La política exterior que tuvimos, la que tenemos, y la que necesitamos
n Venezuela se ha convertido en lugar común la
consideración según la cual el país no ha tenido, ni tiene política exterior. Desde
luego,el argumento requiere mayor refinamiento, porque si definimos a la política
exterior como acción exterior es inevitable para cualquier país desarrollar relaciones
de alguna naturaleza con el mundo. Al efecto, el argumento más elaborado propone
que el país ha carecido de una política exterior continua y consistente, en tanto no ha
tenido un proyecto que enmarque y oriente sus relaciones exteriores.
Esta ya tradicional y no muy nueva discusión vuelve a cobrar relevancia en estos
tiempos, en los que un ambiente postinternacional -para emplear el acertado calificativo
acuñado por James N. Rosenau que alude a la velocidad, incertidumbre y profundidad
del cambio global- genera desafíos sin precedente para las políticas exteriores de los
Estados. La naturaleza de este desafío es particularmente importante y visible en el
caso de Venezuela dado el enorme desarreglo sociopolítico y económico que parece
reproducir a escala doméstica los rasgos característicos de la turbulencia
postinternacional global.
Estas líneas retoman la discusión procurando poner en perspectiva lo que
considero es fundamental: que Venezuela sí ha tenido una política exterior de relativa
consistencia y continuidad, que la fue dejando de tener, y que necesita urgentemente
replantearse desde sus lineamientos de política exterior,hasta los procedimientos y
bases institucionales para promoverlos.
La política exterior como sistema de transacciones
No me propongo "demostrar" ni "explicar" nada de manera definitiva. Sólo voy
a presentar y argumentar resumidamente en favor de una interpretación que ha
provocado -y seguramente seguirá provocando-refutaciones y críticas.
Comienzo por concebir a la política exterior-siguiendo a Robert Putnam- como
un juego de dos niveles, es decir, un juego en el que los estadistas deben atender dos
tableros al mismo tiempo: el doméstico y el internacional. De modo que la política
exteriores el resultado de un complejo sistema de transacciones domésticas-mundiales
en el cual corresponde al liderazgo del país lograrla combinación de acuerdos más
favorable -o menos desfavorable- al programa, agenda o proyecto doméstico que es
también -en sí mismo-el resultado de una negociación, inicial y permanente. Es lo que
Peter Evans resume cuando anota que los acuerdos en el nivel internacional cambian
el carácter de las limitaciones domésticas, mientras que el movimiento de la política
doméstica abre nuevas posibilidades para los acuerdos internacionales. Metas
domésticas son logradas vía jugadas internacionales, y la actividad política doméstica
es central a las negociaciones internacionales: en esta perspectiva, entonces, el papel
de los factores internacionales y domésticos en la determinación de los resultados es
"simultáneo y mútuo".
Así las cosas, es necesario revisar una especie de lugar común en el discurso
oficial de los gobiernos, según el cual la política exterior debe ser y es mero reflejo de
la política interna: en su extraordinaria simpleza, tal aseveración deja espacio para las
peores simplificaciones conceptuales y perversiones prácticas. Mi punto de partida es
que la política exterior no es un puente que nos conecta al mundo para plantear
nuestras demandas, intereses,necesidades: es en cambio parte de un complicado sistema
de transacciones domésticas-mundiales en el que hay que jugar -y cada vez con mayor
destreza- entre los parámetros de la adaptación y la innovación.
La política exterior que tuvimos
La relación entre la evolución del sistema mundial, el sistema socio-político
y económico venezolano y las características de la política exterior del país ha sido
objeto de importantes -aunque no muy numerosos- estudios en Venezuela.
Una revisión esquemática de las principales orientaciones e iniciativas de la
política exterior venezolana desde 1959 permite sostener que la política exterior no
ha cambiado necesariamente cada cinco años; que los cambios en las orientaciones y
en el énfasis sobre ciertos temas y estrategias no puede ser explicado meramente por
el cambio en el partido de gobierno, o en la persona que gobierna, ni sólo en referencia
a determinaciones del ambiente internacional; y que la evolución misma del sistema
político nacional en lo relativo a la operatividad de su sistema de transacciones sociales
tiene un importante peso explicativo.
