
PARA-PAPEL:
Dibujo, Estampa y Fotografia en la colección del Museo de Bellas Artes
l papel -delicado y discreto- ha
sido un aliado milenario del hombre. Inventado en China, según narraciones antiguas
alrededor del año 105 D.C., este noble material que "todo lo aguanta" ha sido
-precisamente por ello soporte de innumerables manifestaciones y
técnicas expresivas desde aquellos remotos días hasta hoy.
Las artes se han valido de su uso y específicamente la plástica ha
encontrado en él un invalorable recurso. Por ello y tal vez más que en
cualquier otra disciplina, en la plástica, más que herramienta o medio,
el papel ha sido desde siempre parte misma, inherente e inseparable, de
la obra.
El Museo de Bellas Artes cuenta con un importante patrimonio que
conforma la primera y más completa Colección de obras sobre papel
que exista en el país. Esta, para fines investigativos y de acuerdo a las
distintas técnicas empleadas, se agrupa en las categorías de Dibujo,
Estampa y Fotografía.
Son obras de estas colecciones, cuidadosamente seleccionadas, las que
a partir del domingo 5 de mayo y hasta el 11 de agosto de
este año, se estarán presentando en el Museo a través de la
exposición PARA-PAPEL. Dibujo, Estampa y Fotografía en la
Colección del Museo de Bellas Artes.
La muestra ha sido dedicada muy especialmente al maestro Inocente
Palacios como reconocimiento a su fructífera trayectoria en el ámbito
cultural venezolano, pero también por el estrecho vínculo y dedicación
que siempre ha tenido hacia esa institución museística. Desde 1957 y
durante muchos años formó parte activa de la Junta de Conservación
y Fomento del Museo de Bellas Artes, grupo de trabajo que elevó el
nombre del Museo a tal punto que llegó a ser considerado como el más
importante de América Latina. En la actualidad Inocente Palacios
forma parte de la Junta Directiva de esa Fundación.
Conscientes de su importancia y de la necesidad de difundir la
Colección, un equipo de profesionales integrado por los curadores
Corina Michelena, coordinadora general de la muestra, Marco
Rodríguez del Camino, Tomás Rodríguez y Josefina Núñez, han sido
los responsables de seleccionar para su exhibición alrededor de 250
obras.
Entre papeles
Luis Guevara Moreno: La Pareja. 1974
Bajo el nombre de Los pasos del dibujo, la selección
que se mostrará responde, más que a un orden cronológico de las
obras, a una suerte de evolución que tiene como punto de partida la
"desnudez" propia del papel. Desde obras que expresan escasos trazos,
"rasgos que rompen el espacio plano del papel en blanco" -como ha
expresado el curador Marco Rodríguez- hasta aquellas más elaboradas,
que incluyen color, volúmenes y sombras. Entre los autores
representados se encuentran Pietro del Pietri, Vladimir Velickovic,
Rufino Tamayo, Maillol, Biel-Bienne, José Bedia, René Portocarrero,
Mompó, Cuevas, Mira Schendel, Luisa Richter, Gego, Ricardo Benalm,
Edison Parra.
De Estampas el MBA posee una extensa colección. La muestra
que las reunirá lleva por título Fuera de serie y su curaduría ha sido
compartida entre las investigadoras Corina Michelena y Josefina Núñez.
En Fuera de serie se presentarán obras en las que destaca una
gran destreza en la aplicación de las técnicas inherentes a esta
disciplina -grabado, litografía, serigrafía entre otras-. Se exhibirán
algunas obras provenientes de series -y por ello, también, fuera de
serie- y otras concebidas, desde su creación, de manera individual. Los
nombres que aquí figuran son, entre otros, Picasso, Durero,
Rembrandt, Toulouse Lautrec, Piranesi, Picelj, Szyszlo, Goya, Lam,
Guinovart.
De Fotografía, la más moza de las colecciones, se presentará un amplio
panorama del conjunto de obras que la constituyen. Cara y sello
se llama la muestra que reunirá imágenes de los fotógrafos
Eugene Atget, E.J. Bellocq, Roger Welch, Grete Stern, Manuel Alvarez
Bravo, Paolo Gasparini, entre otros. Cara y sello mostrará la
diversidad de tendencias presentes en la Colección, que van, según su
curador Tomás Rodríguez, "desde la fotografía más directa y pura
hasta los límites de la abstracción y la instalación".
En la Sala 7 se exhibirá la instalación del guatemalteco Luis González
Palma Ora pro-nobis, donada al Museo en 1994, pieza que se
encuentra, según Tomás Rodríguez, en el "lindero de lo fotográfico y
los nuevos lenguajes del arte contemporáneo".
Un poco de historia: La colección y sus curadurías
Los orígenes de la Colección de Obras sobre Papel se remontan al
año 1918, fecha en que el recién inaugurado Museo de Bellas Artes
recibe en donación un conjunto de grabados del siglo XIX. Sin
embargo, es en el año de 1968, cuando la Colección es creada como
tal por decisión de Miguel Arroyo, entonces director del Museo. Según
expresaba Arroyo, el Museo ya poseía una pequeña colección de
obras europeas sobre papel y la intención presente desde 1962, era la
de complementarla con algunas obras significativas. Por aquellos días
-de acuerdo con la investigadora Iris Peroga- no se contaba con
suficientes recursos para hacer grandes adquisiciones de pinturas y
esculturas. Además se pensaba que "si las razones de orden estético
justificaban plenamente la intención de enriquecer dicha colección, Las
rezones de naturaleza educativa le daban carácter de obligatoriedad". Es
así como nace la Colección de Dibujo y Estampa y cinco años más
tarde, en 1973, sus respectivas Curadurías, encargadas de la custodia,
el estudio, la conservación y divulgación de las obras.
Es también en la década de los sesenta cuando ingresan las primeras fotografías
a la colección del MBA con la adquisición de un conjunto de obras de los
venezolanos Paolo Gasparini y José Sigala y una serie del maestro francés Eugne
Atget. En 1990, gracias a los esfuerzos de la investigadora de la fotografía Josune
Dorronsoro, se crea una Curaduría especializada en esta disciplina, la cual pasaría
a complementar la Colección de Dibujo y Estampa ya existente. Hoy esta
colección, la de Fotografía, posee alrededor de 2000 obras de artistas venezolanos
y extranjeros.
Debido a la magnitud del proyecto, la exposición PARA-PAPEL. Dibujo,
Estampa y Fotografía en la Colección del MBA ha significado un gran
esfuerzo colectivo de todos quienes han participado en su realización, en especial,
los veladores directos del papel, como, además de los investigadores, lo son
los conservadores Luis Vizcaya, Henry Cuevas, Tulio Quintero y Ernesto Burguillos.
Asimismo, los encargados de la museografía y montaje, Fabiola López, Cristina
Rodríguez y Johnny Sánchez; la diseñadora gráfica Ana Carolina Palmero, quien,
con la colaboración de Sila Arencibia, realizó un desplegado que acompaña la
muestra.
Una mención especial merece en esta ocasión la investigadora de arte Lilette
Lizarralde, quien fuera durante veinte años curadora jefe de esa significativa
colección y activa protagonista en la valoración y consecución de un justo y
merecido espacio para la obra sobre papel, como por ejemplo, la creación en 1989
del Gabinete de Dibujo, Estampa y Fotografía. Ese espacio fue creado como sala
expositiva periódica que reúne las condiciones adecuadas, desde el punto de vista
de conservación del papel, pero también como lugar que cuenta con las
instalaciones necesarias para la consulta y estudio para parte de investigadores
especializados, estudiantes y público interesado.
Es labor fundamental de un museo exhibir sus colecciones y, más allá de esto,
ofrecer al público estudios concretos que faciliten la lectura de una obra de arte así
como la comprensión de ésta en un contexto perceptivo e histórico específico,
donde además del conocimiento el placer tenga un lugar especial, pues - como ha
expresado el curador Marco Rodríguez- "Sólo en el espectador (dentro de él)
puede recrearse la obra de arte".
Del lugar del papel
María Elena Ramos
Erich Heckel: Retrato del Dr. M. 1916
esde que comencé a trabajar en
museos
descubrí que existe un sitio especial dentro de ellos, donde lo que es del tiempo parece
tener otro ritmo y lo que es del espacio aparece impregnado de otra consistencia. Es el
sitio de los que trabajan con el papel, lo conservan, lo resguardan, lo envuelven en hojas
de glassine, lo aplanan con planchas de mármol, lo observan al trasluz -como una
ventana de papel enmarcada por los dedos en pinza y paralela a la ventana verdadera-
lo observan con cuentahilos y el amoroso encorvamiento de un cuerpo en el que manos
y ojos crecen en intensidad y en necesidad. Y hasta inventan nombres simples y a la vez
extraños para definir de algún modo la simplicidad y la extrañeza con la que un buen
dibujo, estampa o fotografía exponen su estar ahí para nosotros.El equipo de Obras
sobre Papel del Museo de Bellas Artes ha inventado algo ya tan existente, y tan
consustancial a estas obras, como una exposición que en su tiempo se llamó La
Desnudez del Papel, con lo cual querían convocar, concentrando, la nuez misma del
asunto: Àqué es lo que se mantiene del lenguaje después que se ha producido el
máximo rigor del despojamiento? Àqué es, en lo esencial, un dibujo? Àqué
somos?.Pues en estas preguntas -y esta es acaso la mayor seducción que sobre mí
ejercieron desde joven estos sitios especiales que guardan silenciosos los museos- se
apunta en rigor más allá de toda técnica, de toda cocina de planchas y buriles y puntas
secas y mecedores y cepillos y plumas y plumillas y reveladores y ácidos. Más allá -y más
luminoso- que cualquier nitrato de plata vuelto luz y sombra en una imagen fotográfica.
