El pasado 2o de julio, uno de los principales diarios
de Caracas titulaba, en primera página: "59,5% de
los venezolanos opina que falta más castigo para la corrupción".
Era la información más destacada de una encuesta
sobre actitudes políticas.
En la misma edición se informaba que, de acuerdo
con la Fundación Transparencia Internacional, de la Universidad
de Goettingen, Venezuela se encuentra entre los países
más corruptos con un "de 2,50" en una escala
en la cual 10 significa la pureza total. Argentina y Bolivia
resultan casi indistinguibles, con puntuaciones de 3,4+ y 3,4-,
respectivamente.
El afán de señalar la evolución
de la corrupción no se limita a la prensa nacional: en
la edición interactiva del Wall Street Journal del pasado
primero de julio, en un artículo titulado "La nueva
América Latina enfrenta un nuevo demonio: la corrupción
rampante", se hace un recuento sobre la extensión
del fenómeno. la distorsión de una preocupación
legítima; la preocupación es, en principio, legítima.
La coexistencia de extremos de riqueza y de pobreza en régimen
de estancamiento económico crónico conducen naturalmente
a pensar que algunos factores extraños impidieron el desenvolvimiento
normal de las sociedades de América Latina.
La corrupción, vieja mala maña humana
pudiera ser elemento perturbador de la vida social. La familiaridad
con casos concretos, en la experiencia diaria, y el elemento adicional
que proporcionan los escándalos difundidos en los medios
de comunicación reafirman esta presunción. la forma
en la cual se aborda el tema, sin embargo, resulta habitualmente
engañosa o distorsionada. Para limitarnos a los ejemplos
citados, la afirmación según la cual el 59,5% de
los venezolanos pide más castigo para la corrupción,
se origina en la respuesta a una pregunta inducida por la encuesta.
Esta última se refiere al acuerdo firmado con el Fondo
Monetario Internacional e interroga: "¿qué le
falta al programa?" e incluye entre las posibles opciones:
"más castigo a la corrupción". No hay
ninguna relación lógica entre la carencia y las
políticas macroeconómicas y los programas del Fondo.
Pero la opción, además de inducir la respuesta sirve
para subrayar que la corrupción sería una causa
principal de la crisis.
El barómetro de la corrupción de "Transparencia
Internacional", por su parte, parece poco riguroso, lo que
hace suponer que se trata más de un mecanismo publicitario
que de una medición confiable, pues luce difícil
concebir tal grado de precisión sobre un fenómeno
cuyas características no han sido bien definidas.
El artículo del Wall Street Journal es aún
más claro; describe la corrupción como un mal latinoamericano
que corroe a cualquier régimen económico o político
como incluso aquellos en los cuales ésta no debería
existir. En este sentido afirman; "quizás no sería
demasiado cínico considerar las acusaciones y contra acusaciones
como basadas en diferentes estilos de corrupción más
que en patrones éticos diferentes".
La corrupción como arma política
El trabajo citado nos suministra una clave para comprender
por qué un hecho que ha estado presente a lo largo de la
historia de la mayoría de nuestros países -y para
el caso de todos los países- se ha convertido en tema del
día. Dicen "se había aceptado durante largo
tiempo como artículo de fe que la economía de libre
mercado combinada con una mayor democratización, haría
más transparentes las actividades de negocios y de gobierno
de la región". Este artículo de Fe condujo
a los partidarios de la economía del libre mercado a considerar
como corrupción todo aquello que contraviniera las leyes
del mercado. Con tal convicción acusaron de corruptos
a quienes no compartían sus opiniones. No se trataba ya
de un problema de comportamiento moral individual, sino de un
estigma generalizado que manchaba a quienes los contradecían.
En este sentido y para simplificar las cosas, se pasó de
las acusaciones individuales de corrupción a las genéricas,
y se tuvo por cierto que políticos y burócratas
serían corruptos por definición, salvo prueba en
contrario. las acusaciones resultaron un instrumento eficaz para
desprestigiar a los adversarios y, en consecuencia, acceder al
poder político. fue así como el tema de la corrupción
dejó de ser un asunto ético para convertirse en
un arma política.
Aprendices de brujos
Lamentablemente, la premisa sobre la cual se sustentaba
la acusación contra los estatistas paternalistas, sindicaleros,
clientelistas e idiotas, resultó falsa. Como también
señala "The Wall Street Journal", después
de introducidas las reformas de libre mercado como probablemente
la corrupción prevalezca como nunca antes a lo que agregan:
"sólo han cambiado los actores. De dictadores militares
y burócratas se ha pasado a una nueva clase compuesta por
empresarios y políticos estrechamente aliados entre sí".
