La integración ha sido uno de
los hilos de relativa continuidad de la política exterior
venezolana. Desde los años sesenta ha estado asociada,
para comenzar, con el principio constitucional de promoción
de la democracia y el desarrollo en cooperación con las
Repúblicas Latinoamericanas. Sin embargo, se ha manifestado
de maneras muy diferentes en los treinta y seis años transcurridos
desde que en 1960 surgieron los esquemas de integración
pioneros en Centroamérica -el Mercado Común Centroamericano
(MCCA) creado por el Tratado de Managua- y en el conjunto Latinoamericano
-con la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC)
creada por el Tratado de Montevideo- siguiendo las recomendaciones
que desde los cincuenta hacía la Comisión Económica
para América Latina (CEPAL) considerando a la integración
un proceso indispensable para el desarrollo regional.
A pesar del permanente interés
de los gobiernos venezolanos en la integración como valor
y como estrategia, hubo obstáculos a vencer para dar los
primeros pasos e ingresar a la Asociación Latinoamericana
de Libre Comercio en 1966, y al Pacto Subregional Andino (GRAN)
en 1973. La participación venezolana estuvo tempranamente
marcada por el hecho de ser una economía esencialmente
petrolera, poco diversificada y fuertemente dependiente del comercio
con Estados Unidos; pero también por una cambiante atención
a diferentes dimensiones de la estrategia y los esquemas integracionistas,
a la vez que una relativa continuidad en las preferencias, es
decir, en la valoración de la cooperación, la concertación,
y la coordinación regional en creciente número de
ámbitos.
A la luz de estas condiciones intento
hacer un balance acerca de cómo y cuánto han cambiado
las apuestas venezolanas en diversos tableros de juego subregionales,
regionales y hemisféricos.
Primeras apuestas.
En los sesenta el debate y las negociaciones
internas y regionales acerca de la conveniencia y condiciones
especiales para el ingreso de Venezuela a la ALALC retrasaron
por seis años la decisión, cuatro en el caso del
ingreso al Pacto Andino.
Los retos económicos y políticos
a la estabilización del nuevo régimen y el ambiente
hemisférico en el que prevaleció el clima de la
guerra fría influyeron en la ordenación las prioridades
de política exterior hasta mediados de los sesenta. Así,
no obstante el peso constante de las orientaciones integracionistas
desde el comienzo mismo del régimen democrático,
la atención a este frente de política exterior estuvo
enmarcada en la complejidad de las negociaciones políticas
y económicas domésticas y en las determinaciones
del ambiente hemisférico predominante hasta mediados de
los sesenta; éstas últimas fueron particularmente
críticas para Venezuela por su condición de país
que recién iniciaba su experiencia democrática,
con una economía marcada por lo petrolero, que emprendió
tardíamente su proceso de industrialización, y que
se había hecho fuertemente dependiente del mercado estadounidense.
Ampliación del juego.
Durante los setenta y avanzados los
ochenta, cuando se comenzó a pensar en la reactivación
y reforma de los esquemas de integración existentes y en
la creación de opciones más flexibles, Venezuela
fue entusiasta promotora y participante en la creación
del Sistema Económico Latinoamericano y de la reforma y
conversión de la ALALC en la Asociación Latinoamericana
de Integración (ALADI).
Al contexto de mayor estabilidad política
doméstica se sumó el impacto particular que la "crisis
energética" -con sus efectos sobre los precios y la
oferta petrolera- tuvo en Venezuela como país productor:
El presupuesto nacional se cuadruplicó entre 1973 y 1974,
y la OPEP ganó influencia y capacidad de negociación
a partir de la cual fue posible impulsar el diálogo norte-sur
y las posiciones tercermundistas fervientemente promovidas por
el gobierno venezolano. En estas circunstancias de bonanza fiscal
y de mejora temporal de la influencia internacional, la integración
regional permaneció en el discurso y en las preferencias
gubernamentales y fue objeto de atención dentro del esquema
global de coordinación sur-sur para promover un nuevo orden
económico internacional. A partir de 1977, ante los limitados
logros y la disolución del diálogo norte-sur, la
integración regional recobró su papel central en
las estrategias venezolanas.
