La aldea era una fiesta
(El poder normativo de las excepciones)
uando algún miembro viola una
norma jurídica, por
lo general se pone en movimiento todo un complejo engranaje que tiene por finalidad
restituir las cosas a su primitivo estado de equilibrio; para lograr este fin se utiliza la
sanción como herramienta, la cual castiga al transgresor en grado directamente
proporcional a la gravedad de la figura deóntica violentada.
Hay situaciones que conmueven muy particularmente a la sociedad, y que son
consideradas como verdaderas tragedias colectivas; en tales casos, pareciera que la
respuesta jurídica y social tiende a ser más profunda y activa, ya que este tipo de
transgresiones luce como una auténtica amenaza para la viabilidad del grupo. El actor
de estas violaciones, salvo en contadas excepciones, tiende a aceptar el carácter
marginal de su conducta; y aún cuando procure minimizar el monto de la sanción
mediante la exhibición de circunstancias atenuantes o incluso justificatorias, la idea de
que el marco de convivencia social ha sido por él afectado, por lo general no lo
abandona. Este sentimiento es también compartido por los demás miembros de la
sociedad, aún cuando esto no siempre signifique asumir actitudes de discriminación o
de aislamiento drástico hacia el transgresor.
Hay otro tipo de conductas violatorias, que aunque no presentan un perfil tan
dramático, y no entrañan un peligro superlativo para la trama colectiva, son también
consideradas como marginales respecto del marco de convivencia; y aunque no reciban
el misrno sentimiento de repulsa que las descriptas anteriormente, son condenadas sin
vacilación no sólo desde el punto de vista jurídico sino también desde el social. Tanto
en el caso anterior como en éste, el hecho de que un actor haya incurrido en falta y aún
que esté dispuesto a continuar faltando, no significa que no sea consciente de su
distanciamiento del marco normativo, que en el fondo le sirve de referente.
Por el contrario, con las llamadas autoexcepciones sucede algo particularmente
curioso;
se trata en general de pequeñas excepciones que como agua entre las piedras se va
filtrando de manera solapada, logrando horadar inadvertidamente los más sólidos
cimientos. En estos casos el actor no sólo se distancia del orden jurídico o social sino
que encuentra elementos suficientes para justificar su actitud y aún para considerarla
legítima; prácticamente está proponiendo un nuevo marco de legitimación, y en
consecuencia un nuevo referente normativo. Lo más sorptendente de estos casos es que
las autoexcepciones poseen un enorme poder de atracción y aún quienes no las
practican tampoco están inclinados a condenarlas abiertamente, y las toleran
tácitamente.
E1 propósito de este trabajo es mostrar el carácter altamente erosionante de las
relaciones colectivas que exhiben las autoexcepciones, como así también su gran
potencia normativa, capaz por si sola de consolidar insensiblemente formas de
legitimación disociadoras de la urdimbre colectiva.
2. BREVE HISTORIA DE UN DESENCANTO
La aldea es muy hermosa; se despliega armoniosamente en un piedemonte
protegido y umbrío. La acogen gráciles las soleadas montañas, en cuyas laderas que
tienen las marcas profundas del trabajo de los siglos, crecen las vides, humean algunas
sólidas casas de piedra y verdean los huertos, mientras los aldeanos sueñan
cíclicamente
con agua, podas, frutos, vendirnias y mostos.
Los muy viejos aun recuerdan como era hace muhos, pero muchos
años, el día del patrono de esa aldea. Una mezcla de excitación pagana con
inocente y rústica alegría empujaba a todo el mundo a la plaza; hombre y
mujeres, viejos, jóvenes y niños con sus mejores ropas campesinas, en las
que convivían de manera inusitada el genuino señorío rural con
desequilibrios variopintos exultantes de mal gusto. Desde temprano la plaza
era cuidadosamente aseada; sus varias veces centenario pavimento relucía
con un gris húmedo y profundo, y ni un solo palito u hoja resistía a la
escrutadora rnirada de los más niños, que; cual buscadores de tesoros se
encorvaban sigilosamente persiguiendo la fortuna de detectar algún vestigio,
cuyo hallazgo y captura era anunciado con expresión de júbilo y orgullo.
Varios hombres y mujeres se ocupaban de las guirnaldas; Ellas, tratando que
los papeles multicolores siguieran la secuencia cromática establecida sin
enredarse en el cordel que alineadamente los sostenía, iban entregándolos
poco a poco, con orden, atención y autoridad; mientras Ellos se
concentraban en las escaleras, los apoyos, los puntos de equilibrio, la calidad
de los nudos y la seguridad de los anclajes. Ellos y Ellas se intercambian
sugerencias, órdenes y alertas, y con frecuencia las risas estallaban a la vista
de un resultado inesperado o ante una contorsión en lo alto de la escalera.
También las puertas y ventanas de las casas que rodeaban la plaza eran
objeto del entusiasmo decorativo de los aldeanos; guirnaldas de papeles
trenzados desafiaban a otras que ofrecían una sucesión de siluetas
recortadas, en las que prevalecían los corazones, las campanas, los globos y
algunas frutas francamente irreconocibles. Cuando la tarea quedaba
concluida, Los participantes se alejaban orgullosos y animados, no sin antes
volverse una y otra vez para contemplar desde diferentes ángulos el efecto
que ofrecía la obra terminada.
A media tarde llegaban dos o tres carretas con un gran tonel
vacío y.varios mesones; un amplio grupo de jóvenes, sin duda
muchos más de los necesarios colocaba en el centro de la plaza el recipiente
sobre su sólido soporte, para después mirarlo con satisfacción y orgullo;
verificaban si el gran tapón de madera ajustaba bien, y si el elemental grifo
colocado en la parte baja abría y cerraba con propiedad. También los
mesones eran ubicados adecuadamente. Terminado su trabajo Los jóvenes
se alejaban en las carretas dejando la tarde envuelta en la estela de su
alegría ruidosa y expresiva.
