Armas para América Latina:
Una vieja historia que no cesa
En la evaluación que hace el Secretario de Estado de los Estados Unidos
sobre las relaciones exteriores del gran país y lo que para Estados Unidos
significan las otras partes del mundo, la América Latina ocupó el cuarto
lugar, muy cerca, en los bordes mismos, del último. No puede haber acrimonia
de parte de los latinoamericanos cuando nos colocamos frente a esta
circunstancia: son los hechos de la realidad, hechos simples. Estados Unidos
es la gran potencia, la superpotencia que los avatares de la Guerra Fría
dejó como único protagonista en la escena mundial. No hay otra. Ahí está, y
este (como lo llamó Walter Lippmann) es el siglo americano, o sea, the
American century, siglo del ascenso y del predominio de los Estados Unidos
en la escena contemporánea, siglo breve, lo han llamado ciertos
historiadores que sostienen que apenas comenzó en 1914 y terminó en 1989,
con la caída del muro de Berlín.
América Latina sabe que ha sido el siglo americano (del Norte). A pocos les
consta o puede constarles, como a los latinoamericanos que, en ambas guerras
mundiales y después de ellas, contribuyeron de manera notable (por acción o
por omisión) a que los Estados Unidos de América fueran la potencia del siglo.
Esa contribución posiblemente ha tenido un precio: y ese precio puede ser
ese cuarto lugar de tan poca significación que ahora ocupa en la evaluación
estratégica del Departamento de Estado. Ya lo decimos: no pude haber
acrimonia, así es la historia, así lo fue antes, así será siempre, incluso,
cuando Estados Unidos ya no sea la gran potencia o la única superpotencia
del mundo. La historia no es más que un carrusel, y todo, en la historia,
es cuestión de tiempo.
La idea de que la historia es un carrusel no es de Arnold Toynbee, ni de
Ranke, ni de Hegel. Es una idea simple, casi un lugar común, pero como todos
los lugares comunes reclama plena, absoluta validez. Luego de la evaluación
de las distintas zonas del mundo y del lugar que le corresponde a la América
Latina en la escala realista de las prioridades norteamericanas, otro hecho
viene a confirmar ese cuarto lugar: la venta de armas.
Con esto se confirman dos tesis: primero, la de que la historia es un
carrusel, y luego, la otra, la de que no ocupamos sino el cuarto lugar.
Decimos que no puede haber acrimonia en esto del cuarto lugar porque quizás
sea merecido. Si lo merecemos o no, debe ser objeto de discusión, de debate,
de toma de conciencia (si la expresión aún puede ser válida). Hemos
construido la historia (o sea, nuestra historia, ninguna otra) alegando que
otros tienen la culpa de nuestros males. Ya está bueno: se va a acabar el
siglo americano y en nuestros países no le vamos a reconocer ningún mérito
al gran país del Norte.
Ahora discuten el Pentágono y la Secretaría de Estado sobre la conveniencia
de venderle armas (sofisticadas) a los países de la América Latina. El
argumento del Pentágono es impecable: no hay dictaduras en América Latina,
la democracia está establecida, es ya, gracias a los dioses, gracias a la
caída del muro de Berlín y de otros muros, una democracia estabilizada. Por
lo tanto, la paz (o la democracia) no están en peligro, y como la paz (y la
democracia) no están en peligro, se le deben vender armas a los países que
tan felices son, que tan felices y civilizados son que ya han conquistado el
cuarto lugar de importancia estratégica para los Estados Unidos de América.
Si alguien (que no haya tenido el privilegio de haber vivido el siglo
americano) puede cometer la insensatez o la temeridad de preguntarse para
qué democracia, si en la democracia tenemos que hacer lo que han hecho todas
las dictaduras del mundo que es armarse, no debe desesperarse si no
encuentra respuestas apropiadas. Será fácil explicarle que la democracia
tiene un precio, que no todo pude ser libertad y que hay una reglas o una
leyes (las de la oferta y la demanda) y que hay unas industrias bélicas que
sobrevivieron a la Guerra Fría y que no pueden desahuciarse de la noche a la
mañana. La historia es un carrusel: no lo descubrieron ni Toynbee, ni
Ranke, ni Hegel. Lo descubrieron los fabricantes de armas de los Estados
Unidos. La venta de armas viene de tiempo en tiempo: antes, era el peligro
rojo; ahora, ya en el otoño del American century, la razón es ingeniosa: ya
no hay peligro, por tanto podemos seguirle vendiendo armas a los
latinoamericanos, no importa que su deuda se convierta en un factor de
inestabilidad. Moraleja: si en estos negocios hay perversión, no la
busquemos en otros. Como dijo en ocasión histórica la gran filósofa Mafalda:
Al fin descubrimos al enemigo, somos nosotros mismos.
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