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Revista Electrónica Bilingue       Nº 7     Septiembre 1996
Econimía

Venezuela, el Tercermundismo y la OPEP
Andrés Sosa
Una joven periodista, en entrevista reciente, me preguntaba: ¿Debe Venezuela dejar de pertenecer a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP)? Si la OPEP, le respondí, se empeña en continuar asumiendo el papel de un cartel frustrado, desde luego que si; Venezuela debe separarse de ella. De reestructurarse para la defensa del petróleo como fuente principal de energía, y de deponer un grupo importante de sus miembros las tesis "tercermundistas" o "fundamentalistas", que les animan, entonces pudiéramos seguir en la organización.

La OPEP, en efecto, es otro de tantos subproductos de la Guerra Fría. Al término de la II Guerra Mundial, e inclusive antes de su finalización, se puso de manifiesto una rivalidad irreconciliable entre los dos sistemas políticos y económicos dominantes en aquella época: el de la democracia representativa y el capitalismo, y el de la "democracia socialista" (sic) y el comunismo, siendo el paradigma del primer sistema, los Estados Unidos de América, y del segundo, la hoy extinta Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas (URRSS).

Los enfrentamientos entre dos maneras diferentes de concebir la relación de la persona con el Estado y los modos de producción y.distribución de la riqueza, caracterizaron ese tenebroso período, conocido como la Guerra Fría, entre 1945 y 1990. Surgen en esa época, no por casualidad, las llamadas "guerras de liberación nacional", "movimientos de liberación nacional", provenientes de las aún colonias africanas y asiáticas de estados europeos.

Los movimientos de liberación nacional , si bien partieron de una visión "antimperialista" y "anticolonialista", confundieron, desde el inicio desgraciadamente, esas aspiraciones deindependencia con las luchas anticapitalistas. En otras palabras, identificaron al capitalismocon el colonialismo y el imperialismo. De allí también que nacieran movimientos semejantes en América Latina, en donde el problema de la independencia había quedado resuelto, con muy pocas excepciones, en la primera parte del siglo pasado, pero no, el de la estabilidad política y el crecimiento económico. Y ello sucedió, porque el enorme impulso y avance del capitalismo europeo de la segunda mitad del Siglo XIX coincide con el más oscuro de las guerras coloniales; de la dominación europea sobre Africa y Asia. Como se asocia el ímpetu colonial e imperialista con el desarrollo del capitalismo, se cae en el sofisma de asimilar al con el colonialismo; se considera que las necesidades del desarrollo capitalista conllevan, necesariamente, al colonialismo, por lo que la destrucción del colonialismo hace precisa la del capitalismo.

La URRSS, entonces, comprende que ha encontrado un filón en los movimientos de liberación nacional. Puede servirse de ellos para satisfacer sus apetitos expansionistasy vocación imperial. Se transforma así en el gran protector, promotor, financista, proveedor de armas y entrenador de guerrilleros de estos movimientos. Los Estados Unidos, entretanto, convertidos después de la II Guerra Mundial en líder indiscutible de las naciones capitalistas, tratan de contener y detener el empuje soviético, protegiendo a sus socios europeos y al Japón y, por ello mismo, creando la sensación entre los países colonizados de que no están muy interesados en su independencia. Los Estados Unidos, nuevo paradigma del capitalismo, son percibidos por los movimientos de liberación nacional como una nación reaccionaria, enemiga de los procesos de liberación nacional.

Muchos latinoamericanos compartirán esos sentimientos contrarios a los Estados Unidos y al modo de producción capitalista, que ellos representan. La raíz de ello es la presencia de tropas estadounidenses en distintas partes de Latinoamérica, tanto en el Siglo XIX, como en la primera mitad del Siglo XX. Si bien muchas de estas intervenciones estadounidenses tienen motivaciones mercantiles, es indudable que el desorden reinante en casi toda Latinoamérica en esos tiempos, hacía temer a los Estados Unidos, con justificadas razones, el que América Latina, o una parte sustancial de su territorio, cayera bajo el dominio colonial europeo, como, ya había sucedido a Africa y a casi toda Asia. Esta situación, estamos obligados a admitir y a aceptar, representaba un grave riesgo a la independencia misma de los Estados Unidos de América, la cual, al fin y al cabo, apenas si la habían conseguido pocos años antes que los latinoamericanos. Los Estados Unidos, además, eran todavía, en el Siglo XIX, una nación en plena formación y conformación.