A1 caer el día empezaba formalmente la fiesta, aunque en verdad desde
la mañana la aldea toda era una fiesta; de los lugares cercanos y no tan cercanos
comenzaba a llegar las familias, cumpliendo todas con idéntico ritual: sobre los
mesones las mujeres colocaban las fuentes con las viandas olorosas, quitaban los
blanquísimos lienzos que las cubrían y las rniraban con ojos críticos,
arreglando algún desbalance estético que el camino andado hubiera producido;
mientras tanto los hombres de la familia iban hasta el tonel, lo destapaban y
vertían ceremonialmente en él la vasija que contenía varios litros de su mejor
vino, tapándolo luego con manos cuidadosas.
Durante horas la animación crecía estimulada por el buen comer, el
buen beber, la charla y los cantos; y todos los porticipantes sentían muy
íntimamente que valía la pena estar allí juntos, degustar los secretos
gastronómicos atesorados por las familias vecinas y muy especialmente
extasiar el olfato y el paladar con la maravilla constituída por esa mágica
mezcla de lo mejor del sol, la tierra, las cepas y el lagar, hechos uno por la
sabia y dura labor de todo un año. También estaban seguros que tenía
sentido haber trabajado en la preparación de la fiesta, ya que el momento les
devolvía varias veces multiplicado el valor de sus aportes en tiempo, en
esfuerzo y en bienes, advirtiendo, además que nada se hubiera podido hacer
sin los otros: ni la limpieza, ni los adornos, ni los mesones, ni las comidas, ni
el tonel, ni el vino y menos aún la celebración y la alegría. Ya entrada la
noche, felices y cansados los aldeanos volvían a sus casas, llenos de
animación y también algo melancólicos. Con el tiempo, se descubrió que la
aldea en fiesta constituía un paréntesis para algunas rencillas y
desavenencias, servía también de válvula de escape a muchas tensiones, y
ofrecía un excelente escenario para encuentros amistosos y amorosos 1.
Nadie sabe exactamente cómo sucedió, ni menos aún cuándo
empezó todo, ni quien fue el primero; tal vez fue aquel aldeano que sintió
algo de resentimiento cuando a su modo de ver su esfuerzo en favor de
la fiesta no resultó suficientemente valorado por los otros, puede
haber sido aquél que era famoso y admirado por su eficiencia y racionalidad
en la administración de los recursos, quizás uno que por su enfermedad
había perdido el placer por un buen vino, 0 el viudo que desde hacía un
tiempo no disfrutaba ya con la compañía de los demás. Puede fuera ese que
tenía pensado en ir a vivir a otro lugar. Lo cierto es, por lo que luego se
dedujo, que alguien, no importa quién, llevó una vez, no importa cuándo, su
vasija llena de un vino menos noble, convencido de que esto no podría ser
descubierto en el tonel lleno de vinos excelentes; año a año, según parece,
esta práctica se fue haciendo más general, hasta que una vez, al abrirse el
grifo, fluyó casi transparente y casi insípido un chorro de casi agua 2,
Muchos aún recuerdan aquella noche, y la perplejidad mezclada con
desencanto y nerviosismo; de manera inmediata se ensayaron mil y una
explicaciones . Todas ellas enfrentaban a cada uno contra los otros; y esos
otros que antes fueron el imprescindible para la fiesta de todos, se
convirtieron en inculpados enemigos, responsables en alguna medida de esa
situación. Ya la aldea no tenía más su fiesta.
A la desdichada noche en que tuvo lugar la malhadada comprobación le
siguieron muchas jornadas igualmente desdichadas. Las imputaciones iban y
venían, y muy poco faltó para que la aldea se convirtiera en un asentamiento
de individualidades enemigas y hostiles. Los viejos culpaban a los más jóvenes,
éstos a sus mayores, algunos hablaban de viejas injusticias que les servían para
justificar lo injustificable y hasta había quienes sostenían que lo mejor era
dejar todo tal como estaba, y que cada cual bebiera de su propio vino y se
marchara a divertirse a donde mejor le pluguiera. Curiosamente, a pesar de lo
evidente del asunto, y de la responsabilidad innegable de todos y de cada uno en
lo sucedido, en los corrillos la mayoría encontraba buenos argumentos
justificatorios para hacer menos reprochable su propia participación en el
fraude. Sin embargo era evidente que el continuar hablando acerca del asunto,
aún cuando fuera para recriminarse recíprocamente o para intentar disminuir
la propia responsabilidad, expresaba el deseo recóndito de desandar el camino
que los había llevado a esta situación que todos reconocían como poco
deseable, y de la que nadie manifiestamente admitía ser el primer responsable.
Tal vez ese primer responsable ya estaba muerto o desde hacía largo tiempo
vivía muy lejos de allí.
3. QUÉ NECESARIO ES UN BUEN VINO !!
E1 episodio sucedido en la aldea resulta bastante frecuente en las relaciones
sociales, y comportamientos del tipo de los que originaron el indeseable
resultado se nos presentan a diario: la apresurada señora que estaciona
<> su vehículo frente a un hidrante convencida de
que no le hace daño a nadie, o el señor que tala un árbol <> la que luego se convierte en una interminable y compleja
consulta que además requiere también de ®un rápido trámite>3. Todos estos
comportamientos tienen algunos elementos comunes; por una parte está
presente el deseo de un cierto individuo en beneficiarse con una ®pequeña
excepción a las reglas acordadas¯, tan pequeña que supone no tendrá
incidencia alguna en el orden de un mundo en el que todos las acatan; por otra
porte, quien demanda la excepción no cree sinceramente estar ocasionando un
daño importante a nadie; y finalmente, el beneficiario de la excepción tiene
siempre una buena razón para justficar (principalmente ante sí mismo, pero
también ante los demás) su comportamiento.
Las consecuencias de estas conductas se dejan sentir en dos niveles:
por una porte, golpean la eficiencia social, al hacer que la sumatoria y la
combinatoria de los beneficios públicos se vea mermada, y por la otra crean
un clima de recelos recíprocos, que por lo general debilita la consistencia de
la urdimbre colectiva. Cada una de estas consecuencias da lugar a un tipo
especial de problema que a su vez demanda un enfoque particular en la
construcción de la solución.
