Barra Economia y Petroleo
Revista Electrónica Bilingue       Nº 7     Septiembre 1996
Economía y Petróleo
Del Ensayo Heterodoxo a la Agenda Venezuela:
un lento aprendizaje
Guillermo Ortega y Tobías Nóbrega
Torres Plaz y Arraujo

Arroba Digital Marketing
Uno de los argumentos más utilizados para justificar la escasa celeridad con que el gobierno ha asumido las reformas estructurales, consiste en señalar que el programa de ajuste apenas tiene tres meses de ejecución. El gobierno parece ir con sumo cuidado, calculando todos sus pasos y quienes al parecer conocen la lógica de movimiento de la presente administración sostienen que se trata de una estrategia bien pensada.

Bajo esa lógica mejor es posponer o sacar de la agenda todos esos temas que amenacen el lento desenvolvimiento de ese proceso. En definitiva el gobierno sabe lo que hace, dicen algunas personas bien intencionadas.

Cómo se le puede pedir tanto a un programa hecho sobre la marcha, tal como dice el director gerente del FMI. En realidad esos argumentos son perfectamente justificables si se analizan los antecedentes del gobierno. Ciertamente el gobierno parece no ser muy rápido en el proceso de aprendizaje. Hicieron falta dos años consecutivos, construyendo la cadena más espectacular de errores en la historia de la política económica del país, para que el gobierno rectificase el curso de su política económica. Algunos ministros han necesitado de una larga y tortuosa historia de rectificaciones para comprender cosas que ahora se asumen por puro sentido común. El manejo de la crisis financiera, la extravagante subasta de dólares de 1994, el compromiso antiinflacionario, el control de cambios, el fracaso inicial de las privatizaciones, la devaluación de diciembre de 1995, son apenas algunos de los numerosos desaciertos de una administración que al parecer tiene un rÈcord muy lento de aprendizaje.

Sin embargo no hay que ser mezquinos en reconocer que las cosas han cambiado y algunos miembros del gabinete le han impuesto al programa un ritmo que hubiese sido difícil de pronosticar en base a una simple extrapolación de los acontecimientos. Uno escucha al ministro de Cordiplan, en una cruzada en la que no tiene muchos acompañantes, defender con entusiasmo y convencimiento lo que se ha hecho y no queda otra alternativa que dar crédito a quienes dentro del gabinete han hecho todo lo posible para hacer lo que el presidente y un buen grupo de ministros habrían hecho casi imposible. Ese sólo hecho le da suficientes créditos a Teodoro que no pueden ser menoscabados por ejercicios retóricos. Seguro que uno podría decir que se trata de un acto de voluntarismo, una suerte de foquismo remozado, pero eso no puede restarle méritos. Quizás un esfuerzo de esa naturaleza, de estar mejor acompañado, tendría seguramente un mejor destino. Pero lamentablemente es lo único que tenemos y creo que hay que apostar a su suerte.

Un injustificado entusiasmo
Se sabe que desde el inicio del programa hemos venido realizando críticas al programa. Críticas que dicho sea de paso, han sido trasmitidas sin la menor intención de regodearse en la señalización de errores, sino con el sincero ánimo de fomentar la reflexión sobre temas en los que pienso se debe hacer una rectificación inmediata.

Lamentablemente, hay dos acontecimientos que al parecer conducen a los actuales hacedores de política económica a despreciar esas críticas y cultivar un optimismo que a nuestro entender no está bien justificado. Esos acontecimientos son por una parte las condiciones sin duda más favorables del mercado petrolero y por la otra la aparente estabilidad del mercado cambiario. La lectura que se tiene sobre esos eventos refleja a mi juicio una manera muy equivocada de evaluar los resultados del programa de ajuste. Algunos incluso han señalado que ante el panorama petrolero es imposible que el programa no llegue a buen puerto. Pues bien, las condiciones del sector externo no es el mejor sitio para identificar los problemas de la economía venezolana. En 1996 el país podría bien alcanzar un superávit brutalmente alto de cuenta corriente, quizás un 10% del producto interno. Ese resultado, desde el punto de vista contable, se produce básicamente por la combinación de mayores ingresos por exportaciones petroleras, mejores volúmenes y precios, y por una caída significativa de las importaciones. En términos del balance doméstico, ese espectacular superávit de la cuenta corriente tiene como contrapartida una importante reducción del déficit del sector público consolidado, básicamente como consecuencia de la devaluación que actúa como una herramienta de redistribución de recursos entre el sector privado y el sector público y de un exceso de ahorro sobre la inversión privada que técnicamente no puede ser interpretada como un resultado positivo. La razón es muy sencilla ese resultado en la cuentas externas se produce gracias a que la economía se encuentra en una recesión prolongada, con un bajísimo nivel de ahorro privado mantenido en el país y un más bajo nivel de inversión privada. Un ajuste sustentado sobre esa base no es algo sobre lo que se puede ser muy optimista. Por cuanto, tal como ha sido experimentado una y otra vez, apenas la economía comienza a recuperar un nivel mínimo de funcionamiento los problemas aparecen con mayor fuerza. El ajuste no logra cambiar las condiciones de partida, en términos de la estructura de precios relativos, y en la medida que transcurre el tiempo es necesario producir un nuevo ajuste, sólo que más fuerte que el anterior.

