
n ensayo sobre el más grande ensayista
venezolano de todos los tiempos, Don Mariano Picón Salas, nos acaba de entregar
Simón Alberto Consalvi. Un mérito incuestionable se destaca en este trabajo. Es su
aporte inestimable para la difusión del pensamiento, la obra creadora y los rasgos más
destacables de la peripecia vital de nuestro insigne escritor. No es sólo un intento
biográfico de uno de los testimonios humanos más fascinantes y depurados del alma
nacional. Es algo más. Logra con éxito indiscutible desentrañar la evolución de las
ideas del gran merideño, observadas desde las diversas perspectivas de tiempo y de
lugar en que le correspondió actuar.
Las generaciones más jóvenes y no por ello menos desprevenidas de la
Venezuela presente, conocen poco de la obra inmensa del notable escritor. El hondo
vacío de esa desinformación desesperante, nos debe servir como un alerta que nos
estimule a adquirir conciencia de la patética circunstancia en que se debate la crisis de
nuestra educación. Que muchos egresados de las escuelas de postgrado de nuestra
universidad hayan jamás leído en la prosa más limpia e impecable de nuestro idioma,
las disquisiciones de Picón Salas sobre la cultura de la conquista y la independencia
hispanoamericana, sobre el devenir y el acontecer de nuestro pueblo, sobre la vida de
algunos de nuestros héroes o nuestros villanos, sobre sus meditaciones en torno a la
cultura del escenario europeo y latinoamericano, o sobre las pinceladas magistrales de
sus autorretratos donde nos cuenta las vicisitudes de su agitada y fecunda existencia, es
síntoma de las grandes carencias que conmueven a la vocación espiritual de la nación
de hoy. Desde este angulo, el trabajo diligente de SAC viene en la buena hora de sus
reflexiones sobre el itinerario intelectual y espiritual de Picón Salas, a contribuir con
mucha fuerza a revitalizar la validez perdurable de sus ideas y sus indagaciones en torno
a la identidad del tiempo y el espíritu hispanoamericano, iluminadas por la luz de uno
de los exploradores más vivaces y penetrantes que jamás hayamos tenido.
Y leyendo estas páginas encuentro en la singular peripecia de quien
irrevocablemente está llamado a presidir el repertorio de nuestros valores más egregios,
una explicación al drama de la vida venezolana de nuestro tiempo. Un intelectual
dotado con la sabiduría y la erudición más vasta, sembrada en uno de los
temperamentos más lúcidamente fértiles que hayamos logrado y divulgada además en
el estilo de la prosa más acabada y nítida, debió sin embargo soportar en más de una
ocasión el embate inmisericorde de la incomprensión, de la mezquindad y el encono
de la estridencia ideológica. Y algo peor aún. Debió esperar casi el ocaso de su vida,
para que al fin nuestros dirigentes pudieran llamarlo a ocupar un sitio digno de su
dimensión gigante. Ocurrió cuando fue llevado, pocos años antes de su muerte, a
dirigir el Ministerio de la Secretaría de la Presidencia de la República.
Tiempos de pobreza en Chile, la atmósfera que más contribuyó a cultivar su
inteligencia para el afán de las letras, horas desoladas del exilio, ingratitud de una
sociedad que sólo le llamó cuando era ya una figura cumbre de la inteligencia
nacional, para ejercer modestísimo destino en el servicio exterior y el cual, sin
embargo, le fuera revocado por una destitución intempestiva. En la carta del ilustre
agraviado para el Canciller de entonces, deploraba los procedimientos que recordaban,
por su falta de forma, a aquellos que prevalecieron durante una época de la política
venezolana que todos creían superada. Eran los mismos procedimientos de los cuales
había sido víctima el propio Ministro de Relaciones Exteriores en el año de 1921,
cuando en el discurso inaugural de la estatua ecuestre del Libertador en el Central Park
de New York, el Doctor Esteban Gil Borges, como para resguardar sus cívicos pudores
en un escenario de la más alta civilización, dejó de mencionar el rústico nombre de
Juan Vicente Gómez. Fue entonces la destitución de Don Mariano, la concesión
oficial a una campaña de descrédito dirigida contra un incomparable servidor público,
acusado por las intrigas del fanatismo religioso de entonces, como tantos lo serán más
tarde, de comunista, enemigo de la juventud, de la iglesia y de la patria. Era el tributo
que la discordia, la desmesura, la intolerancia y la incomprensión del debate
ideológico- los mismos duendes que vestidos de otros ropajes todavía entre nosotros
deambulan- hacían pagar a la sensatez, a la interpretación desprejuiciada y a la
incalculada voluntad de servir.
De excepcional interés para la contrastante interpretación de nuestra hora,
resulta el análisis de la cercanía y la amistad entrañable de este gran venezolano con
aquella otra personalidad legendaria, casi única entre nosotros, de su paisano
merideño llamado Alberto Adriani. En la ocasión absurda de su muerte inesperada,
en medio de la pesadumbre y la congoja de la nación entera, Picón Salas escribió
sobre el gran Ministro: Desde los tiempos magníficos de un Santos Michelena o un
Fermín Toro, allá en el alba de la República, no se había sentado en el sillón del
Ministerio de Hacienda de Venezuela, un hombre de la mirada más universal y de
pasión patriótica más vigilante.
Es que los gobernantes de entonces, y es el reconocimiento que el General
López merece como pocos, tenían de la función pública un juicio tan elevadamente
inapreciable, que siempre se cuidaban de convocar a los más altos destinos a quienes
de verdad sabían pensar y alertar sobre las genuinas conveniencias nacionales. Y los
hombres como Alberto Adriani, formado en la Europa de principios de siglo para servir
a su país, como ahora a tantos se les relega por el pavor que ellos infunden a la
mediocridad circundante, no podían quedar marginados. Y porque el insigne Ministro
ya advertía los peligros de los desbordamientos del populismo y el manirrotismo de las
regalías y subsidios, Adriani, sin ninguna reserva le dijo con toda responsabilidad y
franqueza, en un país esencialmente rural, a los agricultores venezolanos de entonces:
Es necesario no imponer la mendicidad obligatoria y trocar a los agricultores en
mendigos que agradecen una dádiva. Producir y saber lo que vamos a producir, es lo
que necesita nuestra economía.
El libro sobre Picón Salas, enriquecido con las citas del gran estilista, está
plagado de observaciones y acotaciones perspicaces de la pluma de Consalvi, otro
merideño de excepción. Leer y revisitar las páginas de Profecía de la Palabra, es
una de las formas más ricamente provechosas de aproximarse a las ideas, a la obra
imperecedera de uno de los grandes maestros venezolanos, al sobrio colorido de la
estampa de la prosa de don Mariano, un estilo y una cadencia en la magia del lenguaje,
como tal vez en ningún tiempo en el género del ensayo, la haya logrado nadie entre
nosotros.
Podríamos sugerir en torno al trabajo de Simón Alberto, algo parecido
a lo que alguien alguna vez dijo del libro de Unamuno sobre la Vida de don Quijote y
Sancho. Resulta de su lectura la más escueta y jugosa de las maneras de repasar y
asimilar los vericuetos de la vasta e inagotable sabiduría recogida en la obra inmortal
de don Miguel de Cervantes.
URL: http://www.internet.ve/analitica
Mensajes al Editor:
editorva@ccs.internet.ve