Así, la búsqueda de estabilidad política democrática constituyó durante los
gobiernos de los Presidentes Rómulo Betancourt (1959-1964), Raúl Leoni (1964-1969)
y los comienzos del primer gobierno de Rafael Caldera (1969-1974) el hilo conductor
de la política exterior venezolana. Evidentemente, se manifestó a través de diversas
estrategias, desde la aplicación más rigurosa de los preceptos de la Doctrina
Betancourt y las iniciativas y posiciones de Venezuela en la OEA en referencia a los
casos de República Dominicana y Cuba, hasta su flexibilización, gradual abandono y
aparición de la tesis del pluralismo ideológico. Esta última, en todo caso,constituía
una nueva estrategia para alcanzar el mismo propósito de estabilidad y consolidación
democrática, en circunstancias nacionales y regionales cambiadas y cambiantes.
En realidad, ya desde los inicios del gobierno del Presidente Leoni había
aparecido en la agenda gubernamental la preocupación por la diversificación y
reordenación de las relaciones económicas internacionales -como parte del programa
de gobierno de la coalición conocida como "Ancha Base"- y, en consecuencia, por la
búsqueda de criterios más flexibles de vinculación internacional. En el ámbito
petrolero, la activa participación venezolana en la creación de la OPEP había
planteado tempranamente unas líneas maestras para la política exterior petrolera.
Ahora, la participación en negociaciones para promover la integración regional
(ALALC) y sobre los problemas del comercio mundial (UNCTAD) eran señales del
creciente peso del tema de las relaciones económicas internacionales. Esto se refleja
en el gradual crecimiento de lo que creo apropiado llamar"sistema de política exterior",
referido no sólo a las organizaciones y procedimientos tradicionales, sino al conjunto
creciente de actores,sectores y dependencias que dentro y fuera del sistema
tradicional(Presidencia - Ministerio de Relaciones Exteriores - Congreso) participan
en la formación de la política exterior. Bajo la orientación general de buscar una más
sana vinculación con el sistema económico internacional-y dentro de él- como
fórmula para consolidar el sistema socio-económico venezolano, la política exterior
se va haciendo más y más activa, cubriendo un creciente número y variedad de asuntos
en su agenda.
Esta especie de ciclo de ampliación y diversificación de vínculos entre el juego
doméstico y el mundial, alcanza su pico durante la primera Presidencia de Carlos
Andrés Pérez (1974-1979) cuando la búsqueda de un Nuevo Orden Económico
Internacional expresa, en términos muy ambiciosos y de enormes expectativas, la
aspiración de lograr una inserción favorable en la economía mundial a partir de
transformaciones fundamentales en ésta, demandadas desde el tercer mundo.
Cambios muy importantes en la escena mundial,hemisférica, regional y
doméstica llevan a un proceso acelerado de reducción de la agenda internacional
venezolana desde finales de 1977,concentrándose la política exterior en la búsqueda
de estabilidad política y económica en el ámbito regional. Así, los Gobiernos de Luis
Herrera Campins (1979-1984) y Jaime Lusinchi (1984-1989) van bajando la intensidad
de la presencia internacional de Venezuela, tendiendo a concentrarse en aquellos
asuntos que parecían indispensables e inevitables, como la presión del endeudamiento
externo, los conflictos centro americanos, y algunas crisis regionales agudas.
En este momento comienza a hacerse inocultable la pérdida de referencias
claras para la política exterior. Lo curioso es que entre 1989 y 1992, durante el período
inicial del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, reaparece un proyecto de
política exterior estrechamente asociado en su formulación a la lógica de un plan de
ajustes económicos. Con ese marco estratégico de referencia la política exterior del
"Gran viraje" se plantea redefinir la inserción internacional de Venezuela, teniendo
como propósitos generales la apertura económica, la nueva integración y la
solidaridad democrática. Con esta redefinición de las orientaciones y estrategias se
amplía de nuevo el espectro -número y variedad- de temas y frentes atendidos. Se trata
de replantear la conexión económica y política entre los tableros doméstico y global,
promoviendo políticas muy diversas de cierto nivel de riesgo para neutralizar amenazas
y potenciar oportunidades. En esta visión, ya la política exterior no es un "puente"que
puede ser ampliado, reducido y hasta casi bloqueado a voluntad: es,en cambio, parte
central de un sistema de negociaciones domésticas-mundiales cuyo propósito es crear
condiciones de gobernabilidad democrática para la modernización socio política y
económica del país.