Apuntan más allá, y más acá, de lo visible: a nosotros mismos y a la pregunta que todo
gran arte ha de hacernos: Àqué somos?.Gran arte, he dicho. Y eso a pesar del tamaño
limitadísimo que algunas de estas piezas ocupan en el espacio: 33,9 x 24,6 cm ó 30 x
40 cm son medidas usuales en obras de Goya o Carlos Herrera. Simples y extraños
dijimos, pero hay que agregar pequeños y vastos. Porque ese espesor, leve en
milímetros, que puede tener una hoja, es capaz de recibir -soportar como
soporte y mantenedor por los siglos- la imagen que convoca mundos más amplios, zonas
más invisibles y necesidades de mostrar un infinito (no mostrable, no exponible) del
cual de uno u otro modo el ser tiene certeza.Ahora pienso que la magia real de los
castillos encantados de nuestra infancia se concentraba en un lugar único, de difícil
acceso, de accidentado alcance, cuidado por los duendes o los brujos, y al que -si
teníamos sabiduría y suerte- podríamos acceder. Pero que allí, más que princesa
encantada o llave de oro o caja de los tesoros, tendríamos acceso a alguna luz sobre el
misterio de nuestra propia existencia. Si el cuento marchaba como debía, al salir de él
y del castillo algo de nosotros mismos se nos habría revelado.Algo semejante sucede
acaso en ese sitio especial del museo donde trabajan "los del papel". Algo hay allí de
innominable y de oculto, algo que los demás miran de cerca o de lejos, intrigados, así
como mirábamos de niños aquel lugar del castillo encantado. Si el dibujo y la estampa
obligaron a sus artífices al contacto estrecho del cuerpo a cuerpo (cuerpo del creador,
cuerpo del papel, cuerpo del arte), hoy atraen nuestra mirada -nuestro deseo- y nuestro
silencio: ahora, cuando la exposición se organiza y los papeles se muestran y la
colección se nombra y la paradoja se extiende: pues Àcómo nombrar lo que dijimos
que no tenía nombre? ÀCómo exponer lo que es esencialmente inexponible?
ÀCómo difundir hacia todos lo que es de tan silenciosa naturaleza?.Sólo nos queda
asistir a la paradoja y constatarla. Develarla tal vez, si corremos con suerte. Para-Papel
es la propuesta de la gente del MBA. Y corre la voz: al salir de los espacios del museo
algo del silencio, la intensidad, la vastedad y la intimidad habrán doblegado en nosotros
parte del ruido del mundo. Y los Durero, Rembrandt, Picasso, Goya, Guercino, Atget,
nos habrán ayudado a descubrir, en algo, qué somos.
Cuento del papel
Miguel Arroyo
Henri de Toulouse Lautrec: Une Spectatrice, Serie Le café-concert
e acuerdo con relatos antiguos y
contemporáneos, el papel fue inventado en el año 105 de nuestra era por un inteligente
eunuco chino llamado T'sai Lun. Enemigo de todas las formas de despilfarro y
obsesionado por la idea de encontrarle utilidad a los retazos que quedaban de las telas
empleadas para escribir, T'sai Lun tomó una buena porción de esos sobrantes, los
humedeció, los batió hasta casi desintegrarlos, los sumergió en una cuba con agua y
recogió la pasta que así había obtenido en cedazos de cáñamo o bambú preparados
de antemano. Cuando el agua se hubo colado, lo que quedó en la superficie de sus
cedazos fue una capa de fibras libremente entretejidas que, luego de ser prensadas y
secadas, mostraron que podían mantenerse en cohesión. Otros relatos nos aseguran
que no fue el ahorrativo T'sai Lun, sino un severo General de los Ejércitos del
Emperador Ch'in Shih-Huang-Ti, el que verdaderamente inventó el papel en los
alrededores del año 206 antes de nuestra era. Para fortuna de escolares y de scholars
, este General llevaba el fácilmente pronunciable nombre de Mong-Tien.
También pueden hallarse narraciones en las que T'sai Lun no aparece como
eunuco -al menos no se le mencionaba como tal- sino como Ministro de Agricultura del
Emperador Ho Ti, o como Alto Oficial del Gran Imperio, y otras en las que Mong-Tien
inventa la brocha y no el papel.
Una parte de la responsabilidad por tan disímiles versiones corresponde la
propio Emperador Ch'in Shih-Huang-Ti, pues fue él quien en el año 213 antes de
Cristo ordenó que se quemasen los archivos imperiales y que se añadiesen a la pira los
documentos y escritos dejados por Confucio. Quería -según lo dice Toynbee- oficializar
la lengua, unificar el lenguaje y acabar con la confusión y el Confucionismo. Sin
embargo la confusión ha subsistido, y en tal medida que llega uno a pensar que con un
poco de paciencia y de determinación, sería imposible encontrar un relato en el que
Mong-Tien figurarse como eunuco y T'sai Lun como General, pues según parece (y a
ello podemos atribuirle otra parte de la responsabilidad) estos nombres, rangos
condiciones, brochas y papeles, han quedado confundidos -y mezclados- en la memoria
de quienes a lo largo de los siglos han venido registrando -en papel- estos inolvidables
sucesos. Más, ante éstas y otras controversiales descripciones relativas a la historia del
papel, el lector ya descorazonado -pero no resignado- por no encontrar la verdad, hará
bien en preguntarse: A qué es una condición, un título o un nombre, para una
invención tan memorable?
Podemos, pues, aceptar muchas versiones -y ficciones- sin que por ello
invalidemos el hecho cierto (en esto si coinciden todas las autoridades) de que en el
año 105 de nuestra era, se producían en China un bello y útil material (hecho con
residuos de telas cortadas, mojadas, majadas, prensadas y puestas a secar) que tenía
las características de eso que hoy llamamos papel.
Habrían de trascurrir más de mil años antes de que el papel encontrase el
camino hacia Occidente (los chinos hicieron lo imposible para impedirlo). Primero
llegó a Corea, por el Este, y también a Japón; luego se devolvió hacia Samarcanda
-allí, en 751 después de Cristo dos prisioneros chinos ganaron su libertad dándoles a
los árabes el conocimiento que tenían sobre cómo hacer papel. De Samarcanda inició
su lenta peregrinación hacia Oeste deteniéndose primeramente en Bagdad, donde el
Califa Haroun Alrashid -el mismo que figura en "Las Mil y una Noches"- ordenó, en
el año 795, que todos los documentos oficiales fuesen registrados en papel. De Bagdad
pasó a Damasco, El Cairo y Marruecos. Pero mientras esto sucedía, ya otra
generación de chinos (hay millones de ellas) había descubierto que podía hacerse
papel con las fibras maceradas del bambú y, también, con la corteza triturada de la
morera -la misma planta que durante siglos había servido de hogar y de alimento a los
gusanos que producían los finos hilos de la seda.
Cuando en el año 1150 de nuestra era, el papel y los modos de hacerlo pasaron
de Marruecos a España, los europeos mantenían la costumbre -iniciada en
Pérgamo en el siglo II antes de Cristo- de sacrificar corderos recién nacidos, terneros
nonatos y cabritos en cierto modo imberbes, para con sus tiernas pieles -despojadas de
todo pelo o vellón, y lijadas y pulidas hasta punto de brillo- hacer sus pergaminos. Y
no faltaron, según dicen, caballeros -si es que así puede llamárseles- que utilizaron las
empalidecidas y aún sudorosas pieles de sus adversarios para escribir en ellas sus cartas
y mensajes.
El pergamino era ideal para la escritura a pluma, ya que tenía poca capacidad
de absorción. En cambio el papel de los chinos tenía una fuerte capilaridad
perfectamente adecuada para la escritura a pincel o brocha, que ellos empleaban, y
absolutamente enloquecedora para los escribanos moros y cristianos, y para todos
aquellos que iluminaban páginas o que debían escribirles cartas a sus Califas, a sus
Reyes y a sus novias. Por ello, cuando lo árabes instalaron en Valencia y en Toledo las
primeras fábricas de papel que funcionaron en Europa, mantuvieron la práctica
-iniciada posiblemente en Bagdad- de cubrir el papel con una liviana solución de
almidón. El almidón no sólo hacía más fuerte el papel, sino que también reducía
la capilaridad impidiendo, así, su más irritante y perturbadora consecuencia.
A comienzos del siglo XIII la técnica del papel pasó de España a Italia y allí,
en las manufactureras de Fabriano, se descubrió que la gelatina podía sustituir
ventajosamente al almidón en eso de reducir la capilaridad del papel. Este utilísimo
descubrimiento habría de tener, sin embargo, consecuencias muy perjudiciales en la
producción posterior del papel y en la duración y vida del mismo. Pues la gelatina, por
ser hecha con cartílagos, cascos, cuernos y cueros de ganado, se descomponía con
relativa facilidad, y al tratar los productores de papel de encontrar un medio que evitase
o retardase la descomposición, cayeron -después de largas investigaciones- en el
alumbre. Fue así como a partir del siglo XVII y hasta ya entrado nuestro siglo, no hubo
gelatina para papel que no tuviese en su composición una buena cantidad de alumbre.
Y el alumbre, como ya ustedes habrán sospechado, es buenísimo para impedir la
putrefacción de la gelatina, pero para el papel es letal ya que lo acidifica y por ello
reduce considerablemente su tiempo de vida.
