nación partida ya se ha hecho larga para ambos.

En una edición de la revista Chicago Quarterly, de cuyo número no logro acordarme, se ofrecía un dossier especial integrado por ensayos, artículos y relatos escritos por autores de las nuevas generaciones de cubanos nacidos y formados en Estados Unidos. Muchos de ellos eran egresados o profesores de las mejores universidades norteamericanas; otros, destacados artistas y narradores autodidactas. Pero todos expresaban, como rasgo común, su sensación de hartazgo por haber nacido en medio de una sociedad y de familias cuyo tema casi único y cuyo esquema definitivo de valores estaba signado por el afecto o el rechazo hacia el régimen de Fidel. La mayoría de los autores reunidos en esa edición viajaban a Cuba con libertad, se autoexcluían explícitamente de la tentación de fijar posición por cualquiera de los bandos y, sobre todo, comunicaban con patético fastidio y comprensible dolor la dimensión menos comentada de las naciones divididas: las repercusiones en la vida cotidiana de una contienda convertida en razón de ser, equivalente a aquélla que durante tanto tiempo vivieron los españoles, entre franquistas y republicanos.

¿Cuándo y cómo se producirá la reunificación? Son preguntas que ambos juicios vuelven a colocar en el tapete. Son señales también de los costos sociales de procesos políticos signados por la intolerancia, la incapacidad para el diálogo y la falta de talento para construir imágenes del futuro que no excluyan a vastos sectores de la población. Nuevas lecciones.


El caso del niño cubano Elián González en La BitBlioteca
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