Los intentos de golpe de 1992, la salida del Presidente Pérez y el régimen
transitorio significaron la caída aparatosa del proyecto de ajustes y, con él, el de un
intento por reformular las orientaciones y el papel mismo de la política exterior. Así,
el segundo gobierno del Presidente Caldera se instala sobre un discurso de severa
crítica y revisión -y en ocasiones reversión- de la política exterior asociada al
programa de ajustes mismo y, en general, al gobierno de Pérez. Reaparece el vacío
que se había manifestado desde finales de los setenta junto a la vieja fórmula de
conexión de los dos juegos según la cual la política exterior es un puente -controlable
a voluntad- que permite reflejar hacia el exterior necesidades, intereses y demandas
nacionales; con ello en mente, se reduce el ámbito de acción internacional,
reorientando y concentrando a la política exterior enfrentes de bajo riesgo, al menos
hasta comienzos de 1996 cuando las urgencias financieras comienzan a obligar al
gobierno a comprometerse global y domésticamente con la "Agenda Venezuela".
No obstante esta esquemática revisión, sería ingenuo y poco serio proponer
que ni las características personales de los líderes, ni las tesis internacionales de los
partidos han condicionado esta evolución. De hecho, hay mucho por investigar en
Venezuela sobre los contrastes en las ideas, percepciones y variables de personalidad
de los Presidentes y de los colaboradores cercanos que han tenido influencia sobre
asuntos cruciales de la política exterior venezolana. En todo caso, más allá de los
factores ideológico-doctrinarios e idiosincráticos, es posible caracterizar los ciclos
descritos - de mayor acento en la estabilidad política, a la prioridad por la
diversificación económica, y de regreso a la atención a problemas de gobernabilidad
democrática- a partir de una visión que trasciende esas diferencias.
La política exterior que tenemos
La reorientación, la reducción, y la reordenación de los problemas atendidos
por la política exterior desde 1994 ha sido claramente el resultado tanto de las
percepciones dominantes en el Ejecutivo acerca de las oportunidades y amenazas
globales -particularmente las regionales y hemisféricas- como de los problemas
políticos y económicos domésticos.
En la reorientación de problemas de la agenda de política exterior se
evidenció una manera particular de asumir los límites domésticos y globales, y de
moverse en ellos. Estas redefiniciones fueron, para comenzar, visibles en las propuestas
venezolanas a la agenda de la Cumbre de las Américas. La insistencia en tres temas
específicos: corrupción, pobreza y cooperación petrolera,fue reveladora de
reorientaciones que se evidenciaron en las acciones de política exterior. La lucha por
el mantenimiento de la democracia continuó siendo repensada, en Miami y en otros
foros internacionales,en términos de lucha contra la corrupción y la pobreza, en
concordancia con el discurso político doméstico.
Por su parte, el tema petrolero fue objeto de un tratamiento menos atado a la
dinámica política interna: tanto la aprobación del régimen de apertura petrolera,
como las propuestas de cooperación energética hemisférica siguieron una línea de
relativa continuidad y adaptación a las nuevas realidades del mercado internacional.
En temas como el financiero -en particular la decisión de acudir al FMI- y el del
narcotráfico -la gira del Ministro de Defensa y los acuerdos con Estados Unidos- se hizo
indispensable lograr un más sano balance entre calidad, recursos, tiempo y apoyos
internos-externos asociados a las iniciativas para atenderlos. Así, las reorientaciones
y ajustes han ido ocurriendo a partir de redefiniciones desde el gobierno, pero también
por la dinámica propia de ciertos temas, y/o por el peso y gravedad de los problemas
planteados.
En cuanto a la reducción, desde la perspectiva de los cambios en los grandes
frentes de la política exterior, es ostensible la alteración en los niveles de atención a
los diferentes espacios políticos y económicos. Hemisféricamente, a pesar de los
acuerdos con Estados Unidos en materia de lucha contra el narcotráfico y la
corrupción, de la participación en la creación y constitución de la Asociación de
Estados del Caribe, de las tensiones y el acercamiento reciente a Cuba, de la
aproximación con Guyana, de la renovación anual -no sin debate- del Acuerdo de San
José, y del acercamiento a Perú, el foco prioritario de atención se ha continuado
moviendo hacia la activación de relaciones con Brasil y con los países miembros del
Mercosur a partir de un conjunto de acuerdos bilaterales para el desarrollo de
relaciones comerciales, de cooperación, y de atención permanente a temas de interés
común, incluido el apoyo de Venezuela a la participación de Brasil como miembro
permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU.
