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 Caracas, Jueves, 24 de mayo de 2012
 

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Morir en exclusiva

El Nacional, domingo 4 de abril de 1996

I

No es difícil imaginarlo. Llegará el día cuando la córnea de un ministro, rodeado de camorógrafos, sea atravesada por la rejilla metálica del micrófono de un reportero. La mañana en que un comisario de la PTJ declarando a la prensa pierda algunas piezas dentales cuando el lente de una cámara se instale abruptamente dentro de su boca y grabe en exclusiva la manera como la glotis modula su última declaración. La tarde cuando un sofisticado sistema de lentes y un mecanismo automático de slow motion registre, para envidia de los canales de la competencia, el momento exacto en que la bala disparada por el próximo sicópata atraviese la joven piel de su víctima y le arrebate la vida sin piedad. Luego las televisoras explicarán el valor de sus actos y exitarán como nunca el precio excelso de la libertad de expresión. Dirán que, en exclusiva, el reportero logró grabar la visión que el ministro tiene sobre el futuro, no importa que ahora haya quedado tuerto para siempre. Celebrarán haber registrado las palabras del comisario desde el propio lugar donde ocurrieron los hechos: desde sus cuerdas vocales. O vociferarán, como nunca, que han logrado grabar el crimen en única e indiscutible exclusiva, mientras en el estudio Leda Santodomingo o Ana Bacarela, o cualquier otra —depende del canal que lo haya logrado— le muestra el video a los familiares de la víctima, una y otra vez, al tiempo que otras cámaras transmiten el momento exacto en que brotan los primeros y dolorosos sollozos de la madre. Cuando la locutora le pregunte: «Yo sé que se siente mal, pero digamos a todos ¿cómo se siente?». Entonces los gerentes del canal, ya en estado de éxtasis, programarán un espectacular video promocional: un montaje que alterna, por disolvencias, el itinerario de la bala, el rostro asombrado de la joven asesinada y los primerísimos primeros planos de las lágrimas de la madre vertidas en exclusivas para este canal. Así se anunciará la derrota definitiva de la competencia en la cobertura del próximo secuestro. La televisión habrá ratificado, otra vez, su portentosa y única capacidad para convertir la realidad en un espectáculo.

II

La situación no es nueva ni nacional. Oliver Stone le retrató muy bien en su film Natural Born Killers, que concluye precisamente en un secuestro y un ajusticiamiento donde la víctima es el reportero de un programa sensacionalista. Al final, frente a la cámara, que automáticamente sigue transmitiendo en vivo, los delincuentes convertidos en héroes por el reality show llevan a cabo la ceremonia mayor, el sueño máximo de la dirty television: el ametrallamiento en vivo y en directo del reportero que muere acribillado frente a millones de televidentes. Sin embargo, a esos rasgos comunes, a la espectacularización aberrada que es ya una característica de toda televisión concebida de acuerdo al modelo de la mala televisión norteamericana, en Venezuela le incorporamos otros ingredientes: el caos, el desorden, la competencia salvaje. Mientras la televisión norteamericana, en acuerdo con las autoridades policiales y judiciales del país, han logrado establecer reglas de juegos que les permite desarrollar a cada uno su trabajo, con igual espectacularidad pero en un mínimo de armonía, en Venezuela cada cobertura de un hecho policíaco, judicial o electoral se convierte en un combate de agresividades, en un tumulto voluptuoso, en una situación aparatosa muy bien calificada por la sintelingencia de Jesús Romero Anselmi como cuartomundismo profesional. El reportero de la televisión venezolana se ve obligado a hacer una operación ya conocida en el mundo televisivo internacional: dramatizar el hecho, construir en el campo y sin aviso previo una propuesta dramatúrgica de urgencia. Para que el acontecimiento adquiera de inmediato una estructura narrativa. Para que deje de ser Historia y se convierta en Relato. Sólo que el reportero venezolano pareciera instruido para hacer esta operación no con el propósito de cubrir profesionalmente el hecho sino para cumplir con tres obligaciones rigurosas, informar algo que la competencia no informe, hacerlo primero que la competencia, y garantizar el máximo de dramatismo para que, no importa a que precio, el espectador —entrenado por décadas en los lenguajes y los placeres del melodrama— no cambie de canal. Y todo esto debe ponerlo en práctica en escenarios inesperados donde las reglas de juego no están claras o no existen y donde, por tanto, frente a los demás medios que también compiten, la hegemonía social de la televisión se hace más visible y más grotesca. A partir de ese momento la lógica de la realidad —de nuestra realidad venezolana— y la lógica de la competencia televisiva se mimetizan y se confunden entre sí.

III

Es lo que ocurrió en Terrazas del Ávila. Si cerramos los ojos por unos segundos y nos preguntamos por aquello que mas nos lesiona, individual y colectivamente, de todo lo vivido a través de la televisión ¿qué elegiríamos? El dolor por la muerte trágica de una valiente joven venezolana? ¿La ira frente a la aberrada utilización del hecho como señuelo de la competencia televisiva? ¿El bochorno frente a la lastimosa imagen de desorden circulando por los noticieros de todo el planeta? ¿La sensación de impotencia frente a unos delincuentes que nos matan y una policía que no logra impedirlo? La sensación dominante ya la había definido brillantemente Pablo Antillano en lo que denominó El efecto San Román. Aquel peculiar fenómeno de opinión pública mediante el cual, gracias a las trasmisiones de aquel primer secuestro massmediático, el espectador pudo constatar «en vivo», pudo establecer la veracidad de algo que ya presentía: «que el Estado no estaba preparado para resolver ese, y probablemente ningún otro problema». Cuando abrimos los ojos sabemos que lo que nos aterra, nos conmueve, nos llena de dolor y nos desilusiona no es sólo la muerte de María Elena —razón ya suficiente— sino el hecho de sentir que formamos parte o que estamos en manos de una legión de aficionados —exhibicionistas, además— incapacitados para ponerse de acuerdo incluso para resolver profesionalmente algo sobre lo cual ya se tiene experiencia. Y no nos referimos a la técnica policial —sobre la cual no tenemos los conocimientos necesarios para juzgar— sino a la puesta en escena de las contradicciones, del nerviosismo, de la improvisación, de las marchas y contramarchas que un caso aparentemente sencillo —si comparamos con los grandes casos de rehenes que hemos visto en el mundo— puso en jaque al país y a sus autoridades poniendo en evidencia la dificultad para ser país; esto es, para ponernos de acuerdo y accionar en un interés común. La imagen de María Teresa Gutiérrez, casi a las once de la noche, tratando de convencernos de que no hubo ventajismo oficial sino destreza periodística en la grabación de las imágenes exclusivas de Hernancito, mientras el corazón de los venezolanos se movía abatido por la nueva visita de la muerte idiota, no la olvidaremos. A los espectadores esa noche nos importaba un pepino cual televisora lo hizo mejor, cual tuvo la exclusiva. Nos importaba y nos dolía la muerte de María Magdalena, porque con su muerte y las de la violencia cotidiana Venezuela se nos muere de a poco. Sin exclusiva.


Tulio Hernández en La BitBlioteca


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