En relación con el primer tipo de problema, es más o menos evidente que Los
comportamientos autoexcepcionantes por porte de los miembros de una
sociedad tienen como consecuencia inmediata una disminución en la calidad y
cantidad de los bienes públicos. Puede tratarse de la mala textura del vino de la
aldea, o de las graves consecuencias derivadas de no poder utilizar los hidrantes
durante una emergencia, o del despojo vegetal en un suburbio o de la
desagradable anarquía en las tramitaciones más elementales; en todos los casos
el patrimonio colectivo en su conjunto, y la parte alícuota que cada uno de los
miembros del grupo está en condiciones de disfrutar disminuye, produciendo
incomodidades e insatisfacciones; hay quienes sostienen que la flexibilidad ante
las ®pequeñas excepciones y transgresiones¯ contribuye a hacer más llevaderas
tales incomodidades, sin advertir que éstas se originan en aquéllas.
La solución a este tipo de problemas a primera vista luce más o menos
simple; se podría pensar en hacer que las conductas que tienden a
menoscabar el patrimonio colectivo sufran una sanción que las desestimule
al punto de reducirlas a su mínima expresión. Para alcanzar eficazmente tal
objetivo la sanción debería cumplir con dos condiciones: en primer lugar
tendría que ser lo suficientemente fuerte como para constituir una pérdida
que supere en monto las ganancias que eventualmente se logran a través de
las ®pequeñas excepciones o transgresiones¯ de las reglas; y en segundo
término, tendría que existir una alta probabilidad de que dicha sanción sea
efectivamente aplicada a los transgresores.
Es decir que siendo:
e: Los casos en los que un individuo determinado hace uso de una pequeña
excepción o transgresión¯.
.
U(e): La fltilidad que obtiene tal individuo en los casos e
S La.sanción que establecida para los casos e
D(S): La desutilidad que produce la sanción establecida para los casos e
P(S): La probabilidad de que S sea efectivamente aplicada en los casos
e.
La relación tendría que ser la siguiente:
U(e)
Cuando un grupo social establece sanciones en las que se prevee una
uerte punición para los que hacen uso de las <
La práctica social puede generar dos formas de respuestas diferentes frente al
uso de estas ®pequeñas excepciones¯, mientras que algunos grupos humanos
se niegan generalizadamente a aceptarlas, y bajo ciertas circunstancias pueden
llegar a ser demasiado rígidos e insensibles, otros grupos tienden a ser
extremadamente flexibles, con lo que las excepciones llegan a convertirse en la
regla, con graves consecuencias sobre el entramado social. Las sociedades en las
que prevalece el primer tipo de respuestas ofrecen por lo general un clima
altamente previsible, en el que es preciso tomar medidas adecuadas con el fin
de que las ®pequeñas excepciones¯ no sean necesarias, ya que no se puede
contar con ellas. En los grupos en los que el lenguaje social se apoya en el
segundo tipo de respuestas, el nivel de previsibilidad es bajo, y los problemas
inesperados pueden surgir en cualquier momento, y resolverse también
aleatoriamente. Desde luego que sólo en los grupos que asumen el primer tipo
de práctica social se puede dar la relación básica que hace posible resolver Los
problemas de ineficiencia derivados del uso de las ®pequeñas excepciones y
transgresiones¯.
A pesar de la aparente simplicidad de la relación señalada, el llevarla
a la práctica supone numerosas dficultades no tan insignificantes. Esto
pudieron comprobarlo los aldeanos de nuestro elemplo cuando pasado algún
tiempo los ánimos se serenaron lo suficiente como para poder pensar en
posibles soluciones. Después de largas y complejas discusiones donde se
mezclaron elementos del más variado cuño, se acordó que el principal
causante de la situación era la falta de control ejercido sobre la calidad de las
contribuciones de cada familia. Para subsanar esta carencia se estableció un
sistema que consistía en la verificación aleatoria del vino realizada por los
tres mejores catadores de la región, quienes tenían la facultad de aceptarlo
o rechazarlo en el tonel. Se verificarían al azar tres de cada diez
contribuciones. Para el caso de que el vino fuera rechazado, además del
reproche social que ello produciría se impondría al responsable de querer
burlar la confianza colectiva una sanción tal que hiciera desventajosa
cualquier tentativa de fraude.
Las primeras dificultades surgieron cuando hubo que designar a los mejores
paladares y olfatos; muchos quedaron desconformes con los propuestos, ya que
aún siendo muy buenos, su superioridad frente a otros con dotes semejantes
sólo podía apoyarse sobre criterios más o menos vagos; parecía que de nuevo
la entropía se impondría en la aldea, pero finalmente, dejando a todos más o
menos satisfechos/ insatisfechos, tres nombres fueron escogidos por
mayoría.
La tarea era difícil de cumplir, a pesar de su aparente sencillez; la condición
de excelentes catadores no implicaba que los mismos carecieran de flexibilidad,
tolerancia y nobles sentimientos, además de un buen nivel de información sobre
la vida de la aldea. ¿Cómo rechazar entonces el vino de inferior calidad e
imponer la sanción a este buen hombre que había tenido tantas dificultades
durante el último año?, ¿cómo no aceptar el de aquél nuevo vecino que por
primera vez venía a la fiesta con tantas esperanzas y buen humor?... Los casos
se multiplicaban, y se hablaba ya de favoritismos y de discriminación, por lo que
se pensó que tal vez sería conveniente ejercer un control sobre los catadores,
y también responsabilizarlos por sus decisiones. Se establecieron entonces
nuevas sanciones, esta vez para los catadores que no cumplieran honradamente
con su función, y se diseñaron procedimientos eficientes para que tales
sanciones se hicieran efectivas de manera insesgada. Todo esto contribuyó más
allá de cualquier duda a mejorar la calidad del vine de la noche malhadada, pero
la fiesta de la aldea no había logrado recuperar su carácter de empresa de
responsabilidad colectiva asumida con espíritu cooperativo. Unos de mejor
talante, otros sólo.coaccionados por la amenaza de la sanción, sentían que al
verter el vino de buena calidad estaban cumpliendo una obligación y no
disfrutando de un placer; y como tal trataban siempre de no excederse en su
generosidad. No pocos continuaban dudando sobre si alguno de sus vecinos no
estaba obteniendo ventajas favorecido por su amistad o por parentesco con los
catadores, y siempre estaba bajo sospecha el hecho de si la selección de las
familias a ser verificadas se realizaba efectivamente al azar.
