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LAS CANARIAS Y LA CULTURA DE PASO

Para la historia de la arquitectura canaria el lapso temporal que concluye en 1788 coincide también con el final del antiguo régimen. Con Fernando VII España se acerca a las islas y la arquitectura de esas islas registra el cambio de actitud con una renovada calidad neoclásica.

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El interés demostrado por los Reyes Católicos hacia las Canarias cuando tomaron la decisión de acometer la conquista de las tres islas realengas, debió fundamentarse en ideales de afirmación nacionalista y consolidación de la unificación territorial. La incorporación de las Canarias a la Corona de Castilla, significó, además, el comienzo de una nueva política de expansión y autodeterminación, fundamental para el prestigio de la Corona en el concierto de los países europeos. Sin embargo, fue un interés que duró poco tiempo y que fue debilitandose más y más desde que las fabulosas noticias provenientes de América, descubierta en los mismos años en que se conquistaron las islas de La Palma y Tenerife, ocasionaron asombro primero y apetencia después. Fue principalmente a partir de la segunda década del siglo XVI, cuando la realidad territorial americana reveló la magnitud de la nueva geografía, que el interés de la Corona se volcó hacia el Nuevo Mundo. La conquista y colonización de América, cambiaron el papel protagónico de las Canarias: el archipielago, antiguamente considerado como el lugar del finis terrae asume su nuevo rol de luger de paso. Sitio de aprovisionamiento de navíos, de aguada, de reparaciones, de contratación de marinos y donde resolver los tantos problemas que exigía la travesía atlántica. Sitio de escala obligada en la ruta hacia América, pero siempre de paso. El nuevo interés está en América y de ello también tomó conciencia el canario, el "isleño" que tantas raíces dejó y sigue dejando en el Nuevo Mundo.

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ha_f3.gif (14237 bytes)En América, España introduce su cultura, su idioma, su religión, su arquitectura, sus orgullos, su amasijo de historias y dominaciones: ibéricas, celtas, fenicias, griegas, romanas, hebreas, islámicas y germánicas. Junto a ese bagaje, también llegan al Nuevo Mundo pasando por el filtro del catolicismo rasgos fundamentales de la cultura italiana, flamenca, austríaca y centro europea. Lo acontecido en Hispanoamérica ha demostrado claramente que la geografía política, con su cabeza en Madrid, nada tiene que ver con la geografía artística que, en cambio, se nutre de aportes culturales de diferentes orígenes que no requieren pasar por los canales oficiales ni someterse a los controles de ordenamiento burocrático para entrar en América. ha_f4.gif (17401 bytes)La América española era una unidad ideológica que se manejaba como una colonia, pero, esa unidad que se rige por directrices emanadas en Madrid es más aparente que real. En lo político y religioso tales directrices resultan eficientes, pero en lo cultural, científico, pensamiento y también en lo arquitectónico, esa unidad deja de ser impenetrable y, sobre todo, deja de ser controlable. La aceptación de una forma arquitectónica flamenca pudo darse en América antes de que fuese conocida en España porque las vías que conforman la irradiación de la geografía artística, transitan caminos de orientación diferente (Kubler, 1968). La religión católica es la única autorizada para cruzar el Atlántico y, por eso, de los religiosos que viajan a América lo que importa es el catolicismo y no la nacionalidad de los individuos. ha_f5.gif (18214 bytes)Para cumplir con la tarea evangelizadora da igual un franciscano flamenco que uno italiano o uno español: la religión es la misma. Lo que no es igual es la formación cultural, los conocimientos artísticos, la idea de arquitectura, la tradición constructiva y el nivel de contemporaneidad de lo que marcha al frente del quehacer arquitectónico. Entre los religiosos de nacionalidad no española, median diferencias culturales enormes: diferencias que, por ser tales, son a la vez las, unícas que pueden explicar la coexistencia de diversidades y, de paso, establecer lo específico de lo americano. Toda esa suma de diversidades y de aportes culturales distintos producer expresiones moy propias de los fenómenos de transculturación. La heterogeneidad cultural, juntamente a la naturaleza de un medio ambiente diferente, también contribuye a producir expresiones diferentes. Aún cuando en América la arquitectura colonial no logra deshacerse completamente del léxico arquitectónico europeo, es evidente que también produce obras que nunca se hubieran podido dar y concebir en el viejo mundo. Basta con citar un solo ejemplo: el Santuario de Ocotlan en Tlaxcala (México). La transmisión y afirmación de la arquitectura europea en Canarias, analizadas dentro de los limites de una escala mucho más reducida, tiene similitudes con lo acontecido en América. E1 fenómeno de transculturación en el archipiélago comenzó antes del descubrimiento de América con normandos, italianos, portugueses, flamencos, andaluces y otros peninsulares, pero fue a partir de la conquista de las tres islas mayores, Gran Canaria, La Palma y Tenerife, gesta consumada entre 1478 y 1496, que se evidencia un desarrollo sorprendente, sobre todo en la organización urbana y territorial.

