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 Caracas, Jueves, 24 de mayo de 2012
 

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Mártires del éxito transferido

Seleccionado como uno de los mejores artículos de opinión de El Nacional en 1997-1998, tomado de la edición del lunes 3 de agosto de 1998

A mí según creo, me tenían confianza por dos rasgos de mi carácter: la admiración que le profeso a Joan Collins y Demi Moore, y mi colección de fotos de Grace Kelly, princesa de Mónaco
Carlos Monsivais
Los rituales del caos

I

El relato es de Carlos Monsivais: se titula «La pareja que leía ¡Hola!». Narra la historia de dos compañeros de trabajo, José Ignacio y Teresa, oficinistas ambos que comparten por algo más de seis años escritorios contiguos. Sin embargo, en tan extenso lapso nunca logran obtener una conversación que tuviese el encanto suficiente como para traspasar la barrera de los tres minutos. Hasta que un día, en medio de una cena de esas con las que se despide a los compañeros de oficina, el destino los sienta uno junto al otro y José Ignacio sin preámbulos le pregunta a Teresa «¿Te has fijado cómo se parece el hijo del director a Carlos de Hasburgo?».

Fue suficiente. Aquella frase convirtió el encuentro en algo inolvidable para siempre. Teresa la repitió con asombro. Se estremeció. No lo podía creer, un compañero de oficina, un burócrata más, sabía de Carlos de Habsburgo. El entusiasmo fue tal que el encuentro los llevó camino del matrimonio y, más tarde cuando evocaban el inicio del romance, cualquiera de ellos exclamaba con entusiasmo: «¡Fíjate! Aquí, en esta mugre de Secretaría, hallé un alma gemela. ¡Un mellizo espiritual! ¡Un lector de ¡Hola!»

La gran prueba del amor se la ofrece Teresa a José Ignacio cuando le enseña, como quien muestra un tesoro secreto, lo que ella llamaba los «mapas de trato». Un registro riguroso hecho en una pizarra de su apartamento, que luego copiaba en cuadernos sobre «quién visita a quién en el mundo de ¡Hola!, quién se divorció el mes pasado, qué rumores andan corriendo fuerte y cuáles se disipan, a qué restaurantes se puede ir en Madrid sin riesgo de la invasión de los paparazzi». El proyecto de vida que a partir de ese momento se juran, es transparente: trabajarían como enajenados de lunes a jueves y dedicarían los fines de semana a comentar las maravillas de la nobleza europea, sus árboles genealógicos, la calidad de la educación de sus hijos, sus desgracias patrimoniales y, lo dice el texto de Monsivais, con experiencia premonitoria, «sus accidentes de automóvil».

II

El relato nos ilustra, pero se queda corto. La religión que cultiva el vouyerismo del éxito hace ya tiempo que dejó de ser exclusividad de ¡Hola! y otras publicaciones del corazón. Lo que inicialmente fue una invención de Hollywood y una exclusividad de las grandes estrellas del cine —el starsystem— se ha ido convirtiendo en el esquema de relación más placentero entre ciudadanos comunes y ciudadanos de excepción, entre la señora que reza solitaria en una iglesia de Choroní y la madre Teresa de Calcuta, entre el aficionado al basketball del 23 de enero y los avatares en la vestimenta de Michael Jordan, entre el exilio en Miami de Julio Iglesias y sus millones de seguidores en el mundo.

El placer de codearse con lo más granado del planeta (o del país, según sea la escala), de acercarse a los delirios del éxito aunque sea por segundo y a través del ojo de una cerradura, de paladear las mieles de la aristocracia del poder o del dinero no importa que la degustación sea hecha en una pobre barraca, de consumir antídotos no importa cuán efímeros sean contra la insignificancia de la vida propia a través de la trascendencia de los nuevos dioses es, muy probablemente, el único espacio de encantamiento, el único territorio del ensueño y la ilusión que nos reserva todavía impoluto el mundo occidental.

Por estos días y probablemente como nunca antes, tal vez desde los días aciagos del primer gran entierro televisado y de la primera dama absolutamente fashion —hablo de John F. y de Jacqueline Kennedy, por supuesto— el planeta no podrá escaparse de una tentación que desde hace décadas le hace guiños, la de convertirse en una inmensa, amplia, generosa y envolvente revista ¡Hola!, la de optar por el melodrama y la vida de los exitosos como matriz de interpretación y de comprensión de lo que nos rodea, la de encontrar la salvación gracias a la trascendencia del otro. La teología del éxito transferido, la redención por el camino de la telegenia.

Como toda religión, esta de nuestro tiempos tiene sus mártires. Ya le correspondió a Marilyn Monroe, Elvis Presley también padeció su inmolación. Ahora le ha correspondido a la princesa Diana. Con una diferencia, independientemente de cuál haya sido la causa real del accidente, en el imaginario colectivo quedará como escena final la imagen moribunda de la princesa acribillada por los disparos de los flashes. Se trata de una cruel ironía, la princesa muere ahogada por el mismo instrumental —las cámaras, los flashes, la comunicación— que le construyó su imagen y al que se entregó con pasión. Podría afirmarse, y eso es verdad, que se trata de un uso patológico de dicho instrumental, pero es en esencia el mismo que —sobre todo en la última etapa de su vida— Lady Di aprendió a manejar con genialidad y distinción para reforzar la imagen que hoy hace brotar lágrimas en todo el mundo.

Ahora cuando veo los miles y miles de ramos de flores colocados en su memoria alrededor del palacio mayor, no puedo eludir la tentación de hacer un cálculo sobre qué porcentaje de los portadores de estos ramos son los mismos que compraban con fidelidad editorial las revistas amarillas que financian las fotografías sugerentes, los percances y las aventuras personales de la princesa desaparecida. Como sucede con la disputa entre los países productores y consumidores de cocaína o heroína, me niego a creer que sean los paparazzi los únicos malos de esta película. Ni siquiera que sean sólo los editores amarillos y el paparazzi los únicos malos de esta película. Ni siquiera que sean sólo los editores amarillos y el público adicto de espectáculo y notoriedad. En la religión de la notoriedad massmediática, en la maquinaria del ensueño, hace tiempo se comenzaron a confundir los límites entre lo público y lo privado. Como en el circo romano, o como en la lucha libre, la gente quiere el testimonio de la pasión. Si un día se les ofrece, como invitados en primera fila, la intimidad de una boda, terminarán exigiendo una silla cómoda o una perspectiva clara del ritual de la alcoba. Entonces ya no se sabe cuándo el show debe suspenderse, y surgen los mártires del éxito transferido.

En algún lugar de Ciudad de México, Teresa y José Ignacio amanecieron hoy más desconcertados que nunca. Deben volver a revisar su «mapa de trato».


Roberto Hernández Montoya, Ser paparazzi en la vida
Tulio Hernández en La BitBlioteca


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