Uno mira el paÌs y
lo vuelve imaginario, lo recorre en su sentimiento.
Lo habita en la perenne carencia de nunca tenerlo
apenas le dice adiÛs. Y se acuerda de su ltimavez a
la vuelta de su inmensidad alzada y tendida como si
lo hubiera soÒado y buscara su parecido con la
realidad en la nube, en el pasto, en la maleza, en su
flanco de arrecife y albufera, en su garganta de
bromelia y mangle, en el rezongo de la ola y la mudez
de los rÌos y lagunas, en el rugido de los saltos y
los torrentes despes, como un mÈdano que borra a
otro mÈdano en el resplandor de la canÌcula sin
forma. Y tiemblan con el alisio pertinaz o se crispa
bajo la quemadura de la sequÌa. Arriba cruza o se
detiene el ave m·s fiero o el p·jaro m·s fr·gil
mientras sobre su suelo o en su entraÒa de agua y
caverna cunde la criatura de pezuÒa y fauce,
devorante y devorada. TambiÈn hay un monstruo de
tamaÒo de una l·grima y una flor que se parece a un
suspiro. la espina que se desgarra promete la
serpiente o la orquÌdea. siguen por horas, dÌas y
siempre, los desiertos de la sed y del diluvio. La
eternidad tiene formas de precipicios de arenisca
amotinada entorreones de cuarcita y basalto por donde
se lanzan rÌos a ser nube y rocÌo. El tiempo es la
selva y es el Orinoco y el destino comienza en
aquellos palmares, aquel humo, aquella nada blanca en
el filo de las sabanas o en las gibas de los
p·ramos. Y el mar es un presentimiento continuo,
entre las palmeras y los peÒascos. El sol nunca se
pone en sus playas porque apenas terminael dÌa en la
penÌnsula de su occidente comienza otro mar en el
golfo de su oriente. Y la tierra tampoco termina en
su oleaje: la punta de un abismo, la cima de un
vÈrtigo asoma sobre la sal y el mangle hasta
sosegarse en archipiÈlagos y cayos donde tienen
comercio de amor y caravanserallo las aves migradoras
que oscurecen con su vuelo los continentes. Y supura
el petrÛleo de su suelo con la misma abundancia con
que surge la niebla de sus abismos elevafos y
hundidos.
El hombre
antiguo hzo Ìntima toda la enormidad de esa tierra
desand·ndola en busaca del animal y del fruto o
deteniÈndose en la casa y en el y el barbecho del
sedentario, mientras dejaba en cavernas, peÒascos y
barrancos el lenguaje de los silencicoso y lo real,
el del cÌrculo y el del ser y la cosa, o la noticia
del paso de los dioses que nos dieron cosistencia de
barro, semilla y latido para que remend·ramos su
apariencia y viviÈramos la ilusiÛn de perdurar en
el ambar gris del semen y el estambre del ovario.
La eternidad pasÛ muchas veces sobre el ayer de
Venezuela. El habitante primigenio mezclÛse con el
v·stago europeo y el africano. Mientras tanto el
afuera estaba allÌ en su suelo caÌdo y elevado, en
su exuberancia y escasez, en su infinito de mar y
tierra y en su vecindad el hombre continuo no ha
dejado de mantener estrecha alianza, prolongando el
horizonte y la cspide, el embrollo selv·tico y
torrentoso, el rÌo sin orillas y la arena doluvial
en la forma y fantasÌa que presta a su estar en el
mundo como huÈsped efÌmerio de la vida y como
recuerdo perdurable de su adiÛs. A la sombra de sus
cielos de roca y musgo, en las axilas de sus bosques,
al ras de su lejanÌa de agua y polvo, hace muchos
olvidos o apenas su vÌspera, el hombre y Venezuela
nunuca ha dejado de mantener inteligencia con lo
deslumbrante. El techo de palmera y de arcilla son
menos cobijo humano que una continuaciÛn de sierras
y sabanas, precipicios y valles, de nadies y muchos
en la soledad Ìngrima y la soledad colectiva de la
casa, la ladea, el caserÌo, el pueblo, la ciudad. El
camino y el sendero, la huella del solitario y la de
la multitud rozan o hienden lo tierno y lo ·spero de
ese frente de jardinerÌa y yermo en el que el hombre
ha inventado el muro y el cerco con el hueso y la
carne del paisaje en el que mira como un reflejo de
su sentimiento y se sabe, asÌ, semejante a lo que se
anubla y lo que se desnuda en sus lÌmites de cielo y
espejismo. De su hilacha y de su corteza, su cieno y
su piedra, su metal y su pelambre, el hombre ha
fundado su permanencia en la belleza del afuera de
seta tierra. Su confidente es la cascada, el
pastizal, la umbrÌa, la ola y el aguaje.
Lo que canta y gime, lo que susurra y ruge, lo que
enmudece y es ilusorio son los puntos cardinales
donde la luz y la sombra forman un cÌrculo de los
equinoccios y los solticios en el frenecÌ de las
estaciones de la sed y el ahogo, del verde y la
llama. Cuando canta, cuenta o muve sus manos en la
talla y el telar, en el trazo y la muesca, cuando
imagina, el hombre convida al paisaje a mirarse en la
apariencia de la certidumbre y fingimiento de su
emociÛn y su destreza convierten en asunto de
f·bula y crÛnica, idea y sentimiento, adorno y
utensilio, goce y utilidad.

