Es lo malo de tratar con Mefistófeles. Como en esas elementales
y predecibles series de televisión, te obstinas odiosamente
en acabar con alguien, construyes un demoníaco instrumento
de matar, apuntas, halas del gatillo y disparas. Y después
(¡Ay arma demoníaca!) no sabes cómo evitar
que apunte hacia tí y siga disparando. Por ello quizás
el presidente Rafael Caldera nunca debió haber sonreído
tan satisfecho cuando el Fiscal General Iván Darío
Badell, desesperado, acorralado por la falta de pruebas, dijo
que el presidente Carlos Andrés Pérez era culpable
por aquello de que "el Presidente es el administrador supremo
de todos los dineros públicos". Y menos eufórico
aún cuando la Corte Suprema de Justicia consagró
en su fallo algo así como que "el Presidente es responsable
por todo lo que hagan sus ministros". Pérez todavía
no ha salido de la prisión cuando ya el instrumento ¿jurídico?
¿político? que lo ejecutó comienza a girar
y a devolverse en manos del destino. De ahí ese escalofrío
que recorre los objetos. Y no es para menos, porque según
el ordinal 15 del artículo 13 de la nueva Ley de Contraloría
se determina que los miembros de la Junta de Emergencia Financiera
concedieron auxilios financieros al Grupo Latinoamericana Progreso
"incumpliendo las finalidades previstas en las leyes o en la
normativa de que se trate" y si la Corte Suprema de Justicia
no desarma rápido esta Ley para sacarle este ordinal y
este artículo, o le impide a la Contraloría aplicarlos,
o cualquier cosa, los erizados cuellos de la Junta pueden ser
rebanados y ¿qué podría impedir que se rebane
el otro cuello de arriba que les sigue? Hasta el juicio de Pérez
un Presidente no podía ser depuesto por razones políticas.
La Constitución del 61, "sabiamente" dicen los que saben,
había blindado a los Presidentes. Desde el 61, destituir
a un Presidente de la República era un problema de justicia,
no de política. "El juicio al Presidente venezolano -dice
el experto jurista Gustavo Linares- sólo podía fundamentarse
en el Derecho, y por ello correspondía a la Corte Suprema
de Justicia". En medio de cuartelazos y alzamientos, la estabilidad
presidencial tenía que salvarse de los humores de los políticos
y dejarla a lo más sagrado que tiene la sociedad: la justicia.
"Sólo si el Presidente cometía un delito, y éste
era apreciado como tal por los jueces -y los más altos
de la República- podía romperse esa estabilidad
tan preciada y sustituir al Jefe del Estado. Sólo Derecho,
nada de política". Pérez Linares ha analizado esto
con mucha lucidez. Ninguno de los argumentos de la sentencia tiene
la más mínima base en el Derecho. La perversión
del juicio está ya perfectamente documentada. "La salida
de CAP no sólo dañó la institución
presidencial, sino que dio el pésimo ejemplo de cómo
quebrantar la resistencia del Jefe del Ejecutivo si la matriz
de opinión no logra hacerlo renunciar". Debutan conceptos
jurídicos particularísimos como presunción
de culpabilidad y peculado espiritual. Entre muchas cosas nuevas,
la partida secreta ya no se podrá gastar en el exterior.
Pero lo que quizá es más importante: A partir de
este juicio, el Presidente de la República es responsable
de todo lo que hagan sus ministros. Se creó jurisprudencia.
Así que cuando aquel afilado asentó sobre el vacío
de pruebas que "era imposible que el presidente Pérez
no supiera del manejo de la partida secreta", no sabía
que asentaba para el futuro que "es imposible que el presidente
Caldera no supiera de los auxilios financieros". Porque como
bien dice Pérez Linares y dicen todos, "Si Pérez
malversó la partida secreta y nadie siquiera alegó
que él la administraba directamente, cualquier delito de
Salvaguarda cometido por cualquier funcionario, cualquier responsabilidad
del oficial de menor jerarquía, será al final delitos
y responsabilidades del Jefe del Estado". Por eso esta extraña
sensación en la garganta. Porque hay un hecho cierto: aquí
se despacharon un billón 800 mil millones de bolívares
inorgánicos hacia los bancos sin contravalor, sin garantía
suficiente y desviados en un 80% para asuntos distintos a la protección
de los depositantes. Y alguien, piensa uno, amigo lector, debe
y tiene que responder. Aunque no los hayan gastado en una operación
policial en Nicaragua. ¿El Presidente? El Presidente, por
supuesto, dice que no, que aquí no se come carne ni aquí
ni aquí ni aquí... "Una cosa es criticar políticas
del Estado y otra decir que hubo actos de corrupción",
exclamó en el Seniat, no se si con los antebrazos erizados
(No creo). O sea que, según el presidente Rafael Caldera,
en el manejo de ese billón 800 mil millones no hubo corrupción.
