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Revista Electrónica Bilingue       Nº 6     Agosto 1996
Torres Plaz y Arraujo

Arroba Digital Marketing
Editorial
Armas para América Latina:
Una vieja historia que no cesa

En la evaluación que hace el Secretario de Estado de los Estados Unidos sobre las relaciones exteriores del gran país y lo que para Estados Unidos significan las otras partes del mundo, la América Latina ocupó el cuarto lugar, muy cerca, en los bordes mismos, del último. No puede haber acrimonia de parte de los latinoamericanos cuando nos colocamos frente a esta circunstancia: son los hechos de la realidad, hechos simples. Estados Unidos es la gran potencia, la superpotencia que los avatares de la Guerra Fría dejó como único protagonista en la escena mundial. No hay otra. Ahí está, y este (como lo llamó Walter Lippmann) es el siglo americano, o sea, the American century, siglo del ascenso y del predominio de los Estados Unidos en la escena contemporánea, siglo breve, lo han llamado ciertos historiadores que sostienen que apenas comenzó en 1914 y terminó en 1989, con la caída del muro de Berlín. América Latina sabe que ha sido el siglo americano (del Norte). A pocos les consta o puede constarles, como a los latinoamericanos que, en ambas guerras mundiales y después de ellas, contribuyeron de manera notable (por acción o por omisión) a que los Estados Unidos de América fueran la potencia del siglo. Esa contribución posiblemente ha tenido un precio: y ese precio puede ser ese cuarto lugar de tan poca significación que ahora ocupa en la evaluación estratégica del Departamento de Estado. Ya lo decimos: no pude haber acrimonia, así es la historia, así lo fue antes, así será siempre, incluso, cuando Estados Unidos ya no sea la gran potencia o la única superpotencia del mundo. La historia no es más que un carrusel, y todo, en la historia, es cuestión de tiempo. La idea de que la historia es un carrusel no es de Arnold Toynbee, ni de Ranke, ni de Hegel. Es una idea simple, casi un lugar común, pero como todos los lugares comunes reclama plena, absoluta validez. Luego de la evaluación de las distintas zonas del mundo y del lugar que le corresponde a la América Latina en la escala realista de las prioridades norteamericanas, otro hecho viene a confirmar ese cuarto lugar: la venta de armas. Con esto se confirman dos tesis: primero, la de que la historia es un carrusel, y luego, la otra, la de que no ocupamos sino el cuarto lugar. Decimos que no puede haber acrimonia en esto del cuarto lugar porque quizás sea merecido. Si lo merecemos o no, debe ser objeto de discusión, de debate, de toma de conciencia (si la expresión aún puede ser válida). Hemos construido la historia (o sea, nuestra historia, ninguna otra) alegando que otros tienen la culpa de nuestros males. Ya está bueno: se va a acabar el siglo americano y en nuestros países no le vamos a reconocer ningún mérito al gran país del Norte. Ahora discuten el Pentágono y la Secretaría de Estado sobre la conveniencia de venderle armas (sofisticadas) a los países de la América Latina. El argumento del Pentágono es impecable: no hay dictaduras en América Latina, la democracia está establecida, es ya, gracias a los dioses, gracias a la caída del muro de Berlín y de otros muros, una democracia estabilizada. Por lo tanto, la paz (o la democracia) no están en peligro, y como la paz (y la democracia) no están en peligro, se le deben vender armas a los países que tan felices son, que tan felices y civilizados son que ya han conquistado el cuarto lugar de importancia estratégica para los Estados Unidos de América. Si alguien (que no haya tenido el privilegio de haber vivido el siglo americano) puede cometer la insensatez o la temeridad de preguntarse para qué democracia, si en la democracia tenemos que hacer lo que han hecho todas las dictaduras del mundo que es armarse, no debe desesperarse si no encuentra respuestas apropiadas. Será fácil explicarle que la democracia tiene un precio, que no todo pude ser libertad y que hay una reglas o una leyes (las de la oferta y la demanda) y que hay unas industrias bélicas que sobrevivieron a la Guerra Fría y que no pueden desahuciarse de la noche a la mañana. La historia es un carrusel: no lo descubrieron ni Toynbee, ni Ranke, ni Hegel. Lo descubrieron los fabricantes de armas de los Estados Unidos. La venta de armas viene de tiempo en tiempo: antes, era el peligro rojo; ahora, ya en el otoño del American century, la razón es ingeniosa: ya no hay peligro, por tanto podemos seguirle vendiendo armas a los latinoamericanos, no importa que su deuda se convierta en un factor de inestabilidad. Moraleja: si en estos negocios hay perversión, no la busquemos en otros. Como dijo en ocasión histórica la gran filósofa Mafalda: Al fin descubrimos al enemigo, somos nosotros mismos.
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