Tampoco los mayores ingresos petroleros esperados para 1996 y 1997 van a ser los necesarios para cambiar las cosas. Tomando como buenos los números de planificación estratégica de PDVSA, los niveles de exportaciones petroleras de 1996 apenas superarían en un 9%, en términos reales, el nivel observado en 1989. Un nivel muy inferior a las alcanzadas con el efecto Husein de 1990. Por supuesto que 1.500 millones de dólares no es una cifra despreciable y podríamos estar mucho peores. Pero esas cifra y ni siquiera un choque de mayor importancia van a cambiar las cosas. El desgaste estructural de esta economía es tan profundo que deben hacerse mucho más para salir de donde estamos. El problema fundamental es que esta economía ya no aguanta más niveles de inflación de 30% o 40%, ni tampoco un patrón de crecimiento de corto aliento y expuesto a los vaivenes del mercado petrolero. Una reducción de la tasa de inflación a esos niveles y una tasa de crecimiento de 4%, resultados que seguramente serían del agrado para los diseñadores del actual programa, son bastante mediocres sin consideramos los problemas del país. Quienes piensan en un nuevo milagro petrolero, deberían pensar en ingresos muy superiores a los proyectados y quizás deberían mirar hacia atrás en términos de la poca capacidad que tiene esta economía para administrar esos booms o mini booms de manera eficiente.

La estabilidad del mercado cambiario es el otro punto sobre el que se hace una lectura equivocada. La devaluación acumulada entre noviembre de 1995 y abril de 1996 es la más grande que se ha producido en la historia de la economía venezolana, superior a la de 1989 y a la que se produjo en el primer semestre de 1994. Hasta ahora el tipo de cambio ha sido básicamente la única variable sobre la que descansado el ajuste. Los efectos de una devaluación de esa magnitud, creo que fueron desestimados a la hora de pronosticar el comportamiento del mercado cambiario luego del levantamiento del control de cambios. La historia de la economía venezolana es que luego de cada una de esas macrodevaluaciones, el mercado cambiario entra en un período de relativa estabilidad. Algo parecido sucedió en 1983, 1989 y el intento de ajuste de 1994. Eso se entiende por dos razones básicas. En primer lugar el efecto de precios relativos que actúa sobre la demanda de divisas, en especial sobre la demanda de importaciones y en segundo lugar por los efectos riquezas involucrados con la devaluación. El primer efecto es quizás el más popular y no necesita mayores comentarios, el segundo ha sido menos advertido. Algunas estimaciones señalan que los venezolanos tienen cerca de 80.000 millones de dólares en el exterior. Algunos economistas han señalado que cualquier análisis del comportamiento del consumidor en los últimos años, tiene necesariamente que tomar en cuenta los efectos de la devaluación sobre ese stock de riqueza. El efecto riqueza de una devaluación opera en dos direcciones: como una transferencia de recursos y como un efecto de reestructuración de portafolio. La transferencia de recursos que opera entre el sector privado y el sector público, tiene el efecto que contrae la demanda agregada de manera que contribuye al superávit externo. El efecto portafolio de una devaluación opera sobre los tenedores de divisas, los cuales tienen un estructura de portafolio que es afectada con una devaluación. Este efecto portafolio hace que los agentes económicos en primera instancia tiendan a realizar las ganancias de la devaluación y a reacomodar sus portafolios a favor de bienes nacionales, lo cual tiende a aumentar en el corto plazo la oferta de divisas. Esos tres factores, el efecto precio y el efecto riqueza en sus dos variantes, operan para que luego de una macrodevaluación el mercado cambiario tienda a comportarse de una manera relativamente tranquila que no puede confundirse con una estabilización definitiva. Esa misma tranquilidad en el mercado cambiario, acompañada de una fuerte acumulación de reservas, son acontecimientos que bien pueden observarse en 1983, 1989 y 1994. Este último año de utilizarse el criterio de acumulación de reservas terminaría siendo el ajuste más exitoso de todos cuantos hemos observado. Durante los primeros dos meses, luego de la imposición del control de cambios, se acumularon cerca de $ 2.000 millones, acumulación que de la misma forma se erosionó gracias a los mecanismo de arbitraje facilitados por el control de cambios.