Para mayor abundancia, se cita a un ejecutivo norteamericano
quien explica: 'la mayoría de los actos de corrupción
solían ser minucias, tales como pagar un inspector de impuestos
u ofrecer sobornos para sellar un documento. Hoy está
más institucionalizada y es más oportunista, muy
semejante al estilo del crimen organizado". Y como evidencia
ese exponen las acusaciones y condenas recientes contra jefes
de estado portaestandartes de las reformas de libre mercado así
como contra sus familiares o allegados.
La fe mueve montañas
A pesar de que los hechos deberían llevar
a la conclusión de que no hay una relación directa
entre transparencia y mercado y de que es un error imponerle ideología
al problema de la corrupción y utilizarlo como arma política,
los partidarios del libre mercado parecen aferrarse a su artículo
de fe. El trabajo del "Wall Street Journal" por ejemplo,
a pesar de señalar que el mercado no ha acabado con el
problema de la corrupción considera a esto como "una
paradoja en el proceso de reforma de América Latina".
El error, entonces no estaría en el análisis sino
en América Latina. Peor aún, se dice que los escándalos
estarían "erosionando la credibilidad de todo el proceso
de liberalización", el cual constituirían "la
mayor esperanza de América Latina de abandonar el subdesarrollo".
Y añaden: "los opositores de la liberalización
han utilizado hábilmente los escándalos para detener
medidas que se necesitan urgentemente".
Como puede observarse, quienes usaron las acusaciones
generalizas de corrupción y los consiguientes escándalos
como arma política para introducir la liberalización,
consideran ahora que los escándalos originados por la propia
liberalización reflejan la corrupción de los acusadores.
El arma política ha virado en su contra, pero la convicción
de que honestidad y mercado son la misma cosa, permanece inconmovible.
La corrupción de la lucha contra
la corrupción
Las imputaciones de corrupción han sido tan
eficientes que su uso se ha generalizado recurren a ellas los
personajes y sectores más disímiles. Su eficacia
se observa en el hecho de que el único antídoto
contra una acusación de esa índole parece ser una
contra acusación del mismo tipo. De esta forma las acusaciones
y contra acusaciones han venido creciendo en tal proporción
que es imposible orientarse entre ellas.
El asunto no es exclusivo de la lucha política;
en el mundo económico se presenta como la sospecha sobre
todo obstáculo o persona que se oponga a un negocio, incluyendo,
por su puesto a la competencia.
Se ha llegado a acusar a naciones y regiones enteras
de estar infectadas por el mal. la señora Margaret Thacher
justificó su oposición de permitir el acceso de
las naciones deudoras al descuento de sus papeles en los mercados
financieros con el argumento de que los beneficios irían
a parar a las manos de las élites corruptas de esas naciones.
En términos más cotidianos, un anuncio municipal
colocado en las calles de ciudad de México decía
lo siguiente: "El exceso de velocidad es una forma de corrupción".
La consecuencia más inmediata de esta generalización
y banalización del problema es la pérdida de todo
sentido sobre lo que pueda constituir "corrupción",
pues, como ya se ha hecho lugar común, "si todos somos
corruptos nadie lo es".
Otra derivación curiosa es que a pesar de
que se trata de un término no definido -que quizás
por ello mismo no tiene un equivalente válido, carece de
fuerza señalar a alguien como deshonesto, ilegal, traficante,
ladrón o explotador. Esto se hace evidente al redactar
un texto sobre el tema, pues todos los sinónimos o imágenes
resultan insuficientes cuando se intenta evitar la repetición
de las palabras "corrupto" o "corrupción".
De esta forma como la propia lucha contra la corrupción
se ha corrompido y la denuncia se ha convertido en la mejor manera
de evitar cualquier indagación seria del tema o sobre hechos
reales de corrupción.
Usted también es corrupto
Si algún tema merecería una reflexión
seria es el de la corrupción. Sin embargo, en los últimos
años se le ha tratado con tanta superficialidad, cuando
no mala fe que resulta difícil aproximarse a poner en duda
una acusación sobre corrupción, ya que ello puede
ser indicio de complicidad. En consecuencia, pocos se atreven
a inmiscuirse en el tema, salvo quienes tienen nuevas acusaciones
que aportar o quienes adoptan las posiciones, supuestamente asépticas,
de lejanos observadores externos y llegan a la conclusión
de que todo se ha corrompido. La vieja actitud de mala fe que
sólo permite tirar la primera piedra a quien esté
libre de pecado, ha servido como siempre de factor inhibitorio.
Pues bien, se necesita de esa primera piedra para acabar con
la utilización política de la lucha contra la corrupción
no sólo por las injusticias y la degradación ética
que esté generando en cada uno de nuestros países,
sino también porque es falso que América Latina
es más o menos corrupta que otras regiones, y más
aún porque el señalamiento generalizado contra la
región está siendo utilizado como arma impropia
de política económica internacional para imponer
condiciones y obtener ventajas injustificadas, o -en todo caso-
superiores a las que se derivarían de una sana y transparente
relación de mercado.
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