De esos cielos desnudos y sombrÌos, ese fuego de
centella y de canÌcula y de cuanto se eleva y se
tiende, se sumerge o transcurre y tiene por sombra la
hoja o la caverna y por m·s all· unas rocas de
bromelia y epÌfitas, una intensidad del ocre y de la
sal, de viento y ardor, de humedad y sequÌa, una
orilla continua que carcomen las mareas o adelgazan
las islas y los paraisos de alta mar, extrae el
hombre de la realidad de que est· hecha su
imaginaciÛn para transfigurarla en una experiencia
del Èxtasis, que es la blancura blanca de la
Venezuela de ReverÛn y la de la espiritualizaciÛn
de la luz de Soto. Si tuvieramos que resumir la
vecindad -no sÛlo fÌsica sino invisible- que
mantiene el hombre con Venezuela bastarÌan estos dos
testimonios pictÛricos para que a travÈs de ellos
dirijamos una mirada hacia adentro de la
correspondencia geogr·fica y existencial que une al
ser con el lugar, el aquÌ terrestre y moral en ese
orden estÈtico del lenguaje pictÛrico se manifiesta
como una transfiguraciÛn del paisaje, o, mejor una
metaforizaciÛn del espacio por la casa individual o
colectiva -desde la m·s arcaica a la m·s moderna-
porque n ella hallamos la montaÒa y el horizonte
imaginados como h·bitat, en una continuaciÛn
interior de su movimiento y su quietud, su elevaciÛn
y su confÌn. El temblor de la blancura canicular
borra lo visible o deja su huella en el aire.
De esa Venezuela blanca ha surgido una estÈtica
solar: la de ReverÛn y la de Soto, y un
comportamiento existencial y sensible. Y tal actitud
perdura desde nuestro ayer m·s lejano. Nunca
dejaremos de buscar por abrigo la rama del rel·mpago
que habla Vicente Gerbasi, de desandar la tierra con
el horizonte enredado en el pie que dice Alberto
Arvelo Torrealba y de dormir en la casa tantas veces
p·lida y de espalda a los bellos nombres que desvela
a Ana Enriqueta Ter·n o la de Wuanadi, el demiurgo
de los yekuana, la cual, en los tiempos en que los
dioses tenÌan la estatura de los tepuyes y los
grandes saltos, fue un dÌa esa montaÒa que se mira
en el alto Orinoco, el Marahuaca Hidi, a cuya sombra
el indio ha copiado su techumbre con tejido y cieno y
de selva.

No habitamos Venezuela, habitamos su imagen. Como
toda imagen es un suspiro, una nostalgia de lo que
alguna vez vivimos o quisiÈramos haber vivido,
aunque confrecuencia -m·s ahora, en estos tiempos
tenebrosos de devastaciones del verde y de desiertos
de cemento- nos asalte el sentimiento de la nostalgia
m·s sombrÌa de todas las nostalgias: la de la
elegÌa.

Luis Alberto Crespo.