
El diseño gráfico de Leufert, desde sus primeros
trabajos hasta las libres e inovadoras experiencias visuales de Visibilia,
Imposibilia y Nenias, desde las Marcas hasta los intentos de reproducir,
a partir de la descripción de un tema, "las flechas",
la esencia del hecho comunicativo despojado de intenciones segundas, como
ocurre en Sin Arco, se constituye en la crónica viva del oficio
del diseñador. Señales, signos, emblemas, carteles y diagramaciones
representan una intención de comunicación visual no menos
que la puesta en práctica de una concepción del diseño.
Cada una de sus imágenes contiene implicitamente una reflexión
sobre los medios, los fines, los rasgos distintivos, las contradicciones
y la función social indisociable de esa actividad. Las preguntas
y respuestas-más preguntas que respuestas, pues las dudas más
que las certezas hacen avanzar al hombre-, las intuiciones que le suscita
este ubicarse en el centro mismo de la problematicidad del diseño
(arte a caballo entre la industria y la espontaneidad creativa, nacido
de las artes plásticas para beneficio y embellecimiento del ambiente
de la nueva sociedad industrial) prefiguran el movimiento de su obra, la
dirección de su proceso de indagación. Leufert se instala
en la crisis misma de este tipo particular de arte ligado a la producción
masiva y a la sofisticación creciente de la industria. El diseño
pretende acompañar a la sociedad en su movimiento progresivo, inclusive
en las violentas consecuencias de sus procedimientos. Intenta seguirla
en sus proyecciones y tendencias, que cada vez más se inscriber
como determinaciones de su presente. No es el pasado, sino el futuro el
que tiene mayor influencia sobre las ideas y acciones del hombre. Pero,
el diseñador, cuando se hace digno de este nombre, al mismo tiempo
que se propone ser fiel a la función productiva de la sociedad,
aspire, erigiendose en portavoz consciente de necesidades humanas más
amplias, a superar la ruptura de la unidad y continuidad de la función
estética con respecto a la función económica en el
circuito de la sociedad.
Leufert quiere trabajar sobre los supuestos de esta paradoja entre
atre puro y arte aplicado.
Tiene conciencia
de la precariedad de este equilibrio de funciones. Sabe que el valor referencial
y el valor estético exigen ser con-servados sin sacrificio del uno
con respecto al otro -de lo contrario estaría desvirtuando la significación
del diseño-, pero también sabe el tributo que debe pagarse
para que un valor no se sobreponga a otro: rigor, ejercicios, imaginación
vigilante-en una vocación alerta a disposición de la colectividad:
servir a la cosa y servir al hombre.
Una concepción como ésta se encuentra en inmediata y primaria
relación con una capaci-dad. Aquella que nace y se alimenta del
impulso a objetivar; en este caso, al de crear y engendrar formas, imágenes
emblemáticas.
Diseñar es expresarse. Y Leufert es diseñador de la misma
manera como algunos son poetas, escultores, pintores.
Diseñar es una cuestión de constitución , una
disponibilidad química, dice Leufert.
Ciertamente, pare el esa actividad se ha con- vertido en una propensión
imperiosa a realizar gráficamente una experiencia, una relación
perceptual, a condensarla formalmente como imagen y como escritura, como
signo y significación. Las formas, configuradas o desmateria-lizadas
en un plexo de relaciones, pretenden encarnar su propio sentido, no sustituirlo,
de igual modo como en la poesía, las palabras no sustituyen las
cosas, sino que amplían su posibilidad de referencias, queriendo
ser recí-procamente lo que nombran y lo nombrado.
Sin embargo, la espontaneidad
por sí sola no es productiva. En el sentido más estricto
diseñar es agotar los procedimientos técnicos es una disponibilidad
total a constituirse en medio a través del cual, aún en sus
más ínfimas operaciones, se produce una imagen. Por ello
diseñar requiere someterse, de una manera humilde y a la vez orgullosamente
obstinada, a la disciplina que imponen las resistencias internas -las del
acto mismo de crear-y las provenientes del exterior.
El diseñador debe participar del espíritu del artesano,
del ánimo imperturbable con el que en otros tiempos emprendía
su tarea de embellecer y facilitar la vida de los hombres.
