Asuntos Economicos
Alejandro Sucre


Venezuela clama una revolución económica

a opinión pública ha caído incauta en la creencia de que la urgencia de los pagos correspondientes a las cuotas de deuda externa pública, la magnitud del déficit fiscal y la paralización de la economía obligan a Venezuela a volver a las reformas de 1989 y llegar a un acuerdo con el FMI para tener acceso a nuevos recursos que alivien el retorno a la libertad de los mercados cambiarios, crediticios y de bienes, bajo estrictas reglas de disciplinas fiscal. Incluso muchos venezolanos de gran talento y formación profesional comienzan a caer en la trampa económica que el principal promotor de las propuestas fondomonetaristas en Venezuela, el economista Miguel Rodríguez, les ha puesto haciéndoles creer que las reformas de 1989 iban bien encaminadas y que los factores que produjeron el fracaso de dichas reformas fueron el boicot del Congreso Nacional, AD, otros partidos de oposición y los militares alzados. Hoy por hoy, pocos venezolanos se dan cuenta de que la vuelta a los controles económicos y las políticas ultraintervencionistas del presidente Caldera, con los intentos de golpes de Estado, las revueltas callejeras y el juicio y desprestigio que hicieron renunciar al ex presidente Pérez fueron provocados por los graves desaciertos del equipo económico que llevó a cabo las reformas de 1989 y que hoy repiten los ministros Matos Azócar y Petkoff.

Revista a los acontecimientos que hicieron colapsar las reformas de 1989 y que se repetirán en 1996

El equipo económico profondomonetarista del ex-Presidente Pérez pudo maquillar los números macroeconómicos por un tiempo y crear la sensación de progreso, pero en el fondo erigieron un edificio aparatoso, pero con fundaciones de barro. Es cierto que estos economistas, que hoy aspiran a retornar al poder en Venezuela, repusieron las reservas internacionales en 1990, pero esto lo hicieron aumentando la deuda externa del Estado con los organismos multilaterales (llegaron al extremo de iniciar la política de endeudamiento de PDVSA), reprogramando deudas, devaluando el bolívar en 196% e ignorando los compromisos del BCV en las cartas de créditos pendientes. Al equipo económico de 1989 no le importó causarle graves pérdidas al sector privado nacional ni endeudar más el país, ya que sólo quería cuadrar sus cuentas fiscales y pagar deuda con más deuda, sin reducir gastos ni aumentar ingresos.

También es cierto que este equipo económico redujo el déficit fiscal temporalmente,pero eso lo hizo utilizando el dinero generado por la devaluación del bolívar como nuevo ingreso fiscal.
La devaluación del bolívar en 196% durante 1989, fué un ajuste sólo para el ciudadano y las empresas privadas venezolanas (al igual que la devaluación de Bs 170 a Bs 465 de Matos Azocar), ya que tenían que pagar más bolívares por cada dólar. Sin embargo el ajuste del sector privado significó todo lo contrario para el sector público, ya que el Gobierno registró como nuevos ingresos fiscales el producto de la venta de sus dólares petroleros más caros (de Bs 14,5 a Bs 42,95 por US$) y a su vez los utilizó para aumentar el gasto fiscal, en lugar de haberlo mantenido ala tasa de cambio predevaluación de modo de estabilizar la economía con sacrificios duraderos y parejos para todos los venezolanos (sector público y privado). Esa utilización de los bolívares generados por la devaluación para cubrir el déficit fiscal por parte del equipo reformista en 1989 produjo una enorme y desordenada creación de dinero inorgánico que no estimuló la producción de bienes y servicios. Esta diferencia entre la nueva cantidad de dinero en la economía (la liquidez creció en 258%) y el estancamiento en la producción de bienes y servicios (el PIB cayo a -8,6%)despertó una enorme presión inflacionaria que hizo perder el ajuste inicial y se convirtió en devaluaciones diarias del bolívar (disfrazadas bajo el sofisticado manto del "crawling peg") y puso en crisis permanente el sector productivo nacional. De esta manera, los reformistas de 1989 no atacaron desde la raíz el problema del crecimiento desordenado de la liquidez monetaria que ellos mismos habían creado, ya que no querían aceptar sacrificios y reducir gastos en el sector público, sino que más bien comenzaron a aplicar políticas monetarias de parches para frenar la inflación desatada. Esta historia la estamos repitiendo en 1996.
El BCV decidió emitir bonos cero cupón para frenar el desbordado crecimiento monetario en la economía, pero el Gobierno siguió aumentando el gasto fiscal financiándolo con crónicas devaluaciones, convirtiendo la política de bonos cero cupón en un instrumento insuficiente y adictivo. La aplicación de una política monetaria restrictiva del cero cupón junto con una política fiscal expansiva fue una combinación explosiva de medidas, equivalente a pisar el acelerador y el freno al mismo tiempo en un vehículo en desbandada. Esto es, aunque la política monetaria restrictiva frenaba la inflación brevemente al succionar liquidez excedentaria de la economía, el gasto fiscal creciente seguía inyectando dinero inorgánico a la economía y hacia que el BCV tuviese que emitir cada vez mayores volúmenes de bonos cero cupón para evitar que subieran los precios. Esta compulsión a la emisión de bonos cero cupón, a su vez, obligaba al BCV a pagar mayores tasas de interés para poder atraer cero cupón, a su vez obligaba al BCV a pagar mayores tasas de interés para poder atraer esos mayores niveles de dinero inorgánico. Esta emisiones de bonos cero cupón llegaron a niveles tan exagerados que el

