"Salve fecunda zona que al sol enamorado circunscribes..."
Andrés Bello.
Fue como un espejismo aquella primera visión sobre un mundo
perdido inexplicable para la mente de unos hombres que venían
de las paradas colinas llenas de olivares, de trigo, de molinos
de viento, de soledades y de ruinas de árabes y romanos,
de montañas de roca ennegrecida mares, acantilados agreste,
para encontrarse de pronto con millones de boras florecidas, nenúfares
y lirios flotantes en pleno mar, como si el mar se hubiese vuelto
verde. Para luego penetrar en un infinito océano de agua
dulce sin horizonte, y en sus costas, árboles gigantescos,
hojas que podían arroparlo, helechos gigantes, serpientes
que se enroscaban voluptuosas en troncos y el cielo satinado por
el vuelo de miles de guacamayas y paujÌes. Peces grandes
como sirenas que amantaban sus crios persiguiendo las frágiles
caravelas, ríos infinitos que penetraban en un territorio
jamás imaginado, jamás visto, donde seres humanos
como ellos, con la piel color aceituna con vibrantes collares
de oro, jade y corales, con plumajes que irradiaban un arcoiris
sobre los pechos desnudos que les hablaban otra lengua y que los
llevaban hasta lo más profundo, en empinados riscos a sus
centros astronómicos hechos de la más dura piedra
como jamás soñó ningún cantero ver
cosa más perfecta.
Si, era como el primer día de la creación, como
el comienzo de algo inaudito que jamás pudo soñar
ninguno de los que se quedaron más allá del océano.
Era el mundo "real maravilloso" de Alejo Carperter o
el de "Cien años de soledad" de García
Márquez o "La Vorágine" de José
Eustacio rivera. Podía haber sido el Amazonas, el río
Orinoco o el de la Plata o el río Guayas. Podría
haber sido la primera visión de Pizarro en el encuentro
con los Incas. De Hernán Cortes a su llegada a Tenochtitlán.
Pudo haber sido en Cuzco, Copán, Chichen Itzá, donde
quiera que fueron, en todos los rincones que pisaron, estaba la
huella, como la de Acawalincan en Nicaragua, a orillas del Ocibolca,
con la antorcha encendida del Momotombo en su corazón con
más de cincuenta mil años de historia, muy anterior
a la de los supuestos y audaces aventureros "civilizados"
que llegaron el 12 de octubre de 1492.
Pues si señores con más de cincuenta mil años
de historia grabada en las rocas de granito rojo del altiplano
andino y gracias al meticuloso y paciente trabajo del arquitecto
y arqueólogo peruano Carlos Milla Villena, asentado en
su libro "Génesis de la Cultura Andina". Pueblos
que no tuvieron escritura fueron capaces de hacer mediciones astronómicas
de la más alta precisión y marcar la fecha de todos
sus acontecimientos utilizando el movimiento de la "Cruz
del Sur" en relación al horizonte. Marcaron en sus
pozos ceremoniales dos lecturas anuales precisas entre los dos
solsticios para formar un ángulo que es el "ángulo
intersolticial". Esta es la medida más larga que ha
utilizado el hombre para medir el tiempo, ya que el tiempo que
dura este ángulo para dar una vuelta completa es de 27.000
años.
Muchos de los fechados hechos con el método de Carbono
14 fueron corregidos con precisión por el Arquitecto Milla
Villena, mediante lecturas marcadas por la cultura Tlahuannacoi
en todos sus monumentos.
Cuando llegaron los españoles a América, ya la Cruz
existía en la cultura andina y el tiempo de cosecha y de
siembra estaba regido por el movimiento de esta constelación,
es por ello que la cruz cristiana penetró fácilmente
todo este mundo cosmogónico.
Cuando en el siglo pasado el cartógrafo francés
Delamber, marca la mitad del mundo en el Ecuador, lo hace sobre
un templo existente en el sitio donde ya estaba marcado ese punto,
templo que fue demolido para colocar un monolito. Por otra parte,
las viviendas colectivas de la cultura Yekuana, en la Amazonia
venezolana y brasilera, son centros astronómicos con una
ventana en la cúspide para leer el paso de las estrellas.
Pero más allá de la barbarie, más allá
del saqueo de miles de carabelas cargadas de oro y de diamantes
que llevaron a las arcas españolas, más allá
de los miles de indios empalados y quemados en hogueras, nos llegó
un sólido bagaje cultural que venía arrastrando
siete siglos de ocupación árabe de España,
dejando sobre las ruinas de las pirámides del zócalo
en Tenochitlan, monumentos donde manos indígenas tallaron
las primeras vírgenes morenas.
En México, Cholula, Puebla, Guadalajara, frente a la majestad
de las pirámides del Sol y de la Luna o de los gigantescos
monumentos de Tikal, se alzan las inmensas catedrales, muchas
de ellas totalmente vestidas de hojilla de oro, con una visión
americana del barroco Español.
