Uno de los argumentos más utilizados para justificar la
escasa celeridad con que el gobierno ha asumido las reformas estructurales,
consiste en señalar que el programa de ajuste apenas tiene
tres meses de ejecución. El gobierno parece ir con sumo
cuidado, calculando todos sus pasos y quienes al parecer conocen
la lógica de movimiento de la presente administración
sostienen que se trata de una estrategia bien pensada.
Bajo esa lógica mejor es posponer o sacar de la agenda
todos esos temas que amenacen el lento desenvolvimiento de ese
proceso. En definitiva el gobierno sabe lo que hace, dicen algunas
personas bien intencionadas.
Cómo se le puede pedir tanto a un programa hecho sobre
la marcha, tal como dice el director gerente del FMI. En realidad
esos argumentos son perfectamente justificables si se analizan
los antecedentes del gobierno. Ciertamente el gobierno parece
no ser muy rápido en el proceso de aprendizaje. Hicieron
falta dos años consecutivos, construyendo la cadena más
espectacular de errores en la historia de la política económica
del país, para que el gobierno rectificase el curso de
su política económica. Algunos ministros han necesitado
de una larga y tortuosa historia de rectificaciones para comprender
cosas que ahora se asumen por puro sentido común. El manejo
de la crisis financiera, la extravagante subasta de dólares
de 1994, el compromiso antiinflacionario, el control de cambios,
el fracaso inicial de las privatizaciones, la devaluación
de diciembre de 1995, son apenas algunos de los numerosos desaciertos
de una administración que al parecer tiene un rÈcord
muy lento de aprendizaje.
Sin embargo no hay que ser mezquinos en reconocer que las cosas
han cambiado y algunos miembros del gabinete le han impuesto al
programa un ritmo que hubiese sido difícil de pronosticar
en base a una simple extrapolación de los acontecimientos.
Uno escucha al ministro de Cordiplan, en una cruzada en la que
no tiene muchos acompañantes, defender con entusiasmo y
convencimiento lo que se ha hecho y no queda otra alternativa
que dar crédito a quienes dentro del gabinete han hecho
todo lo posible para hacer lo que el presidente y un buen grupo
de ministros habrían hecho casi imposible. Ese sólo
hecho le da suficientes créditos a Teodoro que no pueden
ser menoscabados por ejercicios retóricos. Seguro que uno
podría decir que se trata de un acto de voluntarismo, una
suerte de foquismo remozado, pero eso no puede restarle méritos.
Quizás un esfuerzo de esa naturaleza, de estar mejor acompañado,
tendría seguramente un mejor destino. Pero lamentablemente
es lo único que tenemos y creo que hay que apostar a su
suerte.
Un injustificado entusiasmo
Se sabe que desde el inicio del programa hemos venido realizando
críticas al programa. Críticas que dicho sea de
paso, han sido trasmitidas sin la menor intención de regodearse
en la señalización de errores, sino con el sincero
ánimo de fomentar la reflexión sobre temas en los
que pienso se debe hacer una rectificación inmediata.
Lamentablemente, hay dos acontecimientos que al parecer conducen
a los actuales hacedores de política económica a
despreciar esas críticas y cultivar un optimismo que a
nuestro entender no está bien justificado. Esos acontecimientos
son por una parte las condiciones sin duda más favorables
del mercado petrolero y por la otra la aparente estabilidad del
mercado cambiario. La lectura que se tiene sobre esos eventos
refleja a mi juicio una manera muy equivocada de evaluar los resultados
del programa de ajuste. Algunos incluso han señalado que
ante el panorama petrolero es imposible que el programa no llegue
a buen puerto. Pues bien, las condiciones del sector externo no
es el mejor sitio para identificar los problemas de la economía
venezolana. En 1996 el país podría bien alcanzar
un superávit brutalmente alto de cuenta corriente, quizás
un 10% del producto interno. Ese resultado, desde el punto de
vista contable, se produce básicamente por la combinación
de mayores ingresos por exportaciones petroleras, mejores volúmenes
y precios, y por una caída significativa de las importaciones.
En términos del balance doméstico, ese espectacular
superávit de la cuenta corriente tiene como contrapartida
una importante reducción del déficit del sector
público consolidado, básicamente como consecuencia
de la devaluación que actúa como una herramienta
de redistribución de recursos entre el sector privado y
el sector público y de un exceso de ahorro sobre la inversión
privada que técnicamente no puede ser interpretada como
un resultado positivo. La razón es muy sencilla ese resultado
en la cuentas externas se produce gracias a que la economía
se encuentra en una recesión prolongada, con un bajísimo
nivel de ahorro privado mantenido en el país y un más
bajo nivel de inversión privada. Un ajuste sustentado sobre
esa base no es algo sobre lo que se puede ser muy optimista. Por
cuanto, tal como ha sido experimentado una y otra vez, apenas
la economía comienza a recuperar un nivel mínimo
de funcionamiento los problemas aparecen con mayor fuerza. El
ajuste no logra cambiar las condiciones de partida, en términos
de la estructura de precios relativos, y en la medida que transcurre
el tiempo es necesario producir un nuevo ajuste, sólo que
más fuerte que el anterior.
