Revista Electrónica Bilingue       Nº 6     Agosto 1996
El Canto a la mujer, de Luis Alberto Machado
Eduardo Casanova
No son muchos los ejemplos de hombres ligados al poder que hayan sido capaces de hacer buena poesía. Entre los más antiguos está Adriano, el emperador Publio Elio Adriano, nacido en Itálica, en la antigua Bética de los romanos, muy cerca de Sevilla, en el año 76 de la Era Cristiana, y muerto en Baia, cerca de Nápoles, en 138. Fue, desde luego, el hombre más poderosos de su momento, y sin embargo tuvo el tiempo y el talento de escribir, poco antes de su muerte, una de las joyas de la lírica romana (Animula vagula, blandula, hospes comesque corporis...), un poema breve que con inigualable maestría trata de la nostalgia, del tiempo ido, de ese devenir que muchos años después tocaría el también español Jorge Manrique en las Coplas que dedicó a su padre muerto. Un tercer español es el otro caso notable de hombre de poder y poeta: Alfonso X, el Sabio, nacido en Toledo en 1221 y muerto en Sevilla, muy cerca de donde nació Adriano, en 1284. Del rey sabio se conocen cuatrocientas veinte Cantigas en gallego (además de sus libros jurídicos, científicos e históricos. Y entre ellas se destacan las Cantigas de Santa María, dedicadas, obviamente, a la Virgen. Hay quien querría agregar a esta lista de dos al Rey Shlomo, el rey Salomón, quizá el más grande de los reyes de Israel, que vivió y murió en el siglo X antes de Cristo, pero los Cantos del Rey Salomón en realidad son de autor anónimo, y la referencia al gran rey se debe a que fueron escritos, como canciones dedicadas a la unión perfecta entre el hombre y la mujer, durante su reinado.
Sin embargo, para comentar muy brevemente el Canto a la mujer, de Luis Alberto Machado (Editorial Poiesis, Caracas, Venezuela, 1996. 120 páginas no foliadas), es bueno traer a la memoria no a Adriano ni a Alfonso X, aun cuando en la obra de Machado hay a la vez lírica y mística, sino, precisamente, al rey Salomón, que no fue poeta. Simplemente porque en los cuarenta y nueve poemas que contiene el Canto a la mujer, la huella de los poemas bíblicos es evidente, aun sin que haya un ápice de imitación. Son cuarenta y nueve poemas de inmensa belleza, en los que el motivo, una mujer, que es la mujer, brota desde todos los costados, omnipresente, como la luz, como el sonido permanente que acompaña todo el tiempo las canciones del poeta enamorado. Desde los cinco primeros versos (Tú estabas allí / al principio, / cuando Dios creó / los cielos / y la tierra. Poema 1) se hace presente la combinación de amor y mística, de canto a la mujer y adoración a Dios, que el poeta imprime a todos y cada uno de los poemas que ofrece al lector en este libro.
En muchos casos, mezcla aforismos con metáforas que el lector debe decodificar para llegar a la profundidad de sus ideas. Hay en varios de ellos un bellísimo erotismo sublimado que recuerda ciertas figuras del siglo de oro español (y volvemos a encontrarnos la España de Adriano y de Alfonso el Sabio). Pero no se trata de erotismo por sí mismo, sino de un claro sentido de lo trascendente (Ven conmigo / a sembrar / las semillas de mañana. / Incendiaremos la tierra / con los frutos / de la vida. Poema 4) y que a veces se fija en ideas recurrentes (Todos los caminos / pasan / por las venas / de tus pies. Poema 18. Te vi venir / desde el principio / con la claridad de la noche / sobre tus huellas. Poema 22) hasta volverse plural (No dejemos / ninguna de nuestras obras / atrás. Poema 37) y llegar al paroxismo de ofrecer su propio sacrificio. (Y desde ya / aquí / y ahora / frente al Diablo clamo / que yo / no quiero salvarme / si no estamos todos. Poema 44) como una clara renuncia al individualismo, al egoísmo que parece imponerse en la actualidad, todo lo cual podría resumirse en un solo verso, el Juntos enterraremos a la muerte con que termina el poema 47, que bien podría ser el final del poemario a no ser por la reiteración contenida en el 49 y la coda, puesta allí para que no haya duda de que el poeta quiere evocar la Biblia.
En resumen, Canto a la mujer, de Luis Alberto Machado, es un poemario excelente, hecho por un hombre que ha estado muy cerca del poder, que ha sido y puede ser poderoso, pero que ha preferido la lírica, la inútil lírica que sólo sirve para demostrar que el ser humano no es un simple simio, como medio de expresión.
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