Una joven periodista, en entrevista reciente, me preguntaba: ¿Debe
Venezuela dejar de pertenecer a la Organización de Países
Exportadores de Petróleo (OPEP)? Si la OPEP, le respondí,
se empeña en continuar asumiendo el papel de un cartel
frustrado, desde luego que si; Venezuela debe separarse de ella.
De reestructurarse para la defensa del petróleo como fuente
principal de energía, y de deponer un grupo importante
de sus miembros las tesis "tercermundistas" o "fundamentalistas",
que les animan, entonces pudiéramos seguir en la organización.
La OPEP, en efecto, es otro de tantos subproductos de la Guerra
Fría. Al término de la II Guerra Mundial, e inclusive
antes de su finalización, se puso de manifiesto una rivalidad
irreconciliable entre los dos sistemas políticos y económicos
dominantes en aquella época: el de la democracia representativa
y el capitalismo, y el de la "democracia socialista"
(sic) y el comunismo, siendo el paradigma del primer sistema,
los Estados Unidos de América, y del segundo, la hoy extinta
Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas
(URRSS).
Los enfrentamientos entre dos maneras diferentes de concebir la
relación de la persona con el Estado y los modos de producción
y.distribución de la riqueza, caracterizaron ese tenebroso
período, conocido como la Guerra Fría, entre 1945
y 1990. Surgen en esa época, no por casualidad, las llamadas
"guerras de liberación nacional", "movimientos
de liberación nacional", provenientes de las aún
colonias africanas y asiáticas de estados europeos.
Los movimientos de liberación nacional , si bien partieron
de una visión "antimperialista" y "anticolonialista",
confundieron, desde el inicio desgraciadamente, esas aspiraciones
deindependencia con las luchas anticapitalistas. En otras palabras,
identificaron al capitalismocon el colonialismo y el imperialismo.
De allí también que nacieran movimientos semejantes
en América Latina, en donde el problema de la independencia
había quedado resuelto, con muy pocas excepciones, en la
primera parte del siglo pasado, pero no, el de la estabilidad
política y el crecimiento económico. Y ello sucedió,
porque el enorme impulso y avance del capitalismo europeo de la
segunda mitad del Siglo XIX coincide con el más oscuro
de las guerras coloniales; de la dominación europea sobre
Africa y Asia. Como se asocia el ímpetu colonial e imperialista
con el desarrollo del capitalismo, se cae en el sofisma de asimilar
al con el colonialismo; se considera que las necesidades del desarrollo
capitalista conllevan, necesariamente, al colonialismo, por lo
que la destrucción del colonialismo hace precisa la del
capitalismo.
La URRSS, entonces, comprende que ha encontrado un filón
en los movimientos de liberación nacional. Puede servirse
de ellos para satisfacer sus apetitos expansionistasy vocación
imperial. Se transforma así en el gran protector, promotor,
financista, proveedor de armas y entrenador de guerrilleros de
estos movimientos. Los Estados Unidos, entretanto, convertidos
después de la II Guerra Mundial en líder indiscutible
de las naciones capitalistas, tratan de contener y detener el
empuje soviético, protegiendo a sus socios europeos y al
Japón y, por ello mismo, creando la sensación entre
los países colonizados de que no están muy interesados
en su independencia. Los Estados Unidos, nuevo paradigma del capitalismo,
son percibidos por los movimientos de liberación nacional
como una nación reaccionaria, enemiga de los procesos de
liberación nacional.
Muchos latinoamericanos compartirán esos sentimientos contrarios
a los Estados Unidos y al modo de producción capitalista,
que ellos representan. La raíz de ello es la presencia
de tropas estadounidenses en distintas partes de Latinoamérica,
tanto en el Siglo XIX, como en la primera mitad del Siglo XX.