De lo sucedido en la aldea se puede inferir que para que la relación (1) se
mantenga como una desigualdad efectiva en un sentido colectivamente deseable,
es fundamental lograr que la fuerza y la probabilidad de aplicación de la
sanción sean suficientemente altos, lo cual supone una tarea permanente de
detección y fortalecimiento de múltiples aspectos que tienden a ser vulnerables;
por otra parte, también queda claro que aún cuando se logre mantener una
relación tal que haga poco rentable intentar fraude contra la confianza pública,
dicha relación sólo puede garantizar una mayor cantidad v calidad de Los
recursos públicos (lo cual no es poco), pero no está en condiciones de
garantizar, ni siquiera de promover por sí solo el comportamiento cooperativo
entre los miembros del grupo: éste, como ya se señaló constituye otro
tipo de problema.
4. EL BUEN VINO NO RESULTA SUFICIENTE;
Como consecuencia de que el sistema de sanciones es incapaz de
promover por si solo la cooperación en el ámbito social, la relación que bajo
dicho marco se plantea entre los miembros del grupo queda basada
exclusivamente en la evaluación de la utilidad que la misma es capaz de
producirle a cada uno. En este es natural que los individuos contribuyan con
un vino mínimamente bueno, sólo lo suficiente como para superar la prueba
a la que eventualmente pueda quedar sometido, y no es extraño que algunos
psicológicamente más dispuestos a asumir riesgos, contribuyan solo con un
vino de mala calidad confiados en que el azar los favorecerá; no hay que
sorprenderse tampoco si algún contribuyente baja excesivamente la bondad
del vino confiado en que a causa de su simpatía, de su parentesco,
de su prestigio o de su edad los árbitros serán benevolentes y lo
favorecerán con la famosa <. Y decimos que es
natural que esto suceda, porque cualquiera de estas conductas incrementa la
utilidad individual de quien la practica 4.
Es justo reconocer que la solución basada en el funcionamiento de un
sistema de sanciones, además de promover un incremento de bienes
colectivos específicos, tiene también la propiedad de poner en evidencia
que existe un real interés general por estimular los comportamientos basados
en la confianza recíproca, y los que hacen honor a tal clima de confianza.
Desde este punto de vista las sanciones, además de desalentar los
comportamientos fraudulentos a través del sistema de beneficios-costos
expresado en (1), hacen público un mensaje normativo cuyo contenido
trasciende la esfera de las utilidades inmediatas, para proyectarse al terreno
de la construcción del modo de vida o lenguaje de la sociedad; pero tal
mensaje carece de la autonomía y especificidad necesarias para restablecer
por sí solo el lenguaje que se había perdido en nuestra aldea.
Los aldeanos de nuestra historia sentían que la recuperación de la
calidad del vino constituía una meta importante a cuyo logro había
contribuido mucho el sistema de sanciones, pero al mismo tiempo percibían
que su objetivo fundamental era más profundo, y consistía en restablecer el
lenguaje que parecía haberse dejado de practicar. Tal lenguaje se había
hecho posible en su momento a partir de algunas reglas básicas tales como
las de respeto por los compromisos asumidos, la confianza recíproca y la
equidad en el trato otorgado a los miembros del grupo.
Esta insatisfacción de los aldearos pese a haber conseguido una gran
mejoría en la calidad del vino pone en evidencia de manera clara los dos
tipos de problemas que se generan cuando los intereses individuales son
maximizados a costa de defraudar a los intereses colectivos. En primer lugar
se produce una disminución en la cantidad y calidad de los bienes públicos,
lo cual a su vez da lugar a una pérdida de eficacia en todas las acciones
societarias; por otra parte, ls conductas señaladas producen en los miembros
del colectivo un sentimiento de frustración primero, pero luego son casi
insensiblemente incorparadas al repertorio actitudinal de la mayoría,
llegando a constituir un verdadero lenguaje social. También del ejemplo de
la aldea se puede inferir que la solución al de Los problemas no implica
necesariamente la solución del segundo.
En efecto, la solución apoyada en el desarrollo de un sistema articulado de
sanciones sólo se ocupa tangencialmente de este último problema, aunque ataca
con alta eficacia puntual al primero; sin embargo, esta eficacia es
extremadamente débil si no está apuntalada por una solución más o menos
estable del problema de construcción de un nuevo lenguaje de convivencia
social. Por esta razón resulta improbable que se logre mejorar por un largo
tiempo la cantidad y calidad de los bienes colectivos con el solo empleo de
sistemas de controles reforzados por sanciones, ya que desde un punto de vista
individual siempre hay quienes están dispuestos a desafiar el riesgo de los
controles y las sanciones ante la expectativa de las ganancias adicionales (a veces
importantes) que se obtienen de los comportamientos no cooperativos.5 Es
altamente probable que las consecuencias que en nuestra aldea se pusieron en
evidencia en la malhadada noche, un día u otro vuelvan a repetirse aun con el
sistema de los catadores, dada que como se sabe, ya sea por la vulnerabilidad
propia de los sistemas o por las imperfecciones inherentes a la condición
humana, todo control puede ser burlado y toda sanción puede ser evadida. La
construcción de un lenguaje cooperativo es una tarea más compleja y lenta que
la de establecer un sistema de controles y sus respectivas sanciones, pero es el
único mecanismo capaz de reforzar la estabilidad a la relación (1), y en
consecuencia es también la condición mediadora para mantener la calidad y
eficiencia de los bienes sociales.
El lenguaje de la cooperación social, como todo lenguaje, no debería ser
pensado como un simple medio o vehículo que sirve para expresar realidades
o ideas que son independientes del propio lenguaje, sino como un constitutivo
y constructivo de lo expresado. Desde esta perspectiva, no habrá que esperar
que se desarrolle previa y cabalmente una sociedad plenamente cooperativa
para luego formalizarla a través de un lenguaje, sino que los pesos que se lleven
adelante en la elaboración de dicho lenguaje irán a su vez construyendo el
espacio social cooperativo.
