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La paz, esa enemiga El Nacional, domingo 24 de setiembre de 2000 Me voy a limitar a transcribirlo tal y como apareció en la página D/3 de El Nacional, el pasado martes 19: «La paz, no la guerra, es la que destruye a los hombres. La tranquilidad, no el peligro, es la madre de la cobardía. La abundancia, no la necesidad, trae aprensión e inquietud». Las frases se supone que dichas sin interrupciones en ese mismo orden, pues no aparecen puntos suspensivos que indiquen lo contrario forman parte del discurso pronunciado por el general de brigada Régulo Anselmi, frente al presidente Chávez, durante el acto en el cual asumió el Comando de Operaciones Aéreas la tercera posición, en jerarquía, de la Fuerza Aérea Venezolana, el pasado lunes 18. Hoy jueves 21, momento en el que escribo este artículo, las he leído de nuevo una y otra vez, así como el resto de la noticia firmada por Javier Ignacio Mayorca. Lo hago porque me asombra que transcurridos tres días de su publicación bajo un titular desolador: «La paz destruye a los hombres», todavía no haya escuchado ni leído señalamiento alguno que cuestione, ponga en duda, profundice o explique lo que se quiso decir con la sentencia. Intento, por tanto, convencerme de que no estoy haciendo una interpretación equivocada del párrafo, me aseguro de que el mismo no haya sido tomado fuera de contexto y, para ello, intento incluso consultarle personalmente al periodista si lo que allí dice no fue antecedido o continuado por alguna otra frase que pudiese por lo menos atenuar su sentido. Porque de otra manera resulta por lo menos extraño que, en un país donde una frase mal o bien colocada del Presidente generalmente trae consigo una revuelta de opinión, la declaración de un alto funcionario de la institución militar condenando la paz y, por ausencia, reivindicando la guerra, no haya producido, salvo que la desconozcamos, la más mínima reacción. Es como para preocuparse. O la noticia pasó desapercibida por su modesta ubicación en las páginas internas del cuerpo D y tenemos demasiados temas conflictivos de que ocuparnos, o estamos tan acostumbrados a la paz que carecemos de referencia alguna para entender el horror de la guerra en su verdadera dimensión y asumimos, por tanto, el desplante del general no como una amenaza sino como un dislate más entre los muchos que se escuchan por estos tiempos. De lo contrario, no se entiende el silencio. Imaginemos por un momento lo que una declaración semejante puede significar, dicha por un general de alto rango, en un país como Colombia o en alguna nación de los Balcanes, donde miles de personas se han visto obligadas en los últimos años a abandonar sus hogares y donde millones de miembros de varias generaciones no hacen otra cosa que clamar al cielo ansiosos por la llegada, algún día, de la desconocida paz. Cerremos los ojos y pensémosla dicha en Ruanda, en Eritrea, en Indonesia, en Sierra Leona o en un acto protocolar con presencia de representantes de Alemania, Rusia, Austria, del pueblo judío o de cualquier otro doliente de la Segunda Guerra. Lo menos que resultaría es cruel; y lo máximo, objeto de una investigación legislativa por violación de los preceptos internacionales que prohíben la incitación a la guerra. Supongamos, para ser generosos y amplios, que no era una exaltación de la guerra a lo que apuntaba, con su evidente vocación filosófica, nuestro general. Aceptemos, como se puede deducir del resto de frases publicadas en el diario, que su verdadera preocupación tiene que ver con el temple de espíritu, la disciplina y el valor. Porque, a su juicio no olvidemos el primer párrafo, así como la paz debilita a los hombres, la tranquilidad genera cobardía y la abundancia trae consigo aprensión e inquietud. Según esta lógica, la misma que Quino atribuía al padre de Manolito en Mafalda, tantas veces escuchada de labios de otros tantos padres emigrantes que pasaron muchos sacrificios en su infancia y su juventud, la austeridad, la escasez, la carencia templarían más el ánimo de los hombres. ¿Sería, entonces preferible, para ponernos elementales, vivir en medio de la intranquilidad, de la guerra y de la escasez para lograr hombres cabales? Vivir, por ejemplo, en la abundancia que hoy goza España desde hace ya unos cuantos años, en la paz cifrada de Costa Rica, o en la tranquilidad de Suiza, Australia u Holanda debe ser, según esta lógica, una amenaza para el espíritu, un camino abierto a la destrucción. Que me perdone el general y sus 26 años de experiencia, pero por esa vía los mejores caminos a la ascensión del espíritu deberían encontrarse en las más encarnizadamente atrasadas naciones del mundo: aquellas que padezcan guerras fratricidas, sean pobres y no exista en ellas nada parecido a la tranquilidad. Así como debemos estar alerta con los brotes xenófobos y frenarlos y develarlos donde quiera que estén, es necesario hacer lo mismo con los sentimientos guerreristas y antipacifistas, aunque en apariencia sólo sean propuestos como un componente de la virtud. Porque al final de todo es como decir: la verdadera causa de la obesidad es el ayuno, no la gula; o la posesión de bienes, no su carencia, es lo que incita al robo.
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