Diversificación de tableros regionales
y concentración de apuestas.
A partir de mediados de los ochenta
Venezuela desempeñó un comprometido e importante
papel en la creación de espacios muy activos, extensos
y flexibles de concertación regional. Es representativa
de este momento la creación y acción del Grupo Contadora
(1983-1987), integrado por Colombia, México, Venezuela
y Panamá, como iniciativa de enorme y nunca bien ponderada
importancia política, tanto por su impacto en la definición
de propuestas latinoamericanas ante la cuestión centroamericana,
como por su secuela de coordinación política en
un mecanismo permanente de concertación como el Grupo de
Río (1986). Los elementos del contexto en el que ocurre
este fortalecimiento de las estrategias multilaterales son definitivamente
muy relevantes.
En primer término, hay un conjunto
de eventos -tres de ellos de importancia crucial- que favorecen
las respuestas coordinadas y el particular activismo de Venezuela:
la evolución misma de las tensiones en Centroamérica;
el inicio de la crisis de la deuda externa; y la guerra de Las
Malvinas. Todos ellos favorecieron el replanteamiento de las
relaciones de coordinación regional y el rompimiento del
clima de "nueva guerra fría", lo que en el caso
específico de Venezuela impulsó una participación
bastante activa en el reencuentro latinoamericano.
En segundo término, hubo tres
procesos que a diferente nivel también contribuyeron a
la revalorización de la coordinación: el decrecimiento
económico y empobrecimiento de la década de los
ochenta; los procesos de apertura económica, que crearon
condiciones para promover iniciativas de integración sobre
el nuevo piso de estrategias que privilegiaron las vinculaciones
al mercado internacional; y el final de la ola de regímenes
autoritarios iniciada a mediados de los sesenta, que abrió
la posibilidad de asumir regionalmente la agenda de la promoción
de la democracia a través de tradicionales y nuevas instancias
de coordinación.
Esto ocurrió en medio del proceso
de globalización que en sus diversas manifestaciones había
estado significando la rearticulación de las relaciones
internacionales en todas sus dimensiones (económica, tecnológica,
política, cultural, entre las más resaltantes) y
que ya comenzaba a acumular efectos paradójicos, por su
desigual impacto y por sus efectos contradictorios. La globalización
provocó, para empezar, un nuevo impulso para las iniciativas
de regionalización.
En este conjunto heterogéneo
de eventos y procesos, Venezuela fue aumentando sus apuestas,
al asumir cada vez mayores compromisos con diversas iniciativas
de integración regional, tanto por convicción como
por necesidad.
Convicciones, necesidades y nuevas estrategias
de juego
Ya en los noventa se incorporaron al
juego las complejidades de la "nueva integración",
fortalecida y remozada por el impacto de los eventos y procesos
de la década de los ochenta, y como fruto de la creciente
prioridad que toda la región latinoamericana y caribeña
otorgó a nuevas agendas y estrategias integracionistas.
Así, la integración es vista a la vez como valor
y como orientación de reconocida jerarquía regional,
pero también como una necesidad nunca antes tan igualmente
sentida y compartida.
Desde la perspectiva de la atención
de los gobiernos de Venezuela a la integración, es posible
reconocer dos ciclos dentro de esta etapa. Aunque éstos
son extensibles a la evolución regional, lo peculiar del
caso de Venezuela es cómo ha cambiado la estrategia, de
una de apuestas múltiples a una de apuestas selectivas.
Apuestas múltiples.
El gobierno de Carlos Andrés
Pérez que se inició en 1989 dio claras señales,
desde su instalación, de la importancia que se concedía
a la reactivación de los esquemas integracionistas existentes,
a las vinculaciones entre ellos, y a la creación de nuevos
espacios de coordinación política y económica.