BCV llegó a represar más del 30% de los del público, impidiendo que el crédito bancario circulase normalmente en la actividad productiva privada y creándole un enorme pasivo al país. A su vez, el sector productivo privado que competía con el BCV por el crédito bancario, se vio obligado a endeudarse a las elevadas tasas de interés para cubrir las pérdidas en cartas de créditos y los nuevos costos de materia prima generados por la devaluación. Esta competencia entre el sector productivo privado y el BCV por traer el crédito bancario hizo que las tazas de interés estallaran al 82% anual (40 puntos por encima de la inflación son impagables) que finalmente produjo el colapso del sector productivo y bancario del país.
Con tasa de interés reales de 82% y con la quiebra del aparato productivo nacional fue como el equipo de reformas economía rentista, obligando a los bancos comerciales que recibían esas inversiones extranjeras y la liquidez monetaria generada por el gasto fiscal a estacionar sus fondos improductivamente en el BCV, al no haber empresas solventes que pudiesen cancelar las tasas de interés vigentes para le época. Para entender lo fatal del alza experimentada de las tasas de interés en esos años que tanto defendía el equipo económico encabezado por el hoy aspirante a la Presidencia de Venezuela, Miguel Rodríguez, como necesarias para preservar las reservas internacionales, podemos imaginarlo que significaría que en Europa, EUA, o Japón se registren alzas equivalentes en sus tasas de interés. Con tasas de interés de 45% (40 puntos por encima de la inflación) en Europa, EUA o Japón podemos estar seguros de que Miguel Rodríguez y su equipo de economistas hubiesen sido capaces de quebrar a los bastiones de esas economías como lo son la Exxon, la Toyota, la Mitsubishi, la Procter & Gamble, la Mercedez Benz y a cualquier otras grandes empresas y bancos que se le atravesaran por delante.

Este deterioro del aparato productivo venezolano se pronunciará aún más y por los mismos motivos debido al programa de Petkoff y Matos Azócar con el FMI.

