El actual Gobierno de la República ha iniciado una
aproximación integral al Brasil como política de
Estado cuya continuidad esté dada por el valor estratégico
de esas relaciones, casi teóricas en el pasado.
No obstante la dilatada frontera que con el Brasil
tenemos, a lo largo de ella no ha habido importantes intercambios,
por la obvia razón de que es una línea de selva y
de montaña la que separa a los dos países. Curiosamente,
el agua acerca y la tierra aleja, máximo cuando es tierra
agreste y deshabitada.
Nuestra experiencia con el Brasil es buena. La historia
no señala grandes picos, pero tampoco depresiones. Bolívar
no compartia la política imperial de Don Pedro, pero jamás
existieron entre los dos países discrepancias importantes.
Cuando negociamos la delimitación de las fronteras, culminante
en el Tratado de 1859, quedamos satisfechos. La progresiva demarcación
nos ha deparado buenas sorpresas, al recuperar para Venezuela
áreas de alguna importancia.
Comercialmente, Brasil ha sido cliente del petróleo
venezolano. En 1964 era como el segundo comprador individual de
nuestro principal producto, hasta por un monto de quinientos millones
de dólares. Ese año sobrevino la singular intervención
de los militares, la aplicación por Venezuela de la Doctrina
Tobar, mal llamada Betancourt, al nuevo gobierno de la institucionalidad
castrense, y el Brasil compró desde entonces su petróleo
a otros proveedores, Irak, por ejemplo.
Más que en ningún otro caso de países
formados al socaire de la influencia colonial de Portugal y España,
resalta la diferencia entre Brasil y Venezuela. Fue el nuestro,
en efecto, el país que a mayor costo de sangre, de tiempo
y de violencia obtuvo para sí y sus otros vecinos de la
cordillera andina el bien de la independencia: treinta y cinco
por ciento de su población pereció en una lucha radical+
a muerte, durante la cual quedó eliminada la clase dirigente,
casi literalmente. De otra parte, sobrevivió un difuso resentimiento que ocasionó casi un
siglo más de agotadoras guerras civeles
El Brasil, en tanto, gobernado por pacíficas
autoridades coloniales portuguesas, adquirió su independencia
sin guerras ni desgarramientos, por el acto inteligente de un
joven monarca que, invitado a regresar con su padre, quien había
trasladado de Lisboa a Río de Janeiro el trono y la Co
rte pa ra p reserva r uno y otro d e la ocupa ci ón bona
pa rtista de Portugal, respondió con el famoso "eu
fico", esto es, me quedo; asumió la responsabilidad
del gobierno como Emperador, y cuando consideró llegada
la oportunidad proclamó en paz la independencia, en 1822.
A su vez el hijo, cuando, sesenta y siete años más
tarde juzgó sobregirada la monarquía y madura la
oportunidad de la República, abandonó el trono y el país.
Semejantes circunstancias crearon una nación
sin ruptura interna, sin odio, sin rivalidades sangrientas, lo
cual se refleja en el temperamento o carácter apacible y
conciliador de los brasileños, dispuestos siempre a zanjar
cualquier diferencia, a negociar cualquier contradicción
y a crecer hacia adentro como nación, con la suma de masas
de europeos inmigrados e incorporados, sin discontinuidad alguna,
en un ascendente proceso de civilización y de cultura.
La misma experiencia del gobierno militar que por
veinte años tuvo el Brasil, difiere de las experiencias
militares latinoamericanas. Allí asumieron el poder las
Fuerzas Armadas como institución, y fueron atenuando el
rigor del autoritarismo en cada período, amén de
que en ninguno hubo jefatura protagonica importante de un caudillo
o jefe militar.
Son válidas estas consideraciones para deducir
que, además de un vecino de gran tamaño geográfilco
y humano, pacífico y convivente, el Brasil es ejemplo de
armonía funcional, cuya vecindad estrecha conviene en sumo
grado a los intereses de la nación venezolana. De allí
la pertinencia de festinar los tiempos y, pasando sobre las limitaciones
que una frontera semi desierta impone, apresurar los tratos del
intercambio sobre el fundamento de la complementación fronteriza.
El Brasil no tiene, o no ha descubierto todavía
petróleo en la cantidad que demandan sus necesidades. Venezuela
lo tiene, y lo tiene en la relativa proximidad de la frontera.
El Brasil carece de energía eléctrica
para su parte Norte y Nordeste, alejadas por la Amazonia del Centro
y del Sur desarrollados que se administran desde San Pablo. Venezuela
posée esa energía en la propia frontera con Brasil,
y su exceso de generación le permitiría atender al
Estado de Amazonas y al Estado de Roraima a través de una
conexión que la lleve del Guri a Manaus, Boa Vista y otros
centros del Norte. Mañana, otros saltos del río
Caroní añadirán más kilovatios a los requerimientos
de ambos vecinos.
La distancia de El Guri a Manaus, de aproximadamente
un mil quinientos kilómetros, puede ser salvada por un tendido
de líneas que el Brasil financiará con créditos
internacionales y que ocupará la trocha por donde hoy circulan
profusamente vehículos de doble tracción, y mañana
ocupará la carretera moderna, a ser pavimentada con asfalto
venezolano. Como lo ocuparán asimismo el oleoducto que lleve
el petróleo a refinar por la acción conjunta de Pdvsa
y Petrobrás y el cable con la fibra óptica para las
comunicaciones.
Esas informaciones no son sobre posibilidades, sino
sobre realidades discutidas y analizadas intensamente, en dos
años, por Comisiones Binacionales de una gran regularidad.
Al tiempo que el Brasil abandona a la capacidad y
a la osadía empresarial venezolana un mercado mayor que
el venezolano para que lo abastezca de un todo, Venezuela abre
al Brasil las posibilidades del Caribe, ya conocidas por una corriente
turística de más de cien mil brasileños que
han llegado por tierra a las playas del Oriente, al favor del
diferencial cambiario.
Estamos hablando de un proyecto concreto con implicaciones
múltiples y trascendentales. No es difícil inferir que
Venezuela interesa al Mercosur, y que nuestras ventajas geográficas
y energéticas, más que
nuestros volúmenes de mercado
son vitales para el proyecto que Brasil tiene frente a la comunidad
internacional.
No es tarea ardua, tampoco, comprender la conveniencia
que para Venezuela tiene disponer del acceso fácil a un vecino
así importante y su alianza con él a los efectos
del desarrollo, en todo sentido.
Asombra comprobar que en puntos de la frontera, de
una frontera todavía despoblada, los intercambios comerciales
han crecido cincuenta o más veces en estos dos años
de una nueva política fundada simultáneamente en la
necesidad y la buena fe compartidas.
Al comenzar a hablarse, hace año y medio,
de la necesidad de reestructurar el Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas para reconocer las nuevas realidades de este tiempo,
el Presidente de Venezuela mencionó en la Asamblea de esa
Organización que cuando tal reforma se haga, el Brasil debería
representar a la región como Miembro Permanente del Consejo.
Y con esto no hizo más que sincerar la realidad táctica,
que obedece o una innegable necesidad regional.
La política nueva de Venezuela hacia el Brasil
y del Brasil hacia Venezuela es tal vez el hecho más atractivo
ocurrido en la vasta región americana en la época
que hace poco entramos a vivir.
|