Hace como 15 años, cuando Venezuela supuestamente era otra,
tuvo lugar una de las experiencias más interesantes de
mi vida. No se por iniciativa de quién, creo que de mi
tío Pancho, se decidió realizar un paseo en lancha
por el Orinoco, partiendo desde Cabruta, un pequeño puerto
fluvial del Estado Guárico localizado en la margen Norte
del caudaloso río, con destino al mágico cerro La
Urbana localizado en el Edo. Bolívar, como a tres días
de navegación río arriba. Los participantes en esta
aventura fueron los hombres de mi familia materna: Mi tío
Pancho, Ingeniero Geofísico, aventurero por excelencia,
tanto de profesión como de hobbie, liderizaba al grupo.
Mi tío Tato, Productor de Radio, cuyas aventuras favoritas
eran con el sexo opuesto, completaba la sección patronal.
Luego estaba yo, adolescente rebelde de profesión, pero
con cierta emoción infantil producida por la potencial
aventura y finalmente mi primo Armandito, hijo de Pancho, unos
años menor que yo y al que conocía poco por vivir
en Maracaibo.
El viaje comenzó en la camioneta de Pancho, la cual ya
tenía como 200 mil kilómetros encima. Nos reunimos
en casa de mi abuelo Ito, montamos el corotero y partimos tempranito
hacia Cabruta. El viaje en carro, aunque no tuvo ningún
contratiempo mayor, es digno de mención ya que por primera
vez estabamos los cuatro juntos con nosotros mismos, sin estar
rodeados del mujerero reinante en nuestra familia. No recuerdo
con detalles todo lo que conversamos, pero se que por supuesto
se terminó conversando de sexo. Llegamos a Cabruta como
al mediodía de un
día soleado y caliente, en búsqueda de un sitio
más o menos decente en donde quedarnos. Cual no fue nuestra
sorpresa, que luego de preguntar a algunos lugareños, todos
nos refirieron al ya famosísimo Cabruta Hilton. Luego de
recorrer como dos cochineras y tres barriales, nos encontramos
con el gran letrero azul que decía en amarillo: Cabruta
Hilton, el mejor hotel del Orinoco. Una vez adentro, el contraste
con el sucio exterior convirtió a esta modesta casa con
6 cuartos y varias matas de mango para colgarse, en una isla de
limpieza y sosiego. Debido al calor optamos por colgar los chinchorros
afuera y paramos el carro en el patio de atrás de la casa,
en donde el dueño de hotel garantizaba su seguridad. El
dueño, creo que se llamaba Carlos, era producto del mestizaje
y destellaba una inteligencia aguda, aunque con un léxico
limitado ya que al parecer su palabra favorita era -coño-.
Almorzamos unas costillas de res preparadas por la mujer de Carlos
y nos comenzamos a dormir la siesta, cuando de repente un ruido
ensordecedor alborotó al pueblo completo. Inmediatamente
salimos a la calle por la puerta principal y pudimos ver como
un helicóptero Bell de dos turbinas aterrizaba justo enfrente
del Hotel. Las aspas se detuvieron y de la aeronave bajaron tres
individuos con cara de extranjeros y vistiendo sendos trajes de
lana negra que los hacían contrastar con el calor, el barro
y los cochinos. Espero que sus zapatos no hayan sido Gucci, ya
que a medida que caminaban iban pisando cosas innombrales que
les llegaban hasta el tobillo.
El más gordo de los tres tipos gritaba, - Carlos Villapando,
necesitar hablar con Carlos Villapando, alguien conocer?; - Para
que soy bueno?- respondió nuestro casero, - yo ser Carlos
Villapando- dijo burlándose del gordo. Otro señor
muy alto, así como de 2 metros también gritó
en un español entrecortado - Usted ha ignorada todos nuestras
notificación, no es posible, Hilton Corporation no aguanto
más persona no autorizado utilizando nombre en hotel- y
con todavía más énfasis el tercer hombre,
un calvito, acotó - yo ser abogada (pitas de la multitud
ya congregada en el sitio) de Hilton Corporation y notificarle
que nosotros a un costo de miles de dólares, introducir
demanda en corte internacionales y demandar a Usted por 7 millones
224 mil dólares de Estados Unidos por uso indebido de nombre
Hilton-, nuestro amigo Carlos no dijo nada, entró al hotel,
salió con un pote de pintura amarilla y procedió
a pintar una letra "C" antes de la palabra "Hilton"
de su anuncio, obteniendo como resultado que el cartelón
dijera: Cabruta Chilton, el mejor hotel de Orinoco. Al minuto
su mujer salió con una escopeta morocha calibre doce y
disparando al aire dijo a los extranjeros - y ahora musius, váyanse
pal carajo-. Está de más decir que los señores
salieron corriendo para no volver, aunque seguro tienen una buena
historia para contar a sus amigos sobre sus aventuras en Suramérica.
El resto de ese día lo pasamos completando todos los equipos
necesarios para nuestro viaje. El baquiano José llegó
con la falca como a las 5 de la tarde y procedió a cargar
todos nuestros equipos incluyendo unos mojones transmisores de
impulsos de radio, que necesitaban ser colocados en sitios estratégicos
para complementar un trabajo de investigación que estaba
haciendo la compañía de mi abuelo. Ahora ya sé
por que la lancha nos salió gratis, pero eso no importa
porque el la próxima entrega les echaré el cuento
del viaje por río en la búsqueda de los tesoros
precolombinos del cerro mágico de la Urbana, conocida por
los locales como "El Dorado".
|