Para el siglo XV la producción de papel estaba generalizada en Francia,
Alemania, Suiza, los Países Bajos e Inglaterra. Y cuando Hernán Cortés llegó a
México, en 1519, ya los mayas hacían, con la corteza del higo y con la de la morera, un
papel que llamaban "huun", y los aztecas, con las mismas plantas, hacían otro que
llamaban "amatl". Los españoles investigaron -sin mayor éxito- las atractivas
posibilidades del "huun" y del "amatl" y en los alrededores de 1580 instalaron en
Culhuacán (cerca de Ciudad de México) la primera fábrica de papel -no "huun" ni
"amatl"- que funcionó en América.
Cuando miramos al trasluz algunos de los papeles hechos con anterioridad al
siglo XIX, notamos que sus superficies están surcadas por líneas opacas y por estrías
traslúcidas que se alternan, horizontal y paralelamente, en una secuencia
ininterrumpida. Además observamos que esas líneas horizontales están seccionadas,
cada dos centímetros aproximadamente, por estrías verticales también traslúcidas.
Todas esas líneas son como diagramas de fuerza producidos por las apretadas
estructuras de alambre con las cuales los árabes y los europeos sustituyeron las varillas
de bambú utilizadas por chinos, japoneses y coreanos para confeccionar sus moldes. Y
es la menor acumulación de fibras en las zonas ocupadas por los alambres, lo que
produce ese hermoso lineado.
También le debemos al mismo hecho la aparición -a partir del siglo XIII- de las
"filigranas" o "marcas de agua" que, como perfiles de luz (Cruz Griega, Arco y Flecha,
Yunque y Martillo, Rueda con Rayos, Gorro de Bufón;) podemos encontrar en algunos
papeles antiguos y contemporáneos. Pues cuando en las manufactureras de Fabriano
sintieron que era necesario identificar sus productos, pensaron que un modo efectivo
de hacerlo, sin inutilizar parte alguna del papel, podía ser ese de añadir a la tramas de
los moldes una figura construida en alambre. Así lo hicieron y el procedimiento fue
posteriormente adoptado por muchos de los fabricantes europeos.
Pero no en todos los papeles producidos antes del siglo XIX encontraremos las
huellas del molde (ni las filigranas). También hallaremos algunos en los que -al igual
que en la mayoría de los papeles fabricados en nuestro siglo- el traslucimiento es
parejo o está apenas opacado por uno que otro grumo. Estos papeles, llamados
"Vellum" en Francia y "papel tejido" en otros países, eran hechos en moldes de cedazos
muy finos y de hilos entrecruzados. Por ello nos resulta casi imposible percibir sus
huellas. Tampoco debemos pensar que sólo los papeles manufacturados antes del siglo
XIX llevan la trama horizontal vertical a la que antes hicimos referencia: hoy, por
procedimientos mecánicos y con rodillos metálicos especialmente preparados, se puede
lograr, por presión, cualquier trama o filigrana que el productor considere deseable.
Si quisiéramos tener una idea aproximada de cómo fue aumentado el consumo y los
usos del papel en Europa, quizás nos bastaría con saber que a principios del siglo XVI
únicamente en Alemania existían más de mil imprentas dedicadas a la producción de
libros y que las Fábulas de Esopo (el autor de mayor éxito editorial durante la segunda
mitad del siglo XV) ya se habían publicado no menos de 123 ediciones.
También tendríamos que recordar que en el siglo XVI ya el papel era usado en
documentos, correspondencia, cuadernos de estudio y de notas, registros civiles,
mercantiles y eclesiásticos, envolturas, volantes, seminarios, partituras, dibujos
estampas, recibos, oraciones y cientos más de cosas. Por ello no nos sorprendemos
cuando se nos dice que a finales del siglo XVIII ya no había suficiente trapo en el
mundo para abastecer la demanda de la industria papelera, y que los productores caían
en colapsos, económicos y mentales, por no encontrar trapo ni cosa alguna que lo
sustituyera.
Un atribulado fabricante de Maine (Estados Unidos de América) llegó al
extremo de casi provocar una epidemia de cólera en ese Estado porque se le ocurrió
importar momias para utilizar sus vendajes en la producción de papel. La búsqueda de
un sustituto para el trapo tomó un impulso extraordinario a principios del siglo XIX
y debemos considerarnos afortunados de que así fuese pues, a pesar de quienes dicen
que "el cielo es cielo por que allí no hay papeles", A qué habríamos hecho ayer, y hoy,
sin papel? Esa fue, según supongo, la pregunta que se hicieron los propietarios de "The
Times" de Londres, cuando en 1857 decidieron otorgar un premio de mil libras a
cualquier persona -hembra o varón- que, sin usar trapos, produjese buen papel.
En 1715 el científico francés René Antoine Ferchault de Réaumur sugirió que
la pulpa de la madera podía ser usada en la fabricación del papel. Esa idea le había
venido a la mente al observar que ciertas avispas construían sus colmenas en un "papel"
que, a fin de cuentas, no era otra cosa que madera sabiamente transformada. Las
deducciones de Ferchault de Réaumur tenían fundamento, pero los investigadores del
siglo XVIII, lejos de prestarle atención, habían tomado otros caminos y
metódicamente experimentaban con productos tan disímiles -al menos en apariencia-
como "stippa tenacissima" (que no es otra cosa que esparto) y yute; papas y asbesto;
tusas de maíz y tallos de repollo; vástagos de lirios y varas de azucenas. En total
ensayaron con no menos de cien utilísimos -o bellos- productos de la tierra, sin obtener
el resultado que deseaban.
A todas éstas, los viejos procedimientos manuales de producción habían sido
sustituidos gradualmente por procedimientos semimecánicos: en Holanda se había
inventado en el siglo XVII un máquina (la Hollander) que cortaba y trituraba el trapo
a gran velocidad, y en 1798 el francés Nicholás Louis Robert había fabricado la
primera máquina de hacer papel (un crudo pero eficaz artefacto realizado casi
totalmente en madera y con algunas partes de metal). En 1800 se dio a conocer el
primer libro impreso -parcialmente- en papel hecho con pura pulpa de madera, pero
la madera -como pronto pudieron darse cuenta los productores y los usuarios- tiene
varios inconvenientes, pues, por una parte, sus fibras son cortas, lo que hace más débil
el papel, y, por la otra, en su constitución hay una sustancia resinosa, difícil de
eliminar, que colorea el papel con un tinte amarillento y que incluso, puede pasarle su
color a cualquier otro papel con el cual esté en contacto.
El "lignin", que así se llama esa sustancia, no pudo ser eliminado pero se
contrarrestaron sus efectos utilizando ácidos blanqueadores que le dan al papel el color
blanco deseado. Todo habría andado bien si no se hubiese descubierto, al poco tiempo,
que los ácidos sólo blanqueaban temporalmente al papel y además aceleraban en gran
medida su deterioro.
Pero como en esta oportunidad se trataba de "tener o no tener", a partir de 1867
la madera se impuso en la producción industrial del papel y ha seguido siendo, hasta
ahora, el gran sustituto del trapo. A ella -o al lignin- le debemos ese color amarillento
que toman los periódicos que con tanta solicitud hemos guardado y a los ácidos
blanqueadores, esa quebradiza fragilidad que siempre nos atemoriza cuando tocamos
un recorte viejo.
Lo dicho no significa que todos los papeles que hoy se producen sean hechos
exclusivamente con madera; los hay también fabricados con distintas proporciones de
trapo y madera, y existen manufactureros que, indiferentes al progreso industrial, siguen
elaborando sus papeles con pura estraza y, a veces, por procedimientos manuales muy
parecidos a los que emplearon T'sai Lun o Mong-Tien. Por lo demás, todos sabemos
que los sistemas de producción han cambiado radicalmente y que los procedimientos
semimecánicos han sido sustituidos por máquinas de procesamiento continuo que no
descansan ni aun después de haber entregado grandes rollos de papel ya elaborado.
Pero en términos generales, el papel así fabricado no es mejor ni más bello que el que
manufacturan los artesanos. Esa es la razón por la cual los artistas siguen prefiriendo
los papeles artesanales para sus obras y es, también, la que ha llevado a creadores como
Rauschenberg y Juan Manuel de la Rosa a hacer sus propios papeles y a darles texturas
y colores que son parte sustancial de la esencia misma de sus obras.
Al mirar esos papeles algo se agita en nuestra memoria y, con la intensidad de un
mal presentimiento, nos asalta la sospecha de que toda la belleza y plenitud que poseen
ha sido lograda con las misma y "perversas" hebras de repollo, fibras de yute, hilos de
lirio y de lino, filamentos del maíz, briznas de esparto, estigmas de la flor del azafrán;
que cautivaron a las azoradas mentes de los investigadores del XVIII y los llevaron a
una decepción que hoy nos resulta injustificada. Pues -es justo decirlo ahora- si ellos
fracasaron en su propósito de encontrar un material que permitiese la producción de
papel en gran escala, no estaban equivocados al pensar que podía hacerse papel con
las fibras de muchos de los vegetales que utilizaron en sus conmovedores
experimentos.