Los alféizares, las celosías, las aldabas y cientos
de elementos árabes unidos al manejo mágico del
agua y de la naturaleza, propios de la Alhambra y el Generalife,
donde la fuerte luz del trópico llega domesticada a nuestros
ojos, acompañada del olor a jazmineros, damas de noche,
cundeamores y naranjos en flor, marcaron nuestra arquitectura
mestizada, dejando los modelos urbanos de la más alta calidad
donde tres inventos árabes la plaza, el patio, el corredor,
conformarán los espacios que mejor se adecúan a
la inclemencia tropical, unidos a nuestra flora y fauna.
Es una arquitectura matizada de luz y de color con olor y música
de pájaros y viento.
Cartagena, la Habana, Trinidad, antigua, o Popayán Mompox,
Pamplona, Villa de Leiva, Guanajuato, Puebla, Quito, Arequipa,
Cuzco, Ouro Petro, Recife, Cuenca y muchas más son ciudades
de un extraño encanto que aún resisten el embate
de una civilización atormentada, enloquecida, envilecida,
destructura, y envenenadora, donde el imperio de un modelo mercantil,
especulador y teocrático ha borrado la fuerza humana y
ambiental de las viejas ciudades-claustros donde muchos de nosotros
aprendimos a amar la luz del sol y el canto de los pájaros.
Pocos son los arquitectos que en una batalla feroz frente a la
barbarie han dado la pelea por adecuar a nuestro tiempo una ciudad
posible, habitable, amable. Carlos Raúl Villanueva con
El Silencio y sus modelos urbanos, Barragán, que arrebata
con la pureza del color y la limpieza del espacio en México,
Rogelio Salmona, en Colombia, quien empecinado del ladrillo lo
lleva al más alto pedestal junto con Eladio Dieste, en
Uruguay e Ignacio Díaz, en Córdoba, Argentina.
La pléyade de arquitectos que dieron el salto de Brasil
-con Lucio Costa, los hermanos Roberto Villanova, Oscar Niemayer,
Sergio Magalaes- sólo para empezar, nos han dejado obras
de un altísimo valor que unido a los grandes artistas y
paisajistas como Roberto Burlemarx, nos han dado una arquitectura
nueva, integrada al trópico. Aunque no siempre con aciertos
urbanos es el caso de Brasilia, donde una suma de joyas de la
arquitectura de Oscar Niemayer no llega a conformar un espacio
humano deseable, demostrando que la ciudad es un hecho cultural,
social y político, al que no puede ser extraño el
sistema imperante. El sueño de Brasilia seguirá
siendo un sueño hasta que la misma realidad brasilera no
cambie.
En Caracas jóvenes arquitectos comienzan un esfuerzo renovador
en la arquitectura, pero en los caos impetrant apenas son gotas
de agua en el oceáno. El papel renovador e innovador urbano
de los espacios externos que ha generado el Metro de Caracas,
nos dice que si es posible devolver a la ciudad el encanto de
la comunicación y la alegría urbana.
Sin embargo, detrás de los lujosos y apretados rascacielos
de cristal y de los millones de automóviles de lujo que
envenenan el aire en las periferias de nuestra megalopolis está
vivo, dolido, pisoteado, olvidado... el pueblo. Entre casas de
cartón y de lata y promesas de políticos pero también
entre plátanos y limoneros, millones de seres humanos hacen
un sitio silencioso a las ciudades, esperando la hora del asalto
viendo con estupor el reparto del botín, y sin una posibilidad
clara de salir de esa inmensa pobreza. Guardando en ella todo
el bagaje cultural de América, de nahualts, quechuas, aimaras,
guajiros, yupas, navajos, arrinconados nos muestran todavía
en sus mercados, la fuerza creadora subyacente hoy mayoría
plena en nuestro continente.
Una ciudad modelo en el estado de Paraná, Brasil, Curitiva,
nos muestra un modelo de renovación integral dirigido por
un audaz arquitecto Jaime Lerner. esta ciudad se da el lujo de
tener 120 metros cuadrados de parque por habitante, sistema de
metro superficial que enlaza toda la ciudad sin un sólo
túnel y más de diez kilómetros de boulevares
para peatonizar el casco urbano.
Esta ciudad nos abre la luz a la esperanza sin las demoliciones
que destruyeron El Saladillo en Maracaibo, el corazón.
Yo hablo de árboles para vivir como un sueño posible.
Coexistir con la naturaleza sin que seamos más importantes
que la flor del mastranto o una mariposa.
Llevar árboles y huertos al corazón de las ciudades
no sólo es una necesidad sino la única forma de
sobrevivir ante la pérdida del oxígeno y envenenamiento
urbano donde hasta la lluvia que cae sobre las ciudades se vuelve
un veneno mortal.
Abrazarnos a la naturaleza coexistir sabiamente con ella en la
más grande armonía es la única esperanza
para los que vivirán el tercer milenio cristiano. Nunca
olvidaré al gran ecólogo venezolano Arturo Eichler,
quien dedicó su vida a la defensa de la naturaleza con
sus dramáticas palabras sobre la vida en el espacio: "tengo
el presentimiento que estamos trágicamente solos en el
Universo".