Tampoco los mayores ingresos petroleros esperados para 1996 y
1997 van a ser los necesarios para cambiar las cosas. Tomando
como buenos los números de planificación estratégica
de PDVSA, los niveles de exportaciones petroleras de 1996 apenas
superarían en un 9%, en términos reales, el nivel
observado en 1989. Un nivel muy inferior a las alcanzadas con
el efecto Husein de 1990. Por supuesto que 1.500 millones de dólares
no es una cifra despreciable y podríamos estar mucho peores.
Pero esas cifra y ni siquiera un choque de mayor importancia van
a cambiar las cosas. El desgaste estructural de esta economía
es tan profundo que deben hacerse mucho más para salir
de donde estamos. El problema fundamental es que esta economía
ya no aguanta más niveles de inflación de 30% o
40%, ni tampoco un patrón de crecimiento de corto aliento
y expuesto a los vaivenes del mercado petrolero. Una reducción
de la tasa de inflación a esos niveles y una tasa de crecimiento
de 4%, resultados que seguramente serían del agrado para
los diseñadores del actual programa, son bastante mediocres
sin consideramos los problemas del país. Quienes piensan
en un nuevo milagro petrolero, deberían pensar en ingresos
muy superiores a los proyectados y quizás deberían
mirar hacia atrás en términos de la poca capacidad
que tiene esta economía para administrar esos booms o mini
booms de manera eficiente.
La estabilidad del mercado cambiario es el otro punto sobre el
que se hace una lectura equivocada. La devaluación acumulada
entre noviembre de 1995 y abril de 1996 es la más grande
que se ha producido en la historia de la economía venezolana,
superior a la de 1989 y a la que se produjo en el primer semestre
de 1994. Hasta ahora el tipo de cambio ha sido básicamente
la única variable sobre la que descansado el ajuste. Los
efectos de una devaluación de esa magnitud, creo que fueron
desestimados a la hora de pronosticar el comportamiento del mercado
cambiario luego del levantamiento del control de cambios. La historia
de la economía venezolana es que luego de cada una de esas
macrodevaluaciones, el mercado cambiario entra en un período
de relativa estabilidad. Algo parecido sucedió en 1983,
1989 y el intento de ajuste de 1994. Eso se entiende por dos razones
básicas. En primer lugar el efecto de precios relativos
que actúa sobre la demanda de divisas, en especial sobre
la demanda de importaciones y en segundo lugar por los efectos
riquezas involucrados con la devaluación. El primer efecto
es quizás el más popular y no necesita mayores comentarios,
el segundo ha sido menos advertido. Algunas estimaciones señalan
que los venezolanos tienen cerca de 80.000 millones de dólares
en el exterior. Algunos economistas han señalado que cualquier
análisis del comportamiento del consumidor en los últimos
años, tiene necesariamente que tomar en cuenta los efectos
de la devaluación sobre ese stock de riqueza. El efecto
riqueza de una devaluación opera en dos direcciones: como
una transferencia de recursos y como un efecto de reestructuración
de portafolio. La transferencia de recursos que opera entre el
sector privado y el sector público, tiene el efecto que
contrae la demanda agregada de manera que contribuye al superávit
externo. El efecto portafolio de una devaluación opera
sobre los tenedores de divisas, los cuales tienen un estructura
de portafolio que es afectada con una devaluación. Este
efecto portafolio hace que los agentes económicos en primera
instancia tiendan a realizar las ganancias de la devaluación
y a reacomodar sus portafolios a favor de bienes nacionales, lo
cual tiende a aumentar en el corto plazo la oferta de divisas.
Esos tres factores, el efecto precio y el efecto riqueza en sus
dos variantes, operan para que luego de una macrodevaluación
el mercado cambiario tienda a comportarse de una manera relativamente
tranquila que no puede confundirse con una estabilización
definitiva. Esa misma tranquilidad en el mercado cambiario, acompañada
de una fuerte acumulación de reservas, son acontecimientos
que bien pueden observarse en 1983, 1989 y 1994. Este último
año de utilizarse el criterio de acumulación de
reservas terminaría siendo el ajuste más exitoso
de todos cuantos hemos observado. Durante los primeros dos meses,
luego de la imposición del control de cambios, se acumularon
cerca de $ 2.000 millones, acumulación que de la misma
forma se erosionó gracias a los mecanismo de arbitraje
facilitados por el control de cambios.