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También cabe observar que desde los albores de la arquitectura canaria , es manifiesta una marcada relación con las formas y las técnicas portuguesas; relación que se hizo siempre más fuerte y que llegó a constituirse en uno de los rasgos más característicos de esa arquitectura. Una relación y un vínculo que no sólo aparece en las primeras obras notables de comienzos del siglo XVI como la portada de la iglesia de La Asunción en San Sebastian de La Gomera y el espacio interior de la catedral de Las Palmas de Gran Canaria, sino en conjuntos urbanos con calles formadas por secuencias de fachadas continuas en las que destacan los ritmos verticales de los vanos y las franjas esquineras en piedra de color gris oscuro. Caminar por alagunas calles de La Laguna es revivir sensaciones ya experimentadas en tantos poblados de Portugal o en Bahía, Mariana y Ouro Preto en Brasil. Sensaciones que se perciben tanto en los valores contextuales de las perspectivas como en los grandes lienzos de muros blancos enmarcados por franjas, cornisas y zócalos de piedra, en los detalles de las ventanas de guillotina o en la ubicación rítmica y simétrica de los vanos. Un "sabor" a Portugal muy arraigado y aún muy patente en el panorama de la arquitectura canaria. Vínculos más que comprensibles puesto que la presencia lusitana en las Canarias se remonta, por lo menos, al siglo XV. Hubo contactos anteriores, como la famosa expedición de 1341, pero quien se percató de la importancia geoestratégica del archipielago fue el Infante don Enrique, el Navegante. Ya en poder de las Azores, Madeira y Cabo Verde, la posesión de las Canarias hubiera significado el control total de las rutas del Atlántico africano. Aunque hubo momentos en los que pareció posible la permanencia portuguesa en las islas, como lo indica la venta de Lanzarote que Maciot de Béthencourt concertó en 1448 con el Infante don Enrique, los portugueses nunca lograron una ocupación permanente de ellas. Ni siquiera la guerra castellano-portuguesa, consecuencia de los problemas de sucesión surgidos a raíz de la muerte de Enrique IV, ocasionó intentos ocupacionales favorables a los portugueses. El tratado de Alcaçovas, firmado en 1479, pone fin a las pretensiones de Portugal sobre el archipiélago y, como contrapartida, España accedió a no interferir en las rutas africanas. El consiguiente período de paz y la conquista castellana de las islas de Gran Canaria, La Palma y Tenerife, favorece la penetración de la cultura portuguesa con sus tradiciones y, entre ellas, su forma de vivir, habitar y construir. Primero, el interés de los colonos lusos se concentró en la agricultura, azúcar y vino; pero más tarde, con el descubrimiento de América, las isles se convirtieron en importante sitio estratégico para las rutas de las dos Indias: las Indias Orientales y las Indias Occidentales. Seguramente fue en el siglo XVI cuando se produjo el mayor movimiento demográfico en el asentamiento de portugueses. Así se desprende de varias relaciones y documentos antiguos y de estudios recientes. En 1590 el ingeniero militar Leonardo Torriani, enviado por Felipe II para estudiar la defense de las islas, al referirse a la isla de Tenerife señala que: "la mayor parte de la gente son portugueses, los cuales, como superan a las demás naciones de España en la industria de la agricultura, han conseguido que esta isla fuese de mayor feracidad y riqueza". La emigración portuguesa comenzó a decaer notablemente al mediar el siglo XVII; entre las razones que pueden explicar el hecho, tres fueron las principales: la guerra de Portugal para recobrar su independencia, el cambio de rumbo de la emigración hacia Brasil y la crisis económica española a lo largo de los reinados de Felipe IV y Carlos II. En 1640, cuando Portugal recuperó su soberanía, España había llegado al fondo de la depresión. La huella de la arquitectura portuguesa es, seguramente, la más inconfundible entre los legados de la cultura lusitana; testimonio irrefutable de la participación que tuvo en la formación de la sociedad hispano-canaria y fenómeno de persistencia identificable hasta el siglo XIX. Como senaló José Pérez Vidal (1991), "el elemento demográfico portugués era tan importante y de tal condición, que su cultura tradicional tuvo que entrar a formar, con la española y con la indígena, la cultura radical del nuevo Pueblo". También Jesús Hernández Perera (1984) observó que: "en todas las islas del archipiélago el influjo portugués ha sido muy notorio. E1 éxodo se produjo desde la provincia del Algarve y más aún desde las islas Azores y Madeira. La tierra de su preferencia fue La Palma, donde la huella es más intensa. Los lusitanos desplegaron toda clase de actividades, sin descartar las más humildes".