La integración formó parte central del diseño
de política exterior y fue concebida como el enlace necesario
entre la transformación sociopolítica y económica
nacional, por una parte, y su proyección y sustentación
en las vinculaciones internacionales de Venezuela, por la otra.
La nueva estrategia de desarrollo -conocida como el "Gran
Viraje"- otorgó un papel crucial a la política
exterior y sustentó la orientación de las relaciones
con los países cercanos sobre un nuevo enfoque de la integración
regional. Este enfoque se propuso: fortalecer las instituciones
de cooperación e integración; promover acuerdos
de apertura comercial; coordinar políticas macroeconómicas;
y establecer alianzas estratégicas con países de
la región.
Esos lineamientos se tradujeron en
iniciativas muy concretas que es importante recordar, puesto que
continúan configurando el entramado de las políticas
integracionistas de Venezuela.
· El
impulso a un nuevo diseño estratégico para del Grupo
Andino con el encuentro en Galápagos (1989).
· La
creación del Grupo de los Tres junto con México
y Colombia en 1990 que generó un nuevo espacio de coordinación
política e integración económica con proyección
hacia la cuenca caribeña.
· El
fortalecimiento del Grupo de Río y la búsqueda de
coordinación de posiciones ante circunstancias tan importantes
como la propuesta estadounidense de la Iniciativa para las Américas
en 1990.
· Las
propuestas de acuerdos de libre comercio sin reciprocidad hechas
a los países del MCCE y la CARICOM.
· La
creación de instancias institucionales para promover la
cooperación colombo-venezolana y la creación de
una zona de libre comercio a partir de enero de 1992, pensando
en la relación con Colombia como eje de interés
estratégico para la conformación de un conjunto
de acuerdos de coordinación política y económica.
· El
impulso a la negociación de acuerdos de complementación
económica con países latinoamericanos.
· La
firma del Acuerdo Marco sobre Comercio e Inversiones con Estados
Unidos en abril de 1991 que creó un espacio para discutir
la agenda de la integración hemisférica.
Este conjunto de iniciativas se proponía
construir una red de acuerdos que, en el mediano o largo plazo
y en última instancia, confluirían en la integración
hemisférica. Se trató de una estrategia compleja
de apuestas en múltiples esquemas, buscando fortalecer
tradicionales y nuevos pactos subregionales a la vez que crear
las condiciones para una negociación exitosa en el marco
de la Iniciativa para las Américas y, específicamente,
en el del Tratado de Libre Comercio de América del Norte
(TLCAN, o NAFTA, en su acrónimo en inglés).
Apuestas selectivas.
Este ciclo se inicia con una secuencia
de eventos que produjo cambios en el contexto hemisférico,
regional y nacional, estimulando una transformación esencial
en la estrategia venezolana. No cabe duda del impacto que sobre
la dinámica integracionista han tenido el ingreso de México
al TLCAN y los cambios en las prioridades latinoamericanas de
ese país, el clima político estadounidense que ha
prevalecido desde las elecciones de noviembre de 1994, las decrecientes
expectativas de adhesiones al TLCAN en el mediano plazo, el dinamismo
y atractivo del Mercado Común del Sur (MERCOSUR), la crisis
financiera mexicana y el efecto tequila, y el deterioro de las
relaciones entre Colombia y Venezuela junto a las crisis de gobernabilidad
por las que atraviesan los dos países.
Dentro de Venezuela también
ocurrieron eventos que afectaron directamente a la política
exterior, en general, y a la de integración en particular.
Los intentos de golpe de Estado de febrero y de noviembre de
1992, la salida del Presidente Pérez y el período
de provisionalidad que le siguió, el fundado ambiente de
temor al desbordamiento sociopolítico y de polarización
de posiciones que también se expresó en temas fundamentales
de la política exterior, y la discontinuidad de las políticas
de apertura, fueron todos elementos del contexto que contribuyeron
a perfilar una política exterior que -sin dejar de lado
los principios sustentadores de la integración como estrategia
privilegiada- cambió fundamentalmente su atención,
sus planes y sus acciones, sobre la base de una estrategia de
apuestas selectivas.