El peligro básico de esas dos apreciaciones sobre la evolución
del programa, el efecto benéfico del choque externo y la
tranquilidad del mercado cambiario, es que ellas pueden conducir,
tal como ha sucedido en tantas otras oportunidades, a una prescripción
equivocada de políticas. Especialmente si a esto se le
agrega el hecho que el gobierno ha comprado, de una manera un
tanto ingenua, la idea de usar el tipo de cambio como ancla nominal.
En cierta forma se trata del mismo error, no por casualidad se
trata de la misma administración, que se produjo en 1994.
En cierta forma, debemos confesar que algo de culpabilidad tenemos
al respecto. Desde hace algún tiempo hemos venido sosteniendo
que debe abandonarse el uso de la política cambiaria como
una herramienta de fomento de la competitividad y concentrase
más bien en su importancia en el combate anti-inflacionario.
Ese es un mensaje que al parecer se escuchó y asimiló,
aunque creemos que en muchos casos sin entender todas las implicaciones
del argumento. Lo que al parecer no se entendió es que
cuando usted abandona el uso del tipo de cambio para perseguir
objetivos de tipo de cambio real, para preservar la competitividad
del sector exportador, ello no quiere decir que esos problemas
de competitividad que genera la sobrevaluación del tipo
de cambio igualmente desaparezcan y que en consecuencia usted
ya no debe preocuparse más por desviaciones significativas
del tipo de cambio en torno a su nivel de paridad. Los efectos
transitorios que tiene el tipo de cambio sobre la competitividad
deben ser sustituidos por políticas de oferta que afectan
la competitividad de manera permanente. Y ese cambio de instrumentos
debe hacerse los más rápido posible. Como ha sido
demostrado más de una vez, todos esos programas que tratan
de utilizar el tipo de cambio como ancla nominal, y que no emplean
políticas de oferta que hagan el trabajo que antes el tipo
de cambio hacía de manera transitoria, terminan de manera
muy aparatosa cuando los problemas del sector externo empiezan
a amplificarse producto de la sobrevaluación. Ese patrón
de los programas basados en el tipo de cambio en la mayoría
de los casos han terminado en estabilizaciones fallidas, especialmente
cuando no se utilizan políticas de oferta que contrarresten
la sobrevaluación.
Quienes han comprado la idea del ancla nominal, un poco sin entender
sus consecuencias, están atrapados en una verdadera trampa
que un poco se recoge en el extravagante anuncio del Banco Central
de la imposición de un sistema de bandas. Por un lado se
anuncia que el tipo de cambio se va a deslizar de acuerdo a la
inflación objetivo, por el otro se establece que el tipo
de cambio no se a sobrevaluar, de tal modo que cualquier diferencia
entre la inflación objetivo y la inflación realizada
se va a corregir. Ese es el tipo de cosas que el sentido común,
ese que tanto le gusta al ministro de Cordiplan, sencillamente
no perdona. En esa materia el gobierno parece actuar de manera
ingenua. En medio de un mini boom petrolero, sin las reformas
estructurales necesarias para ensanchar la competitividad del
aparato productivo, van a ensayar un programa basado en un ancla
nominal en el tipo de cambio. Para colocarlo en términos
no técnicos, es el tipo de problemas en los que si no los
agarra el chingo los agarra el sin nariz.
Esa es una de las tantas razones por las cuales en materia de
reformas estructurales hay que actuar de manera rápida
y decidida. Aquí no se trata de extremismos ideológicos
ni de exquisiteces académicas. El problema es que el reloj
de la sobrevaluación va a avanzando de manera sostenida.
Si se corrige por vía cambiaria entonces se pierden todos
los beneficios del ancla, del compromiso de someterse a una regla
de control inflacionaria. Si se deja que continúe, entonces
tarde o temprano los problemas del sector externo explotan y por
más que la posición de partida sea de cierta holgura
en cuanto a reservas internacionales, la situación tarde
o temprano resulta inmanejable. En ese caso lo más probable
que ocurra es que el dilema se despeje de la manera tradicional.
Una devaluación que corrija el problema de sobrevaluación
de manera transitoria y un repunte del proceso inflacionario.
Ese es el tipo de soluciones que la economía venezolana
ha experimentado de forma repetida.