Es de los movimientos de independencia y liberación nacional que surgen de la posguerra una serie de dirigentes políticos, quienes viendo con suspicacia, recelo y animadversión a los Estados Unidos, no están dispuestos tampoco a permitir que sus naciones formen parte del Imperio Soviético. Se oponen, pues, al capitalismo y su exponente principal, los Estados Unidos, y al comunismo y su representante fundamental, la Unión Soviética, aunque más tímidamente en este último caso. Buscan la salida en un sistema intermedio, en lo que se conoció como "capitalismo de Estado-, "sistemas de economía mixta- o, en términos venezolanos, "ni comunismo, ni capitalismo, sino todo lo contrario-. Son estos dirigentes los que darán nacimiento al Movimiento de Países No Alineados y al "tercermundismo", pretendida tercera vía del desarrollo entre capitalismo y comunismo. Los cerebros son hombres como Tito, fundador de un Estado comunista (hoy en día disuelto), pero separado de la Union Soviética y receptor, por lo tanto, de la ayuda económica y la protección de los Estados Unidos; Nasser, líder fundamental del nacionalismo pan-arábigo, otro campeón del doble juego frente a los Estados Unidos y la URRSS; Sukarno de Indonesia y, desde luego, Nehru de la India. A estos personajes se unirán otros como Kenyata de Kenya, Nkrumah de Ghana y Ben Bella de Argelia y, como no podía faltar un latinoamericano, Fidel Castro de Cuba. Se identificarán como nacionalistas, neutrales en la Guerra Fria, no alineados a ninguna de las dos potencias rivales, "tercermundistas" y procurarán sacar el mayor provecho al coqueteo intermitente entre una potencia rival y la otra; aunque algunos, como Castro, terminarán abrazándose a la Unión Soviética sin ningún freno, condición, ni disimulo.

Es, precisamente, en ese escenario de Guerra Fría, no alineación y "tercermundismo" en que se funda la OPEP. Los principales países productores y exportadores de petróleo, que son, en su mayoria árabes, asiáticos y latinoamericanos, consideran que el negocio petrolero y los mercados están controlados por "siete hermanas"; as siete compañías petroleras más importantes, casi todas estadounidenses, pero algunas, como la Shell y la Anglo-Iranian, europeas occidentales. Son vistas por los productores, en consecuencia, como "agentes" del capitalismo, es decir, el imperialismo y el colonialismo, a los que asimilan con aquel. Se les acusa de "manipular" los mercados en desmedro de los países productores, por lo que estos países solamente recobrarán su independencia y soberanía, y gozarán de ella, cuando se liberen de estas empresas. La OPEP, pues, debe ser uno de los baluartes de la independencia económica y política de los países miembros (sic).

La posición de la OPEP frente a las empresas productoras, como resultado, se irá endureciendo con los años; sobre todo a partir de 1968 cuando el Coronel Khadafy depone al rey libio, Idris. Khadafy se convertirá muy pronto en otro de los adalides del "antimperialismo" y el nuevo nacionalismo pan-arábigo. En cuanto a las "siete hermanas", Khadafy les asestará un rudo golpe al aceptar Occidental condiciones de explotación más onerosas para las compañías que las prevalecientes hasta entonces.

A partir de los acontecimientos libios de 1968, la separación entre la OPEP y las compañías se hará mayor. Venezuela, en 1970, se arroga el derecho de fijar unilateralmente los precios de referencia fiscal, en lugar de seguir negociándolos con las compañías. Los demás miembros de la OPEP harán lo mismo después de las inmensas alzas de los precios del petróleo (octubre de 1973), fruto de la Guerra del Yom Kippur y el embargo petrolero árabe. La primera parte de los años '70 verá, asimismo, el reventar de la ola de "nacionalizaciones" de las empresas en casi todos los países de la OPEP, la cual, en Venezuela, se materializará el lo. de enero de 1976.

El endurecimiento de posiciones enfrentadas entre la OPEP y las compañías provocará una gran histeria en el mercado, que se traducirá en mayores subidas de precios en los años '70. Para remate, en diciembre de 1979, cae el Sha de Irán y se instala en esa nación un gobierno "fundamentalista", enemigo de los Estados Unidos y, sin duda, de las compañías. Este gobierno, por añadidura, entrará en guerra con la vecina Irak, causando ambos sucesos alzas descomunales en los precios del petróleo.

En vista de los hechos petroleros de principios de los 70, y por virtud de ellos, los mayores consumidores del petróleo OPEP crean la Agencia International de Energia (AIE) a fin de coordinar sus acciones de defensa frente a la OPEP. Además de constituir las reservas estratégicas, promoverán políticas de conservación y ahorro energético, así como de sustitución del petróleo OPEP por petróleo proveniente de otros países no miembros de la organización y por fuentes de energía alternas al petróleo.

Las políticas de la AIE comenzarán a dar frutos a comienzos de los años '80. También en los primeros años de esa década se hará endémica la guerra entre Irán e Irak y se demostrará que la misma, ni ha afectado los suministros de petróleo, ni los afectará presumiblemente en el futuro. El mercado, por ello, se tranquiliza y regresa a la normalidad; lo cual, naturalmente, da origen al descenso de los precios del petróleo entre 1982 y el tiempo, más reciente, de su recobrada estabilidad.

La OPEP, entonces, para defenderse de la caída de los precios, no se le ocurre nada mejor que establecer el sistema de cuotas en 1982, sistema éste que le dio la puntilla al perrnitir que los países no miembros de ella coparan más del 60% del mercado mundial del petróleo. En otras palabras, las cuotas, sin impedir el desplome de los precios, hicieron de la OPEP un tigre de papel, un león de alfombra, reduciendo su participación en el mercado, del 66% en 1982 al 38% de estos días.