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Las Canarias, incorporadas a la Corona española "como una provincia más", no producer una arquitectura comparable a las de las otras provincial peninsulares por la sencilla razón que no tienen el respaldo de una tradición de siglos como la experimentada por España. Sin antecedentes y de la nada, las Canarias entran en el discurso arquitectónico en el momento de transición que signa el paso del gótico al renacimiento. Aunque las primeras formas son introducidas por los peninsulares con influencias andaluzas, portuguesas, islamicas y de otros orígenes, siempre habrá que tomar en cuenta la fuerte incidencia que en la arquitectura canaria determino la situación peculiar que establece la "cultura de paso". Es decir, un nivel cultural variable e inestable; un nivel cultural carente de verdaderos impulsos porque no hubo interés en fomentarlos ni respaldo oficial necesario para desarrollarlos debidamente. En fin, una situación cultural muy sui generis generada por el hecho que por las Canarias solamente "transitó" ese enorme bagaje cultural que tenía su destino final en América. Claro está que siempre queda algo, aunque sean migajas, pero ese "algo" es justamente lo que pone en evidencia lo aislado que estaban las Canarias de los centros de creación primaria, más por la posición de indiferencia que por su condición geográfica de apartada ubicación insular. Tal situación, sin duda desfavorable para recibir impulsos culturales foráneos, facilitó el estancamiento, prolongó la vida de los arcaísmos y permitió la repetición de formas "descontinuadas". Son fenómenos propios del quehacer artístico provincial en regiones aisladas y, sin embargo, condicionantes en la formación de una expresión regional. Los hombres que intervinieron en la arquitectura de la primera mitad del siglo XVI, aún debían considerarse más peninsulares (españoles y portugueses) que canarios; los rasgos de una arquitectura canaria comienzan a perfilarse a partir de la segunda mitad del siglo XVI, cuando está definida la toponimia urbana, cuando no hay más fundaciones y, sobre todo, cuando ya se ha definido el rol principal del archipiélago: escala o paraje en el que tocan rutinariamente las embarcaciones entre el puerto de origen y aquel donde van a rendir el viaje. He apuntado anteriormente, la paulatina perdida de interés que la Corona demostró hacia las Canarias a raíz del descubrimiento de América, así como de las crecientes expectativas que podían ofrecer las desmesuradas dimensiones del Nuevo Mundo. Ese cambio de actitud en la política e interés de la Corona, de lo más comprensible aunque no justificable, se refleja también en la arquitectura canaria y, para demostrarlo, basta con mirar a dos monumentos fundamentales para advertir la actualidad de uno y el atraso del otro: me refiero a la catedral de Las Palmas de Gran Canaria y a la iglesia de La Concepción de La Orotava. La catedral de Las Palmas se inició en los primeros años del siglo XVI, en momentos que aún no dejaban siquiera imaginar la importancia que alcanzaría el reciente descubrimiento de América. En otras palabras, la catedral de Las Palmas revela una calidad y unas dimensiones consonas con los requerimientos arquitectónicos de una "nueva provincia" incorporada a la Corona de Castilla. Calidad y dimensiones de una obra de prestigio y de poder. En fin, una obra comparable a las catedrales peninsulares y - muy importante - la primera catedral que España levanta fuera de la península. Toda una serie de valores que no se repitieron más en las Canarias porque el interés oficial sólo transitó por ellas. En efecto, no se dieron más otros ejemplos semejantes y hasta la propia catedral de Las Palmas ni siquiera se terminó. E1 segundo ejemplo, posterior en más de dos siglos, es el de la iglesia de La Concepción de La Orotava , considerada como la "más barroca" entre todas las existentes en el archipiélago. Jesús Hernández Perera la define como "la más monumental de las iglesias canarias del barroco" y Carmen Fraga la considera como "el mejor ejemplo de la arquitectura religiosa de estilo barroco levantada en las Canarias". Trataré más adelante sobre esta iglesia considerada como "la más barroca" aún cuando carezca de un espacio barroco. Por ahora quiero destacar que la planta de este templo (1768-1788) es, más bien, un ejemplo de estancamiento cultural y de arcaísmo que de barroquismo. Se repite, a finales del siglo XVIII, la solución de tres naves separadas por columnas, cuando el barroco había practicamente eliminado la columna por las pilastras y, sobre todo, cuando, a raíz del Concilio de Trento, la iglesia uniespacial o de piano jesuítico, había encontrado