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Gregory Bateson
proponía a sus alumnos un ejercicio: les mostraba un caracol y les preguntaba qué les
hacía saber que se trataba de un producto natural y no artificial. No es ejercicio
trivial. Según Bateson cada forma de la naturaleza cuenta su historia. Para mí las
formas biológicas habitan un modelo radicalmente diferente del artificial, en la medida
en que la genética, precisamente, genera, no moldea. La naturaleza es artesanal. 
Las formas biológicas emergen a partir de
descripciones genotípicas que luego se vuelven fenotipo según los entreveros que les
toquen en suerte, buena o mala. Hay un precepto genético que las describe y las labra en
su mínimo detalle y luego el mundo confirma o deniega esa vocación. Por eso ninguna se
parece a ninguna, por imperativo que sea su aire de familia. Son figuras experimentales.
Las formas industriales, por su parte, son moldes, y todas tienden a parecerse a todas,
aunque luego su uso social las trastorne sin que se remedien a sí mismas. Las
biológicas, en cambio, tienen capacidad de restablecerse, por inmunología, por
homeóstasis, porque son capaces de regenerarse de casi todas las heridas con que las
injuria el mundo, regresando, hasta donde les es posible, a su descripción genética, a
su genotipo, hasta que una tarde ya no pueden más y fallecen y se transfiguran en otra
forma natural, tal vez también biológica.

Hubo un teólogo escocés en el siglo XVIII, William
Paley, que dijo que si andamos por un páramo y nos hallamos un reloj no podríamos
concebir, decía, que la naturaleza por sí sola, sin intervención humana, formara y
armara todas esas piezas y precisamente de esa manera. Asimismo pasa con las formas
vivientes. No pudieron armarse solas. Tuvo que haber un dios que las configurase, decía
Paley. Richard Dawkins, en su obra El relojero ciego (1987), responde que sí, que
el argumento es apasionado y sincero pero erróneo, porque no conocía las tesis de Darwin
faltaba un siglo para que aparecieran y tampoco contó con las eras
geológicas. Que una forma biológica se forma durante millones de años mediante la
selección natural. Teniendo ese dato no es necesario pensar en dioses para explicar los
biomorfismos, sostiene Dawkins.

El mundo está repleto de formas, aunque quizás
sean producto de nuestro magín cerebral, hecho para admirar formas estructuradas. La
belleza está en el sujeto no en el objeto mismo, dice Kant. Cuando vemos una hoja hermosa
nos afecta su forma, su estructura y nos maravilla que esté formada así. Idealista o no,
nuestro cerebro entra en una resonancia perfecta con la naturaleza que lo hizo cuando se
admira de una forma natural, biológica o de las otras.

Son cosas que podemos entender mejor luego de
admirar estas fotografías de Ana Luisa Figueredo en su exposición Follaje.
Gracias a estas imágenes nos hallamos frente a una selección artificial de la selección
natural y nos educa la mirada para contemplar lo que el mundo nos ofrece sin mucho
trabajo, aquí cerca, míralo.
Roberto Hernandez Montoya

" Apariencias
sin audiencia"
Albert Camus describe a su
adorada Argel con imágenes que ayudan a comprender esas ciudades donde lo geográfico
predomina sobre lo histórico. En su Pequeña guía para ciudades sin pasado, cada una de
sus reflexiones se podría también aplicar a Caracas: " Este país ni promete ni
deja entrever. Se contenta con dar, pero profusamente. Se entrega del todo a los ojos y se
le conoce desde el momento en que se le goza. Sus placeres no tienen remedio, ni
esperanzas sus alegrías. Lo que exige, son almas clarividentes, es decir inconsolables .

Camus nos está asomando al drama de la omnipresencia del paisaje,
al continuo resplandor de lo evidente. Si en Argel es el mar, en Caracas son las
montañas, los valles y su naturaleza quienes no admiten competencia.

Pero esta competencia se ha tornado desleal. Solemos alimentar y
hasta disfrutar de las confusiones entre naturaleza y artificio. A las flores y a las
frutas verdaderas se les celebra exclamando: " ¡ Parecen de mentira !"; y a las
artificiales diciendo: " ¡Parecen de verdad!". Según el zoólogo suizo Adolf
Portmann los animales al proyectar su imagen no están solamente realizando una función
con un fin ulterior dirigido al exterior; hay algo más, algo que es anterior y más
transcendente. Para el animal la apariencia es una característica esencial, es una
necesidad que no se límita a causar un efecto. " Ser visto es tan genérico como
ser" "La ostentación de cada animal es su fantasía de si mismo" Esto
quiere decir que en la naturaleza, la estética no necesita explicación, sino que es
sencillamente inevitable, posee una estética propia que no requiere de justificación ni
lectura. La frase clave de Portmann es seductora: "apariencias sin audiencia".
Portmann cita los planteamientos estéticos de Woelffin sobre cómo
las proporciones y las formas que proponía el arte clásico se legitimaban en la
racionalidad de la naturaleza. Segun esta teoría la naturaleza determina ciertas
concepciones de belleza que el artista lleva implícitas en su alma , él sólo tiene que
descubrirlas y exteriorizarlas a través de la observación. Dice el propio Woelffin:
" La naturaleza nos ofrece el privilegio de participar en una existencia más amplia
y más pura".

Esta oportunidad se ha ido esfumando. La simbólica interpretación
de la naturaleza como reflejo de una espiritualidad ha dado paso a un científicismo donde
toda forma debe obedecer a una especie de funcionalidad morfológica . Ahora interpretamos
a los organismos tratando de que satisfagan una explicación funcional de las formas;
sigue vigente lo de " la forma sigue a la función ". este afán nos limita y
hemos dejado de estudiar los misterios de la apariencia . Nunca debemos olvidar que la
forma, aparte de relacionarse con una función, es , en si misma , expresión.
Gaudí y sus compañeros de generación tenían alma y tiempo para
entender a la naturaleza como alimento de la arquitectura. Uno lo advierte al presenciar
el paralelo entre la cresta de los lagartos del zoológico de Barcelona y las cumbreras de
la Casa Batilló , entre los picos rocosos de Mont-Salvatage y los campanarios de la
Sagrada familia, entre las hojas de las primeras mediterráneas y sus rejas y barandas. La
arquitectura de Gaudí se nutría de la historia Catalana, y también de los reinos animal
y vegetal.

Hay un tercer reino, también fascinante, el mineral. Cuentan que
para diseñar la puerta de entrada de la Casa Milá, Gaudi sostuvo una lámina de vidrio
verticalmente y luego la dejó virar y caer contra el suelo; así pudo observar el dibujo
que generaba el material fracturars. Este súbito dibujo, que surge en una naturaleza
transparente, revela a un mismo tiempo el diseño de la puerta y los trozos de difíciles
cortes curvos que luego encajarían a la perfección. Gaudí lograba, de un sólo golpe,
el contexto, los elementos y las leyes que los articulan.
Con este ejemplo quiero justificar algo semejante. Pienso tomar una
fotografía de Ana Luisa y partiendo de su límpido y sereno asombro, tomaré las venas de
una de sus hojas para diseñar una reja en la entrada de una casa que estoy por terminar.
Hace años que llevo adentro la ilusión de ese dibujo; gracias a ella tendrá realidad,
apariencia y audiencia, gracias a su "alma clarividente" y por lo tanto
"inconsolable", gracias a su acto de lucidez y de fe.
Federico Vegas
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