La OPEP en el mundo de hoy, ya terminada la Guerra Fría y demostrado el rotundo fracaso del comunismo, el "capitalismo de Estado-, los "sistemas de economía mixta", el "tercermundismo", no es sino un anacronismo. Pero un anacronismo mayor es el hecho de Venezuela seguir insistiendo en ella; más aún, el haber sido uno de sus miembros y, por añadidura, fundador. A nuestro país, en efecto, nada se le había perdido en las causas "tercermundistas", en las luchas "antimperialistas" y "anticolonialistas" y, mucho menos, en la indigestión mental que supuso el identificar al capitalismo con el imperialismo y el colonialismo. Nuestro país nunca fue colonia, ni de España, ni de ninguna otra potencia. Nosotros somos hijos de ese acontecimiento trascendental, sin precedente histórico, que algunos denominan el Descubrimiento y otros, el Encuentro. Este, el nuestro, era un territorio prácticamente despoblado en ese tiempo , a no ser por unas pequeñas tribus indígenas, que vivían, y algunas todavía lo hacen, en "estado de naturaleza"; es decir, en una civilización de avances muy precarios. Nuestra nación se hizo, se formó, fue conformándose a partir del Descubrimiento y como corolario de él. Casi todos nosotros, en mayor o menor grado, tenemos sangre europea y somos indudablemente, desde el punto de vista cultural, una nación europea, aunque nueva y con sus caractéres específicos que la individualizan. Nuestra lengua, nuestra religión principal, nuestros valores éticos, nuestra moral, nuestras instituciones juridícas y políticas, todo ello proviene de nuestro linaje europeo.

Nuestro caso, por lo tanto, es muy diferente al del colonialismo en Africa y en Asia. En Africa y en Asia se superpuso el poderío militar europeo para dominar a naciones ya existentes; algunas con tradiciones y cultura milenarias, muy anteriores y de mayor refinamiento que las europeas. Las guerras de emancipación de africanos y asiáticos lo fueron en contra de invasores extranjeros para preservar ellos sus costumbres y maneras, para gobernarse a sí mismos, como era, y es, su derecho más legitimo. La nuestra, en cambio, fue más bien una guerra civil. Tan nacidos en estas tierras eran los "patriotas", como la mayoría de los "realistas", los unos abrazados a las ideas de la Ilustración, luchando por el autogobiemo y la novísima democracia representativa, y los otros, los realistas, por mantener el "status quo" y Las formas de gobiemo hasta entonces imperantes en la Capitanía General de Venezuela.

La aversión a los Estados Unidos, por otra parte, tampoco se justificaba en Venezuela. Nuestras relaciones con ese país siempre fueron excelentes, caracterizadas por un gran respeto mutuo. Más bien, las intervenciones estadounidenses en asuntos venezolanos sirvieron para proteger y salvaguardar nuestra soberanía. Recuérdense los casos de la Guayana Esequiba y el bloqueo armado al Puerto de La Guaira.

Nuestra política internacional a partir de la posguerra, en consecuencia, ha debido ser una de franca alineación con los Estados Unidos. En el contexto de la Guerra Fría, representaba mucho más nuestros valores y cultura, que los soviéticos y, ciertamente, que los "movimientos de liberación nacional", la no alineación o el "tercemmundismo". Podíamos haber aspirado, por nuestros orígenes, raíces culturales y riqueza territorial a convertimos rápidamente en socio pleno del llamado "Primer Mundo".

De haber trabajado nuestras inmensas posibilidades de ser un país del Primer Mundo, habríamos comprendido que nada teníamos que hacer en la OPEP, apartándonos de nuestros socios naturales por cultura y geografía. Ello no significa que haya estado mal el aspirar a poseer una gran empresa petrolera venezolana, un actor fundamental del negocio con raíces criollas. Pero esto era perfectamente posible sin distanciarnos de nuestros socios naturales y sin abrazar teorías políticas y económicas que en nada nos beneficiarían, pero que sí, y mucho, nos perjudicarían.

Venezuela, por lo tanto, no puede seguir siendo miembro de un pretendido y frustrado cartel. Nuestro interés está, más bien, en la AIE, en donde nos encontraremos con nuestros socios naturales y nos haremos eco de sus preocupaciones y angustias para convertimos en "suplidor preferido". Si logramos, claro está, con nuestra influencia el hacer de la OPEP una organización moderna, de defensa del petróleo como fuente principal de energía, un instrumento capaz de apoyarnos en la introducción de la orimulsión en los mercados, entonces, bien, sigamos en ella. Pero si un grupo importante de países miembros de la OPEP insiste en adoptar posturas "tercermundistas" o de enfrentamiento a nuestros clientes, o la OPEP, como organización, continúa promoviendo políticas equivocadas (como el sistema de cuotas), entonces desistamos de ella, vayámonos y rápido.

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