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A finales del siglo XVI, vivió y mató en Hungría Erzsebet Báthory, también llamada la Condesa Sangrienta. Su recuerdo ha llegado hasta nosotros porque tenía la mala costumbre de torturar y asesinar doncellas y bañarse en su sangre. Leyendo el libro que le dedicó Valentine Penrose y sintiéndome un tanto asqueada de tanta maldad tonta e innecesaria, llegue a un momento deslumbrante. La condesa había dedicado meses a diseñar un espejo. Lo hizo en forma de pretzel, con la idea de que pudiera descansar los brazos
y las piemas durante las larguísimas horas en que se contemplaba. Todo su tiempo libre (el que le dejaban la tortura y la brujería) lo dedicaba a contemplarse a sí misma. ¿Qué habría hecho aquella mujer si ya hubiera existido la fotografía? ¿Para cuántas miles de fotos hubiera posado? Sin embargo, creo que la hubiera hecho
más feliz el autorretrato, el solitario placer de tomarse ella misma fotografías y verse por sus propios ojos.

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El autorretrato fotográfico es fascinante, ya que entraña un narcisismo mediatizado y también una mezcla de egolatría y voyeurismo. Es narcisista por la autocontemplación, pero tiene un sentido de permanencia mayor que el de la simple observación ante el espejo: es imprimir el reflejo para contemplarse a placer.

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Pero es también algo más. Si alguien te retrata sabes como te ven, puedes descubrir tu lado ciego, ese que los demás perciben de ti mismo pero tú no. Pero si te autorretratas no solo te contemplas a ti mismo, sino que les dices a los demás cómo deben verse. El autorretrato fotográfico no es un ejercicio onanista, implica también a otras personas. Es decir: Mira como me veo, mira como debes verme. Yo, que me conozco tanto, te muestro lo que estaba escondido.

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En la literatura, el autorretrato por lo general es un ejercicio brutal de autoanálisis, un despiadado estudio de desventajas, una aspera confrontación entre lo que se fue y el nuevo yo, deformado y doblegado por la vejez, un inventario de defectos, a veces suavizado por el humor. El autorretrato fotográfico, sin embargo, oscila entre dos vertientes. Una es el pudoroso narcisismo de mostrarse escondido: me muestro, pero me avergüenza mostrarrne, por tanto me utilizo para reírme de mí mismo, o me parodio, o ensayo poses desenvueltas para demostrar que no me tomo en serio. La otra posibilidad es el impúdico y desatado impulso de mostrar el verdadero tras la máscara. El decir esta soy yo y ustedes no se habían dado cuenta. O quizás, este es el que quiero ser, pero no me atrevo a mostrarlo sino pasando por el filtro de la cámara, los lentes, el papel .

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De los fotógrafos venezolanos, Vasco Szinetar es el que se ha dedicado con más énfasis al autorretrato. Aunque Abel Naim, Enrique Hernández D'Jesús, Jorge Raventos, Luis Salmerón, Nelson Garrido y Vladimir Sersa, entre otros, lo han practicado, ha sido Szinetar el que se ha dedicado a él de manera más continua. De un modo particular, además. Sus autorretratos son al mismo tiempo retratos de famosos. Vasco es un fotógrafo de celebridades que siempre aprovecha el retrato para mostrarse a sí mismo. Sus autorretratos pertenecen a la primera vertiente. Sus retratos-autorretratos son lúdicos, divertidos, irreverentes, iconoclastas. Pone a sus retratados en situaciones incómodas, en un baño, mirándose a sí mismos, sin el cómodo recurso de la pose convencional. Además aprovecha a los demás para mostrarse él, burlándose, por añadidura. Sin embargo, sus fotos no son agresivas, más bien el fotografiado termina haciéndose cómplice de la situación.

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Esta serie de sus retratos-autorretratos, se ha extendido en el tiempo. Lleva unos veinte años capturando a todos los escritores, artistas, políticos que pasan por estos lares. Su expresión cambia, pocas veces es seria, por lo general payasea un tanto. Asombra lo poco que ha envejecido el fotógrafo en estos años, a diferencia de sus fotografiados. En las fotos a Bryce Echenique, el escritor ha cambiado, el fotógrafo está igual. Estos retratos-autorretratos de Szinetar son de dos tipos: unos frente al espejo, y otros cheek-to cheek.

Frente al espejo, el perfecto símbolo narcisista, Szinetar coloca a su famoso. Fotografía el reflejo de ambos. Pocas veces compone un gesto de circunspección, prefiere el recurso de la mueca. ¿Qué nos dice con tanta morisqueta? "No me impresiona el famoso escritor que tengo al lado, por tanto me río" o, más bien, "me burlo para que no se note cuánto me impresiona". ¿Es ironía o es vergüenza? Estos retratos-autorretratos nos permiten conocer más de los fotografiados. Cómo se miran a sí mismos en el espejo, cómo responder en situaciones poco confortables, la importancia que se dan a sí mismos.