A los usos tradicionales del papel, cada siglo ha añadido sus propias exigencias
y cada exigencia ha creado una variante hecha a la medida exacta de esa exigencia:
piénsese en billetes y en falsificaciones de billetes, sombrillas y cometas, filtros y
bombones, toallas cigarrillos, pañales e impermeabilizaciones, pantallas y tapicerías,
estampillas y "calcomanías de infracción";
Esta incontable variedad de usos y de papeles es buena, pero también puede
llevarnos a una confusión parecida a la que apreciamos en los rasgos de Armida,
cuando fueron impresos en un papel bueno pero inadecuado. Más, afortunadamente,
el papel nos educa. Por ello hoy resulta difícil encontrar un estampador, o dibujante
o un diseñador que no pueda -con sólo mirar la hoja que se le ofrece- determinar para
qué uso es recomendable y cómo reaccionará ante cualquier técnica que se desee
aplicarle.
Es posible que para el artista, el impresor, el hombre de negocios o el expendedor
que hoy revisa las largas listas de nombres, calidades, calibres, marcas y colores de los
distintos papeles, ellas sólo le signifiquen cualidades de un mismo material que así
demuestra su versatilidad. No están equivocados. Pero si organizan esos nombres en su
contexto: Papel de China; "Duque de T'sai"; Papel Japonés Papel de Damasco Papel
de Játiva; "Laid Paper"; Papel Tejido; Papel de Arroz; Papel de Estraza; Papel de
Trapo; Papel de Avena; Papel de Morera; Papel de Madera; "Fabriano"; "Whatman";
"Arches"; "Van Gelder Zonen"; "Ingres"; "Strathmore"; "Bond"; descubrirán que más
que marcas, cualidades o denominaciones, esos nombres son señales que ha ido
dejando el papel para que su historia no se enrede o extravíe demasiado.
Y si toma esos papeles en sus manos y los toca y los mira con detenimiento, es
probable que sienta que el papel, más que una invención es un milagro. Como tal
podríamos considerarlo. Como tal debemos conservarlo.
El dibujo como medio, como proceso y como fin en sí
Juan Calzadilla
Luis Guevara Moreno: sin titulo 1978
ara comprender bien la naturaleza
del
dibujo se hace necesario antes deslindarlo de todo aquello para lo cual se creía que
estaba al servicio. La pintura, la escultura y el diseño en general han exaltado en él las
virtudes que les son útiles y de las que han sabido sacar partido para hacer del dibujo
un medio y un instrumento. Pero en pago, no sólo han minimizado esas virtudes, sino
que, tornándolas obedientes a sus propósitos, han restado al dibujo toda
independencia, envileciéndolo en muchos casos. Deslindarlo de los géneros que se
sirven de él, que emplean el dibujo como una herramienta o como parte de un proceso
en el cual el dibujo se disuelve, equivale a descubrirlo en su artisticidad.
Una de las cuestiones que han dificultado la comprensión
del dibujo y que han dificultado el hecho de que no se lo valore lo suficiente en nuestros
días, al punto de que se vea en él una forma de arte menor o subalterna, cuando no
un simple medio, se debe a que rara vez el dibujo se presenta en estado puro, en su
virtualidad expresiva. Como el metal precioso, aparece aquí y allá mezclado con otros
materiales, y se precisa educación del ojo para aislarlo de las partes que lo contaminan
o con las que se confunde. Quienes recurren al dibujo, en la mayoría de los casos se
valen de él como de un recurso, como de una técnica accesoria que tendría que
conducir a la pintura y a la escultura, sirviéndoles de base o etapa inicial a éstas para
constituir la obra final.Lo que en principio requiere de una línea o una sombra para
enunciarse termina en una estructura donde el proceso deja de reconocerse y el aporte
del dibujo (vale decir, el esbozo, la línea, el trazo, la mancha, que sirvieron de punto
de partida) desaparece. Así ocurre frente a la pintura, para lo cual el dibujo funciona
como un ingrediente, al igual que para cualquier tipo de diseño en donde el plan de la
obra necesite acudir al valor constructivo o formativo del dibujo.Del mismo modo en
que se dibuja con el color, y de hecho las formas precisas aparecen en un cuadro como
delineadas, el dibujo es un componente natural de la pintura. Cuadros más dibujados
que otros significan más voluntad de diseño, mayor utilización del elemento
dibujístico que contribuye a la definición de las formas y a la consecución de su
estructura. De modo que, entendido el problema así, hay unas categorías dibujísticas
en las obras de arte que podrían ayudarnos a entender el dibujo como un componente
formal, por decirlo así, que se extiende analógicamente a todos los géneros artísticos
y que se encuentra en todos ellos de algún modo.Así, se habla de pintores más o menos
dibujantes, en razón de la mayor o menor utilización que de la línea hacen en sus
obras. Así como también es muy conocido el concepto de dibujo coloreado que se
aplica para caracterizar a la pintura neoclásica por oposición al cromatismo de la
pintura romántica. Lo que quiere decir no que los pintores románticos no dibujaran,
sino que lo hacían de otra manera. Igual distinción, aplicada al dibujo, pudiera
establecerse hoy entre la pintura abstracto-geométrica y el informalismo. En la primera
el dibujo se concibe como diseño, y en el segundo como grafismo o gestualidad.
Aparentemente la condición natural del dibujo es inherente a todas las formas bajo las
cuales se presenta el material de arte.Muchos pintores emplearon y siguen empleando
de forma independiente el dibujo y elaboran, según el caso, obras dibujísticas, no
siempre con el fin de servirse de ellas como de bocetos o apuntes imaginarios o hechos
del natural, tal si se tratara de obras autónomas. Obras que operan por analogía
respecto a las pinturas consideradas como trabajos mayores, pues sirven para descubrir
equivalencias cromáticas, logros, defectos, recursos o virtudes que luego son
aprovechados por el artista bajo el entendido de que el dibujo es siempre un estadio
básico o preparatorio, que conduce a la pintura; también los dibujos realizados sobre
papel y coloreados con acuarelas y pigmentos de agua, o pasados a las planchas de
grabado, han sido vistos como categorías aplicadas o menores, sin serlo.Los grandes
dibujantes del pasado, Rembrandt, Goya, por ejemplo, o Picasso, estaban conscientes
del valor autónomo del dibujo cuando se lo hace objeto de sí mismo o se lo exalta en
el grabado. El mayor grado de conciencia a este respecto no proviene sólo de la
genialidad que se atribuye a esos creadores, sino también de una capacidad selectiva
para saber qué se puede llegar a decir de manera óptima con determinados materiales,
en un género dado, independientemente de la importancia que la época le haya
acordado a éste. Pero esos creadores son excepcionales.Entre nosotros, en Venezuela,
Reverón es el caso del artista que no estableció diferencia entre dibujo y pintura,
pasando de una técnica a otra con la misma libertad con que se valía de cualquier
material que tuviera a mano, por precario que fuera. ÀPodremos decir de él que hizo
del dibujo simple medio como ocurrió con todos sus contemporáneos? No. Supo
utilizarlo y sacarle el mayor partido.Puede decirse que la voluntad de arte -siguiendo
a Nietzsche- es una forma de conciencia de la menesterosidad. Obramos, en tanto que
artistas, en función de la necesidad de comunicar y comunicamos porque hay menester
de hacerlo. Menester que tenemos también de algo con que comunicarnos, medios
pobres o ricos, imágenes, materiales, en todo caso capaces de poner a prueba unos
resultados de la sensibilidad que no podrían manifestarse si no se diera esa condición
de la menesterosidad: la necesidad de comunicación y la necesidad de materiales para
expresarse. Menesterosidad significa aquí lo esencialmente necesario y cabal.El dibujo
de hoy, concebido como forma autónoma y no como simple apéndice de los géneros
considerados mayores, sigue el deslindamiento hecho en principio por los grandes
dibujantes del pasado, es decir, por los que como Leonardo, Rembrandt, Goya,
Piranesi, y los modernos como Picasso, Klee, Giacometti, Wols, Dubuffet, entre otros,
han sabido acordar a los valores del medio toda su especificidad expresiva y virtual, sin
extralimitarlo y en el estricto terreno de un lenguaje hecho autosuficiente. No hay forma
de arte en la cual lo que apreciamos de ella como valor estético no aparezca más o
menos confundido con impurezas. Incluso las especificidades, lo que es de la índole de
cada género, se muestran mezcladas sin ton ni son o de manera ordenada, y esto
dificulta los juicios de valor, en la medida en que lo artístico rara vez aparece en un
grado puro. De establecer esos valores se trata en lo que sigue. De establecer, con base
en lo que ha sido a través de la historia del arte moderno las características del dibujo
que hoy se nos pide.
