Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela
Home
Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca Buscador
Roberto Hernández Montoya, Director 
Autores
Con imágenes
Sin imágenes
Categorías
Servicios
Argentina
Buscadores
Caracas
Colombia
Políticos
¿Qué es
La BitBlioteca?
Radios en español
Venezuela





Un militar

Tulio Hernández
thernan@ven.net

El Nacional, sábado 30 de setiembre de 2001
Marcos Pérez Jiménez en La BitBlioteca

Para quienes, por razones de edad, no tuvimos tiempo de experimentar lo que significaba vivir bajo una dictadura, Marcos Pérez Jiménez fue por años un asunto del pasado inmediato, un cuento tenebroso repetidamente contado por nuestros padres y sus amigos. Por eso, resultaba comprensible que en aquella tarde de finales de invierno en Madrid, febrero de 1998, mientras me dirigía en un taxi a la urbanización La Moraleja, a hacerle una entrevista al general, la sensación de retroceso en el tiempo y un profundo desasosiego me fueran invadiendo a medida que me aproximaba al lugar.

No era precisamente un sentimiento de inseguridad, porque llevaba junto a mí un buen arsenal de anotaciones obtenidas de lecturas diversas de reportajes y entrevistas anteriores. Además, largas conversaciones previas sostenidas con el ex Presidente Ramón J. Velásquez me habían llenado de pistas y temas para abordar al militar.

Eran otras cosas las que me perturbaban. De improviso me había dado cuenta de que por primera vez iba a conocer en persona, y a solas, a un dictador. Un tipo de personaje que, como buena parte de los latinoamericanos demócratas, había aprendido a odiar con todas las fuerzas en la estirpe de Stroessner, Somoza, Trujillo, Batista, Videla o Pinochet, a la cual pertenecía mi inminente anfitrión. Otro sentimiento oculto, algo en lo que no había pensado hasta ese momento, también se removió. La primera referencia que recuerdo de un asesinato político fue la de Leonardo Ruiz Pineda, quien, además de ser oriundo de Rubio, era miembro de una familia muy apreciada por la nuestra, y en ese momento, en poco minutos, iba a estar frente al hombre sobre cuyos hombros pesaba la responsabilidad de aquel crimen. Por primera vez —al final no soy un entrevistador de oficio— entendí el deber de refrenar conscientemente cualquier juicio ético, cualquier arrebato de resentimiento o de pasión histórica, para hacer profesionalmente la entrevista. Sobre todo porque el plan de entrevistar al general no era hacer un juicio político, sino que correspondía a un proyecto, lamentablemente no concluido, de indagar en las relaciones existentes entre imágenes del poder y pertenencia regional en la larga secuencia de presidentes venezolanos del siglo XX oriundos del estado Táchira. Por entonces se conmemoraban los 100 años de la Revolución Restauradora y me parecía una buena oportunidad para realizar aquel ejercicio. Por suerte, todo marchó bien. Me recibió un anciano de aspecto absolutamente inofensivo, cuidadosamente vestido hasta la asepsia, que repitió casi al pie de la letra lo mismo que había dicho en las entrevistas anteriores que yo había leído. El general tenía una versión oficial y defensiva, cuidadosamente armada, de sí mismo y de su régimen, de la cual era prácticamente imposible hacerlo salir. Con una pesada convicción de derrota y tiempo perdido, regresé aquella tarde al hotel.

Recordé entonces las recomendaciones que dos amigas periodistas me habían hecho cuando hablamos de la posibilidad de esta entrevista, y al día siguiente regresé con ellas en mente y una batería de preguntas nada convencionales. Tuvieron efecto. Pérez Jiménez realizó algunas confidencias simpáticas y otras terribles. Confesó haber escrito alguna vez un poema, unas glosas humorísticas, y las recitó de memoria. Reveló que una vez se emborrachó mientras estudiaba en Lima, cosa que más nunca se permitió. Contó con entusiasmo su admiración por el general Onganía, entonces dictador del Perú. Dijo que si bien había leído novelas y poemas cuando joven, nunca más lo había hecho, porque las novelas no son cosas que realmente existan, y un gobernante, un servidor público, como decía que era él, no debe distraerse de sus deberes con esas cosas de la ficción.