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En esta serie hay varios tipos de fotos. En algunas, las más convencionales, el reflejo en el espejo lo es todo, probablemente fueron tomadas apresuradamente, aprovechando alguna visita al baño. En otras hay un juego entre el reflejo en el espejo y el primer plano de la espalda del fotografiado, como mostrando el haz y el envés del personaje. Hay otras más elaboradas, en las que el encuadre es importante y hay un juego de planos con el espejo, en estos casos de pequeño tamaño, y lo que lo rodea, como en las de Edward Albee y Jacobo Borges. En la fotografía de J.A. Cobo Borda hay dos espejos: en el grande se reflejan todos, en el pequeño sólo está la cámara y parte de la cara de Szinetar.

Es curiosa la actitud de los fotografiados. Todos se dejan seducir por la idea, pero una vez frente al espejo la actitud cambia. A veces toman parte de la broma y otras no. Unas veces payasean, otras extreman la seriedad. A veces participan, otras se ven molestos. Alejandro Otero y Gabriel García Márquez parecen reirse de la situación. Jesús Diaz ayuda sosteniendo una lámpara de mesa que le dá luz al fotógrafo. Lindsay Kemp posa. Bryce Echenique joven se ríe, viejo se mantiene serio. Severo Sarduy sorprende a Szinetar sosteniendo la cámara y tomando el la foto.

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En las del cachete, Vasco abraza al fotografiado y acerca su cara, cheek-to cheek, separa la cámara y dispara. A diferencia de las del espejo, donde las actitudes cambian, en éstas, donde hay un contacto físico cercano, los fotografiados sonríen. Como si la parejería del gesto los desarmara. Carlos Fuentes posa trágico en la del espejo, pero en cambio sonríe burlón en las del cachete.

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Susan Sontag decía que ''algunos fotógrafos se erigen en científicos; otros en moralistas. Los científicos hacen un inventario del mundo; los moralistas se concentran en los casos difíciles". Quizás Szinetar sea una mezcla de ambos, un científico que sólo se concentra en sí mismo. Pero lo importante es que lo hace sin sentimientos trágicos. A diferencia de Narciso, que murió por no poder aprehender a su amada imagen en el agua, Vasco se capta constantemente, lo disfruta y se divierte.

Violeta Rojo. Licenciada en Letras. Docente U.S.B.

Fuente: Revista "Extra Camara" No. 9 / 1997 / 1

 

Las Maletas del Fotógrafo

Texto: Rafael Arraiz Lucca

El día en que Vasco Szinetar tomó entre sus manos una cámara y le pidió a su abuelo que posara, ese día signó el resto de su vida. El General Gabaldón con una gorra vasca fue el primer rostro de su obsesión. Desde entonces nada lo ha detenido en su apuro por saber qué se esconde tras el rostro de los creadores. Especialmente los escritores han impulsado su curiosidad. El resultado viene siendo contundente: la más completa galería de retratos de la intelectualidad venezolana. Estuve a punto de escribir: la más completa galería de monstruos, y estaría bien dicho. No por consideraciones de orden estético sino por lo que significan en nuestro mundo cultural y por algo (aún más importante) que Szinetar descubrió. Ese algo –ese <<punctum>>, diría Barthes- es lo que hace de Vasco un artista, un fotógrafo.

Según la historiadora de la fotografía venezolana, María Teresa Boulton, el trabajo de Szinetar comprende tres líneas: la periodística, las modificaciones químicas de los rostros y los autorretratos satíricos. De las tres en esta muestra solo se recoge la primera. La razón es obvia: estamos frente a la galería de los retratos. Muchos de ellos acompañaron una entrevista o una reseña crítica en el "Papel Literario" de El Nacional de Caracas donde Szinetar fungió, por varios años, como uno de sus fotógrafos principales. No es necesario aclarar que en sus fotos siempre se rebasa el plano reporteril; estamos frente a un discurso menos evidente, más cercano a las calles ciegas, la desolación, algo parecido a la angustia, las úlceras y la felicidad.

Ahora los retratos inician su periplo por el mundo. El primer punto es Bogotá, con motivo de la Feria Internacional del Libro, pero luego irían a Europa y a otros lugares. No sé por qué me viene a la memoria aquella idea bellísima del pintor ruso Nicolás Ferdinandov. Me refiero al sueño del museo flotante que el pintor tejió en sus insomnios y que, finalmente, pudo parcialmente ver hecho realidad. Las maletas de Szinetar distan mucho de ser el buque de Ferdinandov pero igualmente llevan ciudades y habitaciones adentro. Las calles y las paredes que cada quien lleva en el rostro, como un tatuaje imposible de disimular . Es como si por un segundo el lente fuese un espejo con fondo. Seguramente recuerdan la escena en que una pareja da rienda suelta a su intimidad y un voyeur los observa tras un vidrio. Por la otra cara el vidrio es un espejo, la pareja sólo se ve reflejada sin saber que detrás alguien le dá luego la noticia al mundo: esta es la mirada de Arturo Uslar Pietri o Salvador Garmendia en un segundo de perplejidad, de finitud, de vértigo.

Texto tomado del cuaderno: EL DEDO EN EL OBTURADOR

Cuaderno que pertenece a la colección de cuadernos del Museo Jacobo Borges.

 

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