Si bien muchas de estas intervenciones estadounidenses tienen
motivaciones mercantiles, es indudable que el desorden reinante
en casi toda Latinoamérica en esos tiempos, hacía
temer a los Estados Unidos, con justificadas razones, el que América
Latina, o una parte sustancial de su territorio, cayera bajo el
dominio colonial europeo, como, ya había sucedido a Africa
y a casi toda Asia. Esta situación, estamos obligados a
admitir y a aceptar, representaba un grave riesgo a la independencia
misma de los Estados Unidos de América, la cual, al fin
y al cabo, apenas si la habían conseguido pocos años
antes que los latinoamericanos. Los Estados Unidos, además,
eran todavía, en el Siglo XIX, una nación en plena
formación y conformación.
Es de los movimientos de independencia y liberación nacional
que surgen de la posguerra una serie de dirigentes políticos,
quienes viendo con suspicacia, recelo y animadversión a
los Estados Unidos, no están dispuestos tampoco a permitir
que sus naciones formen parte del Imperio Soviético. Se
oponen, pues, al capitalismo y su exponente principal, los Estados
Unidos, y al comunismo y su representante fundamental, la Unión
Soviética, aunque más tímidamente en este
último caso. Buscan la salida en un sistema intermedio,
en lo que se conoció como "capitalismo de Estado-,
"sistemas de economía mixta- o, en términos
venezolanos, "ni comunismo, ni capitalismo, sino todo lo
contrario-. Son estos dirigentes los que darán nacimiento
al Movimiento de Países No Alineados y al "tercermundismo",
pretendida tercera vía del desarrollo entre capitalismo
y comunismo. Los cerebros son hombres como Tito, fundador de un
Estado comunista (hoy en día disuelto), pero separado de
la Union Soviética y receptor, por lo tanto, de la ayuda
económica y la protección de los Estados Unidos;
Nasser, líder fundamental del nacionalismo pan-arábigo,
otro campeón del doble juego frente a los Estados Unidos
y la URRSS; Sukarno de Indonesia y, desde luego, Nehru de la India.
A estos personajes se unirán otros como Kenyata de Kenya,
Nkrumah de Ghana y Ben Bella de Argelia y, como no podía
faltar un latinoamericano, Fidel Castro de Cuba. Se identificarán
como nacionalistas, neutrales en la Guerra Fria, no alineados
a ninguna de las dos potencias rivales, "tercermundistas"
y procurarán sacar el mayor provecho al coqueteo intermitente
entre una potencia rival y la otra; aunque algunos, como Castro,
terminarán abrazándose a la Unión Soviética
sin ningún freno, condición, ni disimulo.
Es, precisamente, en ese escenario de Guerra Fría, no alineación
y "tercermundismo" en que se funda la OPEP. Los principales
países productores y exportadores de petróleo, que
son, en su mayoria árabes, asiáticos y latinoamericanos,
consideran que el negocio petrolero y los mercados están
controlados por "siete hermanas"; as siete compañías
petroleras más importantes, casi todas estadounidenses,
pero algunas, como la Shell y la Anglo-Iranian, europeas occidentales.
Son vistas por los productores, en consecuencia, como "agentes"
del capitalismo, es decir, el imperialismo y el colonialismo,
a los que asimilan con aquel. Se les acusa de "manipular"
los mercados en desmedro de los países productores, por
lo que estos países solamente recobrarán su independencia
y soberanía, y gozarán de ella, cuando se liberen
de estas empresas. La OPEP, pues, debe ser uno de los baluartes
de la independencia económica y política de los
países miembros (sic).
La posición de la OPEP frente a las empresas productoras,
como resultado, se irá endureciendo con los años;
sobre todo a partir de 1968 cuando el Coronel Khadafy depone al
rey libio, Idris. Khadafy se convertirá muy pronto en otro
de los adalides del "antimperialismo" y el nuevo nacionalismo
pan-arábigo. En cuanto a las "siete hermanas",
Khadafy les asestará un rudo golpe al aceptar Occidental
condiciones de explotación más onerosas para las
compañías que las prevalecientes hasta entonces.