En ese sentido, puede hablarse de una reducción de la atención a ciertos
frentes, no simplemente en referencia a su intensidad sino especialmente respecto a la
variedad de los asuntos tratados.Colombia, en efecto, ha recibido cuidado permanente
y muy intenso, sin embargo, ello ha ocurrido predominantemente en referencia a
problemas de seguridad fronteriza: una secuencia de frecuentes incidentes que tuvo su
más extrema expresión en el de Cararabo, se extiende hasta finales de 1995 y amenaza
con continuar más allá,mezclándose con tensiones en el ámbito comercial, y con una
continuidad mínima de los mecanismos previstos en los acuerdos de 1989 y 1990.
Es posible argumentar, incluso, que no obstante la obligatoriamente intensa
relación con Estados Unidos, la agenda común se ha visto reducida, especialmente -y
en consonancia con la evolución del contexto hemisférico y las redefiniciones de la
agenda venezolana-precisamente en los temas relativos al comercio y las
inversiones.
En cuanto a la reordenación, durante estos años se ha ido consolidando la
reorganización de los frentes en los que atender los problemas fundamentales. La
expresión presidencial de la idea de convertir a Venezuela en "bisagra" en el proceso
de integración entre el Grupo Andino y el Mercosur a través de la relación inicial con
Brasil, recoge muy bien la esencia de la reordenación de los espacios y de los asuntos
en la agenda venezolana. Si hace unos años la relación con Colombia fue considerada
pieza clave en el "sistema de bisagras", ahora lo es la relación con Brasil. No es ésta
meramente una cuestión de geografía,allí parece estar implícita una revisión de las
prioridades de las políticas de integración. Por supuesto, en este proceso de
reordenación el desplazamiento de unos espacios por otros no es simplemente el efecto
de lo que ha percibido y respondido el gobierno venezolano, sino también de
circunstancias en las que se han debilitado acuerdos como el Grupo de los Tres y el
Grupo Andino, ambos muy importantes para Venezuela, aún en una visión de meros
pesos y contra pesos subregionales y hemisféricos.
La política exterior que se va reconfigurando después de 1992 es una política
que, en suma, se propone replantear las relaciones exteriores a partir de un diagnóstico
en el cual tienden a predominar las urgencias domésticas sobre las de un ambiente
externo percibido esencialmente como amenazante.
En razón de la visión de la política exterior como un sistema de transacciones
en dos tableros, es del mayor interés considerar el cambio básico que va ocurriendo a
partir de 1992 en la relación entre el gobierno y la opinión pública.
Hace ya muchos años Hans Morgenthau escribía que "Una política exterior
que sea apasionada y abrumadoramente apoyada por la opinión pública no puede
considerarse por esa única razón como una buena política externa". Se trata de una
sabia observación, siempre oportuna, y particularmente relevante en circunstancias en
las que el temor a la oposición política ha hecho muy tentadora la búsqueda de apoyo
a través de la exaltación de amenazas y enemigos externos.
En Venezuela hay algunas indicaciones recientes acerca de la poco sana
naturaleza de la conexión entre lo doméstico y lo global: las expresiones críticas al
FMI o hacia los colaboradores del gobierno anterior; también están a la vista los
argumentos que destacan el interés de la nueva relación con Brasil no sólo por su
contenido sustantivo sino "además..." porque Brasil es poco menos que un vecino
modelo ...no como Colombia; o las numerosísimas alusiones de voceros
gubernamentales a las amenazas desde Colombia,especialmente tras los lamentables
hechos de febrero de 1995.