El frente monetario
Uno de los frentes en que el programa avanza con especial
lentitud es el monetario. Los diseñadores del programa
parecen encandilados con los aparentes éxitos en el frente
cambiario y sencillamente minimizan los escasos pasos por producir
en el frente monetario claros indicios de estabilidad. El signo
más evidente de que en ese frente las cosas no han cambiado
es que si observa la estructura de depósitos de junio,
entre vista, ahorro y plazo, esta es básicamente la misma
que se tenía en diciembre. Es decir una estructura altamente
volátil, con el agravante que la estrategia del Banco Central
de incrementar la madurez de la cartera de sus pasivos (de 45
a más de 150 días en promedio) esto ha incrementado
substancialmente el riesgo de tasas de interés en el sistema.
Obviamente uno de los problemas difíciles de resolver en
el diseño del programa era cómo evitar que los efectos
del aumento de tasa tuvieran efectos de largo alcance sobre el
sistema financiero, que presentaba por el gap de maduración
entre sus activos y pasivos una alta exposición al riesgo
de intereses.
Hemos visto como, a pesar de continuar existiendo el mismo desbalance
básico en el mercado monetario, caracterizado por una estructura
de depósitos volátil y un enorme riesgo de interés
no cubierto por los intermediarios financieros, esos problemas
no se han transmitido al mercado cambiario. La razón fundamental,
ya señalada, tiene que ver con la magnitud de la devaluación
y los efectos de portafolio involucrados. Adicionalmente vale
la pena destacar la situación de los intermediarios financieros.
A junio de 1996, la cartera de crédito apenas había
crecido en 10%, significando una caída brutal en términos
reales. Una caída similar no se había visto en el
país desde junio de 1989, lo cual hace pensar que la caída
del producto interno podría ser mucho mayor a la esperada.
Esto ha implicado que los intermediarios financieros hayan tenido
que incrementar sus tenencias de instrumentos de deuda pública.
Por supuesto al incrementarse al demanda de esos títulos,
ello ha motivado un incremento de sus precios y su consiguiente
baja en rendimientos. Esa es una situación muy particular
que tiene que ver con el alto porcentaje de tenencia concentrado
en la banca comercial. En la medida que el Banco Central ha tenido
como estrategia reducir el costo financiero de esos títulos
y paralelamente aumentar la maduración de los mismos, lo
cual luce correcto, si se hubiese hecho algo similar con la estructura
de pasivos, ello ha contribuido al resultado aparentemente paradójico
de una baja en los rendimientos con un aumento de las tenencias
de esos títulos.
El largo camino al FMI
Es sabido que las negociaciones con el FMI no son fáciles.
Colombia durante mucho tiempo se ha negado a establecer acuerdos
explícitos con el FMI, bajo un argumento que resulta comprensible.
Eso de someterse a la férrea disciplina de un organismo
externo, con el riesgo de que retrasos que pueden ser naturales
en el desarrollo de una programa, sean amplificados bajo un acuerdo
con el FMI, ha motivado que los colombianos prefieran mantenerse
al margen. La administración de Cardozo en Brasil, con
un equipo de primera línea que incluía los mejores
economistas brasileños durante más de tres meses
intentó de manera infructuosa alcanzar un acuerdo con el
FMI. La razón fundamental que el Fondo, por la incertidumbre
política de las elecciones que dio como resultado el triunfo
de Cardozo, prefirió darle largas al asunto en un escenario
en que los brasileños sencillamente no podían esperar
mas. Con el FMI en muchos casos no basta con tener la disposición
de un acuerdo.
El caso de Venezuela es digno de estudio, no sólo por las
circunstancias especiales de tener como protagonistas a un gobierno
que hizo lo imposible por no acudir al FMI, sino también
por el tipo de negociación que se llevó a cabo.
Antes de alcanzar el acuerdo de julio de 1996, Venezuela se había
convertido en una especie de oveja negra para los organismo multilaterales.
Alcanzar un acuerdo con el país se había convertido
en una especie de reto que bien podía servir de catapulta
para una carrera ascendente en el organismo. El obstáculo
fundamental, sin duda era de carácter político,
un gobierno que una y otra vez había negado la posibilidad
de alcanzar un acuerdo, que había adoptado todo un conjunto
de medidas incompatibles con la filosofía fundamental del
organismo, era bien difícil que pudiese entrar a siquiera
discutir con el organismo sino producía una rectificación
profunda de sus políticas. Sin embargo, ese tipo de obstáculos
políticos no eran los únicos. El otro obstáculo
tenía que ver con el núcleo de consejeros de política
económica del presidente. Es por ello que no hay que restarle
méritos a quienes dentro del gobierno, con todas las limitaciones
del caso hicieron posible el acuerdo.
El equipo de asesores del presidente era lo que se conocía
como el grupo Tecoteca. A ese grupo pertenecían: Julio
Sosa, Ramón Espinaza, Enzo del Búfalo, Asdrúbal
Batista, Luis Carlos Palacios, Rafael Macquae, Rafael de Kries,
Werner Corrales, Edgard Paredes Pizani y algunos otros.
