Cambio tecno-económico y democracias presionadas
n un artículo publicado en marzo de 1994 en la
revista Futures, Sally Lerner, una académica canadiense vinculada a la Universidad de
Waterloo (Ontario), hace una preocupante proyección respecto a la situación laboral
que caracterizará a Norteaméricaen el siglo XXI como consecuencia de la
reestructuración que, desde los ochenta, viene confrontando la economía de esa
macro-región en respuesta a las presiones emanadas del cambio tecnológico y la
globalización de la actividad económica.
La pregunta central de dicho artículo titulado "The future of work in North
America:Good Jobs, Bad Jobs, Beyond Jobs" es si, al menos en los próximos 30 a 60
años, habrán empleos seguros, a tiempo completo y adecuadamente remunerados en
esa región o si, por el contrario, la norma será "un crecimiento con desempleo",
subempleo y empleos"contingentes", como ocurriera primeramente en Gran Bretaña
y se evidenciara al poco tiempo en otras naciones industrializadas. Interrogante ésta que
adquiere particular relevancia cuando se toman en cuenta dos factores: por un lado, los
millones de puestos de trabajo en el sector manufacturero que se han perdido en forma
permanente desde la pasada década, muchas veces para ser relocalizados en otras
latitudes con condiciones laborales y salariales más propicias o "eficientes"; y por el otro,
la imposibilidad de reemplazarlos con empleos en el sector servicios en vista de la
tendencia dual que se evidencia en éste: la automatización y computarización de
puestos de "alto valor agregado" (ejecutados por un número cada vez más reducido de
trabajadores del conocimiento o analistas simbólicos), y la creación de millones de
empleos de reducido nivel técnico o de"bajo valor agregado" (los llamados mac-jobs)
y, por tanto, de inferiores condiciones laborales.
Desempleo estructural y polarización social
Un aspecto crucial aludido por Lerner es la posibilidad de que en un contexto
mundial como el actual, caracterizado por un elevado nivel de innovación tecnológica,
una aceleraday poderosa tendencia a la globalización económica, y la resultante
conformación al interior de muchas economías nacionales de un desempleo de
carácter estructural, se produzca una polarización de las sociedades de Norteamérica
(v.g. de EE UU y Canadá) entre una subclase creciente pauperizada, "redundante" y
descapacitada y una pequeña y afluente élite técnico-profesional. Polarización que,
como lo han venido señalando calificados analistas y estudiosos de la sociedad
estadounidense como Robert Reich y Paul Krugman,ya se perfila como realidad
insoslayable en los EE.UU. al punto de hacer cada vez más insostenible tanto el mito
de ese país como una sociedad "sin clases" o de "clase media",como la providencial
orientación al futuro de su ciudadanía y que, asimismo, pudiera contribuir a la
fractura, en un futuro próximo, de ejemplar "experimento nacional "canadiense. Sobre
todo en vista de los enormes desequilibrios presupuestarios que acosan a ese país (la
deuda nacional de Canadá equivale al 100% del PIB), de los consecuentese inevitables
recortes presupuestarios, y de sus efectos restrictivos sobre el "estado debienestar"
canadiense, y muy especialmente sobre aquellas áreas dirigidas a aliviar el desempleo
(cerca de un 11%) que signa a la economía de ese país norteamericano.
Desempleo estructural y gobernabilidad democrática
No es pues de extrañar que Lerner concluya su artículo exhortando a los
gobiernosde EE UU y Canadá a planear realisticamente formas de mitigar los efectos
negativos derivados de altos niveles de desempleo estructural que, de continuar las
tendencias actuales, pudieran manifestarse en Norteamérica en razón del cambio
tecno-económicoglobal. En particular porque, de no hacerlo así, ambas sociedades
pudieran ver debilitadas sus bases políticas, es decir, sus formas democráticas de
gobierno, al acudir a búsquedas caóticas de soluciones que desemboquen, en última
instancia, en cursos do acción autoritarios.
