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El voto de los militares:
las cinco patas del gato (pardo)
Es difícil entender a los estrategas venezolanos de la reforma constitucional. La primera impresión que se tiene cuando se les observa en sus muy profusas deliberaciones y diagnósticos es muy simple: que todo siga igual, o que por el camino de las innovaciones más barrocas no lleguemos a ninguna parte. Ya no se trata de las reformas constitucionales del general Gómez para eliminar lo que antes pidió, las vicepresidencias de la República, por ejemplo, cuando tuvo la tentación de crear una dinastía y todo le salió mal porque entre sus parientes surgieron los duelos a muerte y su hermano el primer vicepresidente, el general Juan Crisóstomo, fue asesinado misteriosamente. Quedó el segundo, su hijo el también general José Vicente. Por las dudas, Gómez eliminó las vicepresidencias. La reforma constitucional era simplemente una ceremonia para complacerlo, y senadores y diputados simplemente le adivinaban el pensamiento.
La reforma constitucional de nuestros tiempos es, o debe ser, diferente. Ya no se trata de una cuestión de familias, sino de diseñar en el texto constitucional lo que debe ser el gran esquema político de la Venezuela del siglo XXI. Por eso alarma, cuando menos, ideas como la de concederle el voto a los militares, que no lo están pidiendo ni lo deben pedir, y que en un país de tentaciones dictatoriales como Venezuela ningún esfuerzo será más válido que mantenerlos en su actual status de no deliberantes y de ciudadanos apolíticos, es decir, no partidistas.
Dado el desorden y la inconfiabilidad reinantes en los últimos procesos electorales, los militares han ido jugando un papel cada vez más relevante como garantes y guardianes de los votos. Los partidos han sido tan descalificados que se habla de un Consejo Supremo Electoral apolítico, sin representantes de partidos. El voto de los militares los convertiría, ipso facto, en deliberantes, en apéndices o en agentes secretos de logias bolivarianas o como quiera llamárselas, que para irrespetar al Padre de la Patria siempre han sobrado los impostores.
Como los autores de la idea carecen de argumentos de peso, alegan entre otras sinrazones, que en países como Argentina y Guatemala los militares votan. Deberían decir, con mayor claridad, que por votar no han dejado de botar, que han botado gobiernos civiles cada vez que se les ha ocurrido. El récord no es como para presentar ejemplos, porque son ejércitos nada ejemplares.
No estamos en el país de las maravillas. Las decisiones para promover oficiales superiores están, por lo general, teñidas de intereses personales, cuando no políticos. ¿No se habla ahora de quién va a ser el Comandante General del Ejército, y en pocos meses, (preanuncian los entendidos), último Ministro de la Defensa de este régimen constitucional? Es decir, el encargado, según esta reforma, de garantizar el proceso.
Nunca como ahora fue menos pertinente la idea de concederle el voto a los militares. Gracias a los dioses, el actual Ministro de la Defensa, general Valencia, ha rechazado la propuesta porque nadie como él sabe los riesgos que se le abrirían al país y los daños irreparables que la tal iniciativa le causaría a unas Fuerzas Armadas que cada día tienen mayores compromisos con el país. Buscarle las cinco patas al gato (pardo) puede ser un divertimiento, pero no para incorporarlo al texto de la Constitución que nos ha de regir en las primeras décadas del siglo XXI.
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