Los laberintos de la información
uienquiera que haya intentado entrar al Internet sabe
que no debería hablarse de "autopista" de la información sino más bien de laberinto:
inmensas madejas de callejuelas, y calles ciegas, de cafés y bibliotecas. La red está
integrada por miles de caminos que frecuentemente terminan en vías sin salida.
Internet se parece más al laberinto de una ciudad medieval , sin una verdadera
arquitectura que al la hermosa configuración de una autopista. Ciertamente, tal como
lo han hecho las autopistas desde hace cincuenta años, Internet desempeñará un papel
importante en el futuro de las comunicaciones entre los hombres. Ya no se tratará de carreras a lo largo de líneas rectas sino de viajes a
campo travieso, virtuales, inmóviles, lo que reenvía una vez más al laberinto, simulacro
de viaje.
Durante mucho tiempo , la mayor metáfora para designar al progreso ha sido
la línea recta, el mejor medio de economizar energía. Y es por ello sin duda que vino
al espíritu la palabra autopista cuando se trató de darle un nombre a las redes de
multimedia en gestación. Pero esa metáfora es anacrónica y engañosa: la complejidad
reina en el universo de la información; ya no se trata de economizar energía sino de
producir y transmitir información. Y dentro de ese paradigma, lo más sencillo no es lo
mejor. La palabra maestra de la sociedad moderna será la del laberinto. Todo dentro
de nuestras sociedades toma sus formas. En primer lugar, la informática es laberíntica:
el microprocesador es como un laberinto de chips; la serie de instrucciones binarias de
los programas de informática debe leerse como una sucesión de escogencias de
vías.
Los juegos de video consisten también en recorrer un laberinto, sin
caer en las múltiples trampas que están escondidas en el mismo; incluso en sus
versiones más recientes, están conectados a redes y permiten que se juegue con
contendores, en laberintos de laberintos. Lo que es más, si uno lo piensa bien, la mayor
parte de los elementos de la vida moderna reenvían al laberinto. La ciudad es un
laberinto; las redes de poderes e influencias, los organigramas, los cursos universitarios,
las carreras empresariales, también lo son, y están hechos con una sucesión de
trampas y de decisiones binarias. Las manipulaciones genéticas se presentan todavía
como la creación de una serie de laberintos codificados. La huella digital es un
laberinto particular de cada individuo. Hasta el psicoanálisis designa el inconsciente
como un monstruo oculto en el fondo de un laberinto y cuyo objeto es entender los
sueños donde quien duerme se enfrenta a la decisión angustiosa de escoger un camino
dentro de un dédalo de prohibiciones. Tenemos pues que aprender a pensar en
laberintos.
Para ello, es necesario regresar a las fuentes: el laberinto es una de las más
viejas figuras del pensamiento humano. Era en los tiempos más remotos, la mejor
manera de entrampar al tiempo, de impedir a los profanadores de acercarse a una
tumba o a un lugar sagrado. Algo así como el código de una caja fuerte; un código
espacial y mental, un ritual de paso. Eran comunes a diversas culturas: en Egipto, en
China, en la India, en el Tíbet, en Grecia, en Bretaña, en América, en Africa. A veces
inclusive con los mismos diseños a miles de kilómetros de distancia. Eran de piedra,
de vegetales o simplemente grabados o pintados sobre los muros. En Egipto
representaban el camino que recorría el alma. En el Mediterráneo, servían de guía
para danzas rituales. En todas las culturas, simbolizaban el viaje interior del hombre en
búsqueda de su verdad, un nomadismo virtual.
Con el advenimiento de las modernidad, el nómada le cede su lugar al
sedentario; el laberinto desaparece en beneficio de la línea recta. Se refugia en los
jardines de los conventos., en los cuales no pasa de ser una manera elegante de permitir
a los fieles hacer un simulacro de la cruzada, circulando en un laberinto cuyo centro
simula Jerusalén. También se le encuentra en los jardines ingleses como juegos de sociedad, siempre
nomadismo virtual, esta vez lúdico.
¿ Está hoy en día de regreso por razones similares, como para el
peregrino inmóvil de los conventos, los laberintos modernos transforman al hombre en
un nómada virtual, viajero de la imagen y de la simulación, que trabaja y consume a
domicilio, viajando a través de redes de información, si no tiene los medios para ser
ese nómada de lujo, trashumante de todos los placeres, que mañana dictará sus valores
a la clase media? Entonces, tendremos que volver a aprender a ver el mundo a partir de esa metáfora.
Por ejemplo , habrá que comprender que el tiempo no se encauza en una sola dirección
sino que más bien se riega como el agua en un laberinto, con ires y venires, espirales y
calles ciegas, proximidades lejanas y engañosas distancias.
Este artículo es traducido del francés por Emilio Figueredo y publicado
con autorizació de su autor
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