espués de siete años sin venir al país, la
escultora venezolano-americana
llegará a Caracas el próximo 12 de junio. Viene a remozar algunas piezas y
supervisar el montaje de su segunda exposición en Venezuela a lo largo de
toda su carrera artística. La muestra, organizada por el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofia Imber, bajo la
curaduría de Luis Angel Duque, abrirá al público ocho días después de su
llegada. Atenta y generosa, concedió varias horas de su tiempo. Distintas
sesiones, una en su estudio de Nueva York, ciudad donde reside desde hace
36 años, y otra en el Battery Park, frente al más reciente de sus
monumentos, permitieron dibujar este retrato
Hace once días que Marisol cumplió años y sus ojos siguen tan expresivos
como cuando llegó a Nueva York en los años 50. También conserva su
flacura, y cierto aire de juvenil trabajadora de una fábrica: usualmente
lleva jeans, zapatos de goma, y un koala amarrado a la cintura. A donde
va, carga con una caja de cigarrillos True Blue, de los cuales fuma
diariamente dos paquetes. Pero sobre todo, sigue intacto su bien ganado
estigma de mujer silenciosa y extraña.
No es generosa con las palabras, tampoco es un caudal de afecto al
primero que se le acerca. Pero, igual que su obra, destila intuición, algo
como una falta de pretensiones y sorpresivas pinceladas de sentido del
humor. Llena a cabalidad la estampa de especie solitaria.
Le gustan los animales. Sobre todo los perros y los peces. Estos últimos
"los vio" durante 15 años de buceadora en unas playas mexicanas cerca de
Yucatán. A esa experiencia se deben un grupo de dibujos y una singular
serie de piezas mostradas en 1973, en la galería Estudio Actual de
Caracas. Unica exposición de la artista que en Venezuela precede a la
que abrirá el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber, el
próximo 20 de junio.
"Ichi, they're friends", le dice a su room-mate: una imponente perra akita
que sólo ella puede tocar. Los akita son perros guardianes que en Japón
no concebirían tenerlos dentro de un apartamento. Ella, no solamente la
cuida con absoluto apego sino que pareciera que la buena voluntad de
Ichi tiene mucho que ver con la de su dueña. Si ante un extraño la perra
mueve la cola, Marisol sonríe. Así, recibe a sus escasísimas visitas.
Mi Mamá y Yo
Su apartamento, ubicado en una zona industrial que empieza a dejar de
serlo, es una sabana envidiable en una ciudad como Nueva York. La
puerta del ascensor principal se abre y justo enfrente está su obra
paradigmática: Mi mamá y yo (1968), de la cual declaró hace un tiempo:
"Ha estado en diferentes museos del mundo, pero nunca la venderé, su
significado es demasiado personal para mí".
La pieza es tal vez la más íntima de la artista. Su madre murió en 1941,
cuando Marisol tenía sólo once años. Parte de la leyenda que rodea su
figura de mujer enigmática dice que pasó siete años sin articular palabras.
No es descabellada entonces su firme decisión de conservar la versión
original de esta obra realizada en hierro y aluminio. Otra, forma parte de
la colección del MACCSI, y una tercera se conserva en Japón.
A la escultura la acompaña un buen arsenal de trozos de madera
desgastada y objetos varios, en su mayoría recogidos por la misma
Marisol de las calles de la ciudad. Seguetas, gubias, lijas, escoplos,
cepillos, potes de pinturas, pinceles, una gran sierra eléctrica y demás
herramientas desperdigadas por todo el taller dibujan un interesante
desorden en el que sólo ella debe conocer los límites. Esa suerte de
aserradero dice más: muestra la intimidad de una labor que parece muy
ruda para una mujer tan frágil. No tiene ayudantes, salvo el eventual
concurso de un carpintero.
Trabaja con el único imperativo de tener deseos de hacerlo. No se
impone rutinas ni horarios. Sus obras las hace -allí y en un apéndice del
taller ubicado unos pisos más abajo-, nunca más grandes que las
dimensiones del ascensor de carga. Desde hace 15 años -tiempo que tiene
viviendo en este edificio donde antes había una fábrica de colores para
tortas-, no hace nada que después no pueda bajar los siete pisos sin
necesidad de escaleras.
Allí vive, en un espacio que conoce por paredes el privilegio de unos
amplios ventanales que permiten la vista al salobre río Hudson. Más allá
su habitación, pintada enteramente de azul índigo, el color que entre
todos los que le gustan es el que más. El lugar más escuálido, la cocina,
evidencia que las artes culinarias no están entre sus dotes
extracurriculares. Marisol ofrece té, porque el café siempre le queda
terrible.
Creo en el Destino
Es difícil imaginar cómo eran sus manos hace 36 años cuando partió de
Venezuela. Pero hoy son grandes, huesudas, con uñas cortas aunque un
poco irregulares. Son las manos de una escultora. La misma que está
representada, entre varios recintos consagratorios, en el Metropolitan
Museum of Art, el Whitney Museum of American Art, y el Museum of
Modern Art.