A partir de los acontecimientos libios de 1968, la separación
entre la OPEP y las compañías se hará mayor.
Venezuela, en 1970, se arroga el derecho de fijar unilateralmente
los precios de referencia fiscal, en lugar de seguir negociándolos
con las compañías. Los demás miembros de
la OPEP harán lo mismo después de las inmensas alzas
de los precios del petróleo (octubre de 1973), fruto de
la Guerra del Yom Kippur y el embargo petrolero árabe.
La primera parte de los años '70 verá, asimismo,
el reventar de la ola de "nacionalizaciones" de las
empresas en casi todos los países de la OPEP, la cual,
en Venezuela, se materializará el lo. de enero de 1976.
El endurecimiento de posiciones enfrentadas entre la OPEP y las
compañías provocará una gran histeria en
el mercado, que se traducirá en mayores subidas de precios
en los años '70. Para remate, en diciembre de 1979, cae
el Sha de Irán y se instala en esa nación un gobierno
"fundamentalista", enemigo de los Estados Unidos y,
sin duda, de las compañías. Este gobierno, por añadidura,
entrará en guerra con la vecina Irak, causando ambos sucesos
alzas descomunales en los precios del petróleo.
En vista de los hechos petroleros de principios de los 70, y por
virtud de ellos, los mayores consumidores del petróleo
OPEP crean la Agencia International de Energia (AIE) a fin de
coordinar sus acciones de defensa frente a la OPEP. Además
de constituir las reservas estratégicas, promoverán
políticas de conservación y ahorro energético,
así como de sustitución del petróleo OPEP
por petróleo proveniente de otros países no miembros
de la organización y por fuentes de energía alternas
al petróleo.
Las políticas de la AIE comenzarán a dar frutos
a comienzos de los años '80. También en los primeros
años de esa década se hará endémica
la guerra entre Irán e Irak y se demostrará que
la misma, ni ha afectado los suministros de petróleo, ni
los afectará presumiblemente en el futuro. El mercado,
por ello, se tranquiliza y regresa a la normalidad; lo cual, naturalmente,
da origen al descenso de los precios del petróleo entre
1982 y el tiempo, más reciente, de su recobrada estabilidad.
La OPEP, entonces, para defenderse de la caída de los precios,
no se le ocurre nada mejor que establecer el sistema de cuotas
en 1982, sistema éste que le dio la puntilla al perrnitir
que los países no miembros de ella coparan más del
60% del mercado mundial del petróleo. En otras palabras,
las cuotas, sin impedir el desplome de los precios, hicieron de
la OPEP un tigre de papel, un león de alfombra, reduciendo
su participación en el mercado, del 66% en 1982 al 38%
de estos días.
La OPEP en el mundo de hoy, ya terminada la Guerra Fría
y demostrado el rotundo fracaso del comunismo, el "capitalismo
de Estado-, los "sistemas de economía mixta",
el "tercermundismo", no es sino un anacronismo. Pero
un anacronismo mayor es el hecho de Venezuela seguir insistiendo
en ella; más aún, el haber sido uno de sus miembros
y, por añadidura, fundador. A nuestro país, en efecto,
nada se le había perdido en las causas "tercermundistas",
en las luchas "antimperialistas" y "anticolonialistas"
y, mucho menos, en la indigestión mental que supuso el
identificar al capitalismo con el imperialismo y el colonialismo.