Aunque se trataba de un grupo no homogéneo, con diferencias
importantes entre ellos, todos mas o menos comulgaban con tres
ideas básicas: 1) La estabilización necesitaba de
un sólido componente redistributivo, los problemas de la
economía venezolana estaban más en la esfera de
la distribución que en la producción. 2) El problema
inflacionario de Venezuela tenía un fuerte componente inercial,
que no respondía a prescripciones ortodoxas de ajuste,
es decir de ajuste fiscal y monetario. y 3) La expansión
petrolera y los recursos involucrados, hacían que el programa
no necesitase de ningún soporte externo.
Ese grupo tuvo una influencia fundamental en los primeros intentos
de estabilización emprendidos por la presente administración.
Sin embargo , la poca coherencia interna, el desorden a la hora
de la ejecución, y los evidentes fracasos iniciales hicieron
que ese grupo poco a poco perdiera incidencia en la formulación
de políticas económicas, aun cuando siguió
gravitando alrededor del gobierno. De hecho las tres ideas básicas
que servían de aglutinador del grupo, siguieron manteniendo
cierta entidad en las altas esferas del gobierno. De ellas la
principal quizás era la idea de que el gobierno no necesitaba
ir al FMI.
Decir que el país no necesita ir al Fondo, era no comprender
la magnitud de los problemas que aquejaban a la economía
venezolana al cierre de 1995. El fuerte desbalance entre activos
y pasivos del sector público y la necesidad de emprender
un programa orientado al crecimiento, que requiere de una fuerte
asistencia de recursos externos, son dos razones que por sí
solas debieron despejar toda clase de dudas sobre la necesidad
de la firma de un acuerdo lo más rápido posible.
Sin embargo, esa idea continuó prevaleciendo aun en medio
del proceso de negociación. Básicamente ello se
expresaba en dos dimensiones. En primer lugar, se pensaba que
el país sólo necesitaba un acuerdo de supervisión,
no eran propiamente recursos externos lo que se buscaba al acudir
al Fondo. Se trataba simplemente de un acuerdo, mejor sin la formalidad
usual, que garantizase la entrada a los mercados internacionales,
los cuales se habían cerrado desde 1994. La concepción
prevaleciente es que la negociación no tenía por
qué hacer del financiamiento interno una variable de importancia.
En segundo lugar, la otra dimensión en la que esa concepción
se manifestaba era que la negociación con el FMI era fundamentalmente
política, poco importaban los detalles técnicos
de la negociación, no importaba si el FMI imponía
tales o cuales metas de crecimiento del crédito doméstico,
no importaba mucho cual era el soporte técnico del acuerdo.
Esa concepción en buena medida implicó que si bien
se iniciase un proceso de apertura a las negociaciones con el
FMI, a lo largo del proceso toda la negociación se subestimase.
Ello se manifestó en el mismo diseño del equipo
negociador. El primer equipo de negociación estaba conformado
por: David Morán, Rosevelt Velázquez, Armando León
y Ramón Espianza quien servía de apoyo por PDVSA.
La primera fase del proceso sencillamente consistió en
discutir algunos escenarios elaborados por el FMI en relación
a la magnitud de los ajustes involucrados. En realidad no fue
propiamente una negociación, sino que los negociadores
locales sólo se limitaban a suministrar la información
necesaria para reproducir esos ejercicios. Alguno llegó
a decir, cuando la negociación se ponía un tanto
exigente en términos técnicos, que la única
diferencia entre los negociadores locales y los del FMI era que
aquellos leían el Dornbush en inglés , mientras
los nuestros lo leían en español. En realidad había
muchas más diferencias. Ellas comenzaron a manifestarse
cuando empezaron a verse los primeros números y el tipo
de programa que el FMI estaba pidiendo.
La negociación con el FMI, si bien tiene un alto componente
político, involucra una serie de aspectos técnicos
que son en definitiva los que hacen la diferencia entre una buena
y una mala negociación. Especialmente en cuanto al tipo
de programa que sirve de base para un acuerdo con el FMI.
Desde hace cierto tiempo los programas del Fondo, y la metodología
que los acompañan, han estado sujetos a fuertes críticas.
Estas apuntan en su mayoría a la enorme simpleza con que
el Fondo tradicionalmente ha enfocado los problemas de estabilización
y ajuste. De hecho diferencias muy importantes alrededor de esos
tópicos se han producido en torno a otros organismos multilaterales,
en especial el FMI.
