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Sección: Bitblioteca
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La oposición estética El Nacional, 20 de junio de 1999 «Usted nunca ha podido ser otra cosa que un demagogo y en el ejercicio del poder continúa siéndolo irremediablemente. Con ese pintoresco fárrago de nociones inconexas, que usted ha acumulado en sus lecturas apresuradas e incompletas, empezó a fabricar una falsa imagen de hombre cultivado y de muchas aptitudes. Sin embargo, lo que hasta ahora se le ha visto y ha dicho de política, de economía, de historia, es superficial y muchas veces inexacto [...] Con el despliegue permanente de esa quincalla verbal y con la audacia inconsciente del que no sabe lo que hace y nada tiene que perder, ha logrado apoderarse usted del comando efectivo del Gobierno y enrumbarlo por un camino de errores hacia la satisfacción mezquina de sus oscuras pasiones de hombre tarado de complejos». Le pido al lector que evite caer en tentaciones y no se apresure a emitir un juicio. El texto que acabo de citar, debidamente entrecomillado, fue escrito hace 53 años; por lo tanto, para desilusión de algunos, no se refiere al actual Presidente de Venezuela. El destinatario y objeto de tanto adjetivo, aunque usted no lo haya imaginado, es Rómulo Betancourt, por entonces presidente de la Junta de Gobierno surgida del golpe de Estado que derrocó a Medina. El autor del párrafo, para seguir hablando de grandes figuras, es Arturo Úslar Pietri, y sus líneas forman parte de un documento mucho más extenso, publicado el 5 de mayo de 1946 en el diario La Esfera, bajo el título de «Arturo Uslar Pietri se dirige a Rómulo Betancourt, presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno». Sus ecos han llegado hasta nosotros gracias a una referencia que hiciera Astrid Avendaño en la página 337 de su enjundioso libro Arturo Úslar Pietri, entre la razón y la acción, hermosamente editado por Oscar Todmann editores. II Traigo a colación el texto de Úslar, no por el mero ánimo de divertirme confundiendo a uno que otro lector desprevenido. Tampoco porque ¡Dios me libre! pretenda realizar algún paralelismo entre estos dos personajes tan disímiles de nuestra historia nacional. Y mucho menos porque quiera aprovecharme de las simpatías del lector por alguno de los dos presidentes, con el propósito de justificar al otro. Otros propósitos me animan. Resulta que desde el momento mismo en que la pasada campaña electoral llegó a su clímax, he estado tentado de desarrollar una suerte de hipótesis silvestre con la que explicarme, a mí mismo, esa apasionada mezcla de desprecio, temor y rechazo clasista que suscita en el seno de algunas clases medias ilustradas o acomodadas o las dos cosas a la vez la imagen y la presencia del comandante Hugo Rafael Chávez. Porque con el rechazo a Chávez sucede lo mismo que con su aceptación: se han convertido en sentimientos prêts-à-porter: cada quien tiene el suyo y hecho a su medida. Hay un modelo Chávez para los que tienen sed de justicia, otro para quienes sueñan con el orden marcial, uno para los que todavía guardan ensueños revolucionarios de inspiración marxista, otro para quienes son movidos por profundos sentimientos nacionalistas; incluso, hay uno para los que sólo desean vengarse de la saga adecopeyana, y así sucesivamente. Algo análogo ocurre con el rechazo. Existe un antichavismo obvio e inevitable, vivido con amargo rencor por quienes se sienten por primera vez en sus largas o cortas vidas efectivamente desplazados del poder y frente al riesgo evidente de perder los privilegios que, en algunos casos desde niños, han formado parte casi natural de su vivir. Podríamos llamarlo antichavismo destético de destete, por aquello de que quienes lo practican han perdido la ubre de la que se han nutrido en los últimos 40 ó más años. Es la oposición menos interesante, por obvia y elemental. Existe otro antichavismo, más democrático, que responde a serias preocupaciones sobre el destino de la democracia y el futuro del país. Un antichavismo que si bien en algunos casos llega a extremos fanáticos y por tanto simplistas es responsablemente practicado por intelectuales, políticos, empresarios y gente común que responde a serias dudas sobre la vocación democrática del Presidente, sobre la calidad intelectual y gerencial de los militantes del MVR y de los nuevos gobernantes, y sobre su capacidad para sacar al país de la grave crisis económica e institucional que vivimos, sin hacernos pasar por el trago amargo del autoritarismo. Podríamos llamarlo antichavismo ético, por aquello de que quienes lo practican no responden necesariamente al simplismo vulgar de quienes han sido desplazados de sus privilegios, sino más bien a profundas convicciones y modos de formación y educación personal. Y queda, por último, un tercer tipo de antichavismo, sociológicamente más atractivo que los dos anteriores por su carácter inusual en nuestra cultura política. Prácticamente no aparecía entre nosotros desde los tiempos en que Acción Democrática y su «negraje» como lo llamaba despectivamente la élite desplazada de entonces hicieron su aparición en el poder. Lo podríamos denominar antichavismo estético, y es aquél practicado por las capas medias altas de la población que sufren, profundamente, más por el aspecto físico, el origen de clase y las maneras poco elegantes del presidente Chávez, que por sus posturas políticas o su doctrina económica. Rechazan su inevitable rostro zambo y mestizo más o menos el mismo de la mayoría de los venezolanos, su conducta dicharachera y popular, su indetenible manía de citar sin contemplaciones a cuanto autor pase por su cabeza, y su empeño en hacer alarde de prácticas plebeyas como el beisbol. Los oficiantes del antichavismo estético detestan al Presidente precisamente por todo aquello que los más pobres celebran en él, y que los más ricos miran sin temores, aunque con perplejidad. Por su entusiasmo irreverente y agresivo, y sus maneras locuaces, poco sobrias e indiscretas, Chávez confronta a ciertos sectores de las élites con su propia inseguridad social, con la necesidad de tener un linaje clasistamente distintivo que lamentablemente no poseen, con una secreta ilusión aristocrática que no tiene sustento en la vida real. Por eso su imagen los pone nerviosos; sobre todo, les hace sentir pena ajena cada vez que uno de sus gestos es reseñado «graciosamente» por la prensa internacional. En estos tiempos tan peculiares que vivimos, hasta los móviles de la oposición han cambiado. La carta de Úslar es una mera coincidencia histórica. Reacciones ante la aparición de nuevos actores.
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