La nacionalidad es un tema al parecer poco relevante en su vida. Nació y
vivió sus primeros años en París. Sus padres, venezolanos, fueron siempre
algo nómadas. Sólo ellos la vincularon a este país, donde conserva buenos
amigos y familiares.
"Vivo en Nueva York no sólo porque es el centro de las artes sino más
bien por el destino. Yo no controlo nada. Como mi papá no quería que
yo fuera a París, entonces fui a la escuela aquí y luego me fui quedando.
La época en la que llegué era muy interesante. Estaban los artistas
expresionistas. Por casualidad llegué justo cuando estaba empezando
todo. Me fue muy bien de joven, a la gente le gustaban mis cosas. ¿Para
qué iba a ir a París a empezar otra vez?" La verdad es que a Marisol no
le interesan los países, sino el mundo del arte.
Este limbo geográfico le ha permitido, igual que representar a Venezuela
en la Bienal de Venecia (1968) participar en las muestras "Arte
Americano Hoy: El retrato" (1987) o "La puerta dorada: Artistas
Inmigrantes de América 1876-1976" (1976), entre tantísimas otras.
Venezolana, americana o inmigrante, Marisol es ella y su obra. "Soy
internacional", sostiene, apegada al estricto sentido de la palabra, es decir,
sin rastro de inmodestia. "No es cosa mía, es lo que sucede. Yo creo en el
destino".
De su acercamiento a Venezuela en los años 70 recuerda que las
iniciativas vinieron de aquí. "Ellos me preguntaron de hacer los
monumentos -balbucea en su español casi vencido por el inglés-. Nunca
me habían preguntando antes". Pero tampoco lo extrañaba. No se siente
olvidada ni en deuda. "Creo que me han tratado bien, me dieron la
posibilidad de hacer los monumentos, eso fue divertido para mí".
Se refiere a cinco obras ubicadas en espacios públicos de Caracas: Bolívar
y Bello (IVIC, 1970), José Gregorio Hernández (Hospital Los Magallanes
de Catia, 1975), el Padre Sojo (Parroquia de Santa Teresa, 1976), Carlos
Gardel (Estación del Metro Caño Amarillo, 1983), y El medallón de
Rómulo Betancourt (Parque del Este, 1987). Para realizar la segunda, en
virtud de que se trataba de una figura del culto popular, Marisol confiesa
que acudió a los favores de una "bruja". La recomendación esotérica fue
que acompañara al médico milagroso con un venado y un maletín. Y así
lo hizo.
Hoy por hoy, ese monumento es objeto de adoración de los caraqueños
-la gente le pone velas y flores-, pero, curiosamente, ya no tiene el
venado, igual que le han robado dos veces el perro a la obra de Gardel, y
el mismo animal al Bolívar y Bello. Algún coleccionista perverso debe
tener en su casa un zoológico de bronce hecho por Marisol. Es lógico que
diga entonces, con una nerviosa sensibilidad, que en Venezuela le rompen
sus obras.
El Bolívar y Bello y el monumento que realizó en 1991, por concurso, en
el muelle de Battery Bark, y en homenaje a los marineros muertos en la
II Guerra Mundial, son sus preferidos de todos los que ha hecho. "Están
más integrados a la naturaleza", afirma. Este último, levantado en medio
del agua, presenta a tres personajes que rescatan a otro que, dos veces al
día, cuando sube la marea, le llega el agua al cuello. "No es un
hundimiento, es un rescate", puntualizó en un paseo frente al
monumento.
Más cerca que lejos
Dos exposiciones recientes anteceden el regreso de Marisol a Venezuela.
Una gran retrospectiva que viajó por cuatro ciudades japonesas, y una
muestra de trabajos recientes en la Galería Marlborough de Nueva York,
su nueva casa después de casi treinta años en la Galería Sidney Janis. Allí
mostró una serie de Indios Americanos, y una pieza sin par: General
Plywood (1993). Se trata de un retrato ecuestre que para cualquier
venezolano es viva figura de Juan Vicente Gómez, aunque a los
norteamericanos se les parece más bien a Joseph Stalin. Consciente de la
ambigüedad, Marisol la tituló con el nombre de la madera. Burlándose de
su tremendura, sentenció: "todos ellos se parecen".
Pero sólo cuatro de las 15 piezas expuestas en la Marlborough se
vendieron. A parte de lo que identifica como una crisis en el mercado del
arte, el escaso flujo de compradores ella se lo atribuye al tema: "Lo hice a
propósito. Aquí odian a los indios. Los odian todavía". Más rentable que
un grupo de indios emplumados, hubiesen sido cualquiera de sus obras
del principio. Un Bill Clinton, un Boris Yeltsin o una princesa Diane, igual
que hizo en los años 60 a Charles de Gaulle o a la familia real inglesa,
por mencionar sólo dos ejemplos.