Vista la política exterior como parte del juego político doméstico-externo,la
vinculación entre la política interna y externa puede asumir, como en efecto ha
asumido en Venezuela, tres formas básicas que ha sugerido un estudio reciente de Joe
Hagan. - Adaptación y evasión de controversias:Se trata de una situación en la que
los líderes evitan acciones controversiales que les hagan lucir débiles frente a ciertos
adversarios internos, o que amenacen con romper la coalición política que sustenta
al gobierno. El resultado es una política exterior de adaptación, bajo compromiso y
poca asertividad. Las políticas exteriores del ciclo del repliegue -entre 1978 y 1989-
caben en lo sustancial en esta condición. - Aislamiento: En este caso, las preferencias
del liderazgo sobre un asunto son muy claras y generadoras de tal nivel de compromiso,
que el líder tiene disposición a asumir desde el gobierno el riesgo político de
promoverlas. Para ello la oposición puede ser ignorada, o convencida con concesiones
en otros asuntos. El resultado es una política exterior de relativo compromiso y
asertividad, con alto grado de independencia de la oposición política y de las
corrientes de opinión. Aquí encajaría a grosso modo la política exterior del segundo
gobierno de Pérez, que se aisló gradualmente de la oposición en temas clave del
programa doméstico-externo del "Gran viraje"; en consecuencia, pocos de esos asuntos
generaron compromisos que los hiciesen sostenibles, más allá de los imperativos de la
inercia burocrática doméstica-mundial. -Legitimación: En esta vertiente los líderes
enfrentan la oposición movilizando apoyo popular para el régimen y sus políticas. La
política exterior resulta así asociada a la preocupación por la supervivencia del
gobierno y -en segundo lugar- del régimen. Es característico de esta fórmula la
promoción de políticas exteriores populares (nacionalistas), el empeño en demostrar
un liderazgo fuerte, y el desvío de la atención de problemas internos que dividen los
apoyos, hacia amenazas externas que,de paso, permiten enfrentar a opositores internos.
Aquí se ubica en lo fundamental la política exterior del segundo gobierno del
Presidente Caldera, que se ha caracterizado por una fórmula en la que buena parte de
las acciones exteriores -aún sin necesitarlo- termina siendo justificada con argumentos
que mueven la sensibilidad de diversos sectores de la población.
Morgenthau también escribía que era necesario reconocer que "... el gobierno,
líder y no esclavo de la opinión pública,debe señalar lo que conviene a la nación y no
a la demagogia". Y es que,en efecto, es necesario, urgente -y cercano a inevitable-
desarrollar una cuarta fórmula, una que reconozca responsable y democráticamente
la diversidad de opiniones, que enriquezca con ellas el proceso de identificación y
evaluación de las opciones, que sirva de soporte a un sano liderazgo, y que en suma,
permita proyectar una política exterior sensata, y un país responsable y creíble, por
dentro y por fuera.
La política exterior que tenemos y hemos tenido a partir de 1993 -y más
formalizadamente desde 1994- está destinada, inevitablemente, a cambiar.Si los
parámetros dentro de los que ha de moverse la acción gubernamental de los próximos
años se aproximan a la "Agenda Venezuela" y al más amplio "IX Plan de la Nación",
será indispensable replantear tanto a la política exterior -en el sentido más restringido
que se refiere a sus orientaciones, frentes y estrategias- como al sistema completo de
transacciones que esa política involucra.
La política exterior que necesitamos
La política exterior que tenemos no es para nada la que necesitamos. Así de
simple. Tal apreciación no deriva de los deseos y apreciaciones de quien escribe estas
líneas; en cambio,deriva de las características de una política exterior que -en tanto
política pública- se debería orientar a apoyar y promover los postulados de la"Agenda
Venezuela".
En efecto, la "Agenda Venezuela". es lo que técnicamente podríamos llamar
una agenda pública o gubernamental. Tal agenda es el resultado de la más importante
de las decisiones del gobierno: la elección de los asuntos sobre los que va a decidir, la
concepción-definición de esos asuntos, y la manera cómo los va a atender.
La articulación de todo esto no ocurre nunca en el vacío y, en cambio, está
condicionada por eso que genéricamente se llama el entorno. En el caso específico de
Venezuela la interacción con ese entorno doméstico-mundial ha sido
extraordinariamente compleja -antes,durante, y después de anunciada la Agenda- y en
ello la política exterior ha tenido un papel muy deficiente.
Lo que se ha hecho fundamentalmente en conexión con la Agenda es iniciar
y llevar adelante las negociaciones con los entes financieros internacionales, y
promoverla nueva orientación de política económica junto a algunas de sus iniciativas
concretas (restitución de garantías, apertura petrolera, y desmontaje de controles)
ante esos entes, ante gobiernos, y ante inversionistas potenciales. Esto ha sido hecho
por un equipo económico que, no sin tropiezos y contradicciones, ha formulado y
promovido las orientaciones y estrategias de la política exterior económica.