Nuestro país nunca fue colonia, ni de España, ni
de ninguna otra potencia. Nosotros somos hijos de ese acontecimiento
trascendental, sin precedente histórico, que algunos denominan
el Descubrimiento y otros, el Encuentro. Este, el nuestro, era
un territorio prácticamente despoblado en ese tiempo ,
a no ser por unas pequeñas tribus indígenas, que
vivían, y algunas todavía lo hacen, en "estado
de naturaleza"; es decir, en una civilización de avances
muy precarios. Nuestra nación se hizo, se formó,
fue conformándose a partir del Descubrimiento y como corolario
de él. Casi todos nosotros, en mayor o menor grado, tenemos
sangre europea y somos indudablemente, desde el punto de vista
cultural, una nación europea, aunque nueva y con sus caractéres
específicos que la individualizan. Nuestra lengua, nuestra
religión principal, nuestros valores éticos, nuestra
moral, nuestras instituciones juridícas y políticas,
todo ello proviene de nuestro linaje europeo.
Nuestro caso, por lo tanto, es muy diferente al del colonialismo
en Africa y en Asia. En Africa y en Asia se superpuso el poderío
militar europeo para dominar a naciones ya existentes; algunas
con tradiciones y cultura milenarias, muy anteriores y de mayor
refinamiento que las europeas. Las guerras de emancipación
de africanos y asiáticos lo fueron en contra de invasores
extranjeros para preservar ellos sus costumbres y maneras, para
gobernarse a sí mismos, como era, y es, su derecho más
legitimo. La nuestra, en cambio, fue más bien una guerra
civil. Tan nacidos en estas tierras eran los "patriotas",
como la mayoría de los "realistas", los unos
abrazados a las ideas de la Ilustración, luchando por el
autogobiemo y la novísima democracia representativa, y
los otros, los realistas, por mantener el "status quo"
y Las formas de gobiemo hasta entonces imperantes en la Capitanía
General de Venezuela.
La aversión a los Estados Unidos, por otra parte, tampoco
se justificaba en Venezuela. Nuestras relaciones con ese país
siempre fueron excelentes, caracterizadas por un gran respeto
mutuo. Más bien, las intervenciones estadounidenses en
asuntos venezolanos sirvieron para proteger y salvaguardar nuestra
soberanía. Recuérdense los casos de la Guayana Esequiba
y el bloqueo armado al Puerto de La Guaira.
Nuestra política internacional a partir de la posguerra,
en consecuencia, ha debido ser una de franca alineación
con los Estados Unidos. En el contexto de la Guerra Fría,
representaba mucho más nuestros valores y cultura, que
los soviéticos y, ciertamente, que los "movimientos
de liberación nacional", la no alineación o
el "tercemmundismo". Podíamos haber aspirado,
por nuestros orígenes, raíces culturales y riqueza
territorial a convertimos rápidamente en socio pleno del
llamado "Primer Mundo".
De haber trabajado nuestras inmensas posibilidades de ser un país
del Primer Mundo, habríamos comprendido que nada teníamos
que hacer en la OPEP, apartándonos de nuestros socios naturales
por cultura y geografía. Ello no significa que haya estado
mal el aspirar a poseer una gran empresa petrolera venezolana,
un actor fundamental del negocio con raíces criollas. Pero
esto era perfectamente posible sin distanciarnos de nuestros socios
naturales y sin abrazar teorías políticas y económicas
que en nada nos beneficiarían, pero que sí, y mucho,
nos perjudicarían.
Venezuela, por lo tanto, no puede seguir siendo miembro de un
pretendido y frustrado cartel. Nuestro interés está,
más bien, en la AIE, en donde nos encontraremos con nuestros
socios naturales y nos haremos eco de sus preocupaciones y angustias
para convertimos en "suplidor preferido". Si logramos,
claro está, con nuestra influencia el hacer de la OPEP
una organización moderna, de defensa del petróleo
como fuente principal de energía, un instrumento capaz
de apoyarnos en la introducción de la orimulsión
en los mercados, entonces, bien, sigamos en ella. Pero si un grupo
importante de países miembros de la OPEP insiste en adoptar
posturas "tercermundistas" o de enfrentamiento a nuestros
clientes, o la OPEP, como organización, continúa
promoviendo políticas equivocadas (como el sistema de cuotas),
entonces desistamos de ella, vayámonos y rápido.