Varios analistas (ver Bacha (1985) y Edwards (1989)) han venido
señalando desde mediados de los ochenta, que la ausencia
de un bloque de oferta agregada, el menosprecio por los problemas
de crecimiento, hace que los modelos tradicionalmente utilizados
en el Fondo devienen en simples ejercicios contables. El problema
no sería ciertamente importante si se tratase de simples
ejercicios académicos, el asunto fundamental es que dichos
ejercicios conducen a decisiones de política como restringir
el crédito doméstico en tal o cual magnitud, o reducir
el déficit de tal o cual forma, que tienen enormes e importantes
consecuencias en la forma en que las variables económicas
se ajustan a esos cambios de política económica.
La tradición de esos ejercicios contables es ya bastante
vieja y conocida. A partir de supuestos simples sobre la forma
y la estabilidad de la demanda de dinero, la llamada programación
monetaria es un ejercicio de manipulación de la demanda
agregada con casi los mismos vicios de los modelos keynesianos
más ingenuos. A pesar de esas enormes inconsistencias,
parece mentira que un modelo que no incorpora para nada problemas
de oferta o modelaje de expectativas, pueda haber llegado tan
lejos en su influencia en la formulación de políticas.
Hoy es materia de consenso entre los economistas profesionales
que el peor programa de estabilización que país
alguno puede tener es precisamente la cartilla del Fondo basada
en sus famosos ejercicios de programación monetaria. Un
programa que no reconoce que los problemas de oferta tienen una
responsabilidad fundamental en las labores de estabilización
y que los cambios de reglas tienen un gran impacto en la formación
de expectativas, termina por producir un costo excesivo en términos
de producto y empleo, en definitiva la única forma como
las cosas pueden ajustarse de forma contable.
Por supuesto, para hablar con justicia, el FMI como institución
se ha dado cuenta del problema y de allí la importancia
que han adquirido las llamadas reformas estructurales, pero ello
no ha sido suficiente. Los equipos de consulta, quizás
por comodidad intelectual y a veces por simple incompetencia,
continúan haciendo sus ejercicios de programación
monetaria como base para la formulación de políticas.
A decir verdad, no es sinónimo de la firma del acuerdo
tener un programa basado en esos ejercicios contables, pero existe
una probabilidad alta, sobre todo si usted no hace su trabajo,
de terminar adoptando un típico programa fondo monetarista.
Es por ello que el proceso de negociación es tan importante.
Finalmente el Fondo Monetario se hizo cargo del asunto y puso
el piloto automático. Ante el riesgo de que alguien por
accidente encendiera las turbinas o disparara algún misil,
los competentes funcionarios del FMI decidieron imponer una muy
simple cartilla de vuelo, el clásico programa del Fondo
de ajuste de demanda agregada. acompañado con una meta
de acumulación de reservas que garantice la recuperación
de los recursos otorgados. Al final el Fondo ha actuado como un
mal prestamista. No importa si el deudor a la larga soluciona
sus problemas, lo importante es que pague. Nada de ejercicios
complejos de política económica, no se tenía
la confianza necesaria en pilotos que bien pueden volar papagayos
en un cielo despejado, pero no naves sofisticadas que exigen un
alto nivel de maniobra. En cierta forma, se trata del peor programa
que país alguno puede tener, porque sencillamente no es
un programa para la estabilización, es decir, para reducir
drásticamente la tasa de inflación, sino repite
el mismo tipo de ajuste que ha experimentado la economía
venezolana desde 1983. Ajustes de demanda agregada que sólo
funcionan con una economía en recesión y que más
temprano que tarde escalan otro peldaño inflacionario.
Países condenados a inflaciones de 50% y 60% y que tienen
que hacer ajustes recurrentes. En la medida que los agentes económicos
descubren que la llave de cierre siempre termina siendo producir
sorpresas inflacionarias a través del mecanismo de la devaluación,
esos ajustes se tornan en estabilizaciones fallidas, sorpresas
que cada vez son más anticipadas y que tienden a incrementar
los costos de los nuevos ajustes.
