|
Además del Trazado en forma de
damero, la plaza Mayor de las ciudades Hispanoamericanas representa el rasgo urbano más
singular y definitorio desde México hasta Argentina.La plaza es un elemento definitorio de
todos y cada uno de los núcleos urbanos hispanoamericanos. Mejor o peor arreglada, con
más o menos elementos decorativos florales, con el monumento al procer o al héroe local
con su kiosko de música; o bien, desnuda, destacándose los edificios de todos sus lados,
la plaza mayor (de armas, de la constitución) representa la mejor imagen de cada pueblo.
Es como su fachada, como el escaparate de cada núcleo. Por él se ve el tono, la
categoría, la clase, la importancia o la sencillez, el relieve, la significación de cada
ciudad.
Existen plazas grandes, pequeñas, hermosas o tristes: porque sus
pueblos son tristes, hermosos, pequeños o grandes.Hay plazas mayores vulgares o
sugerentes que corresponden, así mismo, a pueblos que son atractivos o insignificantes.
Por eso se cuida la plaza como se cuida una conciencia, porque es el reflejo de cada
núcleo urbano. Pero lo importante, lo señalado, lo relevante es que en Hispanoamérica
lo mismo que Hispanoasia- esta plaza mayor viene dada por una definición
urbanística, fruto así mismo de la reflexión política, y que representa la aportación
española a la urbanística. La plaza mayor regulada, medida, proporcionada en medio de la
perfección geométrica de calles rectas, formando una red cuadriculada: con cuadros, con
cuadradas de medidas exactas, se montan en ciudades en todos los climas y en todos los
niveles de América.
Una auténtica conquista urbana la verificada por el
español, con casi el mismo empeño que sus empresas militares, sus esfuerzos
ligüísticos, sus afanes evangelizadores, agrícolas, mineros. Una conquista urbana que
tiene, lógicamente, sus propiuos acentos: es conquista germinadora, por el elevadísimo
número de fundaciones que el español realizó por una área extensísima: núcleos
urbanos que serán plataformas claves desde las que realizar las promociones económicas,
las actividades agropecuarias, los montajes industriales y mineros. 
A la categoría de ese fenómeno urbano se han acercado numerosos
estudiosos para definir algún importante rasgo y para, también, ayudar a la comprensión
del tiempo presente. Porque si el conocimiento del pasado es indispensable para un mejor
conocimiento del presente, en los temas urbanos las actuaciones y realizaciones de los
antiguos vecinos de las ciudades hispanoamericanas, su actitud para la solución de los
problemas que les abrumaban o deprimían, puede servir de pauta para solucionar o
por lo menos aminorar- los problemas contemporáneos.
Sobre esta preocupación urbana se destaca la fisonomía que guardan
los núcleos urbanos hispanoamericanos. Salvo excepciones, todos estos núcleos tienen
unas mismas características: tanto en la creación de las ciudades "para los
españoles", como en la formación de los "pueblos indios", el modelo es
uno, uniforme. El formado por las calles paralelas, el modelo semejante al de un tablero
de ajedrez. Este modelo se divulga, por comodidad o por conveniencia, a todos los paisajes
y en todas las cotas desde el terreno al ras del mar a Potosí, allá ariba, en las
alturas imposibles de los 4.300 metros- se está dando y dibujando este modelo.
Lo sorprendente es que esa conquista se verifique en un tiempo
récord: en casi cien años se produce el nacimiento de un crecidísimo número de
fundaciones en un ámbito amplísimo. Esa sorpresa se añade al hecho de que el modelo
usado el damero- sea raro en Europa, poco frecuente en la Castilla. Las ciudades
europeas bajo medievales eran núcleos apretujados, de las calles retorcidas, hechas
durante centurias para rehuir del sol o para protegerse de los malos vientos, con plazas
más o menos pequeñas, repartidas. Eran ciudades temerosas, miedosas: ese temor puede
medirse según el grosor de las murallas de Avila, de los bastiones de Jerez de la
Frontera, según el tono macizo del Alcázar toledano. La dirección económica, la
actividad social, el poder político y el eclesiástico se orientaban desde las tiendas de
los mercaderes, las casas de los poderosos, el gobierno municipal o estatal, los palacios
de los obispos
se encuentran diseminados por el área urbana. En el ámbito de la
ciudad medieval ibérica se ofrece además, el rasgo susutantivo de estar dividida la
ciudad por barrios según las religiones profesadas por los vecinos: definición de una
tolerancia multisecular que se quebraría en 1492. En el núcleo urbano musulmán
existían barrios dedicados a los cristianos (mozarabia) y a los judíos (aljama),
mientras el núcleo urbano cristiano los había destinados a los musulmanes (morería) y a
los judíos (aljama).
Con estos precedentes, saltan lógicas preguntas: ¿cómo es que en
América se produce la repetición infinita, y monótona, de un modelo tan contradictorio
con el habitual en España del siglo XVI?, ¿cómo y cuándo se produce esa fe en la
línea curva sinuosa de la calle medieval?, ¿de dónde se busca ese modelo?.
Indudablemente que, también, de la Península Ibérica. Las
ciudades serían intrincadas, retorcidas como intrigas, pero daban así mismo ejemplos, y
muy interesantes, de agrupaciones humanas resueltas entre calles paralelas y esquinas de
perfectos ángulos rectos. Los campamentos militares, nacidos al calor de cualquiera de
las tantas confrontaciones bélicas que tiene lugar en la Edad Media, se disponen según
el modelo ajedrezado: Que no es sino la supervivencia del castra romano. El
permanente mundo fronterizo ibérico diálogo de ámbitos cristianos con el
musulmán- resuelve sus diferencias en el lides que se proyectan desde concentraciones
guerreras que se agrupan en tiendas alineadas, con espacios abiertos interiores que
servían para evoluciones de la caballería y la infantería. La forma, modo, manera,
disposición de estos campamentos militares se regula, y se fija, jurídicamente,
encontrándose en las Siete Partidas las disposiciones por las que debían guiarse dichos
campamentos efímeros. Que se montaban con tiendas de campaña y que tenían la vida
movediza del tiempo de guerra. Pasado éste, el campamento desaparecía. Estos
campamentos, pues, fueron frecuentes y constantes en el desarrollo del mundo medieval
ibérico; también fueron efímeros en cuanto a la supervivencia. Duraban lo que duraba el
cerco de la ciudad, lo que se necesitaba para el preludio de una batalla.
Sin embargo en 1483 y en 1490 esos campamentos dejan de tener el
carácter transitorio. Puerto Real, en la bahía de Cádiz, y Santa Fe, en la vega de
Granada, son levantados no ya como campamentos inestable, sino con carácter premanente.
Ejemplos que tienen, también, precedentes desde Puente la Reina en la Navarra del siglo
XII. Núcleos urbanos que responden a necesidades y a urgencias militares o políticas y
que recurren al ordenamiento regular, con calles rectas. Esta devoción se halla
justificada: al enemigo no se le desea ayudar por las penumbras y recovecos de las
intrincadas ciudad medieval. En la ciudad militar nueva, con esquinas de ángulos de
perfectos 90º no es posible el ocultamiento.
Y de la mano de estos modelos mediatísimos el español usará de
ellos en todo momento, en América y Africa, también en Asia. En 1502 comenzará a
fijarlo en Santo Domingo, en 1506 en Santa Cruz de Tenerife. El modelo va y viene, por
encontrársele enormes virtudes y pocos defectos.
Entre los primeros, facilidad de reparto solares. Entre el mundo
conquistador, la justicia del reparto. Lo más equitativo de los lotes, los solares
serían más fácilmente repartidos si esos lotes eran exacta, geométricamente
iguales.
El modelo de damero montado en un mundo nuevo y por
consiguiente poco conocido motivaba la facilidad de la defensa. La ciudad americana se
mantuvo durante un largo tiempo con carácter de un mundo fronterizo: un campamento
estable de los blancos en territorio indígena, con aborígenes sometidos, pero recelosos
e inquietos sus conquistadores de que se rompiese el poder que ejercían los indios. La
ciudad con calles paralelas y esquinadas, como aristas, serían mejor defendida que
aquella otra a la que todo ibérico, y todo europeo, estaba habituado por tan intrincada y
llena de vericuetos.
Sin embargo, apesar de estos miedos y estos miedos y estos recelos,
la ciudad americana no se construye con murallas. La ciudad americana, en el momento en
que se funda, carece de estos sistemas defensivos. El núcleo urbano hispanoamericano
conoció frecuentes alteraciones, evidentemente, pero ese clima interior no precisó de
murallas para acallar los miedos aunque pueden matizarse según la reciedumbre de
los templos de algunas zonas: construidos como si se tratasen de auténticas fortalezas-,
sí, al contrario, bastiones y fuertes tuvieron que ser construidos, también murallas
(Lima, Veracruz, Trujillo, Campeche) para protegerse del peligro: pero el peligro y la
amenaza, durante la Edad Moderna, le venían a Hispanoamérica y a Hispanoasia por el
exterior.
Otro rasgo importante es la presistencia del modelo en damero: desde
la primera aplicación en Santo Domingo hasta casi nuestros días la excelencia y ventajas
de la construcción de núcleos urbanos de acuerdo con este modelo muestran una
perseverancia a una urbanística, que tiene explicaciones más profundas que las primeras
de urgencia en la construcción y conveniencia para repartos equitativos. Esta fidelidad a
este modelo conlleva una simbología y una ideología que mantiene precdentes en la larga
experiencia secular de la reconquista medieval y sus conexiones con la filosofía
tradicional (Eiximénic, Sánchez de Arévalo) y clásica (Aristóteles, Séneca,
Anaxágoras, San Agustín, Isidoro de Sevilla, Alberto Magno, aben Ruiz). Para casi todo
ese ancho período hispánico en las Indias de Castilla se aplica este modelo: convencidos
sus constructores de que la ciudad perfecta es la ciudad rectilínea, sin curvas, como el
núcleo urbano más idóneo en mundo perpetuamente fronterizo. Modelo que se planteó
durante todo el siglo XVI cuando la ciudad servía de crisol entre dos culturas, dos
mentalidades, dos actitudes. Pero cuando las fronteras culturales se fueron disipando,
difuminando; cuando los mundos del blanco y del aborigen se han mestizado e identificado,
y se plantean problemas fronterizos con otras potencias (con Portugal, en Venezuela,
Paraguay y Uruguay; con Francia, en la isla de Santo Domingo; con Inglaterra, en los
límites de las provincias españolas de luisiana y las Floridas, Texas y Nuevo México)
la ciudad volverá a ser el elemento político fijador de la entidad territorial. El
núcleo urbano conocerá, otra vez, las pautas del mismo modelo damero.
En resumen, el origen de las ciudades indianas se basa en un
transvase de una influencia integral española: resultado del perfeccionamiento
progresivo de una idea europea muy generalizada. Y que encuentra en Hispanoamérica unos
condicionamientos y condicionantes específicos que hacen pervivir y mantener unas
características espaciales, urbanísticas y estéticas durante siglos. Así a la conquista
urbana de América por definir el extraordinario hecho de las numerosísimas
fundaciones hispánicas del Quinientos- vendría acompañadas por un mismo, y monótono,
modelo, que se sigue empleando, sin riesgo de cansancio o de agotamiento.
2.SINGULARIDAD DE LA PLAZA MAYOR HISOPANOAMERICANA
Si en Europa la Plaza Mayor adquiere unos relieves especiales, en la
América española supone el espacio colonizador por excelencia. No existe otro espacio en
la topografía urbana hispanoaméricana que consiga contener la serie de aspectos y de
funciones que se concentran en ella. Mientras en Europa las funciones se reparten por la
geografía de la ciudad, en Indias casi todas ellas se concentran en la plaza mayor. La
plaza mayor representa, entonces, la razón del ser, el motivo de la ciudad, incluso el
motivo de su nacimiento. La hueste conquistadora en las primeras ciudades, los planos
colonizadores desde los núcleos siguientes, empezaron su construcción por y desde la
plaza mayor. A la perfección geométrica de esos núcleos urbanos no se llega de repente.
A la cuidada perfección del trazado de Puebla de los Angeles, Oaxaca, Trujillo o Buenos
Aires se procede casi naturalmente, sin que existiesen modelos facilitados por la
administración, por la adopción de unas formas que eran conocidas en España desde
generaciones. El apremio del Consejo de Indias se redujo a urgir la fundación de la
ciudad, como prueba jurídica, incontestable de la poseción, dando al mismo tiempo unas
vaguísimas fórmulas urbanísticas: que estuviesen bien ubicadas, en terrenos sanos y de
buenos vientos, cerca de vías de agua, con fáciles salidas y entradas. Para cuando se
promulgan las Ordenanzas de los Nuevos Descubrimientos y Población (Balsain julio 1573)
ya se encontraban fundadas la mayor parte de las ciudades indianas. "Como
planificadores y constructores los españoles han tenido pocos rivales en la
Historia", apunta Jorge Enrique Hardoy para calificar el siglo XVI hispanoamericano
(1).
Esta fisonomía urbanística se completa y se complementa con la
filosofía y el alto rasgo político de ubicar en la plaza mayor hispanoamericana todos
los centros sostenedores del poder: esquema que, así mismo, se lleva hasta el pueblo
de indios.
En España y en Europa los edificios representativos del poder
municipal, del poder gubernativo y el comercial, el poder social, así como el espiritual
y el eclesiástico se encontraban desparramados por la topografía urbana. En América la
plaza mayor los va a concentrar todos: en la plaza se encontrará el palacio del virrey o
del gobernador si la ciudad es capital de virreinato o de gobernación, o es sede de
audiencia o alcaldía mayor, o corregimiento contendrá las casas de éstos- ocupando, a
veces, todo el frente de la plaza (Ciudad de México, Antigua Guatemala, Lima y Quito). Y
junto a ese palacio, que define el poder político, el poder eclesiástico representado
por la catedral o parroquia. Las casas del obispo o del párroco se encuentran o al lado
del templo o junto a él. Igualmente se hallan entre otros costados de la plaza mayor los
otros poderes: el municipal (ayuntamiento, cabildo, cárcel) y las potencias sociales (con
las casas de los principales vecinos y notables de la ciudad). Mientras en los pisos bajos
de las casas contienen las tiendas de los mercaderes y comerciantes, definiendo la
presencia del poder económico.
La costumbre peninsular de encontrarse en la plaza de la casa del
señor de la villa encuentra, también, su eco en la localización privilegiada de la casa
del fundador o del jefe del hueste. Así, por ejemplo. Cortés en México/Tenochtitlan,
Jiménez de Quesada en Bogotá, Francisco de Montejo en Mérida de Yucatán.
Estos rasgos confluyen, junto a otros, para ofrecer características
especiales a la plaza mayor hispanoamericana y se encuentran en la plaza española: rasgos
que se configuran antes de que fuesen promulgadas las ordenanzas de descubrimiento y
población de 1573, donde se cristaliza toda la experiencia urbanística española en
Indias.
Pero la plaza mayor indiana no está siempre desarrollada del mismo
modo, ni siquiera ubicada en el mismo lugar con respecto a la topografía urbana. A pesar
de la monotonía del modelo en damero, existen diferencias en cuanto a la forma de
resolverlo. 
Jorge Enrique Hardoy ha estudiado, en diferentes trabajos (2), la
urbanización y la topología de las formas urbanas. Y encuentra varias diferencias en la
forma de resolver la cuadriculación: siguiendo dameros resueltos al modo clásico,
regular, lineal o adial.
El modole clásico se caracteriza por poseer el modelo en damero,
formado por manzanas idénticas de forma cuadrangular o rectangular, en el que la plaza
mayor ocupa el espacio exacto de una cuadrícula si edificar. El número de calles es,
normalmente, de ocho, tal como marcarían las Ordenanzas de 1573.
"de la plaza salgan cuatro calles principales: una por medio de
cada costado y dos calles por cada esquina de la plaza. Las esquinas de la plaza miran a
los cuatro vientos principales, porque de esta manera saliendo las calles de la plaza no
estarán expuestas a los cuatro viento principales que sería de mucho incoveniente"
(3).
Tal como aparecía en Panamá la Vieja, y en casi todos aquellos
núcleos urbanos cuya fundación fue programada (Puebla de los Angeles, Valdivia, Linares,
Buenos Aires, Antigua y Nueva Guatemala, etc.) Modelo que conoce diversas variantes, con
desición importante sobre la plaza mayor, que dejará de estar en el centro para situarse
cercana a lagún elemento geográfico señalado. Unas veces cerca del mar o de un río
(Lima).
El modelo regular sigue este mismo criterio, aunque sin rigidez.
Pertenece a los núcleos urbanos nacidos espontáneamente, revelando el arraigo del modelo
de sus fundadores. A veces aparecen dos plazas principales (Cuzco, Valladolid de
Michoacan) aunque con funciones diferentes: en la primera, los edificios públicos, en la
segunda, el mercado. Potosí sería el ejemplo de ciudad con modelos regular y plaza
central mientras Campeche. Cartagena, Veracruz y San Rafael de las Rozas poseen una o más
plazas descentradas.
Existe un importante tercer apartado que reune los centros que no
siguen el modelo cuadriculado: es aquel que aglutina los centros de crecimiento
espontáneo y que no siguen aquel modelo por imposibilidad orográfica. Fundamentalmente
son reales de minas (Tegucigalpa, Zacatecas, Taxco o Buruticá, Guanajuato y Oruro, por
citar algunos nombres brillantes), pero también puertos (Valparaíso), aunque
excepcionalmente.
La plaza mayor adquirirá, según los casos, una importante
significación según esta tipología, ya que categorizará el peso de la sociabilidad
urbana sobre una parte de la ciudad si la plaza se encuentra en una determinada zona de la
ciudad y no en el centro geográfico de la misma, como en los ejemplos del modelo clásico
en que se recibirán, equitativamente, las reacciones y la participación vecinal de todo
núcleo urbano.
3.PLAZA MAYOR, CENTRO DE CONVIVENCIA COTIDIANA
La plaza Mayor hispanoamericana poseía todos los elementos precisos
para ser el espacio donde se procediese la intercomunicabilidad ciudadana, la convivencia,
con más o menos intenso énfasis. Por la serie de funciones que el español concentró en
ella, resulta un espacio indispensable. Todo vecino se encontraba precisado, dependiente,
para allegarse a dicho lugar cotidianamente: tanto para el blanco, como para el indígena,
así como para cualquier mestizo.
La vida de relación, la comunicabilidad, los intercambios nacían
de forma obligada: la Plaza Mayor resultaba el espacio donde tener el esparcimiento y el
trabajo, donde hallar el regocijo y la meditación, el trato y el contrato, la oración y
la oficina de empleo, donde vivir la diversión y contemplar el castigo al malechor:
ejemplo permanente para cualquier persona, fuere de la raza que fuere.
En el palacio virreinal (en México y Lima desde las primeras
décadas del Quinientos; desde mediados del siglo XVII, además, Bogotá y Buenos Aires)
se encontraban las oficinas públicas de los "tribunales superiores del Reino, como
son de la Audiencia Real, el acuerdo, la sala de crimen, el tribunal de real hacienda o de
cuentas, el de cruzada" (4). Mientras en las capitales provinciales (audiencia ,
gobernación, alcaldías mayores, corregimientos) poseían sus correspondientes oficinas:
que atraían un sustantivo número de vecinos a más de la población flotante ocupada por
asuntos burocráticos. Población que, en cada caso, se repetiría el mismo afán que
recogen los interlocutores del Diálogo Segundo de Francisco Cervantes de Salazar,
contemplado en México de 1554.
- ¿Quienes son aquellas gentes que en tanto número se juntan en
los corredores del palacio y que a veces andan despacio, a veces de prisa; ora se paran,
luego corren, tan pronto gritan como se callan, de modo que parecen locos?
Son litigantes, agentes de negocios, procuradores, escribanos y
demás que apelan de los alcaldes ordinarios a la real Audiencia, que el tribunal superior
(5).
Bastantes de esas ciudades que contienen esa categoría son sedes
episcopales, añadiendo las correspondientes oficinas eclesiásticas, con sus respectivos
funcionarios. En uno y otros, los profecionales, tan métricamente señalados por Bernardo
de Balbuena:
"fiscales, secretarios, relatores abogados, alcaides,
alguaciles, porteros, chanciller, procuradores, almotacenes, otro tiempo ediles,
receptores, intérpretes, notarios y otros de menos cuenta y más serviles" (6).
La aparición del intérprete está señalando la atmósfera de una
sociedad multirracial, habladora de numerosos idiomas, que se va poco a poco vertebrando.
Todo ello le da a la plaza mayor un carácter de inmensa antesala, como en otros días
ofrece carácter festivo y contiene ejercicios de cañas, lanzas y sortijas,
representaciones teatrales o corridas de toros, donde la participación ciudadana es
total. Justamente pensando en estas manifestaciones masivas las plazas mayores
hispanoamericanas son generosamente amplias: en algunos casos, espectacularmente amplias
(México, Antigua, Trujillo), tanto para desarrolar en aquellas muestras, como para
evolucionar algunos ejercicios militares. Plaza de rmas se denomina en algunas ciudades
(Santiago de Chile, La Habana, Veracruz, San Juan). Las Ordenanzas de 1573 recomiendan
como medidas "de buena proporción es de 600 pies de largo y de 400 pies de
ancho" (Ordenanza 113), y que "sea en cuadro prolongada; que, por lo menos,
tenga de largo una vez y media de su ancho, porque de esta manera es mejor para las
fiestas a caballo y que cualesquiera otras que se hayan de dar" (Ordenanza 112).
Ese número tan variado de funciones hace que la plaza mayor sea el
espacio clave de la socibilidad urbana, que se refuerza con el mercado: transferido, más
tarde, a otras plazasde tono menor. Aquella conocerá, diariamente, eñl
"trajín" de todo el mundo interesado en tan amplio número de funciones, lo
mismo que quienes se dejan atraer por ellas de profeción, obligación, devoción,
necesidad o curiosidad.
También la plaza mayor es paseo público, aunque desde bien
temprano, en las grandes ciudades por lo menos, se disponía en sus entradas, de alamedas
y zonas para el esparcimiento.
En días especiales, significados, bien por festividad religiosa o
por motivos políticos, tiene a la plaza mayor como lugar conmemorativo: desde la
procesión en los días patronales y de Semana Santa, a las representaciones teatrales;
desde la proclamación del monarca; al cabildo abierto; también el lugar escogido para la
queja aireada de la algarada y el motín. La plaza mayor suponen escenarios perfectos para
la represntación teatral, lo mismo que para la tramoya del raro auto de fe; igualmente
las fachadas del palacio gubernativo y del cabildo colaboran con las anteriores para
cerrar un escenario estático muy significativo.
La participación ciudadadna en esta plaza mayor es total,
cotidianamente: aunque el grado participativo se encuentre diferenciado según los
estamentos sociales. La plaza mayor se pasa a pie, se le atraviesa en caballo o en silla
de manos, se le cruza en carruajes: plebeyos y gente del común, caballeros y
funcionarios, nobles y potentados. Bastantes pasan de largo: los más, se quedan.
Actividad, ocupaciones y movimiento motivan que la plaza mayo r sea, por todo ello, un
lugar ruidoso. A las voces de los tratantes, a las coversas, se une todo el ruido del
emrcado: y la invasión multitudinaria produciendo incomodidad en el vecino notable y
principal que ha vivido en la plaza mayor y sus cercanías desde la fundción de la
ciudad, iniciándose, poco a poco, el éxodo a otras zonas urbanas.
Aunque muchos de estos cambos residenciales se provocan por motivos
económicos, poor el alto precio que iba adquiriendo el suelo en la plaza mayor. Como
consecuencia de estas mudanzas residenciales se iniciará un deterioro en la plaza mayor,
por atender a los ricos y los notables a sus residencias en otras zonas urbanas. El
problema lo particulariza Concoloncorvo para el Cuzco de 1773.
"La plaza mayor, adonde están eregidas la catedral y el templo
y casa de la compañía, es perfecta y rodeada de soportes, a excepción de lo que ocupa
la catedral y colegio, que son los dos templos que pudieran lucir en Europa
Las
casas de la plaza son las peores que tiene la ciudad, como suele ocurrir en casi todo el
mundo, porque los conquistadores y dueños de aquellos sitios tiraron a aprovecharlas para
que sirvieran a los comerciantes estables, que son los que mejor pagan los
arrendamientos" (7).
La plaza mayor no sólo representa un soberbio ejemplo de urbanismo
y urbanidad, sino que también supone definición de un pueblo y elemento primordial de
intercambio social: a veces, espacio casi único en la cudad. En algunos núcleos urbanos,
por el contrario, cuentan con otros espacios de tono menor a donde se irán, con el
tiempo, algunas de las funciones que se concentran en la mayor. México poseía varias
plazas "donde no cesa el contrato, asi de las cosas de comercio de ropas, como de
bastimientos y de comidas. La principal y mayor está al poniente del palacio, la del
volador" (8), y lo propio puede decirse de Lima y Guatemala. Santa Fe de Bogotá y
Tucumán, Guadalajara y Quito. A veces estas segundas plazas compiten en grandiosidad,
bullicio y animación con la mayor, como ocurre en Quito con la sede de San Francisco y en
Cuzco co la llamda del "regocijo".
"nombrada plazuela para distinguirla de las que
tienen el nombre de mayor, pues en realidad desde sus principios tuvo mayor extensión que
aquella, en cuadrilongo" (9).
Plaza mayor lugar de reunión por excelencia extremadamente
concurrido. Plaza vivida, como centro neurálgico de la ciudad.
En ocasiones esta plaza se halla una fuente, como en Lima, dibujada
por Huaman Poma en los pimeros años del Seiscientos; desde 1789 en México. Pero en
bastantes ocaciones la plaza mayor tiene que soportar inconvenientes, que no coartan el
aluvión de personas que a ella acude. Francisco Solano, en sus Noticias de México
, así recuerda el Parian, el mercado sitio frente a la catedral:
"esta Plaza, cuando estaba el mercado, era muy fea y de vista
muy desagradable. Encima de los techados de tejamanil había pedazos de petate, sombreros
y zapatos viejos y otros harapos que echaban sobre ellos".
La plaza mayor se encontraba empedrada, al igual que algunas calles,
hasta el empeño desde mediados del XVIII en que se amplía su número. Pero existía
cierta irregularidad, ya que:
"lo desigual del empedrado, el lodo en tiempo de lluvias, los
caños que atravesaban, los montones de basura, excremento de gente ordinaria y muchachos,
cáscara u otros estorbos la hacían de difícil andadura".
Imagen negativa, pero muy realista, del tono de los núcleos urbanos
donde la salubridad era amenazada de modo tan continuo. Preocupación de alcaldes y
regidores que se recoge, puntualmente, en las actas de cabildo. A veces la falta de
higiene era casi completa, en esa misma plaza mayor, centro cordial urbano. Por ejemplo en
la México, en el mercado Parian:
"había un beque o secretas que despedían un intolerable
hedor, que por lo sucio de los tablones de su asiento, hombres y mujeres hacían sus
necesidades trepados en cunclillas con la ropa levantada, a vista de la demás gentes, sin
pudor, ni vergüenza: y era demasiada la indecencia y dehonestidad. Cerca del beque se
vendía, en puestos, carne cocida y de ellos al beque andaban las moscas" (10).
Malos olores, insectos e insalubridad que no impedían que el
vecindario acudiese a degustar las viandas, incluso por la noche:
"acostúmbrase mucho de ir de noche a los portales de la plaza,
a comer pato con chile, compuesto por aquellas mujeres que tienen esto por comercio. Y
esto está tan en uso común y bastante frecuente en toda suerte de personas" (11).
El carácter asociativo de este espacio puede contabilizarse,
incluso, por los atuendos. La desigualdad social se definía por el traje, que puede
seguirse y captarse en los grabados, óleos y biombos que representan esta variopinta
vitalidad ciudadana.
Antonio Ulloa en el México de 1777 lo puntualizaba:
"la mayor confución consiste en la diversidad de gentes y
trajes. Pues allí están interpolados los españoles, los indios, los mestizos y de otras
castas.
Vense unos vestidos decentemente a la española, otros totalmente
desnudos, sinotra cosa que un pedazo de lana vieja. Los indios e indias van vestidos a su
modo. Las mestizas usan enaguas y en el cuerpo el "paño" con el que se rebozan.
Los mestizos visten a la española, pero los más andan en cueros" (12).