gran aceptación como el nuevo espacio litúrgico de la arquitectura cristiana occidental. Ese arcaísmo, propio de la iglesia orotavense, una vez más demuestra aislamiento cultural y, a la vez, evidencia unas características repetitivas que se dan en las iglesias canarias desde el siglo XVI al XVIII. La Concepción de La Orotava es un templo notable, sobre todo por el movimiento de su fachada, pero no se puede ignorar que en su interior faltan por completo los conceptos espaciales propios del barroco. La noción de retórica, el factor de persuasión y los efectos ilusorios que en cambio se advierten en cientos de templos hispanoamericanos, no se dan en las Canarias porque no se dieron en ellas aquellos impulsos e intereses que, por el contrario, recibió América. Conviene aclarar en este punto, que no es conveniente analizar a la arquitectura canaria, en especial a la de los siglos XVII y XVIII, en términos de "invariantes". La teoría de los invariantes más que valorar críticamente los elementos de cambio se propone subrayar los elementos de permanencia. Analiza la obra de arte que en su suceder se mantiene siempre la misma y nunca lo mismo. Los invariantes pueden asociarse al concepto de indefinición o genericidad tipológica; no se basan en la invención de formas, sino derivan de una serie de patrones. El concepto de invariante esta condicionado a una analogía formal y funcional existente; es un esquema deducido de una suma de variantes formales-funcionales a una forma-función basica común. En consecuencia, aun cuando los invariantes proceden de experiencias de formas realizadas como formas artísticas, anulan el valor creativo originario mediante la repetición pasiva. Para la estética tienen un interés limitado por tratarse de una fase negativa e intencional vinculada a componentes populares y tradicionales. Además, con los invariantes se asocian las afinidades, las repeticiones y los rasgos comunes identificables visualmente. Son asuntos no problemáticos que reunen los caracteres más generales en lugar de desentrañar los rasgos únicos diferenciales. Los invariantes son, en fin de cuenta, una fase de estatismo intelectual que tiene sus raíces en la dificultad de deshacerse de los reconocimientos a lo tradicional.

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El interés de la Corona para las Canarias era enteramente práctico: el de ser la más importante y obligada "escala técnica" de todo ese enorme bagaje que por allí transitaba con rumbo al Nuevo Mundo. Eso plantea un problema con características diferentes dentro del fenómeno de las transmisiones culturales porque, en lugar de actuar directamente, los aportes y las influencias entran de refilón o de pasada. Se trata, nuevamente, de la confirmación de esa "cultura de paso" que es propia del archipiélago. Durante el período de la presencia hispana en América, la situación cultural canaria no llegó a ser un apendice francamente peninsular ni produjo manifestaciones asociables a las hispanoamericanas. Surgió, en consecuencia, una afirmación de autodefinición local que, arquitectónicamente, se manifestó mediante la convivencia de arcaísmos, estancamientos, aportes heterogéneos, asimilación de tradiciones foráneas y tendencias repetitivas. Maduró una expresión regional basada en elementos formales que fueron arraigándose por el aislamiento y repitiéndose hasta asumir identificación tipológica local, limitada, sencilla y austera, pero tan afirmada y segura que hasta repercutió en América. En efecto, el arcaísmo de las plantas basilicales de tres naves pasa de Canarias a Venezuela donde se repitió hasta el siglo XIX. Del mismo modo, los "balcones canarios" también se exportaron a Perú, Colombia, Venezuela y Cuba juntamente a otros detalles como plantas de casas, formas de techos y soluciones derivadas del omnipresente mudejarismo. Por eso conviene subrayar que la arquitectura canaria, a pesar de todas sus limitaciones receptivas, es una arquitectura que "se hizo" y que logró superar la indiferencia del oficialismo cultural de Madrid. Las Canarias, aunque integradas a la Corona de Castilla y por lo tanto parte de la España misma, carecieron de un ambiente cultural comparable al de la peninsula y, más bien, padecieron un aislamiento y una distancia de los centros creativos que las ubicaron aún más lejos de America. "Aquí se demoraron los cambios por cuenta del aislamiento y la lejanía de los centros creadores", dice J. Hernández Perera (1984), dejando entender así las rezones de los retardos culturales. Juan Sebastián López García (1983) también apunta que "las nuevas tendencies artísticas, nacidas en zonas culturalmente más dinámicas, llegan tardíamente al Archipielago y luego