¿Entonces qué hace fuera del país y sin amparo,
esa manada de banqueros prófugos? Otra pregunta: ¿Hasta
cuál nivel de la pirámide de la Junta de Emergencia
Financiera se puede investigar sin que la Corte Suprema ordene
paralizar las investigaciones? ¿Dónde se borran las
fronteras de la responsabilidad oficial? La Contraloría
se ha visto obligada a declarar que sus investigaciones no son
personalizadas, que el nombre de Caldera no aparece en sus autos
y que, en fin, carece de una pista hacia Miraflores. Porque es
así: en esa espesura minuciosa de emergencia de bandos,
contratos, reglamentos, reformas, opiniones, procedimientos, de
los auxilios financieros, debe ser imposible capturar una autorización,
un permiso, una bendición presidencial, pero... "Era imposible
que el Presidente no supiera de los auxilios". ¿Un juicio
temerario? ¡Claro que temerario! ¿Qué tienen
que ver presunciones, abominaciones, odios, enconos, resentimientos
y rencores con la justicia? Preguntémosle a Caldera. Sin
embargo, responsabilidades en el desfondamiento financiero del
94-95, debe haber. Todo es cuestión de paciencia. AD luce
serena, tranquila y sin nervios. Copei trasuda cierta incomodidad
interior. El MAS-Gobierno defiende al Presidente, el MAS-Partido,
suma, resta, multiplica y divide. La Causa R mira con fruición
represada la emoción anticorrupción que impregnó
la campaña electoral presidencial pasada con tan buenos
beneficios. Convergencia es Bernardo Celis o Ciro Zaa contra las
cuerdas defendiéndose de graves acusaciones de corrupción
ante Orozco Graterol, la Contraloría, el Congreso, etc.,
etc... Mientras el juicio apenas inicia la ejecución de
su ballet. Henry Ramos Allup, en el centro del medio: "Creo que
el Contralor tiene razón. Y eventualmente, si en el otorgamiento
de estos auxilios hubiera tenido que ver una decisión presidencial,
aquí nadie está exento de responsabilidad, un Presidente
de la República recientemente fue enjuiciado y condenado
por la CSJ"... Felipe Montilla, ecléctico: "Copei rechaza
cualquier juicio contra Caldera. Tenemos que esperar que concluyan
las investigaciones y señalamientos de la Contraloría
General y otras instituciones jurisdiccionales" ...Agustín
Berrios, claro y contundente: "Copei no ha absuelto a priori
al Presidente de responsabilidades por el desvío de los
auxilios financieros. Contribuye mucho más a la estabilidad
que el proceso continúe su curso normal y que una exoneración
o respaldo al Presidente provenga del resultado mismo de la investigación,
en vez de una interrupción de ésta o de una desviación
por presiones" ...David Paravisini, administrando la pólvora:
"Yo he hablado de un juicio político y no penal al presidente
Caldera" ...Teodoro Petkoff, admonitorio: "Es un jueguito peligroso
el pretender introducir ese elemento de desestabilización
e inestabilidad política en una cosa que no tiene el más
mínimo sustento, ni en las leyes, ni en la Constitución,
ni en la vida real del país" ...Freddy Muñoz, fuera
del closet: "Juzgar al Presidente convertiría al país
en un pandemónium legal" ...Jesús Petit Da Costa,
impaciente: "Yo renunciaría a la Procuraduría para
convertirme en su defensor"... Esto, decimos, es lo malo de tratar
con Mefistófeles. ¿Un juicio fuera de juicio?
Artículo publicado en El Nacional el 25/8/96.
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