Las dos dimensiones del soporte proporcionan la condición ineludible y
fundamental de todo dibujo. Ni trompe l'oeil ni línea de perspectiva o
tridimensionalidad ilusoria, lograda por medio de sombras, modelado o esfumados
tramposos, interesan al dibujante moderno. El efecto del dibujo no debe mostrar más
que lo que está contenido en la hoja que lo muestra, en un espacio topológico. Un
dibujo se compone de llenos y vacíos ocupados, espacios blancos y espacios negros,
expresados como ambivalencias y contraposiciones dinámicas o reversibles de forma y
fondo, dentro de una continuidad y orden que se manifiestan únicamente en las dos
direcciones posibles del soporte: ancho y alto, o también, arriba y abajo.Para llegar a
ser significativo en sí mismo el dibujo no necesita de ningún recurso connotacional o
simbólico, de la índole que sea. Que represente o que esté académicamente resuelto
no es lo importante. Blancos y negros, silencios y sonidos, formas y huecos
desplazándose en lugares fijos y a la vez móviles, paralizados en un movimiento: he
aquí una gramática aconsejable para el que se inicie en tan difícil arte. No se puede
hacer más por el dibujo que respetar lo que estrictamente es de su índole. Ni puede
pretenderse proveerlo de justificaciones literarias, de ideas o material anecdótico,
descriptivo, autobiográfico o premeditadamente simbólico, de cualquier orden. Nada
que altere su sincronía esencial de estructura en un solo plano. Y esto implica, para
obtenerlo de una manera que esté legitimada por el resultado, contar con las
herramientas indispensables del dibujo, como son el papel, el lápiz, los distintos tipos
de inscriptores, la caña de bambú, el pincel, los dedos, los tonos negros o sepias de las
tintas; en fin, todo lo que a este respecto resulte adecuado. Herramientas y materiales
que entran al servicio de un lenguaje automático, si se entiende con esto que puedan
resultar compatibles en una obra la velocidad, el azar y el control no razonado pero
consciente de las pulsiones o emisiones de valor caligráfico, gestual o sígnico en la
composición de eso que llamamos un dibujo. Reducida a sí misma la estructura de
éste, se podría con el mismo argumento suprimir o limitar el uso del color en tanto
que relleno o entintado impartido por zonas o demarcaciones. El dibujo que necesita
del color se vuelve un apéndice de la pintura.Cuando se ha empleado el dibujo con las
restricciones que supone considerar el espacio como soporte de una escritura en donde
la forma responde exclusivamente al movimiento interno de signos, líneas y manchas,
resulta un verdadero reto acometer obras de mayor formato que requieren por su
índole misma de un reemplazo inusual del material gráfico por material pictórico.
Planteadas así las cosas, la forma cerrada pasa a constituirse en espacio abierto,
aunque el elemento primordial continúa siendo la línea o estructura sígnica que
subyace a una composición orientada en las dos dimensiones del soporte.La caligrafía,
si se nos permite aconsejarla, puede ser considerada para el dibujo y la pintura como
una gestualización mínima en cuyo origen está un impulso motriz básico. A la inversa,
en el origen de la gestualización, por más ampliamente que ésta se proyecte en el
plano, se encuentra el signo escrito. Al emplear otro formato, trasladando el
acontecimiento al espacio, no se hace más que ampliar la forma hasta los límites
exigidos por su crecimiento, a partir del mismo impulso motriz que pide la caligrafía
y conforme a la organización que repentinamente, obedeciendo a ese mismo impulso
que la genera, la forma se da a sí misma. Gracias a este movimiento que exterioriza lo
cenestésico, aparece el color para subrayar la ilusión de tridimensionalidad que antes
sólo estaba sugerida.
Del Grabado en Venezuela
María Fernanda Palacios
Wifredo Lam: Serie Images 1962
emos querido documentar esta
exposición con una selección de capítulos correspondientes al magnífico libro
inédito de María Fernanda Palacios, titulado ®El grabado en Venezuela¯. Fue escrito
en 1990 en homenaje a su madre, Luisa Palacios, quien nos legase, además de su obra
plástica y su gran labor educadora, el vigor de una ®fuerza aglutinante¯. De
esta manera Miguel Arroyo hace referencia al poder de convocatoria, visión y
estímulo emprendedor de ®la Nena¯ en función del desarrollo artístico y cultural de
nuestro país.
Incubaciones y pioneros
No creo que emplear la palabra "evolución" pueda ayudarnos cuando se trata de
comprender lo sucedido alrededor de la gráfica artística en Venezuela durante los
últimos
treinta años. Cuando en 1959 va creciendo el interés de los artistas por las técnicas del
grabado y empiezan a coincidir en torno a esta disciplina inquietudes y necesidades muy
diversas, no existía entre nosotros una tradición gráfica dentro de la cual este
movimiento
pudiera insertarse. Por lo tanto, no había nada que pudiera estar "evolucionando". De
allí
que para referirnos a las primeras etapas de este movimiento, quizá sea preferible
hablar
de incubaciones.
Cierta ansiedad por dignificar nuestro pasado, quizá también cierto afán por
lucir
más "scholars" de lo que somos, nos lleva a utilizar las palabras a la ligera,
contribuyendo
sin querer a falsificar aun más nuestra historia. Si lo que nos interesa es el
desarrollo del grabado como una forma de expresión artística, tendremos que
descartar
forzosamente, por no significativa o no pertinente, tanto la historia de la imprenta en
Venezuela, como el arte de la ilustración del siglo pasado, ya que ambas cosas no
pasaron
de cumplir una función más que limitada dentro de nuestra ya tan escuálida actividad
editorial.
Basta recordar la imagen que arroja nuestra Hacienda para los años inmediatamente
posteriores a la Independencia, el estado miserable y caótico de una Venezuela que
apenas
permitía la sobrevivencia de cualquier tipo de empresas, para reconocer que resultaría
exagerado hablar de un auge de la imprenta en esos años. No fue la imprenta lo que
entonces prosperó sino la política, y por consiguiente el panfleto, la sátira, la
polémica.
Un incremento indudable de papel, tinta, palabras, bilis y a veces de ingenio; pero de
allí
no surgió ningún genio gráfico, ningún editor visionario, ninguna institución lo
bastante
sólida que pudiera sentar las bases para el cultivo del grabado. Las ilustraciones
litográficas
de los hermanos Gerónimo y Celestino Martínez, las de Antonio José Carranza, las
de
Carmelo Fernández o Federico Lessmann, no pasan de ser las últimas manifestaciones
de
un arte de la ilustración bastante convencional, donde se revela una mentalidad gráfica
muy poco desarrollada, sin ninguna conciencia artística. Era imposible que de esta
pobrísima "tradición" pudiese surgir algún impulso nuevo capaz de establecer cierta
continuidad. Aun la excelencia técnica y la enorme divulgación que tuvieron las
litografías de una revista como El Cojo Ilustrado (1892-1916) no bastaron para
aproximar
las artes plásticas al estudio y la experimentación con los medios gráficos.
Así como la Venezuela colonial y la Venezuela heroica no cumplen ningún papel
en el desarrollo del grabado; otro capítulo, obligado sin duda cuando se trata de la
historia
de la pintura, el del Círculo de Bellas Artes, es de significación casi nula para las artes
del
grabado. Y así como la existencia de prensas litográficas, de publicaciones ilustradas,
y aun
de algunos dibujantes que conocieran el oficio no bastaron por sí solos para garantizar
el desarrollo de este medio, tampoco un cambio de actitud hacia las artes por parte de
los pintores, podía encaminar a los artistas hacia la exploración del grabado.
Así que pasaron los años del Círculo de Bellas Artes y de la llamada Escuela
de
Caracas; pasó incluso el período de los "Disidentes" y del "Taller de Arte Libre", y de
tantos otros grupos empeñados en ponerse al día y en hallar un nuevo lenguaje
plástico,
sin que por ello el grabado llegara a interesar como una forma expresiva autónoma.
Hasta
los años sesenta éste no dejó de ser una disciplina académica, una materia muerta,
o un
mero ejercicio didáctico. Muchos artistas tuvieron contacto con el mundo del grabado,
aprendieron algunas técnicas, hicieron algún buril o incursionaron en el aguafuerte o
la
puntaseca; pero poquísimos se interesaron por el grabado más allá de sus años
escolares.
Aun Pedro Angel González, el maestro de esos años y pionero de nuestros
pintores-grabadores, no volverá a cultivarlo después de haber dejado la cátedra y el
taller
de la Escuela de Bellas Artes.
Cuando los pintores recuerdan los años de la Escuela, comprobamos que el
grabado
no consiguió despertar sus fantasías. La pintura parecía absorber toda su atención.
La
recién descubierta pasión por el color y por la luz, la sustitución de la temática y de
las
técnicas académicas que usaban las generaciones anteriores en beneficio de una
libertad casi absoluta y la inquietud por comprender las nuevas teorías estéticas,
hacían
ver quizá el mundo del grabador como demasiado sombrío, lento y riguroso.
¿En qué consistió ese cambio de actitud? Digamos que con el "Círculo de
Bellas
Artes" surgió una mayor franqueza expresiva, una simplicidad y una soltura que, sin ser
verdaderamente novedosa, dejó de ser convencional y académica; y el gusto por la
pintura,
el goce al pintar, desplazó cualquier otra finalidad. Los temas se hicieron más íntimos,
la
sensibilidad más plástica, es decir, menos literaria o discursiva. Era pues natural que el
mundo del grabado les resultara algo sombrío, rutinario y poco atractivo. Lo que
quiero
decir con esto es que no fue culpa de nadie el que durante tantos años, ningún artista
se
dedicara plenamente a esta disciplina. Tampoco tiene sentido justificar esta carencia
achacándola tan sólo a la falta de recursos materiales o técnicos. Además, ¿por qué
tendría que haber sido de otro modo? ¿qué nos obligaba a ello? Mucho más útil que
culpar, justificar o quejarnos por lo que no se dio, sería reconocer el tiempo que una
disciplina o una técnica puede demorar en incorporarse a una cultura. Hoy en día
sabemos
que en la configuración de la historia las repulsas y las reticencias arrojan tanta o más
luz
que los estímulos. Debajo de ese desinterés por el grabado se oculta quizá la clave de
una
sensibilidad, de un cierto psiquismo poco proclive a la paciencia y la pasión
exploratoria
que exige el grabado. Pues, se trata de un medio que requiere una disposición mental
y
anímica parecida a la del alquimista; la cual es, en cierto modo, opuesta a la
extroversión y el individualismo de comienzos de siglo.
Además, los recursos, aunque escasos, terminaron por aparecer. En 1937, al
reformarse la vieja Academia de Bellas Artes y fundarse la nueva Escuela de Bellas
Artes,
encargándose Antonio Edmundo Monsanto de su dirección, se creó el Taller de Artes
Gráficas. Su historia es breve y harto conocida. Recordemos tan sólo que fue Pedro
Angel
González quien lo inauguró. Nadie discute que él fue el primer artista-grabador del
país.