En cuanto a las orientaciones gubernamentales
en materia de integración para el período 1994-1999,
es posible documentar elementos de continuidad en las preferencias,
pero también de cambio en la atención y énfasis
específico.
En efecto, en cuanto a la valoración
de la integración, se la sigue considerando como una de
las grandes oportunidades para aprovechar los beneficios de la
globalización y para neutralizar sus efectos perversos;
Venezuela sigue viéndose como un eslabón dentro
del inmenso mercado de 350 millones de habitantes que integran
MERCOSUR, el GRAN y el Grupo de los Tres.
Respecto al cambio en la atención
a las opciones de integración, éstas ya no son todas
percibidas como oportunidades para construir una red de acuerdos,
sino que se las evalúa una a una, procurando construir
balances geopolíticos y geoeconómicos subregionales.
Así, en el marco contextual ya delineado, baja la prioridad
política del Grupo de los Tres, de Colombia -interlocutor
privilegiado en la estrategia de apuestas múltiples- y
con ello inevitablemente del GRAN, y se pone especial atención
en cultivar las relaciones con Brasil y en cambiar los "pesos"
dentro de la red de acuerdos existente dando prioridad a la aproximación
a MERCOSUR.
Los planes para tratar diferentes escenarios
de integración quedan ubicados dentro de una agenda internacional
que, no obstante los enormes tropiezos de la política de
apertura, contempla entre sus puntos centrales el libre comercio
y la diversificación de vínculos, la lucha contra
la corrupción, la atención a los temas fronterizos
y a la cooperación con los países vecinos, y la
integración regional.
Una muestra de la atención que
han recibido los diferentes esquemas de integración se
encuentra en las iniciativas más importantes emprendidas
o continuadas- desde 1994:
· Participación
de Venezuela en la Cumbre de las Américas en diciembre
de 1994 y en los grupos de trabajo que atienden el proyecto de
integración hemisférica (Acuerdo de Libre Comercio
de las Américas -ALCA, o AFTA en su acrónimo en
inglés).
· Constitución
de la Asociación de Estados del Caribe en 1995.
· Renovación
institucional del GRAN.
· Continuidad
del trabajo técnico pautado y de las negociaciones pendientes
dentro del Grupo de los Tres.
· Inicio
de negociaciones para el establecimiento de zona de libre comercio
con MERCOSUR.
La estrategia de apuestas selectivas
se refiere entonces a dos rasgos característicos de la
administración de las apuestas venezolanas en los tableros
de integración desde 1994: por una parte, a la búsqueda
de un nuevo balance estratégico en los compromisos integracionistas;
por la otra, y en consecuencia, a dar prioridad y poner más
recursos políticos y materiales en algunos acuerdos específicos.
En cuanto a la búsqueda de un
nuevo balance, los cambios en las relaciones políticas
con Colombia y con Brasil son evidencias de la orientación
de esa búsqueda. Es lo que se ha llamado la construcción
de un nuevo sistema de bisagras que permita a Venezuela -sin una
asociación demasiado estrecha a Colombia- sacar provecho
de su posición estratégica entre el MERCOSUR y los
otros esquemas de integración subregional. En la búsqueda,
sin embargo -como efecto de esa orientación y de eventos
incontrolables- han resultado debilitados algunos esquemas y los
vínculos de Venezuela con ellos.
Esta mayor selectividad implica que
ha habido y hay una disposición mayor a comprometer más
recursos políticos y materiales en unos esquemas y vínculos
que en otros. Esto, no obstante, no significa la desaparición
ni la parálisis de otras opciones que en buena medida mantienen
su dinámica propia sobre la base de las instituciones,
redes de funcionarios y redes de actores no gubernamentales.
