uchos artistas latinoamericanos, al momento
de reflexionar sobre su identidad, dudando, se han convencido de que lo más auténtico
que podríamos tener como verdadera respuesta es nuestro trauma colonialista en
conjunción con una cadena de sentimientos de naturaleza católica. Nuestra pintura,
nuestra arquitectura y nuestras leyes sociales padecen continuamente de tradiciones
involuntarias muy arraigadas que no suelen ser estudiadas. La pintura colonial del siglo
pasado tiene una gran influencia en los niveles sociales más altos y más bajos en
cuanto a la forma de apreciar el arte, quizás, motivado por una eterna necesidad
de adorar íconos. Las expresiones barrocas y manieristas son las estéticas
dominantes que caracterizan el sentimiento latinoamericano. Estos sentimientos
en el arte están siempre representados por el dolor cristiano asumido desde
múltiples perspectivas. El sufrimiento ha sido el tema central del arte
occidental desde el Renacimiento, así como también todo lo relacionado con la
soledad, la nostalgia, la tristeza, la represión, el sentimentalismo, la
resignación, la desesperación, la angustia, el miedo, el complejo de culpa. Un
pintor como Matisse nunca se hubiera dado en un lugar como Latinoamérica, pues
la serenidad y la celebración de la vida eran el fundamento de su trabajo.
Parecería que el arte generado por la tradición de la cultura colonialista no
tuviera interés en las ideas del desarrollo. Bárbaro Rivas abordó "bárbaramente"
el tema religioso en sus pinturas, involucrando su entorno cotidiano y la vida
sencilla de los pueblos. Sus obras son auténticos cantos políticos donde la
soledad y la miseria son superadas por una ingenua felicidad, producto de una fe
irrepetible. En los últimos a os ha venido creciendo en Venezuela una tendencia
en el arte contemporáneo a retomar el cristianismo, así como también la búsqueda
por lo antropológico. No se si son cambios prioritarios o auténticos esfuerzos
por describir nuestra propia realidad.
Las formas de lo religioso
Tanto Antonio Lazo como Ernesto León, Claudio Perna, Hernández D'Jesús,
Héctor
Fuenmayor, Rolando Peña, Carlos Zerpa o Hernández Diez se han entregado a la
búsqueda del misterio de la representación de Cristo, de José Gregorio
Hernández, del Sagrado Corazón de Jesús, o de Simón Bolívar, también líder de la
religión popular. Alegóricamente, Antonio Lazo desarrolla todos estos íconos. Es
la temática de sus pinturas que realiza ``dramatizando una vez m s lo
dramático'', con todos los recursos expresivos del realismo. Lazo ha sabido
integrar a sus trabajos, múltiples disciplinas, diversos objetos, construcciones
audaces en el soporte bidimensional; quizás así, garantiza mayor realismo a sus
representaciones. La caligrafía, expresión desnuda del dibujo, la utiliza
continuamente como un recurso pictórico. Sus trazos enérgicos y agitados, sólo
se detienen ante la representación de la figura protagónica de la obra,
respetando innecesariamente la iconografía original. Así, Lazo se nos presenta
como un entusiasta y amante de la tradición pictórica, de la historia y de la
realidad. Es un pintor que vive buscando (o expresando) la fuerza. Esta búsqueda
es una irrefrenable acción dentro del arte latinoamericano. No deja de ser
interesante que Lazo realiza una pintura que queda pendiente e inconclusa desde
los años sesenta y setenta, siendo desde esa época cuando explora el presente.
Es importante ver cómo, desde el punto de vista constructivo, Lazo comienza al
inicio de los ochenta, década promiscua, a darle a su trabajo, una dimensión
especial gracias al reciclaje de un grupo de artistas totalmente
desprejuiciados, tales como Félix Perdomo, Ernesto León, Oscar Pellegrino,
Onofre Frías, y su eterno admirado Tapies. Dicho reciclaje es importante puesto
que lo libera de la presión de los maestros venezolanos de la década de los
sesenta. En su obra, Lazo expresa su fuerza a través de lo monumental y de lo
heroico, elementos fundamentales también en la obra de Anselm, Kiefer y Beuys.
Mirando a Europa
No es mi interés crear ningún clima negativo de referencias entre Kiefer y Lazo,
todo lo contrario, más bien me inclino hacia un acercamiento reflexivo entre
ellos y nosotros. El abismo entre uno y otro es totalmente cultural. La
sensibilidad de Kiefer recuerda a los románticos franceses del siglo XIX, por su
"espíritu melancólico y delicadamente masoquista". Kiefer se vuelca para liberar
las emociones reprimidas del Nazismo, resucita la alquimia y se interesa
diabólicamente en "evocar metáforas de creatividades místicas". Teatraliza, como
Mephisto, su material temático e histórico, hacia lo absurdo y lo irónico: Su
obra est colmada de ``significados venenosos que liberan tóxicos vapores
políticos''. Kiefer, conmueve fuertemente, no sólo por su atrevimiento pictórico,
sino también por otros elementos muy especiales que son inseparables de su vida
y de su cultura, entre ellos, la relación con la vida y la muerte, el deseo y el
abandono, las múltiples asociaciones históricas, la desesperante afirmación de
su identidad alemana, lo cual lo mantiene atrapado por viejas obsesiones
enfermas y, de igual manera, oprimido por su historia. Siempre adoptando un
espíritu auto-destructivo, a lo Fassbinder. La historia del arte alemán ha sido
consolidada a través de muchos Kiefers, muchos Museos de Arte Contemporáneo y
centenas de artistas que se han cortado la oreja. En Venezuela, con una historia
de arte diferente, fresca, ingenua, convulsionada y aún adolescente,
recientemente es cuando comienza, a partir de Reverón, a construir con riesgo
propio un destino febril. Con Lazo se celebra esa impetuosidad que nos
caracteriza. Pero expresar nuestra historia a través de las artes plásticas,
todavía ha sido una expresión secreta, afórica y reticente. Hay que elaborar
nuevos guiones. En la actual realidad, nuestra situación colonialista no difiere
mucho de la del siglo pasado: todavía es un trauma que no encuentra la justa
respuesta.
Para ver una imagen de mayor tamaño de estas obras,
selecciónelas.
Este articulo ha sido reproducido del Papel Literario de EL NACIONAL con permiso
de sus editores