Sus estudios þcomo los de tantos otros artistasþ fueron informales, ®empíricos¯ como
decimos aquí, pues había aprendido algo de este oficio en la imprenta de Raúl
Santana.
Ahora bien, si la vocación y el entusiasmo por el grabado no surgieron del Taller
de
la Escuela de Bellas Artes, sí fue en la atmósfera de esa Escuela donde fue calando
en
nuestros artistas cierta actitud hacia el trabajo, cierta respetuosa curiosidad, sin la cual
habría sido muy difícil que luego, mucho tiempo después, algunos de ellos pudieran
dedicarse al grabado en la forma en que lo hicieron. Digamos que la Escuela de Bellas
Artes, entre los años treinta y los cuarenta, cumplió un papel indirecto, pero necesario,
en la incubación de una inquietud y una sensibilidad que sólo afloraría después, de
golpe,
al final de los cincuenta y comienzos de los sesenta, canalizándose plenamente hacia las
artes gráficas.
Casi todos los artistas hablan con cariño y con nostalgia de aquellos años de
aspiraciones solidarias. Quizá el sentimiento que los resume sea la generosidad: fueron
tiempos generosos, movidos por la precariedad y las ganas de aprender. Ellos eran
entonces
muchachos dispuestos a recibir, como si fueran tesoros, lo poquito que sus maestros
tenían
para dar; y los maestros estaban deseosos y dispuestos a convertir sus carencias en la
mejor
de sus lecciones: no disimulaban ni ocultaban con soberbia sus lagunas; y supieron
transmitirles acaso lo más valioso que tenían: su emoción por la pintura y su
reverencia
hacia la tradición. Monsanto no había hecho cursos de pedagogía; sin embargo, pocos
han llevado más merecidamente el título de maestro. Quizá Alejandro Otero es quien
mejor ha resumido en qué consistió su magisterio: "Antonio Edmundo Monsanto lo
sabía
todo, pero no de una manera enciclopédica. Vivía en perpetuo descubrimiento, en una
reflexión ininterrumpida que lo nutría y lo hacía crecer por dentro, madurando su
acercamiento a la pintura, que era su pasión".
Esa pasión por lo que enseñaba, esa actitud de "perpetuo descubrimiento" y
sobre
todo, ese nutrirse para "crecer por dentro", dan la pauta de lo que en cualquier tiempo
y
lugar es un "maestro": aquel que lleva un eterno discípulo dentro de sí. Y aun cuando
Monsanto no diera clases de grabado, su recuerdo ha sido una especie de figura interior
para todos los que lo conocieron y se formaron a través de sus conversaciones. El
ambiente
de aquella Escuela y, especialmente, el carisma de Monsanto contribuyeron a que
desarrollaran su curiosidad hacia las más variadas formas de expresión artística. Y si
bien,
a la larga, el peligro de esta pedagogía podría ser la dispersión, yo diría que
Monsanto
les enseñaba algo mucho más difícil: cómo reconocer y valorar las propias intuiciones
-ese
instinto sin el cual es imposible hallar o descubrir nada. Así, los pintores que salieron
de
allí estaban más urgidos por explorar y encontrar, que por investigar o rebuscar, y el
hallazgo era entonces algo anterior a cualquier fabricación teórica. Creo que sin ese
espíritu habría sido muy difícil que aquellos discípulos llegaran a trabajar, años
después, el grabado, con el empeño y la pasión con que lo hicieron.
El entusiasmo y la reverencia que estos maestros sentían por la pintura y el arte,
pasó a sus discípulos con una nota de ansiedad, metamorfoseada en urgencia y
audacia.
Los viejos habían intuido que la pintura y el mundo en que vivían estaban cambiando,
y
fueron capaces no sólo de admitirlo, sino de saludarlo. Pero los jóvenes que los
escuchaban quisieron ser protagonistas de esos cambios.
Así, en el arte venezolano empezó a hacerse sentir la sed por una novedad
apenas
entrevista y quizá peor comprendida; pero es justo decir que también había en
aquellos
jóvenes una cierta humildad, o al menos, la conciencia de que no éramos gran cosa.
No
denigraban de sus orígenes, todo lo contrario, pero estaban muy lejos de llegar a
falsificarlos o ensoberbecerse por ellos; digamos que apenas empezaban a descubrirlos.
El
medio oficial de la cultura y el público, aunque no estimulaban demasiado sus esfuerzos,
hay que reconocer que tampoco los trababa y, -quizá lo más importante- ni los adulaba
ni
los endiosaba. Quizá esa simpática indiferencia, tolerante por lo general, facilitó
entonces
el surgimiento de una generación más apasionada que ambiciosa y más audaz que
lúcida,
que buscó con desesperación una "ruptura", como si necesitaran forzar el agobio de
aquella tolerante indiferencia con rebeldías de adolescentes. Y así la mayoría se
escapó
de casa: con premios, becas, ilusiones, todo ese bagaje conmovedor y provinciano con
que
un muchacho pobre sale de su pueblo a buscar la fama. Digámoslo de una vez: ellos no
iban
a París o a Roma para "colocarse" (en aquellos tiempos nadie pensaba todavía en
Nueva
York), sino a conquistar. Pero la Europa a la que llegaban no era la gran potencia
cultural
de hoy, ávida de consagrar y consumir talentos tropicales; sino una Europa confusa,
derrotada y empobrecida por la guerra, saturada de sus glorias pasadas, que vivía,
sobre
todo, de lo que había sido.
En París, los movimientos plásticos y literarios de comienzos de siglo
conformaban
ya una tradición en la que muchos sólo conseguían repetirse. Picasso era un clásico;
la
Bauhaus una leyenda; los surrealistas un anacronismo empeñado en sobrevivir, y
Mondrian
acababa de morir. Ya había pasado el hormigueo, la locura y la inquietud de la primera
mitad del siglo: el arte moderno, después de la segunda guerra, empezaba a ser una
inversión segura, un bien culturalmente admitido. Los recién llegados no podrían ya
incorporarse a aquellos gloriosos movimientos de vanguardia sobre los que habían
leído,
sino a las escuelas y talleres que éstos habían dejado.
El movimiento del grabado y el arte moderno: tradicion e innovacion
El movimiento del grabado no fue un proceso atípico, exclusivamente
venezolano. El auge de esta disciplina ocurrió de manera casi simultánea, como una
reacción en cadena, en varias partes del mundo; y aun cuando a finales del siglo pasado
ya
había empezado a incubarse, sólo después de los años cuarenta empieza a expandirse
vertiginosamente. La causalidad en fenómenos de esta naturaleza escapa siempre al
historiador. Quizá porque no obedecen a causalismo alguno; o bien éste es tan
complejo
y misterioso que tratar de explicarlo nos conduce, irremisiblemente, a simplificar
demasiado
las cosas. Tratemos entonces más bien de ordenar algunos hechos y reunir algunas
impresiones con el ánimo de integrar este movimiento dentro del marco más amplio del
arte moderno en general.
Después de la segunda guerra mundial vemos cómo desaparecen, por
agotamiento,
por quiebra o por transformación, una serie de actitudes, de valores, escuelas e
instituciones. De igual modo, ahora, a finales de siglo, parece que los esquemas
teóricos
(ideológicos o estéticos) con que se venía trabajando en historia de la cultura,
resultan
inadecuados para captar lo verdaderamente significativo de la actualidad. Algunos de
los
mejores trabajos sobre el arte de este período, ya se trate de la crítica "scholar"
(Cooper,
Shapiro, Lucie-Smith, Rosenberg, entre otros) , ya se trate de los propios artistas, todos
coinciden en observar cómo después de 1945 ninguna tendencia presenta algo
verdaderamente nuevo. Si nos limitamos a la historia de las artes plásticas, es fácil
comprobar cómo el informalismo, el arte cinético, el "pop art" o el "minimal art"-para
nombrar tan sólo algunos de los más conocidos- no pasaron de ser extensiones,
reediciones
o derivaciones de tendencias que ya se habían apuntado a comienzos de siglo, en el
expresionismo, el cubismo, el constructivismo o el surrealismo. La gran mayoría de los
"ismos" subsiguientes son desarrollos extremos de algo que ya estaba latente, o de
intuiciones incipientes, anteriores a 1930. Cuando un crítico como Edward
Lucie-Smith,
refiriéndose al arte de los años cuarenta, afirma que: "en un sentido estricto, ha sido
más
notorio por llevar al extremo ideas ya existentes que por sus nuevas invenciones" ; no
puedo dejar de asentir y agregar que estas nuevas tendencias, además de exagerar,
acaban
a menudo en un entumecimiento o petrificación, cuyo signo más evidente es la
insistencia
repetitiva y la falta de energía. Esto es algo que también Octavio Paz ha señalado
insistentemente: "...en los últimos veinte años la mayor parte de las novedades son
versiones recién maquilladas de movimientos de hace cincuenta o sesenta años. La
vanguardia gira en el vacío y en torno a sí misma ha dejado de inventar, pero
incansable,
se repite..."
Pero el estancamiento del que hablo no se limita a los artistas; por el contrario,
creo
que se instala con mayor facilidad y uniformidad entre los críticos y los historiadores.