Entretanto, las causas que con mayor entusiasmo ha promovido el sistema
tradicional de política exterior -desde la Cancillería y la Presidencia- han sido la lucha
contra la corrupción y la relación con Brasil. Sin restar importancia específica a cada
uno de estos asuntos,realmente no están planteados en términos que apoyen
eficientemente a la "Agenda Venezuela". En cuanto a la corrupción, no es difícil
constatar que el compromiso gubernamental en la lucha contra la corrupción, incluido
el patrocinio activo del asunto en la agenda hemisférica, esta directa y casi
exclusivamente vinculado a una cruzada política doméstica. En cuanto a la relación
con Brasil, tan aceleradamente promovida, tampoco es difícil constatar que -aunque
sus implicaciones desbordarán las motivaciones y acciones de este gobierno- obedece
a un cálculo geopolítico y económico demasiado simple y en extremo aislado del
cuadro completo de la naturaleza compleja de la inserción internacional que un país
como Venezuela debe plantearse.
Sea por deliberada omisión o por mero vacío de políticas, hay ámbitos en los
que la ausencia o débil presencia de Venezuela es evidente. Para citar sólo una
dimensión, en los diversos frentes en los que se están desarrollando negociaciones de
integración la débil y desigual participación de Venezuela es notoria. Lo que se hace,
se hace en virtud de que existen las llamadas "redes de asuntos", en las que funcionarios,
asesores y consultores siguen trabajando sobre agendas específicas.
De nuevo debe señalarse que no se trata de juzgar las omisiones y vacíos en
referencia a preferencias personales. Aunque la"Agenda Venezuela" no contiene
directamente previsiones en materia de política exterior, sus puntos más importantes
tienen una natural e ineludible dimensión externa; además, están a la vista las
consideraciones explícitas del "IX Plan de la Nación", documento que le sirve de base:
allí la agenda internacional de Venezuela tiene como primer componente el libre
comercio y la diversificación de vínculos. Precisamente, mi crítica es que no ha habido
tal diversificación de relaciones; lo que ha habido es una enorme concentración y
ostensible reducción de vínculos.
Una superficial y muy gruesa mirada sobre el mapa que nos rodea permite
visualizar la retirada de Venezuela de muchos escenarios en los que su presencia sería
vital para promover "la inserción inteligente en las tendencias de la globalización". La
pobre atención a las relaciones con Colombia y con Estados Unidos es una excelente
muestra de la peligrosa fantasía gubernamental de retraimiento estratégico.
Sin la seria consideración y sistemática atención a la conexión entre
Venezuela y el mundo, no hay futuro para la "Agenda Venezuela" ni para ninguna otra
formulación de agenda gubernamental. De nada vale despotricar de la globalización:
hay que prepararse para que produzca el menor daño posible, y eso sólo se puede
lograr en la medida en que Venezuela esté presente y participe en los espacios en los
que están siendo definidas y negociadas las nuevas agendas mundiales, hemisféricas y
regionales. Para ello el país debe convertirse en un interlocutor
consistente/flexible,confiable y muy activo.
Para ser un interlocutor consistente a la vez que flexible ha de constituirse un
verdadero equipo que se comprometa sin vacilaciones ni desviaciones con la agenda
internacional. Esa agenda internacional, que es parte de la "Agenda Venezuela", está
compuesta de agendas específicas cuya concepción y tratamiento debe ser congruente
con el programa marco. La consistencia deriva del compartir ese marco de referencia;
la flexibilidad nace de la disposición a negociar, a aprender durante el proceso, y a
ajustar y modificar estrategias.
Para ser un interlocutor confiable, deben dejarse de lado las obsesiones
conspirativas y generar desde adentro un compromiso claro con la agenda para la
modernización. En esto corresponde el liderazgo al ejecutivo, dentro del gobierno;
pero dentro del gobierno, hay una responsabilidad particular por parte de quienes
atienden -cada vez en mayor número y dispersión-las vinculaciones con el mundo. En
este ámbito hace falta constituir el ya aludido equipo de trabajo del que, naturalmente,
sería parte central un Ministerio de Relaciones Exteriores que comprendiera cuál es
su nueva misión.
Es necesario ser, además, un interlocutor muy activo.Para eso hay que romper
con la recurrente fantasía de retraimiento y con los ciclos de regreso a la metáfora del
puente: en este momento -y desde hace un buen rato- estar presentes y participar
eficientemente en la formación de las nuevas agendas mundiales no es una
excentricidad, es una necesidad.
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