Pero a fin de cuentas, al menos por los momentos, todos los actores
del juego obtienen algún beneficio. El gobierno puede anunciar
que finalmente logró un acuerdo con esa criatura antipática,
aunque útil a los fines de acceder a financiamiento externo,
en que se ha convertido al FMI. Los funcionarios del gobierno
venezolano que avalen la cartilla, se podrán convertir
en los nuevos mariscales de un ajuste fallido, con una pasantía
segura en algún organismo internacional. Los funcionarios
del FMI, pueden anunciar que llegaron a un acuerdo con la oveja
negra del contexto latinoamericano. Esa puede ser la credencial
capaz de darle algunos puntos para subir en el escalafón
del organismo. Al final si el ajuste no funciona, siempre será
fácil echarle la culpa a los funcionarios venezolanos del
fracaso del programa. Si eso ocurre, probable dado el tipo de
programa que sirve de base para el acuerdo, todo vuelve a ìsquare
oneî. El Fondo seguirá siendo la criatura antipática
y Venezuela la oveja negra. El que no recibirá beneficio
alguno será el país, como no lo recibió de
los ajustes anteriores. Ese es un ajuste que no va a reducir la
inflación a niveles de un dígito, que va a mantener
la economía postrada en una larga recesión, y que
va exhibir resultados contables basados en menos servicios públicos,
en menores sueldos para los empleados públicos, en más
miseria en las calles. En pocas palabras mas de lo mismo. Y es
que un programa de estabilización que no esté orientado
al crecimiento, que no aborde el desbalance fundamental de activos
y pasivos que tiene el Estado venezolano, está condenado
al fracaso. Una estabilización fallida que hoy resulta
evidente al preguntarse como se van a cerrar la cuentas de 1997.
Quien se haga esa pregunta no encontrará mas respuesta
que más devaluación y más inflación.
Lo triste es que a nadie le preocupa mirar hacia adelante, los
funcionarios del Fondo y el gobierno parecen querer vivir la ilusión
de 1996.
A estas alturas algunos lectores se preguntarán. øPero
es que acaso no es suficiente la firma con el FMI ?. øCÛmo
se puede ser tan negativo en relación al gobierno, si ustedes
mismos han venido recomendado que acudiese al FMI? Y efectivamente
esas son preguntas válidas. Yo he sido un defensor de la
idea de ir al FMI. No para tener un guachiman antipático,
sino para acceder a recursos externos vitales para un programa
exitoso de estabilización orientado al crecimiento. Pero
siempre he dicho que existe una gran diferencia en el acuerdo
que se alcance. Esas diferencias van desde un acuerdo muy malo
que es la cartilla del FMI, hasta un acuerdo conveniente para
el país en el cual el Fondo acepta el rol fundamental de
las políticas de oferta en una estabilización exitosa.
Entre esos dos extremos, un ajuste contable de demanda agregada
y un programa orientado al crecimiento hay, por supuesto, un amplio
margen para la negociación. Un acuerdo con el Fondo no
significa un ajuste exitoso y el rÈcord del organismo es
prueba de ello. Si los funcionarios del gobierno hacen una mala
negociación, se quedan callados en la reuniones, acatan
los regaños y no contra-argumentan, entonces el Fondo les
impone la cartilla, pone el piloto automático. Ese, lamentablemente,
es el caso actual. Una pésima negociación, con el
resultado de un pésimo programa.
Yo comprendo plenamente la preocupación del Presidente
Caldera, quien quizás sin ser un profesional en la materia,
advierte los peligros que representaría para el país
la firma de un acuerdo con el Fondo bajo esas premisas. Comprendo
perfectamente sus preocupaciones, cuando su Ministro de Cordiplan
le rendía cuenta sobre el tipo de ejercicios que sus pupilos
hacían en la sede del Fondo. Para una persona que en definitiva
no es experto en la materia, pero tiene una educada intuición,
debe ser de terror escuchar como la simple manipulación
contable del déficit vaya a producir toda esa cadena de
milagros que vaticina el buen muchacho de Cordiplan. En verdad
Dr. Caldera lo comprendemos plenamente, las mismas dudas que usted
tiene la comparten un gran número de economistas profesionales,
empezando por economistas del mismo departamento de investigaciones
del Fondo.
El problema estimado Dr. Caldera es que la culpa no la tienen
en el Fondo; vea como por ejemplo los argentinos, los yugoslavos,
los mexicanos, han negociado sin suscribir la cartilla, con programas
fuertemente orientados al crecimiento. El problema básico
es que usted ha sido engañado desde los tiempos en que
se reunía con sus asesores en Tecoteca. Tanto hablar de
alternativas de ajuste, tanto criticar el ajuste del 1989, que
han terminado por suscribir, y quizás sin entenderlas a
plenitud, las mismas recetas que criticaban. En realidad ha sido
un largo camino. De los cursos de planificación del Cendes
a los ejercicios de programación monetaria del FMI.
Entre el ajuste de 1989 y el de 1996 existen algunas semejanzas
y muchas diferencias. Una de las enormes diferencias es la comparación
entre los equipos de dirección de política económica.
El ajuste de 1989 tuvo como protagonistas un equipo de gran coherencia
y alta capacidad técnica. La presencia, como figura protagónica,
de Miguel Rodríguez, quizás uno de los economistas
más capaces del país le daba al programa una cierta
aureola de éxito. Al punto que los organismos multilaterales
se encargaron de hacer las cosas de rigor. El equipo de 1996 es
una especie de recontra del primero y sin embargo, por razones
que no toca analizar, estamos en presencia de un optimismo parecido.