Así,
lo definitivamente caduco parece ser el lente y la retórica empleados para referirse al
arte
moderno; entre otras cosas porque quizá ni la estética ni la ideología permiten ya
precisar
nada verdaderamente vigente y significativo. Creo que a nadie le importa ya mucho
saber
si algo merece o no el calificativo de obra de arte. ¿ A quién podría interesarle hoy
perder el tiempo en desacreditar la "belleza" ? ¿Qué cosa podría hoy en día
"indignar"
o "escandalizar" al público? Y cómo aburre, a veces, tener que escuchar todavía un
fárrago
de propuestas trasnochadas, ya se trate de las utopías tecnológicas de algunos o de los
anacrónicos nacionalismos de otros. Sin embargo, las palabras "arte", "artista" siguen
empleándose, manteniendo un romanticismo degradado por la sacralización
publicitaria
o comercial de la "persona" o la "firma".
Sin embargo, en lo que va de siglo han aparecido también otras manifestaciones,
otros procesos, en los cuales yace quizá invisible aún para nosotros, el nuevo contorno
anímico y mental de nuestra época.
De allí que convenga empezar a mirar, sin demasiada sistematicidad, hacia otros
ángulos, y en lugar de seguir enfocando la historia reciente desde las intenciones y las
teorías, tratar más bien de observar, cómo ciertas disciplinas, técnicas, materiales y
procesos, pueden arrojar otro patrón, menos lineal, menos unilateral, pero sin duda
más
apasionante. Tengo la impresión de que el vacío dejado por las teorías y las utopías
de
comienzos de siglo nos invita a desplazar la mirada hacia terrenos más básicos. De allí
que
un asunto como el crecimiento y la expansión de las artes gráficas pueda resultar tan
revelador; sobre todo en tiempos y lugares donde no surgieron contornos teóricos
precisos,
ni divisiones ideológicas nítidas, ni definiciones estéticas coherentes.
A primera vista la inclinación por una disciplina como el grabado parece ir en
contra
de una inclinación típica del arte moderno; me refiero a la aparición de los grandes
formatos. Los nuevos espacios urbanos ampliaron las dimensiones de la pintura y la
escultura moderna; el mural tuvo su momento de auge; el funcionalismo propició una
pintura de superficies limpias y planas, de formas simples y colores puros que facilitaran
su
incorporación dentro de la nueva arquitectura. En contraste con la mentalidad
detallista
e intimista del siglo XIX, la modernidad buscaba desocupar los ambientes, desahogar
los
espacios, desnudar las paredes. Quizá la modernidad, contrariamente a lo que muchos
piensan, en lugar de suprimir el espíritu "decorativo" de fin de siglo,más bien lo
intensificó, desplazándolo al terreno de las "artes mayores" y aun podemos verlo
reaparecer
triunfante integrado a tendencias más vastas: el abstraccionismo geométrico, el arte
cinético, funcionan generalmente como grandes decorados y rara vez son
verdaderamente
"funcionales", estructuralmente hablando.
En todo caso, las dimensiones caseras, casi bibliográficas, de la estampa, el
ámbito
íntimo que crea el grabado, no parecían favorecerlo dentro de lo que apuntaba como
una
nueva sensibilidad. Recordemos también que a comienzos de siglo, con el
funcionalismo,
se dió un auge del diseño y se pensó que el "objeto" podía llegar a sustituir por
completo
la "obra". La cerámica artística o el grabado, no parecían destinadas a jugar un papel
preponderante en las artes del siglo. Sin embargo, siguiendo vías y obedeciendo quizá
a
imperativos distintos, ambas disciplinas experimentaron a mediados de siglo un
progreso
y una popularidad notables. Quizá en ambas se compensaba parte de la sensualidad y
la
intimidad perdidas. Sin embargo, al encajar dentro de la nueva sensibilidad, todos los
medios y técnicas tradicionales del grabado sufrieron un vuelco considerable, hasta
alcanzar un lenguaje y unas dimensiones capaces de responder a las exigencias de la
época.
Por lo tanto, habría que reconocer, que una nueva actitud hacia esos medios se le
impuso
a todo artista que en este siglo se enfrentó a las artes gráficas.
Si la gran expansión del grabado sólo ocurre a mediados de siglo, quizá esto
tuvo
que ver, en parte, con el hecho de que en Europa los artistas y los "marchands" tuvieron
que
comenzar por vencer una serie de convenciones, tradiciones y prejuicios ancestrales. Es
decir, tuvo que cambiar esa mentalidad según la cual el grabado se consideraba tan sólo
como un procedimiento para reproducir un dibujo.
Aun cuando grandes maestros como Durero, Piranesi, Rembrandt y Goya habían
acometido los procesos gráficos con una total autonomía con respecto al lenguaje
pictórico, la institución de los talleres de impresión y los criterios de valoración de
la obra
gráfica, seguían aferrados a su función meramente reproductiva. Podríamos suponer
que
el auge periodístico y editorial de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX,
provocó
cierta "regresión" en la actitud de las gentes, quedando las innovaciones plásticas que
introdujeron los grandes maestros, ahogadas por la increíble expansión del grabado
de
ilustración, habiéndose éste convertido en un apéndice casi del periodismo, la sátira
de
costumbres, o la ilustración científica; expresiones, todas ellas, donde la creatividad
del
grabador estaba dirigida y dominada por lo anecdótico. Pero este siglo trabaja en una
dirección opuesta y el grabado se libera como medio expresivo, y ya no busca producir
el
mismo efecto de un dibujo.
Estos cambios demoraron en implantarse. Ya desde finales del siglo XVIII, Blake
, en Inglaterra, había buscado efectos más plásticos, usando con ese fin los relieves y
el
color en sus estampas. Luego, los impresionistas como Pisarro, Degas y Renoir,
lograron
crear estampas coloreadas que ya no eran una mera transposición de sus dibujos. En
general, puede decirse que todos los artistas de finales del siglo pasado y comienzos del
veinte que se acercaron al grabado, coincidieron en explorar los procedimientos de
impresión, buscando una mayor crudeza expresiva. Para ello explotaron en su favor las
materias y la huella de los procesos gráficos. Por ejemplo, en el caso de la xilografía,
utilizaron la veta de la madera como parte de la imagen, tal es el caso de Gauguin, de
Munch y, posteriormente de los expresionistas alemanes. Otros como Bonnard, Vuillard
y Matisse buscaron las calidades litográficas para crear atmósferas evanescentes o
acentos
cálidos, paralelos al color, acentuando la porosidad de la piedra o subrayando las
huellas
de las grasas y las gomas. Aguafuertistas como Roault convierten al grabado en un
saboteador del dibujo, exagerando el punteado del ácido, utilizando distintas
combinaciones de barnices, agregados y raspados, para mortificar el metal y lograr, a
través
de la textura, una profundidad más dramática. Digamos, para resumir, como la fusión
entre la idea, o la imagen y los medios, materias y procedimientos, se hizo cada vez más
evidente y más inmediata, subrayando cada vez más la especificidad de un lenguaje
gráfico.
Estos cambios cristalizan definitivamente en Europa cuando en 1927 el grabador
inglés Stanley William Hayter funda su célebre "Atelier 17" como un centro de
experimentación para artistas de todas partes del mundo. Este taller fue sin duda el
pionero del gran renacimiento de las artes gráficas en el arte de este siglo.
El "Atelier 17" nace durante "lþentre deux guerres", en París, rodeado al
principio
por artistas como André Masson, Max Ernst y Miró, cuando todos ellos ya habían
desarrollado su propio estilo y hasta podría decirse que intentaban huír de él,
buscando
algo más allá de la rigidez del surrealismo. Para ellos las artes gráficas representaron
una
oportunidad de ponerse a prueba, de escapar a la facilidad de la repetición y tropezar
con
dificultades nuevas, que ya no podrían resolver con soluciones semejantes a las
empleadas
hasta entonces. Sabían que en este medio la imaginación del artista debía ceñirse al
preciso y misterioso sendero de los procesos de impresión, y a unos límites materiales
que
no podrían controlar a voluntad. De tales resistencias surgieron los primeros hallazgos
y
ese impulso nuevo que tanto necesitaban.
El "Atelier 17" no era ya ni un taller de impresión, como los que funcionaban
desde
hacía siglos en Europa, ni un centro de enseñanza académico; es decir, su función
no era
la simple transmisión de técnicas y conocimientos ya adquiridos. Tampoco era el taller
de
un "grup" o una determinada escuela, con una estética definida, como lo fueron los del
Bauhaus. El taller de Hayter se funda como un centro de investigación de las
posibilidades
del grabado. Aquí debo aclarar algo: no hablo de "investigaciones" teóricas, en
abstracto;
ni de búsquedas azarosas o "automáticas". Tampoco les interesaba explorar las técnicas
por
la técnica en sí misma, sino que trataban de orientar todas sus experiencias hacia lo
que
cada artista en particular necesitaba decir. Por eso Hayter revolucionó la historia de
los
talleres de artes gráficas al crear uno que no se limitaba a la impresión o a la docencia,
que
no estaba al servicio de ninguna estética, sino del proceso individual de cada artista.
Todos
los centros gráficos que se han creado luego en el mundo, en especial los grandes
centros
norteamericanos, llevan el signo de Hayter: un taller experimental, donde concurren
sólo
aquellos artistas que van dispuestos a explorar las posibilidades del lenguaje gráfico y
a
buscar resultados que sólo podrían obtenerse lidiando directamente sobre los medios:
sobre la plancha y bajo la prensa.
