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Escritores de una duda

Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional domingo 24 de setiembre de 1999

Por lo menos cinco intelectuales latinoamericanos de primera línea —Mempo Gardinelli, Gabriel García Márquez, Tomás Eloy Martínez, Carlos Monsiváis y Rafael Roncagliolo—, algunos de ellos con una fama bien ganada más allá de nuestro continente, han sostenido entrevistas con el presidente Chávez entre enero y septiembre del presente año. La publicación de sus apreciaciones conforma desde ya, y para el futuro, un material excepcional para comprender tanto la peculiar personalidad de la nueva figura estelar venezolana como el desconcierto que genera aún su interpretación, incluso entre los más experimentados y menos prejuiciosos creadores de nuestra región.

Por supuesto que ellos no son los únicos escritores de brillo internacional que se han ocupado de nuestro Presidente. A estas alturas del proceso, y con el año a punto de concluir, ya puede uno sentenciar que ningún otro presidente venezolano de la democracia, incluyendo a Pérez en su primer equívoco, había suscitado tanto interés entre las grandes plumas de la opinión internacional.

Con argumentos y recursos distintos sobre Chávez, antes que sobre Venezuela, han escrito, entre otros, Alvin Toffler, el gurú de La tercera ola; Mario Vargas Llosa, el ex peruano que camina seguro hacia el Nobel; Manuel Castells, el lúcido sociólogo catalán de La sociedad de la información; Jorge Castañeda, el mexicano de La utopía desarmada; Abel Posse, el argentino merecedor de la V edición del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, con Los perros del paraíso; o Ignacio Ramonet, el catalán director de Le Monde Diplomatique y artífice de la famosa idea del «pensamiento único».

La lista debe ser, sin duda, mucho más extensa, pero lo cierto es que ya es posible hacer una suerte de mapa de opinión en el que se identifiquen espacialmente las diversas posturas ideológicas que, frente al Presidente, sus convicciones, su estilo y su proyecto, asumen este grupo de analistas internacionales. Sus límites los conformarían, de una parte, el desprecio de Mario Vargas Llosa, sacerdote mayor de la nueva ortodoxia liberal, y de la otra, Ignacio Ramonet, Jorge Catañeda y Abel Posee, observadores «progresistas» esperanzados por un final feliz de cuanto acontece hoy entre nosotros.

Les otorgo, sin embargo, una especial relevancia a las opiniones de los cinco autores mencionados en el primer párrafo, porque son el resultado de encuentros personales con Chávez en los que el entrevistador intenta desarrollar estrategias de observación del Presidente, en su cualidad de personaje, sin dejarse obnubilar por su carisma personal e intentando indagar en sus pasiones, obsesiones, convicciones y desvaríos, y porque nadie podría tachar a estos escritores de formar parte de un complot internacional, ya sea éste auspiciado por el Pentágono o por el Comité Central.

El hecho de que estos entrevistadores sean novelistas y periodistas de larga trayectoria, en el caso de García Márquez, Martínez y Gardinelli; o testigos de excepción de experiencias autoritarias complejas, como la del PRI mexicano o las de Velasco Alvarado y Fujimori, en el caso de Monsiváis y Roncagliolo, los coloca en una posición privilegiada para tratar de indagar en el personaje sin verse obligados a establecer condenas radicales y definitivas, como las que han oficiado algunos intelectuales venezolanos .

¿Qué tienen en común estas cinco posiciones? Dos cosas, por lo menos. En primer lugar, el entusiasmo frente al personaje: la sensación comunicada de que se está frente a una figura inteligente, comprometida con sus creencias y verdaderamente innovadora en sus cualidades personales y en la manera de asumir la política. En segundo lugar, el desconcierto, la duda y la distancia: la dificultad de cada autor para fijar posición favorable o en contra del comandante y del proceso de cambio que impulsa, ya por el pasado golpista y los circunstanciales tonos autoritarios de su discurso, ya porque los cinco establecen de alguna manera la existencia de dos o más Chávez que hablan contradictoriamente desde una misma persona.

De hecho, la extensa crónica de García Márquez, publicada el 31 de enero en El Universal, se titula «El enigma de los dos Chávez» y concluye diciendo: «Mientras se alejaba entre sus escoltas militares [...] me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más».

De manera parecida concluye un texto más reciente, aún sin publicar, de Rafael Roncagliolo: «¿Qué será lo que está terminado en Venezuela? ¿La democracia misma, como se apunta en la prensa internacional, o sólo un régimen bipartidario, cuarentón o desacreditado, como anuncia el presidente Chávez? ¿Asistimos a la emergencia de una dictadura más o estamos frente a una manera venezolana de resolver la crisis universal de los partidos...?».

Mempo Gardinelli, aunque estableció para sus lectores argentinos una clara diferencia entre Chávez y los militares asesinos del Sur, terminó calificándolo de «fascinante y sospechable». «Me gustan muchas de las cosas que Chávez sostiene y hace», agregó, «pero no me gusta nada el aura de providencialidad que le rodea. A la vez, me fascina comprobar que los enemigos de Chávez, al menos por ahora, y los que más cacarean en su contra, son los mismos enemigos históricos de dentro y fuera de nuestro país».

Y Tomás Eloy Martínez, quizás el más pesimista de los tres, osciló en sus apreciaciones entre calificarlo, al comienzo, de «muchachote franco, seductor, obsesionado por llevar adelante su proyecto político», y preguntarse, al final, «si Chávez es el último representante de una estirpe de dictadores elegidos en América Latina por el clamor popular, o el primero de una especie nueva, desconocida, y tal vez más temible que las anteriores».

Dos preguntas quedan en el ambiente. ¿Por qué Chávez, aún a ocho meses de gobierno, luego de ir a jurar a Estados Unidos su lealtad democrática y de haber gobernado sin golpes, ni presos políticos, ni privación de libertades, no logra convencer a este grupo de escritores de estar vacunado contra la tentación autoritaria? La otra: eso que describen tan veteranos constructores de personajes, esta especie de Hamlet tropical debatiéndose entre el ser y no ser de la democracia, ¿será el testimonio de un proceso interior de aprendizaje y reflexión del personaje central del gobierno, o una dificultad de los observadores, que les hace explicar como formas del caos lo que sencillamente es —tomo la frase de Fernando Mires— anuncio de órdenes aún no diferenciados?


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