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La libertad de la memoria El Nacional, domingo 27 de agosto de 2000 I
A decir verdad, la condena se ha extendido también al período colonial. Ya sea porque carecemos de grandes monumentos que nos sirvan de referencia, ya porque nuestros prohombres están en su mayoría asociados a los tiempos de la gesta de la Independencia, o porque muy pocos conocen y se sienten orgullosos de la obra de Juan Lovera o de los anónimos autores del arte colonial religioso. Lo cierto es que los tres siglos que transcurrieron entre la llegada a estas tierras de los primeros conquistadores y el momento de nuestra constitución en república independiente, son representados en nuestra mente más como un calentamiento en el sentido gimnástico del término para la vida republicana posterior que como un largo período en el cual se conformaron nuestros modos básicos de ser venezolanos. Tan instaladas se encuentran entre nosotros estas nociones, que es muy probable que cualquier ciudadano común que se atreva a intentar un viaje imaginario para conectarse con el tiempo histórico previo a la épica independentista, corre el riesgo de terminar vagando por un territorio vedado, por una noche oscura poblada de seres distantes que como sombras o como amenazas, se niegan a dialogar con él, y en los que no logra reconocerse porque así se lo han enseñado o se lo han negado siglos de historia oficial. IICon lo del tiempo colonial podemos esperar. Pero en lo que a la cultura de nuestros primeros pobladores se refiere, disponemos cada vez más de ejemplos y pruebas suficientes para rebatir con absoluta contundencia el prejuicio y la ignorancia con los que primero la mirada europea, y luego la criolla, nos enseñó a ver como atraso, superchería o arte menor una creación humana que, lo sabemos hoy, es portadora de belleza y desbocada imaginación. Esa es, al menos, la grata convicción que nos invade una vez que hemos salido de los espacios de la Galería de Arte Nacional, luego de participar en una visita guiada a la exposición El arte prehispánico de Venezuela, excepcionalmente concebida por Lourdes Blanco y Miguel Arroyo. No es la primera vez que sensación semejante nos asalta. Hace ya unos cuantos años, en 1993, irrumpimos casi por azar, en una sala del Museo de Bellas Artes, que por entonces albergaba una muestra de cerámica prehispánica de una región del estado Lara conocida como Camay. Aquella muestra expuesta con esmerada dedicación y respeto por cada una de las piezas, nos produjo un deslumbramiento casi infantil, a pesar de nuestro entrenamiento en las disciplinas etnográficas, y de haber realizado el periplo que algunos estudiantes de antropología de los años 70, con seriedad casi religiosa, emprendíamos al Cuzco y otros centros arqueológicos y de artes prehispánicos de América del Sur. El conjunto de boles, urnas funerarias y figulinas humanas exhibidas en un ambiente de sombras e iluminaciones precisas, nos hacían sentir partícipes de una fiesta y una revelación. Era como si de repente alguien nos dijera: «Les pedimos disculpas, la película estaba equivocada, por eso les estamos mostrando la cinta original». Y la cinta original contenía un conjunto de piezas de tanta belleza que, acostumbrados como estamos a negar nuestro pasado, hacían exclamar con desconfianza : «¿Y en verdad eso es de aquí?». Más o menos lo mismo nos ha ocurrido frente a El arte prehispánico de Venezuela, una muestra destinada a demoler prejuicios. Primero, porque nos convence de que somos muy nuevos en eso de andar por el mundo, al reunir objetos artísticos producidos por hombres y mujeres que poblaron nuestro territorio entre los años 2.000 a.C y 1.500 d.C. Y, luego, porque nos demuestra que los ancestros no eran tan pobres, culturalmente hablando, como resignadamente hemos terminado por creer. Lo que allí se encuentra exhibido no son sólo piezas «valiosas» o «curiosas» por su condición de ser testimonios arqueológicos de civilizaciones desaparecidas. Son, por el contrario, piezas cuya belleza, ingenio e imaginación únicamente pueden ser atribuidas a la mano y a la destreza de grandes artistas. IIILa lección es clara. La historia y sus interpretaciones, la manera de valorar o condenar una cultura, es también un acto en permanente reelaboración. La nuestra ha sido el resultado de una secuencia de negaciones la de lo indígena por lo europeo, la de lo europeo por lo criollo en donde un solo tema, el de la gesta independentista ha operado como escena que debilita y empobrece a las demás. Reencontrarnos generosamente con otros tiempos y otras épocas, como lo hace esta exposición es, además, una buena manera de ampliar la imaginación de ese ser discontinuo confundido en sus orígenes y tentado a olvidar que se supone somos los venezolanos.
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