MIAMI (AIPE).- De todas las plagas que han acosado a América Latina en los últimos años, la más funesta ha
sido la creciente politización de nuestros sistemas judiciales, lo cual a su vez ha fomentado la corrupción. Si la
ley no es respetable, no se acata y surge el caos.
Es un fenómeno regional que a medida que nuestros países se fueron democratizando, mientras los dictadores
y caudillos iban siendo desplazados por gobiernos democráticamente electos, el nombramiento de jueces
comenzó a hacerse en función de afiliaciones y tendencias partidistas, lo cual al transcurrir de los años se ha
degenerado en el desprestigio de la institución y su exposición a la manipulación política o a la descarada venta
de fallos y sentencias al mejor postor.
Otra influencia extraordinariamente negativa es que las más poderosas multinacionales que operan hoy en
América Latina no son ya las viejas United Fruit y Standard Oil Company sino los carteles del narcotráfico. Y
gracias a la política de Washington de declarar la guerra a la fabricación y al transporte más que al consumo de
las drogas, el campo de batalla fue trasladado a nuestros países, donde el sueldo mensual de un policía o de un
juez equivale a lo que gana diariamente un vendedor al detal de drogas en las calles de Nueva York o Los
Angeles.
Sin seguridad jurídica no puede florecer la inversión ni la creación de empleos. La apertura económica en
países como México, Venezuela y hasta cierto punto Argentina, donde las privatizaciones beneficiaron
principalmente a aquellos cercanos al poder, no genera la prosperidad general y altos niveles de empleo que
rápidamente se traducen en apoyo electoral a las reformas económicas. Por el contrario, surgen violentas
oleadas contra el mal llamado neoliberalismo que en su versión latinoamericana tiende sólo a beneficiar a élites
políticas y empresariales, al terminar pagando el pueblo más por los bienes y servicios de las viejas empresas
estatales ahora convertidas en monopolios privados, mientras el producto de las privatizaciones se aplica a
mantener burocracias excesivas, a campañas electorales y a cuentas particulares de los gobernantes y sus
familiares en el extranjero.
En Venezuela se desató una cínica persecución política contra los banqueros "prófugos" de la justicia. Entre
ellos hay unos cuantos gángsters bien conocidos, pero también entre esos 400 que les han dictado autos de
detención hay muchos que no eran responsables, cometieron pecados veniales o equivocaciones, pero que
obviamente no tienen ninguna fe en un proceso judicial totalmente politizado. Todos fueron metidos en la
misma canasta ante la desesperación del gobierno de Caldera de encontrar culpables de la debacle venezolana y
en su campaña por desprestigiar al "capitalismo" y la reforma económica iniciada por Carlos Andrés Pérez.
Por otra parte, me contaba recientemente un alto ejecutivo de una multinacional en Buenos Aires, quien antes
ocupó una posición similar en Caracas, que la corrupción del sector privado en la Argentina está mucho más
generalizada que en Venezuela porque para cerrar ventas importantes a otras empresas hay que pagarles
comisiones a los gerentes de compras. Es decir, el sector privado allá ya fue contagiado por las prácticas del
sector público.
La trascendencia del Imperio de la Ley y de la seguridad jurídica la expuso F. W. Maitland hace más de un
siglo al escribir: "El ejercicio del poder en forma imprevisible origina alguna de las mayores limitaciones, pues
la limitación, cuanto menos previsible, es mayor y más temida. Nos sentimos menos libres cuando sabemos que
en cualquier momento y sobre cualquiera de nuestras acciones puede recaer una limitación, y, sin embargo, no
podemos prever tales limitaciones. Las reglas conocidas, por muy malas que sean, interfieren menos con la
libertad que las decisiones basadas en reglas que no son previamente conocidas".
Cuando las decisiones judiciales y la interpretación de las leyes se hacen en función de los intereses políticos
del momento, la supuesta libertad política se convierte en un gran engaño y la gente comienza a echar de
menos los mejores tiempos que se vivían bajo algún autócrata, cuando al menos estaba claro lo que se podía o
no hacer y el círculo de privilegios era mucho más reducido.
* Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE.
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