La atención preferente a las
relaciones con Brasil y MERCOSUR ilustra en el presente -así
como en el pasado lo hacían el dinamismo del Grupo de los
Tres y de la relación bilateral con Colombia - la importancia
que tiene el factor del compromiso político presidencial
en el desarrollo de los esquemas de integración. Este factor
político está condicionado por las preferencias
y por el contexto -que por ser más cambiante interesa especialmente
a la parte final de esta argumentación- en el que se mueve
la atención gubernamental -y no gubernamental- de una dimensión
a otra, y de un espacio a otro de la integración.
Los prospectos : contextos, dimensiones,
y tableros de juego.
No obstante la selectividad reciente
de las apuestas integracionistas de Venezuela, los contextos doméstico
y mundial han tendido y tienden a seguir teniendo un impacto reforzador
de políticas de integración más complejas
en sus dimensiones, y más amplias en su dominio espacial.
Contexto.
En
el contexto doméstico, en medio un traumático proceso
de transformación económica y sociopolítica,
se ha manifestado con fuerza inusitada el clamor por políticas
modernizadoras -como se suele llamar a las iniciativas de reforma
institucional orientadas a profundizar la democracia en todas
sus dimensiones, incluida la eficiencia y competitividad económica-
que trasciendan a la aplicación de planes de ajuste macroeconómico.
El programa gubernamental llamado "Agenda
Venezuela" recoge en términos generales esa propuesta,
y tiene implicaciones de política exterior muy específicas:
involucra una más abierta, diversa, eficiente y flexible
relación con el exterior. Es hoy más compartido
que en 1989 -cuando se hizo un primer intento de ajustes y reformas-
que la solución de los problemas de gobernabilidad pasa
por una profunda transformación política y económica,
y que ésta sólo es posible si se sustenta en una
asertiva y eficiente vinculación internacional. En esto
último sigue teniendo especial importancia la participación
en regímenes de integración económica, desde
su modalidad bilateral hasta sus modalidades subregionales, hemisféricas
y globales.
El contexto internacional, con toda
la incertidumbre que generan sus transformaciones profundas y
aceleradas, y con todas las paradojas y contrastes de la globalización,
obliga cada vez más a los países a buscar soluciones
en la regionalización, practicada en la forma de regionalismo
abierto, es decir, flexible a su apertura y vinculación
a otros acuerdos regionalizados. Hemisféricamente eso está
planteado en el prospecto de largo plazo de integración,
y regionalmente ese proyecto -junto a los desafíos de la
globalización- ha impulsado y seguirá impulsando
la construcción de una red de acuerdos que permita mejorar
las posibilidades de integración en regímenes de
mayor escala. Así, el entorno doméstico-global,
en el que estos acuerdos de integración van ganando cada
vez más su propio dinamismo, demanda políticas exteriores
menos selectivas, más asertivas y muy flexibles.
Dimensiones.
La transformación de la agenda
doméstica venezolana y de la agenda global evidencian la
complejidad en aumento de los procesos de integración.
Precisamente, lo que se llamó la nueva integración
da cuenta de las múltiples dimensiones de ese proceso que
deben ser atendidas simultáneamente: Ya la integración
no se limita a reducción de aranceles, tránsito
de factores de producción y coordinación de políticas,
ni al seguimiento de pasos más o menos ordenados de zonas
de libre comercio, a uniones aduaneras, a mercados comunes y a
uniones económicas y políticas. Hay en cambio una
agenda articulada al régimen comercial mundial delineado
en la Ronda Uruguay, y que incluye temas muy diversos, de enorme
especialización técnica, a la vez que de gran sensibilidad
política.
El mero hecho de que las negociaciones
económicas internacionales incorporen todas estas dimensiones
obliga a cada país a participar en la definición
y puesta en práctica del conjunto de principios, procedimientos,
reglas y decisiones que han de regular sus relaciones con otros
países y actores no gubernamentales. Para Venezuela, como
para el resto de Latinoamérica y el Caribe, es de crucial
importancia construir en espacios subregionales y regionales las
bases sobre las cuales van a realizarse negociaciones más
complejas, frente a interlocutores más consolidados, en
este hemisferio y fuera de él.