Para desencadenar el proceso de construcción de un lenguaje es tan solo
necesario un primario que en realidad es común a todos los humanos y también
a sus colectivos; se trata de la existencia de expectativas. En efecto, si hay algo
que está siempre presente en el hombre, hasta en sus más bajos niveles de
evolución, es su capacidad para preveer la posibilidad de ocurrencia de
determinados sucesos; incluso cuando está muy lejos de poder formalizarlo
siempre el hombre es capaz de construir un escenario de situaciones deseables,
y saber cuan probable es tal escenario. Tanto el surgimiento como la evolución
del lenguaje se encuentran íntimamente relacionados con el sistema de
expectativas y con las transformaciones que estas últimas sufren en los procesos
de interacción.
Junto con las expectativas, el lenguaje mediante el intercambio interactivo se va
modificando, e incorpora progresivamente elementos diversos que tienen su
origen en la propia experiencia de la comunicación. En este su dinámico, el
lenguaje y la comunicación dejan de ser medios para convertirse en factores que
inducen procesos transformadores a la vez que los sufren; el intercambio sirve
para activar la comprensión de los problemas existentes, para estimular la
construcción de nuevos problemas y para generar modificaciones en el sistema
de expectativas comportidas.
En el caso de nuestra aldea, no es extraño que después de la malhadada noche
las expectativas colectivas se orientaran de manera especial a la búsqueda de un
escenario en el que el problema del vino deficiente estuviera resuelto; resulta
natural que ante la desagradable experiencia vivida, todos remembraran en
primer término el saber agradable de los buenos vinos que años atrás habían
bebido en la fiesta, y por ello no es sorprendente que su intercambio interactivo
girara en principio alrededor de tal preocupación; pero la propia interacción
no tardaría en producir una transformación en las expectativas. Ya no
esperaban tan solo que en la fiesta se consumiera un buen vino, sino también
se veía reactivada la expectativa de que nuevamente la aldea fuera una fiesta
el día del patron.
5. EL LENGUAJE DE LA COOPERACIÓN
E1 lenguaje de la cooperación, que parece haber existido alguna vez en nuestra
aldea, y que se asocia también a las nuevas expectativas de lograr algo más que
un buen vino, se caracteriza en primer lugar por la disposición de los miembros
de un colectivo a utilizar estrategias conjuntas en la solución de sus problemas
comunes, considerando que las mismas son capaces de potenciar los recursos
individuales aplicables a cada asunto público. En segundo lugar, los miembros
del colectivo esperan obtener del uso de tal estrategia conjunta un beneficio
individual que pueda calificarse de equitativo (ajustado a su contribución y a sus
necesidades) y por último, reconocen que el empleo de las estrategias conjuntas
supone la renuncia a lograr el máximo de utilidades a que podían
individualmente aspirar, ya que parte de tales utilidades quedan incorporadas
al patrimonio colectivo. Dicho en otras palabras, la expectativa de obtener
máximas ganancias individuales se transforma dentro del lenguaje cooperativo
en una expectativa de lograr en conjunto el máximo de provecho colectivo,
aunado a una razonable y equitativa utilidad individual.
Todo esto suena extraordinariamente bien, pero con certeza Los aldeanos más
viejos tienen presente que tal expectativa no es completamente nueva, sino que
ya existió muchos años atrás cuando la fiesta era una empresa colectiva, y el
vino era excelente, ese hecho demuestra que la solo existencia de la expectativa
no resulta garantía suficiente de que el lenguaje de la cooperación se convierta
de una vez y para siempre en el sistema de comunicaci6n aceptado por todos los
miembros del grupo .
A esta altura parece no sólo útil sino necesario a fin de poder seguir adelante
en la búsqueda del ®algo más que un buen vino¯, establecer cuáles fueron los
factores que conspiraron contra aquellas expectativas de considerar la fiesta
como una deseable empresa colectiva, y las sustituyeron por las que hicieron
prevalecer el interés individual, y que culminaron en la degradación no sólo
del vino sino de la fiesta misma.
E1 primer factor identificable se refiere a que por alguna razón el beneficio
mutuo producido por la empresa colectiva había disminuido hasta un punto que
se tornaba muy poco apetecible. Tal vez las nuevas generaciones no apreciaban
del mismo modo que sus mayores el tipo de diversión que la fiesta les ofrecía.
Bastante cerca de la aldea algunas discotecas llamaban a una alegría más
ruidosa y suculenta, y muchos de los jóvenes pensaban que su tiempo estaba
mejor invertido en ellas que en la tal fiesta patronal. Por otra parte, nuevos
lugares de reunión como clubes y centros recreativos ofrecían metas de
encuentros, diálogo y relación. Naturalmente que sin beneficios mutuos acerca
de cuya utilidad existiera una razonable coincidencia, fue diffcil conservar el
lenguaje cooperativo, y sería aún más diffcil reconstruirlo.
Otro factor, en algo relacionado con el primero pero que es más extenso, tiene
que ver con la equidad con que eran asignados los beneficios de la mutua
cooperación. Es evidente que la fiesta producía mayor beneficio en forma de
recreación a los ancianos, pero quienes más intervenían en el trabajo que
hacía posible las contribuciones eran los más jóvenes; por otra parte, no se
había considerado el caso de las familias pequeñas, que consumían mucho
menos de lo que aportaban, ni el de las muy numerosas, que aportaban mucho
menos de lo que consumían. Desde luego estos sesgos que afectaban la equidad
en la distribución de los beneficios iban modificando insensiblemente las
expectativas de los miembros del grupo, hasta llegar al punto en que algunos
consideraron que no valía la pena continuar en el lenguaje cooperativo.
Un último factor provino de aquellos que tras calcular cuidadosamente el v al
or d e sus con trib uciones si l as co l oc ab an d i recta men te en el mercado,
decidieron sustituirlas por otras mucho menos costosas, con lo que disfrutaban
de un vino razonable aportado por otros, de una fiesta aceptable, y sonreían a
escondidas felicitándose por su astucia. Como los aldeanos de la zona eran
todos algo astutos, más tarde o más temprano fueron cediendo a la tentación
de hacer sus propios cálculos en los mismos términos. También este factor
conspiró contra el lenguaje cooperativo, ya que los aldeanos acabaron por
aplicar individualmente la misma estrategia disociadora, en lugar de hacer uso
de una estrategia conjunta que tendiera a fortalecer el lenguaje de la
cooperación.
La caracterización de los elementos que conspiraron contra la comunicación
cooperativa ayuda notablemente a establecer cuáles con los factores capaces de
favorecer la elaboración y desarrollo del lenguaje cooperativo. Ellos
serían:
1. Debe existir una expectativa generalizada de eficiencia en relación con la
generación y el manejo de los bienes públicos.