Entre las semejanzas, habría que destacar que se trata
de programas similares basados en una fuerte contracción
de la demanda agregada y un cierto primitivismo monetario. øCu·l
programa tendría mayores probabilidades de éxito?
Si la pregunta fuera hecha dentro de 20 años, sin duda
la respuesta favorecería al ajuste de 1989. Pero resulta
que las cosas no son tan sencillas y no basta un buen equipo.
Creo que la suerte de los dos programa al final será parecida,
no por las diferencias en los equipos de dirección, sino
por las semejanzas en el diseño de los programas.
Pero para hacer justicia a mis colegas de 1989 la historia recordará
con mayor simpatía el ajuste de 1989. A Miguel Rodríguez
las generaciones posteriores de economistas le debemos mucho.
El programa de 1989 marcó una pauta muy diferente a la
tradicional conducción de política económica.
Miguel Rodríguez es, por lo demás, uno de esos economistas
que actúa transparentemente y por lo tanto merece respecto
y admiración.
Aunque ciertamente es difícil de creer que el programa
de 1989 fracasó por causas distintas a las de un entorno
político sumamente adverso, aquí hay que establecer
una línea divisoria. Efectivamente el entorno adverso jugó
un papel preponderante, pero más allá de la competencia
del equipo, hubo también algunas concepciones de política
económica que coadyuvaron al fracaso del programa. Concepciones
que, desafortunadamente, son compartidas por el equipo actual
de conducción de la política económica.
Una de ellas es la referente a la política cambiaria que
Miguel Rodríguez promulgaba entonces y aun ahora defiende.
En días recientes, refiriéndose al programa de Petkoff
y compañía, este señalaba que el programa
carecía de una política de desarrollo y que esta
residía en dos herramientas fundamentales. La política
cambiaria y la comercial. Esa noción del componente de
oferta de un programa de estabilización descansa en la
idea que la política cambiaria debe perseguir objetivos
reales, el mantenimiento de una tasa de cambio que preserve la
competividad de las exportaciones.
En mi opinión, como lo he señalado en otras oportunidades,
esa concepción de la política cambiaria en 1989
significó desestimar los efectos perversos de inflaciones
de 30 y 40%. Al tiempo que se trataba de cosechar éxitos
en materia de crecimiento de muy poco alcance, fundamentado en
un fuerte impulso fiscal, el programa no contemplaba una reducción
de la tasa de inflación por debajo de las condiciones iniciales.
En buena medida el fracaso de 1989 fue producto de esa concepción
de la política cambiaria. Y la razón es muy sencilla.
En la medida que se buscan esos objetivos reales, los cuales son
muy difíciles de alcanzar en la medida que hay muchos factores
de distinta índole que afectan una variable como el tipo
de cambio real y que están fuera del alcance de la política
cambiaria, ello a menudo significa la pérdida de un ancla
nominal efectiva para contener el avance de la inflación.
Esto es especialmente cierto en el caso de la economía
venezolana, en la cual de las dos anclas nominales existentes,
el tipo de cambio y la oferta monetaria, el Banco Central tiene
muy escaso control de los agregados monetarios. Esa desestimación
del objetivo de reducir drásticamente la tasa de inflación
fue algo que además tuvo efectos retroalimentadores sobre
el deterioro del entorno político y social. Esa misma tesis
de manejo de la política cambiaria está hoy presente
en los equipos encargados de la ejecución de la política
económica, lo cual combinado a un equipo, sin duda, menos
competente y a un enorme deterioro institucional hace pensar que
la suerte del programa de 1996 tampoco va a ser muy afortunada.
La moderna concepción del crecimiento económico
hoy descasa en la articulación de un programa ordenado
de política de oferta, políticas de cambios estructural,
de inversión en salud, educación, seguridad pública,
infraestructura, mejoramiento en el funcionamiento de los mercados
que son los factores que definen el crecimiento a mediano y largo
plazo . Lamentablemente la lección de 1989 aun no sido
bien entendida. La gran carencia de 1996 es la ausencia de un
programa orientado al crecimiento.El tratar de estimular crecimiento
a partir de manipulaciones de la demanda agregada, convirtiendo
la tasa de cambio en la variable de estímulo al aparato
productivo es un error de concepción que comparten el ajuste
de 1989 y el de 1996. Los protagonistas de 1996 repiten los errores
de 1989, pero sin la misma competencia. Esto quizás les
da el mismo chance que podría tener un jugador de dominó
que apenas sabe poner las piezas.