Pero junto a la perseverancia y al tesón pro-pios del oficio,
debe desarrollar la audacia, el ingenio, la curiosidad, la pasión
analítica, la independencia y el espíritu desprejuiciado
del científico. Requiere de la paciencia de un buey y de la duda
sistemática de un filósofo, no menos que de esa voluntad
para plasmar estimulos de belleza grande e inteligencia en estado puro
que es congénita al artista.
En su hacer nada es desdeñable. Las tareas más prosaicas
se incluyen como una justa escalada hacia la imposible perfección
que deriva siempre hacia obstáculos mayores, hacia nuevas y más
complejas proposiciones surgidas en el proceso mismo de la creación,
de las necesidades internas tanto como de los cambios en la sensibilidad,
en las costumbres y en la percepción del conjunto social. Las imágenes
se agotan en la misma proporción en que aparecen nuevos motivos
que desencadenan la urgencia de dar una imagen de lo desconocido, de representar
lo que ese momento no había sido asimilado al sistema de relaciones
visuales y conceptuales.
Se dejan atrás
imágenes ya experimentadas, inservibles para la orientación
en un mundo de impresiones que se complica vertiginos incesantemente. El
sensorio humano desconoce el reposo. La multiplicidad y el exceso del contorno
urbano, las variadísimas visiones que infectan su fisionomía
-la luminosidad, la opacidad, el mal gusto y la vulgaridad entremezclados
con arte verdadero en un nivel igualitario de jerarqía perturban
la capacidad discriminatoria y la agudeza censorial del ojo. La
misión del diseñador gráfico esta allí: descongestionar
el espacio, sanear el entorno, jerarquizar la visión, desembotar
las facultades, despertar la conciencia humana al poder de los sentidos.
A él le corresponde crear nuevas metáforas visuales en sustitución
de las anteriores, melladas por el uso, ineficaces a causa del progresivo
desgaste de su impacto comunicativo, a causa de la caducidad de su sentido.
La dinámica exterior lo solicita: le exige ver más y sentir
más para hacernos ver más y sentir más. Esta corriente,
tanto como el viejo archivo de formas y convenciones, contien el desafio
para la representación. Exacerba su potencial de respuestas expresivas.
Lo penetran de posibilidades, suscita los enigmas profundos y la proximidad
de las soluciones. De allí que se le imponga ser apasionadamente
preciso en obra jamás satisfecha, siempre provisional y radicalmente
atentatoria del orden del decorado establecido.

Cada progreso depara
una nueva esperanza, suspendida a la evolución de una nueva dificultad.
El expediente jamaá se cierra, dice Claude Lévi-Strauss.
Esto vale tanto para el despliegue de la energía material y mental
de a humanidad como para el artista forjador de imágenes. El expediente
jamás se cierra cuando se trata de anticipar la conciencia del hombre
a lo ya devenido, pero aún no visto. Una fórmula única
y singular se impone, cada vez una distinta, inequívocamente distinta
y poderosa. El diseñador actúa en su taller con la
misma clase de especialización que el científico en su laboratorio,
que el médico en la sala de operaciones. El bisturí, las
pinzas, los guantes de goma, los instrumentos de medición y los
que utiliza el diseñador para afinar, reforzar y agilizar el virtuosismo
de la impronta de sus manos, siempre más diestras, invariablemente
más prolijas y escrupulosas en la ejecución de las órdenes
del cerebro, son de la misma calidad: instrumentos auxiliares al servicio
de un resultado deseado de donde han desertado los primeros tropiezos del
azar y la casualidad. El proceso, sin duda, surge de una intuición,
de una adhesión instintiva a algo nacido del inconsciente; digamos,
de un principio aleatorio que surge como el destello de una visión
original, creadora en sí misma, pero la solución última
en la evolución de este proceso, es racional en la misma medida
en que es racional la 1ógica productiva del diseño y las
fases mediales del poder conformador de la imaginación creadora.
