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La gran tarea

Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional domingo 19 de mayo de 2002

Documentos sobre los sucesos de abril de 2002 en Venezuela

Tulio Hernández, Ejercicios de centro [domingo 7 de octubre de 2001]
Equilibrios
[domingo 12 de mayo de 2002]

La gran tarea de la sociedad venezolana del presente, al menos la de su componente con mayores convicciones democráticas, es la de impedir con igual fuerza la ejecución de un nuevo golpe militar y el crecimiento de la violencia política, derivada de formas de enfrentamiento como los que se vivieron en las jornadas de abril.

Llegados al punto de polarización ideológica y emocional, y a los grados de fractura institucional y de caos gubernamental en que hoy nos encontramos, una tarea como esta demanda un conjunto de operaciones políticas, una grandeza de espíritu y una claridad histórica que no son fáciles de encontrar, es verdad, toda vez que la sociedad en su conjunto no reconoce tipo alguno de prestigios, liderazgos o principios normativos que tengan similar ascendencia moral para todos sus miembros. La situación actual hace que aquello que un sector comparte como legítimo, justo e indiscutible, resulte para el otro perverso, excluyente e, incluso, inaceptable.

Pero la realidad y la crudeza de los hechos —la magnitud de las movilizaciones pro y antigubernamentales, el fervor que suscita el Presidente entre sus seguidores y el odio profundo entre quienes lo adversan— nos obligan a recordar aquello que es una condición de toda sociedad democrática: que no se puede pensar en proyecto alguno, ni de Gobierno ni de oposición, que incluya a un solo sector de la sociedad y excluya a los otros, y que la única manera de mantener o intentar emprender algo semejante es recurriendo al uso de la fuerza y violentando las reglas de juego institucionales.

Por esta razón, el primer paso que se requiere para frenar la espiral de violencia e impedir un nuevo golpe de Estado —hace un mes tuvimos una prueba contundente de las violaciones que estos traen consigo— es cognitivo: lograr que cada uno de los bandos en pugna termine de reconocer la existencia y la fuerza del otro. Ha sido un error estratégico lamentable y una pérdida de respetabilidad pública, pero también un acto de subestimación muy costoso para ellos mismos, la manera como los voceros del Gobierno se negaron a aceptar públicamente el descomunal volumen de las marchas del 23 de enero y del 11 de abril, así como la existencia de un movimiento de oposición cada vez más grande. Como en aquella parábola de Edgar Morin, el Presidente y sus ministros se colocan en grupo a la orilla del mar, toman pequeños buches y gritan: «Esto no es agua salada; esto es limonada».

Pero igual de peligroso ha sido el proceso inverso. El empeño, mantenido por algunos sectores de la oposición, en creer y predicar que la base de apoyo popular a Chávez o sus recursos dentro de la Fuerza Armada habían sido minados totalmente, no solo generó una mala planificación al momento del golpe que sucedió a la gran marcha del 11 de abril, sino que puede conducir a una subestimación de los costos en vidas, a la hora de una posible y previsible nueva intentona militar.

El otro paso en esta lucha por impedir la violencia fratricida es político e institucional, y aquí tienen una gran responsabilidad la Fuerza Armada, el Ejecutivo y la Asamblea Nacional. La FAN, porque en la necesaria tarea de recuperación de su armonía y respeto interno a las jerarquías debe eludir la tentación, frecuente en América Latina, de colocarse por encima de la sociedad y el mundo civil para tratar de poner orden y limpiar, literalmente, todo aquello que perturba o compite con su función; cosa que generalmente, en situaciones críticas, se ha oficiado a través de un golpe militar. De hacerlo, en esta ocasión y en el grado de polarización del presente, no solo se expone a producir un baño de sangre que nadie se merece, sino a generar un proceso de enguerrillamiento y terrorismo que no está inscrito en nuestra cultura política nacional.

El Ejecutivo y la Asamblea Nacional tienen tareas más complejas aún. El primero, porque debe ofrecerle al país la evidencia incontestable de que existe una disposición a gobernar en términos eficientes y efectivamente democráticos, que permitan desactivar la justificación ética y pragmática del golpe e impedir el retorno del país a los modos de gobierno cuestionados por las mayorías en las últimas elecciones. Para que esto ocurra, las autoridades deben aceptar las dimensiones de la crisis, la inoperancia del equipo de Gobierno y la fractura del país, convocar a un Gobierno de unidad nacional, abandonar los elementos más perturbadores de su retórica ideológica, y contribuir a la reconstitución del tejido social roto.

La Asamblea, por su parte, tiene la responsabilidad mayor. Debe convertirse en el gran escenario, no del diálogo, que puede terminar por convertirse en una frase vacía, sino de las grandes operaciones de gobernabilidad, en donde las fracciones que han tenido o tienen responsabilidad y lealtades con el proyecto de cambio social que se conoce bajo el ambiguo rótulo de bolivariano, y aquéllas que tengan auténtica visión de país, sean capaces de ponerse de acuerdo para producir una transición no sangrienta, incluso a la manera de un chavismo sin Chávez. La tercera gran operación le corresponde a los partidos, la Iglesia, los medios y la sociedad civil en todas sus variantes, y consiste en desatar desde ya una campaña antigolpe y antiviolencia política, que se dedique a condenar no solo los crímenes del 11 de abril, sino la operación militar posterior y todo intento de golpe, tanto los del pasado como los que puedan venir, como formas de atraso político y de involución social, sin negar que el debate de apoyo o de intento de salir de Chávez debe seguir practicándose como condición de la democracia que aún somos. Desde sus fosas, individuales o comunes, los 28.000 cadáveres de la guerra entre los sandinistas y la contra, los 30.000 de la dictadura argentina, los 4.000 ó 5.000 de la Caravana de la Muerte chilena, los 40.000 de la confrontación colombiana, miran hacia Venezuela implorándonos un poco de sensatez. En estas tragedias, y así lo vimos el 11 de abril, los muertos nunca salen del seno de los liderazgos en pugna. Mayor razón aún para que asuman su responsabilidad de impedirlos. Es como para pensarlo.


Tulio Hernández en La BitBlioteca



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