Pero para muchos, sus obras más recientes están más cerca de las reales
motivaciones de la artista. Con esos ojos, cercanos al llanto, y esos
retratos más expresionistas que nunca, Marisol es, sencillamente, más
Marisol. Igual que lo fue en los retratos que inició a finales de los 70 a
artistas amigos o por quienes ella sentía especial admiración: Pablo
Picasso (su "padre artístico", según ha confesado), Giorgia O'Keeffe,
Louise Nevelson, Willem de Kooning y Martha Graham.
Si algo puede verse en sus obras desde esa fecha para acá es que se
inclinó más por la talla que por los dibujos que imprimía en la madera de
sus primeros retratos a personalidades famosas. Hasta el más
desprevenido advierte en los retratos de esta escultora una expresividad
en los ojos que parece imposible de lograr en la madera. "Es una magia",
dice. Y tampoco sabe cómo lo hace. "Es que uno no controla todo. Creo
que controlado no sería arte. Sería una cosa, ahí, fría..."
Igual que la serie de los indios empezó con su amistad con un grupo de
ellos, una serie de marginales latinoamericanos comenzó con las obras
Madre y niño con plato vacío (1984) y Niño con plato vacío (1987), esta
última realizada especialmente para una exposición para acabar con el
hambre en el mundo. Interesada en seguir por esos derroteros, la artista
pidió fotos a las Naciones Unidas sobre la pobreza en el Tercer Mundo.
A partir de allí hizo varias obras de las cuales podrá verse en Caracas
Niños sentados en un banco (1994), recién adquirida por Sofía Imber.
Paradójicamente, estando lejos, Marisol está más cerca que muchos
artistas locales de la realidad más evidente de nuestros países: la miseria.
Al preguntarle si dibujaba las figuras antes de tallarlas en la madera,
respondió: "no, yo las hago, son muy simples. Ahora tengo un caballo
dibujado en la pared sólo para ver el tamaño, pero en general como mis
obras son una caja y una cabeza, es muy fácil". ¿Y le gusta que sea así?
"Bueno, así me salió. Hay esa otra manera de trabajar de los abstractos
que hacen una cosa y después la borran. Nunca se deciden qué cosa es. Y
lo mío es tan sólo una cabeza en una caja, no hay que pensar tanto".
Marisol ríe como una niña mala que ha salido al paso con un asomo
instintivo de genialidad. Es una mujer sencilla. Tímida también. A veces
irónica.
¿Aislada del mundo?
Ocho años después de haber llegado a Nueva York, Marisol hizo su
primera exposición individual en Leo Castelli. De ese lanzamiento -antes
sólo había participado en colectivas- ella sólo recuerda que le gustó y que
el movimiento de las artes era muy pequeño. El éxito inesperado la
intimidó y se fue a conocer Roma, donde estuvo durante un año.
Al preguntarle si alguna vez realmente se consideró parte del los Pop,
alcanzó a responder "Sí, a mí me gustaba, ser parte del grupo, pero
después todo el mundo se fue por su propio camino. Cuando la gente se
vuelve famosa ya no forma parte de grupos".
El más notorio de esa camada, Andy Warhol, si bien no fue su amigo
("El no podía ser amigo de nadie", acota Marisol), la convocó para dos
películas. En una, El beso, a la Latin Garbo - como la bautizó un
periódico neoyorkino-, le tocaba besarse en la boca, durante un minuto,
con un compañero asignado. "Como no me gustó, me quedé sin
moverme, y con la boca así..." (Marisol hace el gesto de un beso más
parecido a un puño cerrado).
No es hábil con el lenguaje hablado. Se da por vencida fácilmente cuando
se le pide que haga precisiones sobre algún punto. La lectura sobre su
memoria, que intercaló con risas cortas de fumadora, es ésta: "tengo que
pensar en tantas cosas que ya se me olvidó todo. Yo pensaba que me
estaba volviendo senil. Por ejemplo, estuve en Japón, y tengo que
recordar los nombres de las ciudades, de los museos, de la gente con la
que trabajé, de las galerías; luego todos los artistas, coleccionistas, la
gente alrededor que he conocido a lo largo de los años; después los
restaurantes, los dueños de los restaurantes, todas mis tías de Venezuela,
los amigos, parientes... no sé, es imposible, se me olvidó todo, son
demasiadas cosas para recordar".
-¿Aislada del mundo?
-¿De cual mundo?, respondió. Y otra vez esa risa ronca, esa mirada
franca, esa impronta de pensamiento virgen, de agudeza involuntaria y
sabiduría inadvertida.
Para ver una imagen de mayor tamaño de estas obras,
selecciónelas.
Este articulo ha sido reproducido del Papel Literario de EL NACIONAL con permiso
de sus editores