2. Debe existir una expectativa generalizada de promoción de sociedad basada
en el uso de estrategias conjuntas para el logro de beneficios colectivos.
3. Los bienes y utilidades comunes logrados mediante el uso de estrategias
conjuntas deben ser equitativamente asignados.
4. El uso de estrategias individuales que supongan frande a las estrategias
conjuntas debe ser socialmente desestimulado.
Las condiciones 3 y 4 reciben su reforzamiento más importante desde el terreno
de la normatividad jurídica, aunque para que dicha normatividad sea capaz de
justficar satisfactoriamente su pretensión de corrección, habría que resolver
previamente los problemas, no siempre triviales, de qué puede ser considerado
como una asignación equitativa bajo diferentes circunstancias sociales, y cuándo
se puede afirmar que una estrategia individual resulta fraudulenta en relación
con la estrategia conjunta. Desde este punto de vista, el refuerzo a 3 y 4 no
podría venir de un normativismo positivo que sólo finque su fortaleza en el
poder de las sanciones, sino de un sistema de regulaciones orientadas hacia el
logro de soluciones equitativas y que procuren estimular las estrategias
conjuntas 8. Cuando se trata de lograr mayor eficiencia en la producción de los
bienes sociales puede que un cuerpo de normas con un fuerte y sólido sistema
de sanciones llegue a ser suficiente; pero si el tema es el de favorecer la
construcción y desarrollo del lenguaje de la cooperación, las regulaciones
positivas deben trasmitir un mensaje inequívoco de corrección normativa.
Las condiciones 1 y 2 se relacionan estrechamente con la práctica social; por lo
general las expectativas son el fruto por una parte de la experiencia colectiva, y
por la otra de la reflexión que sobre tal experiencia realize el grupo. En el
marco de la práctica social la solución de un problema implica no sólo la
actividad material que la ha hecho posible, sino también la racionalización
intelectual de dicho problema y de la solución escogida. Durante el proceso de
caracterización del problema, y en el desarrollo de las acciones e intelecciones
morales que tienden a resolverlo el sistema de expectativas sociales va
transformándose; y una vez lograda la solución, emergen nuevas expectativas
que modfican todo el sistema preexistente. Por esta razón las expectativas no
pueden considérarse estáticas ni tampoco simplemente cambiantes, sino que
son específicamente evolutivas, ya que se edifican sobre expectativas anteriores
maduradas en el escenario de la práctica y la reflexión sociales.
6. EL MARCO REGULATIVO DEL LENGUAJE
COOPERATIVO
Las descriptas condiciones 1, 2, 3 y 4 constituyen un conjunto que podría muy
bien definirse como el marco regulativo que más favorece el desarrollo del
lenguaje cooperativo. En la medida que se analizan tales regulaciones es posible
notar que las mismas no pueden tener un carácter universal, ya que su contenido
está fuertemente asociado a las condiciones que prevalecen en cada grupo
social en un momento determinado, lo cual hace que sólo puedan ser
consideradas como un marco general que puede servir para orientar el sentido
de las transformaciones, pero no para establecer las reglas inexorables que las
rigen.
Considerando lo sucedido en nuestra aldea según las memorias de los más
ancianos, se ve que en sus orígenes la organización de la fiesta estaba
orientada por expectativas que satisfacían plenamente las condiciones 1 y 2. Asi
todos los aldeanos esperaban que los bienes públicos fueran producidos y
administrados eficientemente, y consideraban que tales actividades eran una
empresa conjunta. Sobre la base de tales expectativas ordenaban sus
comportamientos, lo cual implicaba llegar puntualmente a fin de cumplir con el
compromiso de participar en las tareas de ornato, poniendo en las mismas lo
mejor del esfuerzo. Guiados por esas expectativas, también se obligaban a
preporer de la mejor manera las viandas que iban a consumirse, y a contribuir
con el vino de la mejor calidad.
Todo parecía estar bien, y si fuésemos a creer en la evolución espontánea de
las expectativas, de las estrategias conjuntas y del lenguaje de la cooperación
sólo quedaba esperar un próximo estadio donde se produjera una catarata y
triunfo definitivo de la cooperación; pero todo sucedió de manera diversa.
Podían ensayarse explicaciones acerca de porque un grupo que de manera tan
natural hablaba el lenguaje de la cooperación sin siquiera plantearse problemas
de sintaxis, dejó de emplearlo hasta que el mismo desapareció. Sin dudas la
más fuerte responsabilidad podría atribuirse a que no estaban presentes las
condiciones 3 y 4 para apuntalar normativamente las expectativas, pero también
habrá quienes prefieran intentar otras explicaciones como las que se apoyan en
lo que denominan las consecuencias negativas del tránsito de comunidad a
sociedad. Sin embargo ninguna de tales explicaciones podría por si solo dar
cuenta de un fenómeno tan complejo como la sustitución de un lenguaje por
otro.
Si se toma en cuenta lo sucedido en la aldea, la tesis que sostiene el carácter
línealmente acumulativo de los logros en materia del lenguaje social muestra
su debilidad, ya que del activo ejercicio de un lenguaje cooperativo, donde se
encontraban en plena vigencia las condiciones 1 y 2, se pasó insensiblemente a
un lenguaje no cooperativo. Este mismo comportamiento puede observarse en
escenarios de condiciones inversas, como fue el de la génesis del lenguaje
comunitario en la Europa de post-guerra; en efecto, pocos escenarios podrían
imaginarse más ausentes de las condiciones 1 y 2 como la Europa posterior a la
Segunda Guerra Mundial; en especial la condición sobre el uso de estrategias
conjuntas para manejar los asuntos colectivos parecía impensable; y mucho más
impensable en el caso de Francia y Alemania, que habían sido protagonistas
superlativos en el drama que acababa de concluir. Sin embargo, no transcurrió
sino un quinquenio para que tales condiciones se hicieran presentes, y lo más
significativo es que en el Tratado de la Comunidad Europea del Carbón y el
Acero (abril de 1951) se establecieron las condiciones 3 y 4 tendientes a reforzar
normativamente las expectativas desarrolladas bajo 1 y 2.