Más leña al fuego

Como si los recursos de la devaluación no hubiesen sido suficientes ingresos para reducir el déficit fiscal, el equipo económico de 1989, con el respaldo del FMI, también presionó a la población con incrementos en las tarifas de los servicios públicos, en el precio de la gasolina y de todos los bienes que provee el Estado, además de nuevos y onerosos impuestos a los activos empresariales. Aquí el equipo de tecnócratas de 1989 demostró que no entiende que en reformas económicas el orden de los factores sí altera el producto. Que en una economía donde el Estado mantiene el absoluto control y explota como monopolio casi el 70% de los principales recursos naturales y productivos del país, los déficit fiscales no se pueden cubrir con mayores impuestos sino con una reducción del gasto. Es como si basados en medias verdades de esos tecnócratas neoestatistas (los precios y tarifas de los servicios públicos deben cubrir sus costos para no ser populista) la economía cubana comenzara sus reformas imponiendo aumentos en los servicios públicos, en los impuestos y en la gasolina, sin antes entregarle a la gente tierras agrícolas, los hoteles y otros recursos productivos que hoy monopoliza el Estado cubano para que sus ciudadanos puedan producir mayores ingresos con los cuales pagar nuevos impuestos. La pregunta que habría que hacerle a Miguel Rodríguez (ahora Matos Azócar y Petkoff) y a sus equipos es de dónde la gente va a sacar dinero para financiar el déficit fiscal si es el Estado quien controla casi todas las empresas de importancia y monopoliza los medios productivos del país. Aquí podríamos destacar que la obstrucción del Congreso y AD a las reformas impositivas de 1989, más bien favoreció al equipo reformista ya que amortiguó el malestar social que acumulaba su injusto paquete de medidas.
Para completar el drama que hoy parecen olvidar algunos venezolanos, debemos recordar que aún las privatizaciones de ese período se hicieron con fines fiscalistas. Esto es, privatizaron muy pocas empresas públicas y cuando se vendieron fue como monopolios privados para aumentarles el precio de venta y los ingresos del Estado que los reformistas administrarían. En ningún momento se planteó que el ciudadano recibiese beneficios directos de las privatizaciones. El saldo que los venezolanos empobrecidos durante tantos años de estatificación económica recibieron de las privatizaciones fue exagerados aumentos en los precios de los servicios y bienes que nuevos monopolios privatizados impondrían, mientras que el Estado si se beneficiaba del sobreprecio de esas privatizaciones monopólicas, a la vez que mantenía importantes lotes accionarios en esos nuevos monopolios. Nunca este equipo económico de 1989 entendió la verdadera profundidad social que deben significar las privatizaciones. Que en un país con herencia monárquica donde el Estado es propietario de las principales riquezas, la población despojada de los medios productivos durante siglos no podía cotizar y participar en la compra de empresas públicas y que más bien las privatizaciones al estilo planteadas por las reformas de 1989 sólo venían a legitimizar profundas desigualdades sociales acumuladas a lo largo de nuestra historia. El paso de una economía estatizada a una economía del ciudadano en Venezuela genera trastornos sociales que podríamos equiparar a los que se presentaron en el siglo XIX durante la abolición de la esclavitud. En ese entonces, se había creado un círculo vicioso nocivo donde los esclavos no tenían dinero para indemnizar a sus propietarios y obtener su libertad, y los propietarios podían quebrar si liberaban esclavos sin ser compensados. A la vez, los esclavos no tenían recursos ni educación - como producto de su misma condición de esclavos - para pagar deudas en un plazo por su libertad, ya que no podían hallar trabajos bien remunerados. Sistemas y leyes injustas (como lo son las que mantienen el monopolio de las riquezas de un país en manos del Estado y los políticos) no se solucionan con píldoras, ni de la noche a la mañana, como lo pretendían las privatizaciones planteadas en 1989 y 1996. Sólo soluciones como los fondos de capitalización popular (exitosamente implantadas en algunos países ex comunistas, Perú y Bolivia), la repartición de los dividendos de la apertura petrolera a la población directamente (sin que el Estado los use en su gasto), la reducción del gasto público por medio de la dación de escuelas y hospitales a sus maestros y cuerpo médico a cambio de prestaciones sociales, la dación en pago de activos de Fogade a acreedores del Estado, hubiesen ido en la dirección más apropiada al acercar a la población a los recursos productivos del país sin alcabalas y favoritismos políticos que impone un gigantismo de Estado.

No permitamos que la ansiedad del cambio nos haga repetir los errores del pasado

Bajo los argumentos expuestos hasta podríamos decir que las reformas económicas planteadas en 1989 por el ex Presidente Pérez fueron una gran oportunidad desperdiciada por los economistas a cargo de implantarlas. Igualmente, ante la disyuntiva actual, resulta bastante utópico hacerle creer al venezolano que con medidas parches como las de controles económicos del presidente Caldera o con reformas neoestatistas como las iniciadas en 1989, el país podrá resolver sus profundos desajustes sociales y económicos. También es falso el argumento que arrincona a Venezuela a negociar nuevas deudas con el FMI en 1996 para enfrentar los perentorios pagos de la deuda externa vencida y la liberación del cambio. Con ingresos petroleros de US$ 16.000 millones por año, Bs. 1.000.000.000.000 en nuevos impuestos y billones de dólares en activos mal aprovechados en poder del Estado, el único urgido es el propio Gobierno que quiere mantener su poder económico sobre la población aún sacrificando con más deuda e impuestos a la población venezolana. Nuevas deudas y mayores impuestos para resolverle la crisis al actual Gobierno, sin hacerles reducir el gasto público, harán que la libertad cambiaria que tanto anhelamos los venezolanos sea insostenible, ya que seguirá la inflación, las importaciones crecerán por el subsidio que significan préstamos para balanzas de pagos del FMI, las empresas seguirán cerrando ante los crecientes costos y caída de la demanda y la fuga de capitales se acelerará creando nuevas alzas en los intereses como ocurrió durante las reformas iniciadas en 1989.



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