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De taxímetros y cárceles

Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional domingo 25 de setiembre de 1999

Un amigo, Carlos Montenegro, maneja una curiosa tesis sobre los instrumentos para recuperar la fe en los políticos y los gobiernos venezolanos. Es una propuesta muy sencilla, que podríamos denominar, a secas, la Teoría del Taxímetro.

Lo sabemos todos: Caracas es una ciudad donde el costo de las carreras en taxis está condicionada por factores absolutamente azarosos. Por la buena fe del taxista, la seriedad de la línea a la que éste pertenezca (si es que el taxi en cuestión pertenece a alguna línea), por la capacidad negociadora del cliente (o por su desconocimiento e ingenuidad, si se trata, por ejemplo, de un turista), por los centímetros cúbicos de lluvia que hayan caído ese día, e incluso, por las simpatías o antipatías que despierten mutuamente chofer y cliente.

Como ésta es, efectivamente, una situación anómala, generadora de gran incertidumbre y de una imagen atrasada y caótica de la ciudad y del país, en los últimos 40 años algunos gobernantes han intentado, siguiendo métodos y estrategias diversos, establecer la obligatoriedad del uso del taxímetro y la fijación de una tarifa común. Pero hasta hoy, cuando escribo estas líneas, 23 de septiembre de 1999, a 99 días exactos del último suspiro del siglo XX, es evidente que ha sido ésa una tarea imposible: todavía no circula por la ciudad un solo taxi que porte un aparato debidamente registrado para medir con fidelidad cuánto debe pagar el usuario del momento.

De allí viene la Teoría del Taxímetro. Montenegro, quien lleva más de 40 años en la ciudad, tiene ya una puesta en escena para exponerla. ¿Cómo explicar que algo tan elemental —la instalación de un aparatico pre-electrónico, un dispositivo que desde hace décadas forma parte de cualquier ciudad, llámese ésta Madrid, Cartagena de Indias, Cochabamba o Nueva York— haya sido imposible de lograr por gobierno o gobernante alguno de Caracas? Si un gesto tan anodino como éste se ha hecho imposible, ¿en nombre de quién podemos tener la esperanza de que grandes problemas de la ciudad, como la fijación de criterios urbanísticos comunes, coherentes y funcionales, vayan a tener respuesta contundente alguna vez?

Es en este justo momento cuando la ecuación se resuelve: «El día que un gobernante instale taxímetros en todos los taxis de Caracas, y sean usados de manera correcta por un plazo no menor de dos años, yo volveré a votar con entusiasmo y creeré de nuevo en los políticos», parece ser la inevitable conclusión.

Durante mucho tiempo tomé el desplante como una broma de ésas que sirven para hacer más gratas las veladas alrededor del vino y el pan, pero hoy, cuando abrimos la prensa del día y volvemos a ver las fotografías de unos reclusos venezolanos en su enésima huelga de hambre, en su enésimo motín, cebando el odio y la impotencia para una nueva y previsible secuela de muertes, no me queda otro recurso psicológico que acudir a una nueva versión de la teoría del taxímetro: la Teoría de la Cárcel.

Porque se trata, más o menos, de la misma situación. Todos sabemos que las cárceles en Venezuela se encuentran entre las peores del planeta, y que son la más auténtica representación de la tragedia y del horror. Cada cierto tiempo, con treguas que nunca pasan de un mes, la prensa nacional y la del mundo reseñan hechos más o menos repetidos: huelgas de hambre, asesinatos entre reclusos, recuperación de drogas y armas —incluyendo granadas y ametralladoras—, protestas de los familiares por abuso sexual al momento de las requisas, desplazamiento en masa de presos a cárceles que se suponen de mayor seguridad o con mejores condiciones y, una que otra vez, verdaderos y atroces genocidios, como aquel inolvidable de los presos calcinados en La Planta, abrazados unos a otros para vencer la soledad de la muerte, cuya escalofriante imagen recorrió el planeta.

Y como también esta es, efectivamente, una situación anómala y aberrante, que coloca con frecuencia a Venezuela entre los países que violan los derechos humanos, y refuerza una imagen de barbarie nacional y ausencia colectiva de piedad, muchos gobernantes han intentado resolver el problema tratando de «humanizar» —es la palabra a la cual recurren— nuestras instituciones carcelarias.

Con ese propósito se ha intentado todo. Desde actos de exorcismo, como aquel de hacer volar una cárcel por los aires, con presencia del Presidente, nota festiva de la comunidad y transmisión en vivo de la mudanza de presos, hasta operativos de fundición de chuzos, chopos y otras armas artesanales incautadas a los presos, con el propósito de vender el metal como materia prima y así financiar canchas y actividades deportivas en las mismas cárceles fabricantes de armamento.

También se han desarrollado estrategias de militarización, limpiezas compulsivas, nombramientos de ministros jóvenes, planes de recreación y cultura preventiva. Pero, hoy 23 de septiembre, a 99 días del fin del siglo, las cárceles continúan siendo noticia y las amenazas de tan largos años de horror no terminan.

Allí cabe la Teoría de la Cárcel. Pensar en la felicidad que sería pasar seis meses o un año sin leer las noticias de nuevos asesinatos y matanzas en nuestras prisiones; enterarnos de que las teorías tan claras de Gómez Grillo y otros seguidores son aplicadas, y de que nunca más entrar a una cárcel se convertirá en una condena definitiva para el resto de la vida, sería una forma de recobrar la credibilidad plena en la política.

Ahora comenzamos la cuenta regresiva. Liquidados ya buena parte de los obstáculos que el viejo bipartidismo colocaba por doquier, apoyados en los cambios orgánicos que la nueva Constitución prevé, la resolución de temas eternamente inconclusos —como los taxímetros o las cárceles—, ante los cuales se requiere de decisión política y estrategias gerenciales audaces, sería la prueba para demostrar que no se trata de taras nacionales que nos han hecho ineptos, desidiosos y resignados. Que era un estilo de gobernar y una perversión de la responsabilidad pública. La Teoría del Taxímetro, después de todo, tiene su utilidad.


Tulio Hernández en La BitBlioteca



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