«Fíjese usted en Gallegos», me relató con los ojos verdes bien abiertos y una expresión de abuelo sabio que transmite un gran secreto. «Por andarse ocupando de esas cosas que no existen, desatendía los asuntos de Gobierno, almorzaba en Miraflores y se quedaba haciendo sobremesa, conversando asuntos de novelas. Mientras tanto, yo me ocupaba de la vida real, de supervisar las obras, de saber cómo funcionaba el Gobierno, de vigilar a quienes conspiraban. Hasta que tuvimos que encargarnos directamente del asunto, porque el país se iba a pique».

Con naturalidad sorprendente —no sabría uno si era cinismo o convicción profunda—, el general negaba con absoluta vehemencia que en su gobierno hubiesen ocurrido crímenes políticos. «Duermo muy bien, no tengo cargos de conciencia», decía. Cuando le pregunte por el de Leonardo Ruiz Pineda, sentenció socarronamente: «A Leonardo no lo mataron por político, lo mataron por delincuente, porque un político se dedica a dar mítines, a escribir, a organizar, pero no a dispararle a las patrulla de la Seguridad Nacional como él hacía. No le iban a responder a balas con flores, ¿no?».

Le pregunté por Pinochet y dijo que le había hecho mucho bien a Chile pero que, como a él mismo, los enemigos le habían inventado muchos muertos. Quise saber a cuál venezolano del siglo XX admiraba y dijo que a ninguno; que tal vez, un poquito, «como poeta, no como político», a Andrés Eloy Blanco. Cualquiera que fuera el tema, nunca titubeaba. El único momento de debilidad fue cuando le pregunté si había llorado alguna vez y me dijo que sí, que lo había hecho en enero del 58, cuando bajó a la base naval de Mamo y tuvo que meter preso a un grupo de oficiales que estaban conspirando. Lloró porque eran como sus hijos. Porque no entendía cómo le hacían eso a él esos jóvenes por quienes lo había dado todo, incluyendo el golpe, y por la institución militar, que era su tacita de plata, que él había contribuido a modernizar y profesionalizar contra «los chopoe’piedra», los no profesionales que reinaron en las Fuerzas Armadas hasta los tiempos de Medina. Hacerle eso a él, que había construido el Círculo Militar para que los jóvenes oficiales no se sintieran menos cuando los llevaran a las quintas con piscina del Country Club.

Lo del 23 de enero ya fue una pena menor: al final, estaba metida la mano de los civiles. Él, lo recordó, no era un político. Los políticos —y por eso no aceptó venir a ejercer el cargo de senador que legalmente había obtenido en las elecciones del 68— terminan haciendo no lo que se debe, sino lo que a la gente le hace gracia; y él, en cambio —se hinchaba de orgullo cuando lo decía—, era un servidor público, un buen administrador, el mejor que tuvo el país en toda su historia. El último día, antes de despedirme, me llevó a su estudio, un lugar donde los únicos libros visibles eran enciclopedias generales, y habló con ingenuidad conmovedora de su afición por los huecos negros y sus teorías del espacio sideral. Yo regresé a la ciudad preguntándome, con ansiosa preocupación, cómo una persona de ideas tan elementales logró derrotar, encarcelar y expulsar del país a ese grupo de hombres de diversa, rica y compleja formación intelectual que por entonces liderizaban a Acción Democrática, Copei y el Partido Comunista, y gobernar férreamente al país retrasando por casi una década el acceso al contradictorio pero indudablemente indispensable y superior sistema democrático que todavía vivimos. Se creía un salvador de la patria, pero era básicamente un militar. Su memoria será conservada en toneladas métricas de concreto armado.


Tulio Hernández en La BitBlioteca
Marcos Pérez Jiménez en La BitBlioteca



Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos.
Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas.