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Recientemente me he dedicado a escribir anécdotas de mis años en la Universidad. Sin embargo, la etapa que más añoro se encuentra en una lejana niñez donde las historias fácilmente se mezclan con la fantasía infantil. Pero en mi memoria hay un elemento que ayuda a hilvanar esos recuerdos de antaño donde todo era feliz y sin problemas de ninguna índole. Mi abuelo Armando, Ito como yo lo llamaba, se fue de la tierra hace no mucho tiempo, pero su recuerdo es tan fuerte que parece que estuviera siempre bien cerca de mí. Ito me imprimió desde pequeño el sentido de aventura y exploración. La caza, la pesca y las excursiones a sitios exóticos presentaron excelentes oportunidades para que un pequeño Andy con su escopeta y su sombrero, aprendiera a servirle a los mayores su respectivo wiskicito al ocaso. Mi familia materna (Ito era el papá de mi mamá), llegó a la isla de Trinidad hace casi siglo y medio, llevando una estirpe nobiliaria que comenzó con los finados Medici de Italia.

El primer Lazzari que llegó a Trinidad era un adulto joven lleno de energía y a la vez frustrado por la negativa de su padre de dejarlo continuar con su gran pasión, el canto de la Opera. Su potente voz de bajo le ganó innumerables adeptos en la flamante opera de París allá por 1850. Fama y mujeres le sobraron durante aquel feliz período en que su estricto padre fungía de embajador de Francia en Egipto. Si embargo, las noticias no tardaron sino dos años en llegar al Cairo, donde un humeante progenitor dispuso de un bergantín hacia París para enmendar la bochornosa situación que consideraba el empleo de su hijo. Porque en esa época, trabajar no era de caballeros y mucho menos si el trabajo estaba relacionado con la farándula. Las discusiones entre padre e hijo se volvieron intolerables y haciendo uso de su fortísimo carácter, el padre embarcó al frustrado cantante en un velero trasatlántico con destino a la caribeña isla de Trinidad, en donde, hacía unos años le había otorgado el Gobierno Ingles unas propiedades en el sur de la isla.

No tardó en descubrir Alberto que la isla era como un apéndice geográfico de Venezuela y que la aparente distanciación oficial entre ingleses y criollos era superada con creces por una activa relación fronteriza privada, donde bienes y personas circulaban libremente por el estrecho brazo de mar que separa ambos países. Las tierras de Alberto ocupaban una gran extensión de terreno en el sur de la isla e incluían haciendas, colinas y playas marrones manchadas por la poderosa corriente del Orinoco. Un día en un viaje de parranda a Guiria, se dio cuenta de que las mujeres venezolanas de aquel importante puerto, sobrepasaban obviamente en belleza y simpatía a sus contrapartes inglesas de la isla. Este embelesamiento lo llevó a establecer relaciones con varias damas de la sociedad Guirense, hasta que un día, caminando por la Plaza Bolívar se encontró con la bellísima hija del General Acosta, con quién, luego de un breve noviazgo, se casó y llevó a Trinidad para fundar un hogar que diera fruto a 12 hijos varones.

Se establecieron en la ciudad de Puerto España en una inmensa casa con techo a cuatro aguas, típica del caribe ingles. Además, para los fines de semana, poseían otra mansión localizada en una de las isletas aledañas al norte de Trinidad. Esa isleta se llama Monos y era en su totalidad poseída por Alberto. La imponente casa de la familia coronaba el tope de una loma que fue arrebatada a la cerrada selva tropical.

La casa estaba rodeada por las viviendas de los sirvientes africanos que de noche espolvoreaban sus meados para ahuyentar a los Zombies y por cierto que los olores producidos por la urea rancia, no solo alejaban a los Zombies sino a los vivos también. Con mucha firmeza se obligó a los sirvientes a detener su asquerosa práctica para que la gente volviera a atreverse a visitar. De los 12 muchachos, solo 8 llegaron a crecer. Los otros cuatro murieron al nacer o a edad muy tierna. Al pasar los años la casa se llenó de historias y el mundo mágico de la isla de Monos se fortaleció. El capataz del lugar era una especie de brujo inmune a la ponzoña de las arañas, escorpiones y culebras que pululaban por la isla. No era extraño verlo manipular los grandes escorpiones negros para luego ponerlos a pelear dentro de un círculo de fuego. Un escorpión mataba al otro y luego, al no poder escapar del fuego, se suicidaba con su propio aguijón. También, no podía faltar la bola de fuego, que en las tardes de calor insoportable bajaba desde la montaña, se paseaba por la sala de la casa y luego giraba con una gran rapidez para desaparecer en una explosión electromagnética que le paraba los pelos a todo el mundo.

Como verán, la primera vez que acompañé a Ito en un viaje a Trinidad fue una experiencia maravillosa. Yo tenía unos 6 añitos y el verano de 1970 se perfilaba magníficamente. Primero, mi abuelo y yo pasaríamos 4 días en Trinidad y luego nos encontraríamos con el resto de la familia en la costa oeste de la bella Barbados. Cuando en una linda mañana de Julio bajé del ruidoso jet de la desaparecida B.O.A.C., mi tío Phillip estaba esperándonos al pié del avión. De inmediato supe que la pasaría estupendamente con ese magnífico caballero. Siempre recordaré su sonrisa y su gran habilidad con los cubiertos que le permitía hasta pelar gajos de mandarina. Nos fuimos directamente al embarcadero, localizado al lado de la antigua base de submarinos norteamericanos al oeste de Puerto España y abordamos una vieja pero bien mantenida lancha de pesca de los años 50, toda construida en una oscura y sólida madera impermeable. La brisa soplaba suavemente y me acuerdo del color del agua como cambiaba de azul a un verde intenso que reflejaba la tupida vegetación de las costas trinitarias. Y así de repente, como si pasara un portal invisible, entramos en la Bahía de Monos. La pequeña isla constaba de varias colinas llenas de grandes árboles tropicales y a través de los cuales se distinguían los techos de unas pocas viviendas de gran tamaño. Cuando llegamos al embarcadero de la casa de Tío Phillip, el olor a plantas en flor y tierra húmeda me llenó los sentidos y supe que pasaría unos cuatro días de aventura. La casa estaba llena de orquídeas en flor y era comandada por mí desaparecida tía Nella. En su cocina, asistida por dos lugareñas, los olores del ambiente se mezclaban con las especias caribeñas que prometían un curry espectacular. En fin, un bello ambiente conducente a la actividad principal de todo isleño, la pesca. Al día siguiente, antes de las 6:00am., zarpamos con destino a los dientes del dragón, por cierto hoy en día escenario de amargas disputas pesqueras entre Trinidad y Venezuela. Entre las altas olas del recio Caribe que se colaba entre los islotes, eché mi primera vomitada marina, que me calmó el Tío Phillip con un sándwich de mantequilla de maní y una cocacola helada. Con tan maravilloso desayuno, retomé mis energías y me concentré en aprender la simple pero a la vez complicada arte de preparar los aparejos de pesca. Con dos cañas y una línea de mano echadas al agua, Ito y Phillip fumaban y fumaban y hablaban de todas las cosas que no se habían dicho en meses de no haberse visto ni conversado. De repente, la línea de mano que yo estaba cuidando dio un fuerte tirón y los viejos me dijeron – bueno gordito, ahora ponerte a trabajar-.

El pez era grande y rápido, probablemente un carite o una sierra y yo, muerto de miedo, veía mis manos sangrar un poco debido a una cortadura del jalón inicial. Los viejos reían, y a la vez me enseñaban la manera apropiada de manejar la línea de mano para traer al pez de manera eficiente. Pasado un ratito, la línea se hacía más corta y el brillo del pez de distinguía a poca profundidad. De repente, otro profundo jalón hizo que casi perdiera el control de la línea. El pez se sumergió directamente hacia debajo del bote. Inmediatamente Ito gritó, -es un jurel, los jureles siempre hacen eso, Andy recuérdalo siempre para que estés preparado- Concentrándome muchísimo, procedí a jalar y jalar con todas mis fuerzas y de repente, la cuadrada cabeza del jurel afloró en la superficie del agua, lo que permitió a mi Tío Phillip enganchar al animal con el bichero, convirtiendo al pez en pescado. Ese es uno de los días favoritos de mi vida, mi primer pescado. Tanto alboroto formaron los viejos con el evento, que me bautizaron pescador con cerveza en la cabeza y hasta me dieron un traguito.

Luego de una exitosa jornada, volvimos con la cava llena de jureles, carites y sierras. Entrando de nuevo en la bahía de Monos me sentí el rey del mundo. La tía Nella preparó un opíparo almuerzo con los pescados y unas deliciosas arepas trinitarias que se llaman "bakes". El resto de los días salimos a pescar con la misma suerte del primero y cada vez vomité menos. El último día regresé del mar con el estómago intacto y me sentí muy orgulloso. Mis aventuras continuaban siempre después de almuerzo. Todos los pures se acostaban a dormir sus largas y acostumbradas siestas y yo me dedicaba a explorar la isla. Bajando por un pequeño acantilado en la parte norte de la isla, descubrí una diminuta playa, que más bien parecía una piscina. Era como si alguien hubiera abierto la montaña con un sacacorchos gigante y dejado una pequeña ranura para que entrara y saliera el mar. Una tarde me atreví a cruzar mas de dos colinas entre la cerrada selva y de repente me encontré frente a la despintada madera de la vieja mansión de mis antepasados, ahora abandonada y semidestruida por las termitas y polillas. Empecé a jugar alrededor de la casona haciendo muchísimo ruido y de repente, de una puerta lateral salió una inmenso negro vestido de kaki. Yo me asusté y pensé en correr, pero el señor tenía una magnífica y amigable sonrisa que me tranquilizó de inmediato y me dijo- tu ser Armando´s boy, yo trabajar con familia por muchas generaciones, me llama Peter- y me preguntó, -querer ver algo interesante?. Lleno de curiosidad seguí a Peter hasta la parte de atrás de la casa donde estaba encendido un círculo de fuego, y adentro del círculo, dos temibles escorpiones negros peleaban ferozmente hasta la muerte. Peter los manipulaba y ellos lo picaban sin cesar. El solo se reía y rascaba un poquito volviéndolos a poner en medio del círculo, hasta que por fin, el más grande perforó el cráneo del pequeño con su aguijón y al ver que no podía escapar se lo clavó a sí mismo poniendo fin a su vida. Cuando el terrible espectáculo concluyó, me volteé para comentar con Peter, pero no estaba por ningún lado. Luego de cierta búsqueda regresé tarde a la casa. Me regañaron por haberme desaparecido por tan largo tiempo pero de repente al oír mi historia con Peter sus caras cambiaron dramáticamente. No se comentó más del asunto y al día siguiente partimos hacia Barbados. Regresé a Trinidad durante 10 años seguidos para pescar con el Tío Phillip y más nunca vi a Peter. Un día, cuando tenía como 15 años, pescando en la nueva lancha de fibra me atreví a preguntar acerca del negro. Mi tío de manera solemne procedió a contarme que Peter era el Capataz de su abuelo y que había muerto en 1900 así que tuve la suerte de conocer a un fantasma temprano en la vida. Yo todavía no me creo el cuento, pero quién sabe, en el mundo mágico de Monos de que vuelan, vuelan.

Email: agotero@usa.net

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