perduran enraizandose en nuestra tierra, de manera que se arcaízan y se amoldan a las condiciones e imperativos de los medios físicos y técnicos del país". También Carmen Fraga (1990) advierte que la arquitectura canaria "no fue levantada como obra de tédricos proyectistas, sino que surgió en manos de alarifes, canteros y carpinteros con experiencia práctica; todo ello da por resultado en los primeros siglos unas construcciones en cierto modo colectivas en cuanto a autores, pues se suceden unos a otros con los distintos trabajos, incluso en la dirección de estos. Para ellos tenía más importancia el modo de edificar que el estilo, dando lugar a unas soluciones técnicas que se repiten y a unos ornatos que difieren del compas de los estilos que se van instaurando en Europa". Para Francisco Galante (1989) la arquitectura canaria es una manifestación singular "mediatizada por tradiciones y culturas diversas que se caracteriza, sobre todo, porque es una arquitectura anacrónica, supeditada a la tardía recepción de nuevos modos e improntas". Resultaría largo y tedioso continuar señalando las varias opiniones compartidas por los destacados investigadores que han advertido la situación de "retardos" y aislamientos de la arquitectura canaria y de su ineludible condición de manifestación provincial periférica. Una arquitectura que no tiene límites temporales definidos, que no respeta períodos, que no marcha al compás de los estilos. Una arquitectura que tiene su "propio" tiempo y que a la vez establece sus convivencias formales de la manera más candida y arbitraria. Que se usen bóvedas nervadas góticas a finales del siglo XVII, arcos conopiales en el siglo XVIII o techos mudejares en el XIX, no significa solamente retardo y arcaismo. Hay que considerar también lo limitado del repertorio tecnicoformal a disposición de los maestros constructores y, por eso, la tendencia a la repetición. Se repite lo que ha demostrado funcionar bien por experiencias previas; si nadie ofrece soluciones técnicas y formales nuevas, la repetición se seguira haciendo porque tiene el respaldo de la eficiencia comprobada. Los críticos la miran como un arcaísmo, pero, los que la realizaron la miran como algo que, de antemano, saben con certeza que la obra va a resultar y a funcionar muy bien. La cultura que sólo transita por un puerto, no puede dejar los mismos resultados que recoge el puerto que se encuentra al final de la ruta. Por eso señalé que la arquitectura canaria "se hizo" y por eso comparto lo expresado por Fernando Gabriel Martín Rodríguez (1978): "La condición insular, el medio físico y la cultura importada, son los factores básicos. De todo ello surgirá un tipo de construcción definido que, tras los balbuceos iniciales, se afirma y toma carta de naturaleza en épocas posteriores. Una arquitectura realmente valiosa y singular, inmersa dentro de las corrientes populares, pues posee aspectos propios que a veces, incluso, llegan a ser diferenciadores". Si hay una actividad del hombre que constantemente refleja a cabalidad las condiciones económicas, políticas, de poder o de miseria de una nación o de un pueblo, esta es la arquitectura. Ella es el reflejo y consecuencia expresiva de todos los períodos de auge y decadencia económica y cultural. Es lo tangible de las experiencias espacialmente vivibles y testimonio del paso del hombre por las distintas etapas de la historia de la humanidad. En las Canarias, la arquitectura refleja esos momentos de formación, afirmación, aislamiento y recuperación. En este trabajo me limito al período más duro, el de la formación, afirmación y aislamiento. Por eso lo cierro con una obra que, además de notable, es la que arquitectónicamente cierra el

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período del antiguo régimen: Nuestra Señora de La Concepción de La Orotava. En las décades finales del siglo XVIII termina un período y se abre otro que deja vislumbrar cambios sustanciales; ya la política borbónica había incrementado los contactos con las islas y, con Fernando VII, se hizo sentir aún más lo positivo del acercamiento. Con la pérdida de las colonias americanas a comienzos del XIX, las relaciones entre la metrópolis y las islas redujeron notablemente las distancias. Para la arquitectura, el momento coincide con la nueva ideología neoclásica que en Canarias introducer los hermanos Antonio Jose y Diego Nicolas Eduardo. Con la iglesia de Santiago de los Caballeros en Galdar, se abre un nuevo capítulo de la arquitectura canaria, seguramente el "más canario" y el que revela que la cultura ya no transita por el archipiélago sino que allí encontró su puerto de llegada final.

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