|
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
Delicadas fronteras El Nacional, domingo 14 de mayo de 2000 Algo huele mal en la campaña que el periodista Gustavo Azocar ha desatado para demostrar que el general García Ordoñez actual director del Cufan y su hermano nacieron en Colombia y deben por tanto ser expulsados de la institución militar. Algunas cosas convocan a la sospecha. En primer lugar, la evidente coincidencia entre la importancia que se le ha dado a la noticia producto de una exitosa operación periodística y la cercanía del proceso electoral. Azócar es candidato a la Asamblea Nacional, y hasta el alma más inocente se ve tentada a establecer la relación entre denuncia y campaña electoral. De lo contrario, resulta por lo menos exótico que, mientras el país se debate en una profunda crisis política y las propias cimientes de su gobernabilidad se encuentran en juego, el caso del lugar de nacimiento de un general tenga tanta fuerza como para convertirse en acontecimiento de primera plana. El segundo elemento que llama a la sospecha es la imagen pública que se ha granjeado el denunciado general. Según amigos del Táchira, y a diferencia del halo de intolerancia y sectarismo que ha ido envolviendo a la dirigencia civil chavista y a algunos mandos militares asociados al proyecto Bolívar 2000, el general García Ordoñez se ha convertido en una figura pública de alta aceptación, capaz, incluso, de articular en su trabajo a una gobernación y numerosas alcaldías abiertamente opositoras y hostiles al gobierno central. La gente, entonces, se pregunta: si hay tanto pillo suelto en las riberas del Torbes, ¿Por qué atacar a quien por lo menos ha logrado prestigio y consenso entre los bandos en pugna? Pero el efecto más significativo lo constituye el hecho de que, a finales del siglo XX, cuando los pensadores y las naciones visionarias del mundo han ido repudiando y demostrando las chaturas de los viejos nacionalismos, se vuelva a actualizar tal vez sin proponérselo una vieja práctica política venezolana, mediante la cual cada vez que se quería sacar de juego a un tachirense con proyección pública, se le intentaba descalificar recurriendo al argumento de su probable nacimiento en el otro lado de la frontera. El caso más notorio fue el de Carlos Andrés Pérez en su primera campaña presidencial. A pesar de tener tantas manchas y flancos por donde atacarlo, una parte importante de la campaña desarrollada por algunos de sus opositores recurrió a la amenaza de una partida de nacimiento colombiana que, como las listas de corruptos de siempre, nunca llegó a ser presentada. Acusaciones similares se les hizo a otros tachirenses con destacada presencia pública. De colombianos se acusó a Ramón J. Velásquez, a Aurelio Ferrero Tamayo e, incluso, a un personaje emprendedor y polémico, absolutamente aferrado al destino tachirense, como lo era José Rafael Cortés, el editor del diario La Nación. El asunto tiene explicación histórica e implicaciones culturales llamativas, como para incursionar en una sociología de las identidades. A diferencia de todas las demás fronteras venezolanas, constituidas por vastos territorios despoblados y con muy bajo o casi nulo intercambio cultural y comercial, la frontera entre Táchira y Santander no sólo es comercialmente hablando la más activa de América Latina, sino que por siglos constituyó una sólida unidad geopolítica y cultural que obliga a pensarlas hoy como regiones que nacieron siamesas. Eso explica, por ejemplo, que en la mayoría de las familias tradicionales tachirenses sea absolutamente común la existencia de un bisabuelo, un abuelo, o por lo menos un familiar lejano, nacido en territorio colombiano. O, a la inversa, que muchas familias santanderanas cuenten en sus árboles genealógicos con ramas precisas de antecesores nacidos en territorio venezolano. Y observen que no digo "colombianos" o "venezolanos", sino nacidos en uno u otro territorio, porque a la larga, lo que terminaba definiendo la nacionalidad de una persona o una familia en ese persistente ir y venir por encima del río Táchira, no era el lugar donde se había nacido sino aquél que se elegía como morada definitiva. Porque, a diferencia del prejuicio dominante, el viaje siempre fue en ambos sentidos. Si es cierto que la masiva migración colombiana fue decisiva, en la segunda mitad del siglo XIX, para forjar la geografía humana y económica del Táchira, también lo es como bien lo ha documentado Domingo Alberto Rangel que 25.000 familias tachirenses fueron impulsadas por las persecuciones gomecistas que paradójicamente hicieron del estado fronterizo el más sufrido escenario de su crueldad a un exilio forzoso en Santander. Si a estas circunstancia le agregamos el hecho de que Táchira fue la última región en integrarse al proyecto nacional que se comenzó a construir luego de la ruptura de la Gran Colombia, y que esa integración se produjo hace 100 años, no de modo paulatino sino con el abrupto salto de los hombres de Cipriano Castro desde Capacho hasta Miraflores, es fácil entender de dónde surge el pecado original. Recordar, por ejemplo, en un ejercicio de conformación de nuestra nacionalidad, que los padres de al menos cinco presidentes venezolanos del siglo XX fueron colombianos de nacimiento, podría producirle a los nacionalistas de viejo cuño un estremecimiento en algún lugar del corazón. Porque, en el fondo, detrás del cultivo de estos viejos prejuicios, lo que se oculta es una cierta pequeñez intelectual, que ignora que las nacionalidades no se declaran un día determinado, sino que son el resultado de largos y complejos procesos. Esa visión, atrasada, aferrada a una idea del Estado-nación como fortaleza cerrada y de la nacionalidad como esencia natural no como decisión personal, paulatinamente va siendo desterrada tanto por la creación de supranacionalidades la Unión Europea, por ejemplo como por la conformación de naciones abiertamente multiculturales, como Estados Unidos, acostumbrada a tener latinos e italianos de alcaldes, e israelíes o checos de ministros estratégicos. Salvo por la prensa, no conozco a ninguno de los generales en cuestión, y personalmente no tengo motivo alguno para apoyarlos o condenarlos. Pero, leyes y constituciones aparte, si me pusieran a elegir entre un buen profesional venezolano nacido en Fusagasugá y otro mediocre o de baja honestidad nacido en San Antonio o en Jadacaquiva, no dudaría en seleccionar al primero. Es que la xenofobia siempre huele mal y, como se instala en las partes bajas del cuerpo humano, resulta demasiado contagiosa. Por eso hay que frenarla a tiempo, incluso en épocas electorales.
|
|||||||||||||||||||||||||
|
||
|
Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas. |
|
|