Es de particular relevancia que entre
los temas que se han incorporado con mayor fuerza a los acuerdos
de integración -y que no por casualidad incluyó
desde sus inicios la CARICOM- está la posibilidad de coordinación
de políticas exteriores, lo que añade una dimensión
de enorme interés para aumentar el ámbito de los
intereses comunes. Ésto es interesante para Venezuela en
instancias tan diversas como la Asociación de Estados del
Caribe y el Grupo de los Tres.
Tableros
El contexto y la variedad temática
de las negociaciones integracionistas conduce, por otra parte,
a ver de manera diferente a la tradicional a las opciones de integración
o, en los términos de la metáfora de las apuestas,
a los tableros de juego en los que se puede participar. Esos tableros
ya no pueden ser vistos como espacios aislados; antes bien, en
ellos se desarrollan juegos interconectados, y conviene tratarlos
como tales.
Para Venezuela es crítico el
manejo del conjunto de juegos en los que -con altas o bajas apuestas-
se encuentra hoy involucrada. La dinámica misma del contexto
influirá para hacer más flexible y variada la agenda
y las estrategias de integración.
El Grupo de los Tres, no obstante su
pérdida de dinamismo político, continúa siendo
un espacio muy interesante en sí mismo, por su proyección
hacia la Cuenca del Caribe, y por la naturaleza misma de su agenda,
que lo convierte en un ámbito de negociación muy
importante con miras a la integración hemisférica
(ALCA).
La Asociación de Estados del
Caribe, que apenas ha dado sus primeros pasos, constituye un espacio
que por su amplitud y heterogeneidad puede llegar a tener un peso
importante como instancia de coordinación. Igualmente,
los acuerdos de libre comercio sin reciprocidad con El Caribe
y Centroamérica -junto a otros programas específicos
de cooperación, de larga historia- contribuyen a crear
flujos específicos de integración económica.
Respecto al GRAN, que ha perdido dinamismo
al ritmo del deterioro político de la relación de
Venezuela y Colombia, y del éxito del MERCOSUR, Venezuela
tendrá que poner más apuestas en este tablero, muy
interesante en medio de los procesos del cono sur y del Caribe.
Ello depende decisivamente del curso de las relaciones bilaterales
con Colombia, lo que a su vez derivará de un cambio en
el ambiente político de los dos países.
El MERCOSUR, con el que está
planteada la negociación de una zona de libre es un tablero
en el que deberá mantenerse una activa vinculación,
por razones que en el mediano plazo son más de carácter
político que económico: se trata entonces de participar
en la construcción del "sistema de bisagras"
a partir del cual se crearía la Asociación de Libre
Comercio de Suramérica (ALCSA, o SAFTA en su acrónimo
en inglés).
El futuro hacia el que hoy parecen
apuntar las tendencias de la globalización y la regionalización
debe servir como orientación -hasta que aparezcan nuevas
señales- para guiar la atención y las acciones en
materia de integración regional. Mucha selectividad y rigidez
parecen ser estrategias de alto riesgo.
Finalmente, no parece haber margen
para demasiada incertidumbre en la política integracionista
venezolana. Primero, porque su continuidad esencial deriva de
preferencias que han cambiado pocas veces en la historia reciente.
Segundo, porque el contexto mismo estimula a reforzar y profundizar
esas preferencias y las estrategias para favorecer un juego más
complejo, en el que hay muchos otros participantes, -gubernamentales
y no gubernamentales; transnacionales y transgubernamentales;
globales, nacionales y locales- todos haciendo sus apuestas y
construyendo con ellas el entramado de la integración.
Tercero -y ciertamente no menos
importante, porque la integración es ahora más que
nunca un juego de estrategia política en el que no apostar
genera enormes riesgos.-15.