Ambos casos, el de la aldea y el de la Unión Europea parecen demostrar que
las condiciones que hacen posible el lenguaje de la cooperación no se producen
y desarrollan de una manera mecánica y líneal, sino que son el complejo
producto de la práctica y la intelección (estrategias) con el que cada grupo
social se enfrenta al problema de la producción y distribución de los bienes
sociales.
Si volvemos sobre el ejemplo de nuestra aldea, se podrá ver mejor como
funcionan las cuatro condiciones y la relación interna que guardan entre sí. Lo
que puede verse es que las cuatro condiciones son interdependientes, y la
ausencia de cualquiera de ellas produce consecuencias directas en todas las
demás; y en segundo lugar, que todas ellas son históricas, y por lo tanto
provisionales, debiendo ser permanentemente rejuvenecidas a la luz de la
evolución que sufre el colectivo y sus marcos éticos de referencia.
Por ejemplo, si las expectativas de manejo eficiente (en cualquier
sentido en que eficiencia sea definida) están ausentes, Las condiciones 2,
3 y 4 no tienen demasiado sentido, sería el caso de que en la aldea en general
no se aribuyera importancia a cuan bien resultara la fiesta . Así mismo, si las
expectativas de abordar los problernas mediante estrategias
conjuntas no existen, 3 y 4 no serán suficientes para rnantener vivo el lenguaje;
este sería el caso aproximado que llevó al resultado de ®un mejor vino¯, pero
no produjo la restauración del lenguaje. Finalmente, si 3 ó 4 no están
presentes, 1 y 2 no tardarían en desaparecer, que es el escenario que fue
conduciendo a la malhadada noche.
E1 segundo de interés se relaciona con los contenido si de cada una de las
condiciones, las cuales son cambiantes y deben ser permanentemente
actualizados para que el lenguaje se rnantenga vivo. En el ejemplo de la aldea,
se esperaba que toda la parafernalia de la fiesta fuera eficaz para producir
diversión pública, en lo que los aldeanos consideraba como diversión.
Naturalmente que con el transcurso del tiempo, y modificadas las condiciones
sociales tanto internas como externas, el contenido de las expectativas había
variado. A pesar de lo que opinen los nostálgicos, para los jóvenes aldeanos una
buena discoteca, con muchos decibeles, deslumbrantes rayos laser e
intermitencias de neón es más eficaz en la producción de alegría y diversión
que la fiesta del patron, y por más que se establecieron reglas y sanciones, daba
toda la impresión que la nueva generación tal vez hubiera asumido más
entusiasmante otras empresas colectivas que juzgaran más aptas para satisfacer
sus expectativas actuales.
Esto pone en claro por una parte, que la definición de lo que puede
considerarse eficiente no es inequívoca, y por la otra que no resulta inusual el
surgirniento de conflictos entre diversas concepciones de lo que es eficiente;
asimismo, dada la asociación estrecha entre las condiciones 1 y 2, en muchos
casos el uso de estrategias conjuntas que persiguen soluciones
eficientes también entra en conflicto 9.
Si se analiza el punto en un escenario de mayor duración que el que permite el
ejemplo de la aldea, se podrá ver que en una época de la historia humana, Las
estrategias colectivas buscaban garantizar una buena vida, entendiendo por tal
una muerte serena, en paz con el mundo trascendente; esto se debía
fundamentalmente al hecho de que la espera de la muerte ocupaba una gran
parte de la vida; los cambios médicos y sanitarios produjeron un incremento en
la esperanza de vida, y hay las estrategias colectivas se dirigen a garantizar una
buena vida en un sentido bien distinto del anterior y no sería prudente
condenar la conducta de alguien que se niega a participar en estrategias
conjuntas altamente eficientes para asegurar una buena vida en el primer
sentido.
En cuanto a los contenidos de la condición 3 es bien conocida en la Filosofía
Jurídica y Política la polémica sobre qué es y cómo se hace efectiva la
equidad, y los severos problemas que se deben afrontar para efectuar una
asignación insesgada cuando de hecho existen enormes diferencias en las
circunstancias individuales, las cuales en algunos casos convendría corregir y en
otros es razonable mantener; estas dificultades se ven incrementadas en virtud
de la natural evolución que sufren las expectativas acerca del manejo y
distribución de los bienes públicos, las cuales ya fueron señaladas.
Acerca de los contenidos de la condición 4, el desaliento de las conductas
consideradas como fraudulentas en relación con las estrategias conjuntas
también tiende a generar perplejidades, ya que si bien en algunas ocasiones es
fácil caracterizar dichas conductas, en otros casos la línea divisoria entre lo que
puede ser calificado como un fraude y aquello que sólo se encuadra en la
protección máxima de los propios intereses es diffcil de trazar.
7. CONCLUSIONES
Uno de los problemas más desafiantes y de solución más difícil en el campo
de las relaciones sociales es el de la armonización de la racionalidad individual
y la racionalidad colectiva. Mientras las reglas de la racionalidad individual
indican maximizar de manera irrestricta las utilidades esperadas por cada
individuo, la racionalidad colectiva sólo es posible si se establecen limitaciones
a tal maximización o lo que es lo mismo, si la citada regla de la racionalidad
individual es desobedecida.
Cuando la tensión existente entre ambas racionalidades se resuelve a favor de
la racionalidad maximizadora irrestricta se produce un efecto inmediatamente
perceptible de disminución de la eficiencia y calidad de la producción social.
Este efecto es tan impactante y de repercusiones tan demoledoras en el
bienestar colectivo, que muy a menudo es considerado como la única
consecuencia, o al menos como la más importante, y la mayor parte de los
esfuerzos del grupo se dirigen a corregirla. Sin embargo, hay otros efectos que
de manera más sutil, profunda y también más permanente, se instalan en un tan
sustantivo de la vida social como es el de su lenguaje moral. Mientras que el
primer efecto, que podríamos llamar manifiesto, afecta la sumatoria de las
utilidades sociales, el segundo se proyecta de un modo negativo y altamente
erosionante sobre la confianza y credibilidad en las propias reglas del lenguaje,
las cuales constituyen la vertebración fundamental de la vida colectiva.