Una legalidad intrínseca, consecutiva al primer impulso, procede
a configurar la idea hacia una solución que ratifica formalmente
la vía elegida. El arte de expresarse por medio de signos gráficos
apunta directamente a la inteligencia por el camino de los sentidos. El
que quiera excitar a ambos tiene obligatoriamente que recorrer caminos
similares aunque en sentido inverso. La energía interior lleva a
descubrir un repertorio de formas, un descubrir que no difiere de los descubrimientos
que provoca en otros. De hecho, una empresa de esta magnitud requiere una
particular composición sanguínea, una disposición
orgánica y un destino cuasi genético, por decirlo así,
que no puede sino sustentarse en la naturaleza de un hombre afin a las
peculiaridades de ese lenguaje, en aquello que hace que un hombre sea diseñador
y no alguna otra cosa.
Del diseño
a Leufert le atrae justamente esa su condición obligante, su implicación
con diversas facultades en tensión, lo que el trazar y el dibujar
comportan de sensibilidad e imaginación, de inteligencia y cálculo,
de lógica combinatoria y de fantástico, de contención
y desbordamiento.
Le interesa sobreanera la posibilidad de poner en movimiento el inventar
y el idear, la opor-tunidad de retraducir para otros su modo de ver, de
sentir y experimenter, de transmitir el saber que ha acumulado a través
de su reiterada e incansable frecuentación de las formas, pero también
y de ningún modo menos, lo que representan para esta inventiva las
normas propias al inquebrantable deseo de hacer visible algo significativo.
Es de las necesidades y resistencias del diseño de donde Leufert
extrae su mayor placer; reconociendose como parte del mundo de la contemporaneidad,
se niega a pactar con los residuos románticos que condenan al artista
a constituirse en vehículo de fuerzas ocultas y trascendentales,
a vivir traspasado de ensue-ño confundido y sumergido en ellos.
Leufert tiene plena conciencia de que no hay lugar para el chamán
en la sociedad de nuestros días. Ni el brujo, ni el sacerdote, ni
el poseído, ni ningún tipo de encumbramiento espiritual tienen
cabida. La inarmonía, la confusión, la brutal avalancha,
el acoso de la sociedad en que vivimos piden una actitud diametralmente
diferente.
Se da cuenta de que el artista como sujeto mediúmnico arrastra
consigo el peso muerto de un arcaísmo sobrepasado, que hace entrar
en contradicción el trabajo artístico con las actuales condiciones
materiales de producción, confinándolo a la reiteración
de modelos sociales y relaciones ya inexistentes.
El artista no crea
el "espíritu de la época", pero de él se
nutre y le corresponde absorberlo.
Expresar sus constantes y hacerlo comunica-ble en su evolución
es uno de sus mayores cometidos.
En su manera de enfrentar el diseño, Leufert obedece a las exigencias
progresivas del presente. Se aproxima a ese tipo ideal de la era científica
que se ajusta al hombre meditati-vo, al hombre que reflexiona sobre sus
expe-riencias y que entrega los resultados objetivos de su investigacidn
a la comunidad. Porque construyendo, organizando y recreando su experiencia
de realidades profundas puede es-tablecer un medio efectivo de relaciones
visuales que contribuya a ampliar y refinar el campo de la inteligencia
óptica.
Por más de treinta y cinco años, y entre un quehacer y
otro, Gerd Leufert se ha dedicado; a la creación de formas que son
por son mismas emblemáticas, es decir, que expresan zonas de nuestra
experiencia que sólo con dificultad pueden ser expresadas con palabras,
y que en sus emblemas quedan eficazmente condensadas.
Su obra es el producto del coloquio ininterumpido que ha mantenido con
las formas y los signos gráficos para averiguar que es lo qué
dicen. De allí la variedad de su exploración la riqueza y
multiplicidad de sus hallazgos, amplio registro de posibilidades formales
en que se mueve.
Las obras que contiene este volumen, diseñado y concebido por
Alvaro Sotillo, no naciero de una imposición, sino de una prolongada
interacción en la que él y sus signos jugaban a expresar
nociones abstractas, tales como lo dinámico, lo orgánico,
lo preciso, lo impreciso, lo transparente y lo aún imposible. De
sus trazos debía surgir la forma o su desintegración, el
espacio o la congestión, la movilidad, o el estatismo.