Si bien la preocupación de esta académica canadiense pudiera parecer un tantoexagerada a la luz de los sólidos
fundamentos históricos, valorativos, jurídicos y políticos de las democracias
estadounidense y canadiense, es evidente que los síntomas de fractura social y los
sentimientos de desencanto, frustración y temor que experimentan los norteamericanos,
y muy especialmente los estadounidenses, pudieran en los años venideros dar lugar al
encumbramiento de "nuevos líderes" que, en representación de un"tercer partido"
fundamentado en una plataforma "populista-integrista-neoconservadora-aislacionista-nativista",
socaven de manera inexorable la gobernabilidad o incluso la institucionalidad democrática estadounidense
(y tal vez canadiense). Ya el fenómeno Perot en las elecciones presidenciales de 1992,
el boom de los "nuevos republicanos" en las elecciones parciales de congresistas y
gobernadores de noviembre de 1994; la reciente penetración del Viejo Gran Partido por
la coalición cristiana que lideran el dúo Robertson-Reed; el recrudecimiento de la
polarización racial y del sentimiento anti-inmigración en la sociedad estadounidense;
y la resonancia del discurso ultra-conservador y peligrosamente chovinista pese a sus
obvias contradicciones de un abierto exponente de la "derecha católica" como Pat
Buchanan en una población mayoritariamente protestante, señalizan la gradual
erosión del espíritu tolerante, optimista y volcado hacia el futuro del estadounidense
medio.
Costos sociales y efectos "contractuales" de la reestructuración industrial
Se trata de una erosión en gran parte causada como acertadamente lo
sugiriera unreciente artículo de la revista BusinessWeek (11-03-1996)" por la
decreciente fe de los trabajadores de los EE.UU. en su capacidad de prosperar, tras diez
años de reducciones,redimensionamientos, correcciones y procesos de reingeniería en
la "América Corporativa"que los condena, bien al desempleo o bien a la reducción o
al estancamiento salarial y, en ambos casos, a engrosar el amplio sector de la población
afectada por una distribución delingreso crecientemente regresiva y desigual. De allí
que, por el lado estadounidense, sean comunes las referencias al desmoronamiento del
"contrato social" entre trabajadores y empresarios que en ese país permitió dar
sustento real a la aspiración liberal de crear una"buena sociedad", es decir, una
sociedad en la cual sus actores privados pudiesen alcanzar su bienestar individual y el
de su familia (o, lo que es lo mismo, gozar de sus derechos inalienables a "la vida, la
libertad y la búsqueda de la felicidad") con un mínimo de interferencia o participación
gubernamental. Mientras que por lado canadiense también sea común encontrar a una
población acostumbrada a diferencia de los estadounidenses a la benigna
intervención socio-económica de gobiernos fieles a los principios contractualesde "paz,
orden y buen gobierno" que dieron lugar a la federación, pero cada vez más aprehensiva
frente al eventual desmantelamiento de su innegable democracia social, como secuela
del rumbo privatista-devolucionista asumido desde finales de la década pasada porel
gobierno federal y muchos gobiernos provinciales (producto, a su vez, de la pérdida
decompetitividad de la economía canadiense y la acumulación de déficits en los
sectores públicos federal y provincial). Rumbo éste cuya idoneidad ya está siendo
fuertemente cuestionada dentro de su vecino del sur, es decir, en la cuna indebatible de
la más exitosa y vibrante "democracia de mercado" que se haya conocido hasta
ahora.
De la "destrucción creativa" a la "construcción creativa"
Es pues evidente que las dos democracias más duraderas, estables y
funcionales del hemisferio están sufriendo los enormes costos sociales de esa
"destrucción creativa" a la que aludiera el economista austríaco Joseph Schumpeter
como rasgo definitorio del capitalismo. No obstante, pareciera que la preservación y
continuo robustecimiento de las mismas dependerá, en un futuro no muy lejano, de la
capacidad de sus líderes de reemplazar conceptual y fácticamente esa lógica capitalista
de "destructividad creativa" por otra de naturaleza menos materialista centrada en una
"constructividad creativa". Es decir que lo que pudieran requerir ambas democracias
para mantenerse y profundizarse, es una lógica éticamente distinta que les permita
reinventarse a fin de continuar satisfaciendo las necesidades básicas de sus ciudadanos;
que contemple entre sus pilares la estrecha cooperación y acción coordinada de
empresarios y gobiernos para el relanzamiento de su capital no sólo humano sino
también ambiental dentro de un marco de sustentabilidad presente y futura; que
asegure la discusión y el debate abierto de ideas e iniciativas políticas con los actores
pertinentes de la sociedad civil; y que propicie un compromiso "desde arriba", auténtico
y no retórico-ideológico, para devolver su protagonismo a la sociedad civil,
preparándola para asumir los desafíos del post-industrialismo.
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