La corrección del primer efecto puede llevarse adelante de manera exitosa a
tráves de las regulaciones de derecho que mediante la aplicación de sanciones
que procuran disminuir las utilidades provenientes de las maximizaciones
individuales irrestrictas; estos sistemas de sanciones producen también un
mensaje acerca de la preferencia normativa por la maximización limitada. Sin
embargo, este mensaje es más bien difuso, y no influye de manera contundente
sobre el lenguaje colectivo.
Para corregir este segundo efecto de las maximizaciones irrestrictas el
procedimiento es más lento y complejo. En primer luger es necesario mantener
actualizada la relación entre las expectativas individuales y las metas colectivas,
lo cual permite que los objetivos sociales reflejen en una medida suficiente el
sistema de utilidades individuales; en segundo luger, es necesario estimular de
manera constante el uso de estrategias colectivas, no sólo como productoras de
mayores utilidades sino que también sean vistas como reforzadoras de la
urdimbre social.
E1 principal mecanismo de estímulo se encuentra en la distribución insesgada
de los beneficios derivados del uso de las estrategias colectivas y la solución
equitativa de Los conflictos entre expectativas antagónicas; este mecanismo se
complementa con el desestímulo de las conductas que puedan signficar fraude
hacia la confianza pública, o irrespeto por los acuerdos previamente aceptados
como válidos.
Tal como puede verse, la construcción o reforzamiento del lenguaje de la
cooperación es una tarea que enraña una densa trama de estrategias y supone
el cultivo permanente de una voluntad colectiva coherente con un modelo ético
y consecuente en su ejecución. Esta tarea quizás pueda ser considerada como
demasiado compleja y minimalista, pero es bueno recordar que es el único
mecanismo eficiente para hacer que aldea efectivamente en fiesta, el buen vino
se mantendrá solo por muy corto tiempo.
1. Tal como están planteadas las relaciones sociales para la promoción
de la fiesta en la aldea, las mismas asumen la forma de un juego plenamente
cooperativo. Para un análisis formalizado de los juegos pueden verse los clásicos
textos de R. Duncan Luce y H. Raiffa: games and Decisions, John Wiley & Sons,
1957 y el de John C. Harsanyi: Rational Behavior and Bargaining Equilibrium
in Games and Social Situactions, Cambridge University Press, 1977. Hay
edición italiana: Corportamento razionale e equilibrio di contrattazione, il
Saggiatore, Milano, 1985.
2. Aquí pueden verse las más frecuentes razones por las cuales los
actores sociales suelen abandonar su comportamiento cooperativo: 1) por creer
que el trato colectivo no es equitativo, 2) por considerar que no debe ponerse
límites a la racionalidad individual en el manejo de sus propias racionalidades,
3) porque los bienes que pueden recibir en pago no responden a sus expectativas
reales, 4) porque el escenario del juego ha perdido interés y van a desplazarse
a otro.
3. Situaciones como las planteadas constituyen la base del conocido
Dilema de los Prisioneros, cuyo análisis formal he desarrollado extensamente
en "Las reglas de la Cooperación", Doxa, 6, 1989.
4. Autores como Harsanyi, entre otros, consideran que el problema de
promover la cooperación sólo se resuelve modificando, a través de las
sanciones, el sistema de ganancias/pérdidas de los jugadores. Sin embargo, las
sanciones no resultan por sí mismas suficientes para garantizar que los acuerdos
no serán violados cuando el cálculo de utilidades versus las desutilidades
potenciales de las sanciones así lo aconsejen. Al rededor de este tema puede
verse también C.S. Nino "Consensualismo, debate ético y jurídico" en telos,
1, 1991.
5. Hay que considerar que la probabilidad de disminuir los efectos de una
sanción relativamente alta, especialmente si se consideran las garantías
procesales consagradas por la mayoría de los Estados Occidentales; para
compensar esta probabilidad habría que dotar a la sanción de una potencial tal
que pocos estarían dispuestos a justificar, y que también podría ser una fuente
de consecuencias indeseables sobre quienes están en peores condiciones para
utilizar los recursos procedimentales.
6. Veáse W.D. Whitney: he Life and Growth of Language, D. Appleton
& Co., 1898 y J.N. Hattiangadi: How is Language Possible?, Open Court, Pub.
Co, 1987.
7. R. Axelrod, en The Evolution of Cooperation hace depender el triunfo
del lenguaje cooperativo de la aplicación lineal de la estrategia TIT FOR TAT
y D. Gauthier en Morals by Agreement propone algo semejante. Sin embargo,
ambos autores tienen que recurrir a restricciones formales que a fin de que el
modelo funcione tienden a sensibilizarlo frente a cualquier aspecto
conflictivo.
8. Para un análisis más amplio de este tema puede verse mi libro Como
se Hacen las Leyes, Ed. Planeta, 1994.
9. En el trabajo T.M. Scanton "The basis of interpersonal comparisons"
y en el de J. Griffin "Against the taste model" ambos en Interpersonal
Comparisons of Well-Being", Cambridge University Press, 1991, y en mi
artículo "La función de bienestar colectivo como decisión racional" en DOXA,
9, 1991, es posible analizar las dificultades para integrar funciones de utilidad
individuales en una función colectiva. También puede consultarse: J. Griffin,
J. Barragán, J. Harsanyi y J. Barcón, Modelos de Decisión Racional en el
Ambito Público, Angria, 1993.
Doctora en Derecho y Ciencias Sociales, Universidad National de Córdoba,
Argentina.
Estudios de Post -Doctorado en Matemáticas, Astronomía y Física.
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York, 1981.
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1989.
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DOXA, 9, 1991. !
BARRAGAN, J. Cómo se hace Las leyes, Editorial
Planeta,Caracas, 1994.
GAUTHIER, D. Morals by Agreement, Oxford University Press,
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GRIFFIN, J. ®Against the taste model¯. Interpersonal Comporisons of
Well-Being, Cambridge University Press, Cambridge, 1991.
HARSANYI, J. Rational Behavior and Bargaining Equilibrium in Games
and Social Situations, Cambridge University Press, Cambridge, 1977.
(Hay edición italiana: Comportamento razionale e equilibria di
contrattazione, il Saggiatore, Milano, 1995.
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WHITNEY, W. D. The Life and Growth of Language, D. Appleton
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