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Revista Electrónica Bilingue       Nº 6     Agosto 1996
Torres Plaz y Arraujo

Arroba Digital Marketing

La corrupción como arma política
Eduardo Mayobre
El pasado 2o de julio, uno de los principales diarios de Caracas titulaba, en primera página: "59,5% de los venezolanos opina que falta más castigo para la corrupción". Era la información más destacada de una encuesta sobre actitudes políticas.
En la misma edición se informaba que, de acuerdo con la Fundación Transparencia Internacional, de la Universidad de Goettingen, Venezuela se encuentra entre los países más corruptos con un "de 2,50" en una escala en la cual 10 significa la pureza total. Argentina y Bolivia resultan casi indistinguibles, con puntuaciones de 3,4+ y 3,4-, respectivamente.
El afán de señalar la evolución de la corrupción no se limita a la prensa nacional: en la edición interactiva del Wall Street Journal del pasado primero de julio, en un artículo titulado "La nueva América Latina enfrenta un nuevo demonio: la corrupción rampante", se hace un recuento sobre la extensión del fenómeno. la distorsión de una preocupación legítima; la preocupación es, en principio, legítima. La coexistencia de extremos de riqueza y de pobreza en régimen de estancamiento económico crónico conducen naturalmente a pensar que algunos factores extraños impidieron el desenvolvimiento normal de las sociedades de América Latina.
La corrupción, vieja mala maña humana pudiera ser elemento perturbador de la vida social. La familiaridad con casos concretos, en la experiencia diaria, y el elemento adicional que proporcionan los escándalos difundidos en los medios de comunicación reafirman esta presunción. la forma en la cual se aborda el tema, sin embargo, resulta habitualmente engañosa o distorsionada. Para limitarnos a los ejemplos citados, la afirmación según la cual el 59,5% de los venezolanos pide más castigo para la corrupción, se origina en la respuesta a una pregunta inducida por la encuesta. Esta última se refiere al acuerdo firmado con el Fondo Monetario Internacional e interroga: "¿qué le falta al programa?" e incluye entre las posibles opciones: "más castigo a la corrupción". No hay ninguna relación lógica entre la carencia y las políticas macroeconómicas y los programas del Fondo. Pero la opción, además de inducir la respuesta sirve para subrayar que la corrupción sería una causa principal de la crisis.
El barómetro de la corrupción de "Transparencia Internacional", por su parte, parece poco riguroso, lo que hace suponer que se trata más de un mecanismo publicitario que de una medición confiable, pues luce difícil concebir tal grado de precisión sobre un fenómeno cuyas características no han sido bien definidas.
El artículo del Wall Street Journal es aún más claro; describe la corrupción como un mal latinoamericano que corroe a cualquier régimen económico o político como incluso aquellos en los cuales ésta no debería existir. En este sentido afirman; "quizás no sería demasiado cínico considerar las acusaciones y contra acusaciones como basadas en diferentes estilos de corrupción más que en patrones éticos diferentes".
La corrupción como arma política
El trabajo citado nos suministra una clave para comprender por qué un hecho que ha estado presente a lo largo de la historia de la mayoría de nuestros países -y para el caso de todos los países- se ha convertido en tema del día. Dicen "se había aceptado durante largo tiempo como artículo de fe que la economía de libre mercado combinada con una mayor democratización, haría más transparentes las actividades de negocios y de gobierno de la región". Este artículo de Fe condujo a los partidarios de la economía del libre mercado a considerar como corrupción todo aquello que contraviniera las leyes del mercado. Con tal convicción acusaron de corruptos a quienes no compartían sus opiniones. No se trataba ya de un problema de comportamiento moral individual, sino de un estigma generalizado que manchaba a quienes los contradecían. En este sentido y para simplificar las cosas, se pasó de las acusaciones individuales de corrupción a las genéricas, y se tuvo por cierto que políticos y burócratas serían corruptos por definición, salvo prueba en contrario. las acusaciones resultaron un instrumento eficaz para desprestigiar a los adversarios y, en consecuencia, acceder al poder político. fue así como el tema de la corrupción dejó de ser un asunto ético para convertirse en un arma política.
Aprendices de brujos

Lamentablemente, la premisa sobre la cual se sustentaba la acusación contra los estatistas paternalistas, sindicaleros, clientelistas e idiotas, resultó falsa. Como también señala "The Wall Street Journal", después de introducidas las reformas de libre mercado como probablemente la corrupción prevalezca como nunca antes a lo que agregan: "sólo han cambiado los actores. De dictadores militares y burócratas se ha pasado a una nueva clase compuesta por empresarios y políticos estrechamente aliados entre sí".
Para mayor abundancia, se cita a un ejecutivo norteamericano quien explica: 'la mayoría de los actos de corrupción solían ser minucias, tales como pagar un inspector de impuestos u ofrecer sobornos para sellar un documento. Hoy está más institucionalizada y es más oportunista, muy semejante al estilo del crimen organizado". Y como evidencia ese exponen las acusaciones y condenas recientes contra jefes de estado portaestandartes de las reformas de libre mercado así como contra sus familiares o allegados.
La fe mueve montañas

