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Señales del monstruo

El Nacional domingo 13 de junio de 1995

La muerte, en cualquiera de sus formas, al menos para los occidentales, pocas veces deja de ser una experiencia dolorosa, desgarradora y hasta insoportable, pero la muerte de un niño o de un adolescente parece ser aún peor. Un proyecto de vida suspendido en el tiempo, la ilusión rota de algo que ya nunca va a ser realizado. Y si el niño o el adolescente muere, además, por una causa incomprensible, o —rectifico, porque la muerte para nosotros es generalmente incomprensible— si el niño o el adolescente muere a causa de un hecho absurdo, distinto a los que generalmente aceptamos como inevitables —una enfermedad incurable, una guerra o una catástrofe natural—, entonces el dolor se trastoca en desconcierto, impotencia, perplejidad.

Eso, me imagino, deben estar sintiendo los familiares de Andrew Dodd, el joven norteamericano, hijo de un funcionario policial, que murió el pasado domingo víctima de una piedra lanzada contra el carro donde viajaba. El móvil de la acción, ya lo sabemos, se corresponde a esa estrategia del horror practicada por delincuentes conocidos como «ladrones rastreros», quienes lanzan objetos a los automóviles que se desplazan por las vías de los estados centrales, con el objeto de hacerles perder el control, obligarlos a chocar y, una vez detenidos, proceder a asaltarlos. Una manera sin duda absurda de morir.

Pero cualquier lector puede preguntarse, y no le faltará razón, a qué se debe tanto escándalo, si todos las semanas mueren decenas de niños y jóvenes en las barriadas de Caracas, y adultos y ancianos en nuestras autopistas. Puede pensar, incluso, con un poco de rabia o de mezquindad, según sea el caso, que si no se hubiese tratado del hijo de un funcionario internacional, el hecho sería sólo una cifra más. Y es ahí donde no lo acompañaría yo en sus pensamientos. Primero, porque lo ideal sería que estos hechos no le ocurrieran a nadie o que, cada vez que sucedieran, la sociedad en su conjunto se sintiera tan agraviada que, de inmediato, emprendiera acciones de envergadura para impedir que vuelvan a ocurrir. Pero no es así.

La lógica «massmediática» enseña que un hecho cien veces repetido deja de ser noticia, se convierte en parte del paisaje informativo, y sólo cuando ocurre de manera atípica, o cuando tiene una determinada relación con el Poder, vuelve a ser puesto en el tapete. Es eso exactamente lo que ocurre con el horror entre nosotros. Cada cierto tiempo, cuando el horror asesta un zarpazo más allá de sus territorios cotidianos, cuando la víctima es un personaje conocido o de alguna manera importante, cuando el estatus social del agredido no pertenece al de los «condenados de la tierra», entonces todos —y especialmente quienes vivimos en los nichos de protección que nuestro sistema ha generado para los más pudientes— volvemos a recordar su existencia.

Personalmente, esta noticia me impresiona en demasía. Hace más o menos dos años, regresando de madrugada de un viaje a México, fui víctima de un suceso similar. Subía a la ciudad en el automóvil de Carlos Riazuelo y, al salir del túnel de La Planicie, una botella lanzada, creemos que con similar propósito, se hizo trizas contra la carrocería. Uno de sus fragmentos reventó en mi frente y me produjo una herida de cierta consideración.

Aquella noche, mientras esperaba los puntos de sutura, no tengo pudor en contarlo, no pude impedir unas cuantas lágrimas amargas. Lloré, no porque la herida me doliera, o porque sintiera conmiseración por mi propia persona. No. Lo hice porque no podía dejar de constatar, y así lo debe recordar algún lector fiel, que de haber tenido éxito la acción, los ladrones genocidas no hubiesen logrado obtener de nuestras pertenencias —ropas de diario, algunos obsequios, las partituras de Riazuelo, una o dos botellas de tequila— más que una cifra cercana a los 200.000 bolívares, y eso creo que es exagerado.

Esa noche, y lo sigo haciendo con frecuencia, me pregunté hasta el cansancio qué ocurrió entre nosotros. ¿Cómo hemos hecho para cosechar en tan poco tiempo tanta rabia, tanto desprecio por la vida de los otros? ¿Qué pudo pasarnos para que, con tanta frecuencia, se recurra a una práctica tan monstruosa, por torpe y desalmada, a esa suerte de pesca de arrastre infernal que atenta brutalmente contra la vida ajena, sólo para resolver las necesidades de una noche o, quién sabe, satisfacer unos instintos desconocidos de venganza y diversión?

Son señales diversas que apuntan al mismo origen. Son preguntas que no debemos dejar de hacernos. ¿Cuál fue el error que cometió esta sociedad durante tanto tiempo, para que, cada vez que llegan las vacaciones escolares, centenares de escuelas sean saqueadas, destrozadas y hasta incendiadas por vándalos que cursaron estudios en esos mismos centros? ¿Contra quién actúa aquel personaje de la fotografía de Tom Grillo, que salta durante largos minutos sobre el capo de un modesto Fiat 1, tratando de destruirlo en medio de las hordas enloquecidas del 27 de febrero?

Esta es nuestra guerra. Sin entenderla, no entenderemos nada más: ni las brechas que separan a las elites de las mayorías, ni las simpatías, las esperanzas y las desesperanzas políticas del presente. Cada país debe hacer caso a las señales de su horror: Estados Unidos, a los ataques criminales de adolescentes contra sus compañeros de escuela; Colombia, a la furias desmedidas de sus grupos en pugna; y nosotros, a los síntomas de la rabia y el desencanto de los desfavorecidos. Por lo pronto, no nos acostumbremos al horror de la violencia loca, sintamos piedad y rabia por el dolor de cada familia en la que muere alguien por esa causa. A ver si un día actuamos.


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