Barra de Navegacion
Revista Electrónica Bilingue       Nº 6     Agosto 1996
Torres Plaz y Arraujo

Arroba Digital Marketing

La nueva política venezolana hacia el Brasil
Miguel Angel Burelli
El actual Gobierno de la República ha iniciado una aproximación integral al Brasil como política de Estado cuya continuidad esté dada por el valor estratégico de esas relaciones, casi teóricas en el pasado.
No obstante la dilatada frontera que con el Brasil tenemos, a lo largo de ella no ha habido importantes intercambios, por la obvia razón de que es una línea de selva y de montaña la que separa a los dos países. Curiosamente, el agua acerca y la tierra aleja, máximo cuando es tierra agreste y deshabitada.
Nuestra experiencia con el Brasil es buena. La historia no señala grandes picos, pero tampoco depresiones. Bolívar no compartia la política imperial de Don Pedro, pero jamás existieron entre los dos países discrepancias importantes. Cuando negociamos la delimitación de las fronteras, culminante en el Tratado de 1859, quedamos satisfechos. La progresiva demarcación nos ha deparado buenas sorpresas, al recuperar para Venezuela áreas de alguna importancia.
Comercialmente, Brasil ha sido cliente del petróleo venezolano. En 1964 era como el segundo comprador individual de nuestro principal producto, hasta por un monto de quinientos millones de dólares. Ese año sobrevino la singular intervención de los militares, la aplicación por Venezuela de la Doctrina Tobar, mal llamada Betancourt, al nuevo gobierno de la institucionalidad castrense, y el Brasil compró desde entonces su petróleo a otros proveedores, Irak, por ejemplo.
Más que en ningún otro caso de países formados al socaire de la influencia colonial de Portugal y España, resalta la diferencia entre Brasil y Venezuela. Fue el nuestro, en efecto, el país que a mayor costo de sangre, de tiempo y de violencia obtuvo para sí y sus otros vecinos de la cordillera andina el bien de la independencia: treinta y cinco por ciento de su población pereció en una lucha radical+ a muerte, durante la cual quedó eliminada la clase dirigente, casi literalmente. De otra parte, sobrevivió un difuso resentimiento que ocasionó casi un siglo más de agotadoras guerras civeles
El Brasil, en tanto, gobernado por pacíficas autoridades coloniales portuguesas, adquirió su independencia sin guerras ni desgarramientos, por el acto inteligente de un joven monarca que, invitado a regresar con su padre, quien había trasladado de Lisboa a Río de Janeiro el trono y la Co rte pa ra p reserva r uno y otro d e la ocupa ci ón bona pa rtista de Portugal, respondió con el famoso "eu fico", esto es, me quedo; asumió la responsabilidad del gobierno como Emperador, y cuando consideró llegada la oportunidad proclamó en paz la independencia, en 1822. A su vez el hijo, cuando, sesenta y siete años más tarde juzgó sobregirada la monarquía y madura la oportunidad de la República, abandonó el trono y el país.
Semejantes circunstancias crearon una nación sin ruptura interna, sin odio, sin rivalidades sangrientas, lo cual se refleja en el temperamento o carácter apacible y conciliador de los brasileños, dispuestos siempre a zanjar cualquier diferencia, a negociar cualquier contradicción y a crecer hacia adentro como nación, con la suma de masas de europeos inmigrados e incorporados, sin discontinuidad alguna, en un ascendente proceso de civilización y de cultura.
La misma experiencia del gobierno militar que por veinte años tuvo el Brasil, difiere de las experiencias militares latinoamericanas. Allí asumieron el poder las Fuerzas Armadas como institución, y fueron atenuando el rigor del autoritarismo en cada período, amén de que en ninguno hubo jefatura protagonica importante de un caudillo o jefe militar.
Son válidas estas consideraciones para deducir que, además de un vecino de gran tamaño geográfilco y humano, pacífico y convivente, el Brasil es ejemplo de armonía funcional, cuya vecindad estrecha conviene en sumo grado a los intereses de la nación venezolana. De allí la pertinencia de festinar los tiempos y, pasando sobre las limitaciones que una frontera semi desierta impone, apresurar los tratos del intercambio sobre el fundamento de la complementación fronteriza.
El Brasil no tiene, o no ha descubierto todavía petróleo en la cantidad que demandan sus necesidades. Venezuela lo tiene, y lo tiene en la relativa proximidad de la frontera.
El Brasil carece de energía eléctrica para su parte Norte y Nordeste, alejadas por la Amazonia del Centro y del Sur desarrollados que se administran desde San Pablo. Venezuela posée esa energía en la propia frontera con Brasil, y su exceso de generación le permitiría atender al Estado de Amazonas y al Estado de Roraima a través de una conexión que la lleve del Guri a Manaus, Boa Vista y otros centros del Norte. Mañana, otros saltos del río Caroní añadirán más kilovatios a los requerimientos de ambos vecinos.
La distancia de El Guri a Manaus, de aproximadamente un mil quinientos kilómetros, puede ser salvada por un tendido de líneas que el Brasil financiará con créditos internacionales y que ocupará la trocha por donde hoy circulan profusamente vehículos de doble tracción, y mañana ocupará la carretera moderna, a ser pavimentada con asfalto venezolano. Como lo ocuparán asimismo el oleoducto que lleve el petróleo a refinar por la acción conjunta de Pdvsa y Petrobrás y el cable con la fibra óptica para las comunicaciones.
Esas informaciones no son sobre posibilidades, sino sobre realidades discutidas y analizadas intensamente, en dos años, por Comisiones Binacionales de una gran regularidad.
Al tiempo que el Brasil abandona a la capacidad y a la osadía empresarial venezolana un mercado mayor que el venezolano para que lo abastezca de un todo, Venezuela abre al Brasil las posibilidades del Caribe, ya conocidas por una corriente turística de más de cien mil brasileños que han llegado por tierra a las playas del Oriente, al favor del diferencial cambiario.
Estamos hablando de un proyecto concreto con implicaciones múltiples y trascendentales. No es difícil inferir que Venezuela interesa al Mercosur, y que nuestras ventajas geográficas y energéticas, más que nuestros volúmenes de mercado son vitales para el proyecto que Brasil tiene frente a la comunidad internacional.
No es tarea ardua, tampoco, comprender la conveniencia que para Venezuela tiene disponer del acceso fácil a un vecino así importante y su alianza con él a los efectos del desarrollo, en todo sentido.
Asombra comprobar que en puntos de la frontera, de una frontera todavía despoblada, los intercambios comerciales han crecido cincuenta o más veces en estos dos años de una nueva política fundada simultáneamente en la necesidad y la buena fe compartidas.
Al comenzar a hablarse, hace año y medio, de la necesidad de reestructurar el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para reconocer las nuevas realidades de este tiempo, el Presidente de Venezuela mencionó en la Asamblea de esa Organización que cuando tal reforma se haga, el Brasil debería representar a la región como Miembro Permanente del Consejo. Y con esto no hizo más que sincerar la realidad táctica, que obedece o una innegable necesidad regional.
La política nueva de Venezuela hacia el Brasil y del Brasil hacia Venezuela es tal vez el hecho más atractivo ocurrido en la vasta región americana en la época que hace poco entramos a vivir.
Bitacora Archivo Documentos Correo Venezuela Analitica Suscribirse

Copyright Venezuela Analitica