A pesar de que los hechos deberían llevar a la conclusión de que no hay una relación directa entre transparencia y mercado y de que es un error imponerle ideología al problema de la corrupción y utilizarlo como arma política, los partidarios del libre mercado parecen aferrarse a su artículo de fe. El trabajo del "Wall Street Journal" por ejemplo, a pesar de señalar que el mercado no ha acabado con el problema de la corrupción considera a esto como "una paradoja en el proceso de reforma de América Latina". El error, entonces no estaría en el análisis sino en América Latina. Peor aún, se dice que los escándalos estarían "erosionando la credibilidad de todo el proceso de liberalización", el cual constituirían "la mayor esperanza de América Latina de abandonar el subdesarrollo". Y añaden: "los opositores de la liberalización han utilizado hábilmente los escándalos para detener medidas que se necesitan urgentemente".
Como puede observarse, quienes usaron las acusaciones generalizas de corrupción y los consiguientes escándalos como arma política para introducir la liberalización, consideran ahora que los escándalos originados por la propia liberalización reflejan la corrupción de los acusadores. El arma política ha virado en su contra, pero la convicción de que honestidad y mercado son la misma cosa, permanece inconmovible.
La corrupción de la lucha contra la corrupción
Las imputaciones de corrupción han sido tan eficientes que su uso se ha generalizado recurren a ellas los personajes y sectores más disímiles. Su eficacia se observa en el hecho de que el único antídoto contra una acusación de esa índole parece ser una contra acusación del mismo tipo. De esta forma las acusaciones y contra acusaciones han venido creciendo en tal proporción que es imposible orientarse entre ellas.
El asunto no es exclusivo de la lucha política; en el mundo económico se presenta como la sospecha sobre todo obstáculo o persona que se oponga a un negocio, incluyendo, por su puesto a la competencia.
Se ha llegado a acusar a naciones y regiones enteras de estar infectadas por el mal. la señora Margaret Thacher justificó su oposición de permitir el acceso de las naciones deudoras al descuento de sus papeles en los mercados financieros con el argumento de que los beneficios irían a parar a las manos de las élites corruptas de esas naciones. En términos más cotidianos, un anuncio municipal colocado en las calles de ciudad de México decía lo siguiente: "El exceso de velocidad es una forma de corrupción".
La consecuencia más inmediata de esta generalización y banalización del problema es la pérdida de todo sentido sobre lo que pueda constituir "corrupción", pues, como ya se ha hecho lugar común, "si todos somos corruptos nadie lo es".
Otra derivación curiosa es que a pesar de que se trata de un término no definido -que quizás por ello mismo no tiene un equivalente válido, carece de fuerza señalar a alguien como deshonesto, ilegal, traficante, ladrón o explotador. Esto se hace evidente al redactar un texto sobre el tema, pues todos los sinónimos o imágenes resultan insuficientes cuando se intenta evitar la repetición de las palabras "corrupto" o "corrupción".
De esta forma como la propia lucha contra la corrupción se ha corrompido y la denuncia se ha convertido en la mejor manera de evitar cualquier indagación seria del tema o sobre hechos reales de corrupción.
Usted también es corrupto

Si algún tema merecería una reflexión seria es el de la corrupción. Sin embargo, en los últimos años se le ha tratado con tanta superficialidad, cuando no mala fe que resulta difícil aproximarse a poner en duda una acusación sobre corrupción, ya que ello puede ser indicio de complicidad. En consecuencia, pocos se atreven a inmiscuirse en el tema, salvo quienes tienen nuevas acusaciones que aportar o quienes adoptan las posiciones, supuestamente asépticas, de lejanos observadores externos y llegan a la conclusión de que todo se ha corrompido. La vieja actitud de mala fe que sólo permite tirar la primera piedra a quien esté libre de pecado, ha servido como siempre de factor inhibitorio. Pues bien, se necesita de esa primera piedra para acabar con la utilización política de la lucha contra la corrupción no sólo por las injusticias y la degradación ética que esté generando en cada uno de nuestros países, sino también porque es falso que América Latina es más o menos corrupta que otras regiones, y más aún porque el señalamiento generalizado contra la región está siendo utilizado como arma impropia de política económica internacional para imponer condiciones y obtener ventajas injustificadas, o -en todo caso- superiores a las que se derivarían de una sana y transparente relación de mercado.

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