La referencia al "Atelier 17" resulta indispensable para comprender la experiencia
que se vivió en Venezuela en los años sesenta. Cuando Luisa Palacios organiza su
taller
y quiso que otros artistas realizaran allí, simultáneamente, su aprendizaje y sus
búsquedas
en los medios gráficos, el modelo que tiene en mente es el de Hayter. Cuando en 1967
organizó los lineamientos del CEGRA, también estaba pensando en el "Atelier 17" y
en
los métodos de Hayter. Finalmente, cuando en 1980 funda el TAGA, en cierto modo
estaba duplicando, adaptado a nuestras peculiaridades, esa misma experiencia.
A manera de Epilogo
Así como el desarrollo que ha experimentado el grabado en este siglo se
debe,
sobre todo, a la manera como los pintores se volcaron hacia ese medio; también la
pintura
moderna se ha visto conmovida por el auge del grabado. El redescubrimiento de las
potencialidades de los medios gráficos ha enriquecido notablemente el vocabulario
plástico
de esta segunda mitad del siglo, y cada tendencia, cada estilo, cada estética, ha sabido
explorarlos y explotarlos en su favor.
En efecto, esta pasión contemporánea por la gráfica ha traído aparejadas no
pocas
ventajas al oficio del pintor. Cuando el artista se interesa por expresarse a través de
medios
con exigencias tan precisas de tempo, con limitaciones materiales u obstáculos técnicos
difíciles de superar; medios donde su voluntad o su imaginación no pueden ya
solucionarlo
todo, se ve obligado casi a demorarse, a reflexionar, y así, se da la oportunidad de
ahondar
en su idea, de aproximarla al alma, de ponerla a prueba en esa cocina interior de donde
nace el arte verdadero. El oficio no es aquí una mera rutina, sino ese rigor que lo
aparta
de lo caprichoso y de ciertas libertades no siempre propicias. Su vitalidad y su
atrevimiento
ya no pueden dirigirse exclusivamente a satisfacer y reproducir las exigencias de una
poética general, sino que lo obliga a despojarse un poco de ese bagaje puramente
mental,
o, en todo caso, debe someterlo a numerosas resistencias. Esto resulta particularmente
importante cuando observamos hasta qué punto en nuestra época, el pintor se ve a
veces
"atorado" por decir algo y por inscribir lo que dice o hace dentro de una determinada
idea
o "proyecto". De allí quizá que la pintura, después de los años cuarenta, muestre
algunos
signos de agotamiento y se haya convertido fácilmente en un sucedáneo de tomas de
posición meramente teóricas. Por eso, quizá, a la larga, haya sido una bendición que
el
grabado se considerara un "arte menor"; así los artistas pudieron trabajar en ese medio
con
plena libertad, con menos presiones y con una espontaneidad mayor; libres de muchas
de
las metas y las expectativas con que afrontaban la pintura.
Por otra parte, podríamos agregar que el movimiento del grabado ayudó a
acentuar
aún más en las artes plásticas un rasgo moderno por excelencia: el culto a la
espontaneidad,
el trazo emotivo, la pincelada genial. Fue Baudelaire quien primero descubrió las
virtudes
del boceto, contribuyendo así a la valoración del gesto, de la obra a medias, de la
intención y la intuición, por encima del acabado y la coherencia. El grabado
profundiza
en esta dirección, pero a la vez la atenúa o la matiza, imponiendo de nuevo el rigor del
oficio. En el grabado, como en la música, nada puede surgir sin disciplina; sin una lucha
a
brazo partido con lo informe. El artista que no trabaje el grabado desde la sombra,
enfrentándose a la materia confusa, y se deje llevar por los facilismos del azar y del
gesto,
no creará una auténtica obra gráfica. La riqueza sensible y la profundidad emocional
de
la obra grabada de Picasso no son obra exclusiva de su talento. La rigurosidad extrema
con
que domina cada técnica y aplica cada procedimiento es lo que en el fondo nutre y
multiplica la facilidad y la felicidad con que los hace.
Picasso es quizá el más alto ejemplo de la principal característica del grabado
moderno:
donde el hacer y la idea son una misma cosa, donde la factura no está separada de la
imagen y donde todo se juega en la realización de la plancha, cuando el artista consigue
intimar con ella y se hunde en la oscuridad y los misterios propios de ese medio. De allí
quizá que en esta época, más que en cualquier otra, los distintos "estados" de una
prueba
resulten plásticamente tan valiosos como la obra cumplida. Esa fascinación moderna
por
los procesos, por la gestación de la obra, encuentra en las artes gráficas su terreno más
adecuado.
Todo esto nos hace ver cómo el grabado contemporáneo sigue los pasos del arte
moderno en general: la ejecución se ha hecho cada vez más autónoma, menos
temática.
Los valores son ahora más materiales y los elementos plásticos hablan directamente y
expresan algo por sí mismos, independizándose de las anteriores jerarquías mentales
o
sentimentales, a las que, en el siglo pasado, aun estaban subordinadas las artes gráficas.
La
comprensión de un grabado ya no requiere un esfuerzo interpretativo. Al igual que en
la
pintura, es en la composición, en la relación orgánica y casi biológica con los sentidos
y
emociones del espectador, en la manera como llega, directamente, por vía sensible, al
corazón de las tensiones, donde están los rasgos decididamente actuales del grabado
como
arte.
Para terminar, en lugar de seguir razonando tanto, pasemos mejor la vista por un
taller de grabado. El mundo de esos talleres está profundamente imbuido de un
espíritu
alquímico: el grabador respira entre sustancias incompatibles, y las trasmuta, hasta dar
con
el "oro" de su obra de arte. Son procesos que se realizan por lo oscuro, a ciegas; y como
los
alquimistas, su trabajo es solitario, pues cada quien tiene allí "su propio decir" y debe
hallar
su propia vía, aunque utilicen un mismo libro y empleen unas mismas sustancias. El
grabador, como el alquimista, no puede contentarse con aplicar recetas; si lo hace,
"caerá
en error", como dicen los viejos tratados de alquimia, y su materia seguirá inerte o
"confusa". Para trabajar necesita seguir la intuición del opus, necesita una imagen
interior
que oriente sus decisiones, "sin pensarlas" demasiado. Dicen los viejos tratados que la
práctica del arte alquímico es la "longíssima vía": el camino más difícil, el más arduo,
y
algo muy parecido dicen los viejos maestros de grabado.
Madera y metal, ácidos y barnices, tintas y papeles, agua y fuego, constituyen el
mundo elemental del grabador. Se trata de un instrumental muy básico y de elementos
contrapuestos y aun incompatibles. El tiempo es el otro ingrediente esencial. Todo
proceso
artesanal incluye un factor tiempo que traducido psicológicamente llamamos
"paciencia".
La paciencia del artesano es el arte de saber medir el tiempo y esperar. Y medir
consiste,
para él, en intuir, más que contar el tiempo de los procesos. Porque en este mundo, el
tiempo pertenece al proceso, no al hombre. El artista-artesano debe limitarse a
conducir,
cuidar y asistir el proceso, sin forzarlo, de allí quizá la diferencia más notable con el
mundo
impaciente y voluntarioso del que se siente "creador".
La paciencia es un "tempo" y una actitud. El grabador se mueve con lentitud y
precisión. No hablo de lentitudes cronológicas sino orgánicas, vitales. Puede haber
grabadores impresionantemente rápidos, pero esa rapidez se cumple dentro de un
tiempo
justo, sin apuros, sin aceleraciones o retrasos. Si se entinta con apuro, la tinta no pasará
el
número de veces necesario por las ranuras y la impresión será defectuosa. Si se deja
más
o menos tiempo la plancha de metal en el ácido, los negros no tendrán la intensidad o
la
textura deseada.
Cuando un grabado tiene calidad, al contemplarlo, por novedosa que sea su
técnica,
habla algo más que el experimento. Ahora observo un aguafuerte de mi madre: veo
manchas, texturas; la materia y las formas trabándose. Las palabras tachismo e
informalismo no me dicen nada. Pero la mancha de ese grabado me introduce en un
pozo
de oscuridades y rasguños, de porosidades pétreas, que son la metáfora elocuente de
esas
otras manchas y calidades que no conseguía "ver", y que sin embargo, sé o siento que
han
edificado mi vida y la vida de muchos. Ahora observo la trama de color y el hilo de oro,
o
de plata, que sobresale por la rejilla negra de las serigrafías de Alejandro; allí
reconozco
ese perfil luciente, ese destello súbito y precioso que de repente se filtra cálido,
elemental,
por debajo de la oscuridad de nuestra impertubable reja. Así, la lectura de un grabado
va
promoviendo una intimidad. Ya no se trata de un asunto plástico, de una solución
visual;
se trata de un contacto sensible, con ese otro espacio más vasto y más urgente, de
nuestras
imágenes interiores. No necesito mediaciones intelectuales. Al contrario, esta
experiencia
en la que no hay todavía palabras ni conceptos, me ayuda a comprender y quizá a
descubrir
otros lenguajes. Claro que también un cuadro podría leerse así, pero siento que quizá
la
historia de la pintura pesa ya demasiado sobre él, sobre los pintores, y sobre nosotros,
para
que pueda hablarnos con tanta inmediatez.
Me parece un milagro que ese mundo todavía exista, que todavía existan
personas
dedicadas a este oficio, siguiendo ese ritmo, respetando esos tempos. Veo los talleres
de
grabado como pequeñas islas que compensan un poco la orientación que domina hoy
en
la mayoría de las artes, y en la vida misma. Me admira sobre todo esa facultad que
tiene
el grabado para reconciliar una temporalidad ancestral con las necesidades más
urgentes
de hoy; para seguir siendo una de las poquísimas artes tradicionales que no se ha vuelto
anacrónica.
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