En la plaza mayor estaba, generalmente, colocado un reloj de torre,
en la catedral. Otro símbolo regulador de la vida urbana, de extraordinaria importancia y
qu resalta la categoría de la ciudad que lo poseía. Entre los sonidos urbanos, las
campanadas y las horas guardan una relevancia que ha sabido destacar Huaman Poma de Ayala
en su cosmovisión de la ciudad colonial peruana: la plaza mayor de Lima protagoniza su
papel de capital virreinal por una serie de símbolos que carecen los otros núcleos
urbanos: van a ser la horca y el reloj. Las voces y los movimientos, la actividad y el
sosiego, la medición de la vida cotidiana se marcan mecánicamente en la capital,
mientras la horca supone la correción del delito con el ejemplo que su imagen puede
ofrecer al resto de la comunidad. Sobre esos dos símbolos, el papel que tiene el
pregonero, que canta los avisos y las disposiciones que las autoridades desean dar
conocimiento y notoriedad. El pregonero actúa en esa misma plaza mayor y en horas de gran
audiencia, para que las noticias alcancen a todos, sin distinción social o étnica.
También en esas horas, en la misma plaza se actuará el matiz doliente de los
menesterosos, de los marginados, de los mendigos.
Por eso, con todos estos elementos y estos rasgos en la plaza mayor
hispanoamericana se produce el máximo clima de la socibilidad y de la convivencia
urbanas. Con el crecimiento desmedido del núcleo urbano las viejas plazas mayores han
visto desarticularse sus pasadas importancias, pero nunca han perdido ese fervor
participativo. En determinados días festivos o conmemorativos recobran todo el brillo,
acudiéndose masivamente a ella, también como homenaje que se le tributa el tiempo en que
la dimensión del quehacer de lo divino a lo humano- era abarcado y abarcable, en
cuadrado, por las grandes dimensiones y la categoría arquitectónica de los edificios de
su plaza mayor.
NOTAS:
1."The Plaza in Latin América: from Teotihuacan to
Recife", en Culture .
Unesco Press, vol. V.n. 4, pp. 59-92, París 1978. El número deesta
publicación está dedcado, integramente, a "the public square: a space for
culture" y trae trabajos sobre diferentes áreas geográficas y épocas desde el
mundo griego de la antigüedad al tiempo barroco y contemporáneo, el Islám, Africa y las
perspectivas etnológicas.
"Escalas y funciones urbanas en la América Española hacia
1600. Un ensayo metodológico", en Estudios sobre la ciudad iberoamericana ,
coordinados por Francisco de solano, CSIC, pp. 345-381, Madrid 1975 y en "La
cartografía urbana en América Latina en el período colonial un análisis de las
fuentes" en Ensayos históricos-sociales sobre la urbanización en América Latina,
compilados po J.E. Hardoy R.M. Morse y R.P. Schaedel, SIAP, pp.19-58, Buenos Aires, 1978.
Ordenanza 114. Han sido publicadas varias veces: la primera en el Cedulario
Indiano de Diego de Encinas (Madrid 1596, Tomo IV, Títulos I-VII) e incorporados a la
Recopilación de las Leyes de Indias (Madrid 1680, Libro Iv, Título I-VII). Más
tarde han sido editadas en la Colección de documentos inéditos relativos al
descubrimiento, conquista y organización de las antiguas posesiones de América ,
Tomo VII, pp.484 ss., Madrid 1867 y Tomo XVI, pp. De Solano en Tierra y sociedad en el
Reino de Guatemala , Universidad de San Carlos de Guatemala, Guatemala 1977,
pp.239-253. En 1973 fueron editadas en facsimil por el ministerio de la Vivienda, Madrid.
Antonio de Ulloa, en Descripción geográfico-física de una
parte Nueva España , comentando las oficinas públicas del palacio virreinal de
México.
México en 1554. México, pp. 53-54.
6.La grandeza mexicana , Editorial Porrúa, Col. "Sepan
cuantos
",n.200, p.102. México 1971.
7.Lazarillo de ciegos caminantes , Biblioteca de Autores
Españoles, vol. 122, p. 360, Madrid 1965.
8. Fry Agustín de Ventancourt, "Tratado de la ciudad de
México y las grandezas que la ilustran después que la fundaron los españoles", en
su Teatro mexicano, Mexicano 1697, pp. 1-2.
9. Concolocorvo en su Lazarillo, vid. Nota 7, p. 360.
10. Francisco de Solano, Noticias de México, Col. Metropolitana,
n.35, México 1974, III, pp. 42-46.
11. Según el tetimonio del marino Antonio Ulloa, viajero en México
en 1977. En obra citada en nota 4, p. 104.
12. Idem, ibidem. |