El peligro básico de esas dos apreciaciones sobre la evolución del programa, el efecto benéfico del choque externo y la tranquilidad del mercado cambiario, es que ellas pueden conducir, tal como ha sucedido en tantas otras oportunidades, a una prescripción equivocada de políticas. Especialmente si a esto se le agrega el hecho que el gobierno ha comprado, de una manera un tanto ingenua, la idea de usar el tipo de cambio como ancla nominal. En cierta forma se trata del mismo error, no por casualidad se trata de la misma administración, que se produjo en 1994.

En cierta forma, debemos confesar que algo de culpabilidad tenemos al respecto. Desde hace algún tiempo hemos venido sosteniendo que debe abandonarse el uso de la política cambiaria como una herramienta de fomento de la competitividad y concentrase más bien en su importancia en el combate anti-inflacionario. Ese es un mensaje que al parecer se escuchó y asimiló, aunque creemos que en muchos casos sin entender todas las implicaciones del argumento. Lo que al parecer no se entendió es que cuando usted abandona el uso del tipo de cambio para perseguir objetivos de tipo de cambio real, para preservar la competitividad del sector exportador, ello no quiere decir que esos problemas de competitividad que genera la sobrevaluación del tipo de cambio igualmente desaparezcan y que en consecuencia usted ya no debe preocuparse más por desviaciones significativas del tipo de cambio en torno a su nivel de paridad. Los efectos transitorios que tiene el tipo de cambio sobre la competitividad deben ser sustituidos por políticas de oferta que afectan la competitividad de manera permanente. Y ese cambio de instrumentos debe hacerse los más rápido posible. Como ha sido demostrado más de una vez, todos esos programas que tratan de utilizar el tipo de cambio como ancla nominal, y que no emplean políticas de oferta que hagan el trabajo que antes el tipo de cambio hacía de manera transitoria, terminan de manera muy aparatosa cuando los problemas del sector externo empiezan a amplificarse producto de la sobrevaluación. Ese patrón de los programas basados en el tipo de cambio en la mayoría de los casos han terminado en estabilizaciones fallidas, especialmente cuando no se utilizan políticas de oferta que contrarresten la sobrevaluación.

Quienes han comprado la idea del ancla nominal, un poco sin entender sus consecuencias, están atrapados en una verdadera trampa que un poco se recoge en el extravagante anuncio del Banco Central de la imposición de un sistema de bandas. Por un lado se anuncia que el tipo de cambio se va a deslizar de acuerdo a la inflación objetivo, por el otro se establece que el tipo de cambio no se a sobrevaluar, de tal modo que cualquier diferencia entre la inflación objetivo y la inflación realizada se va a corregir. Ese es el tipo de cosas que el sentido común, ese que tanto le gusta al ministro de Cordiplan, sencillamente no perdona. En esa materia el gobierno parece actuar de manera ingenua. En medio de un mini boom petrolero, sin las reformas estructurales necesarias para ensanchar la competitividad del aparato productivo, van a ensayar un programa basado en un ancla nominal en el tipo de cambio. Para colocarlo en términos no técnicos, es el tipo de problemas en los que si no los agarra el chingo los agarra el sin nariz.

Esa es una de las tantas razones por las cuales en materia de reformas estructurales hay que actuar de manera rápida y decidida. Aquí no se trata de extremismos ideológicos ni de exquisiteces académicas. El problema es que el reloj de la sobrevaluación va a avanzando de manera sostenida. Si se corrige por vía cambiaria entonces se pierden todos los beneficios del ancla, del compromiso de someterse a una regla de control inflacionaria. Si se deja que continúe, entonces tarde o temprano los problemas del sector externo explotan y por más que la posición de partida sea de cierta holgura en cuanto a reservas internacionales, la situación tarde o temprano resulta inmanejable. En ese caso lo más probable que ocurra es que el dilema se despeje de la manera tradicional. Una devaluación que corrija el problema de sobrevaluación de manera transitoria y un repunte del proceso inflacionario. Ese es el tipo de soluciones que la economía venezolana ha experimentado de forma repetida.

El frente monetario
Uno de los frentes en que el programa avanza con especial lentitud es el monetario. Los diseñadores del programa parecen encandilados con los aparentes éxitos en el frente cambiario y sencillamente minimizan los escasos pasos por producir en el frente monetario claros indicios de estabilidad. El signo más evidente de que en ese frente las cosas no han cambiado es que si observa la estructura de depósitos de junio, entre vista, ahorro y plazo, esta es básicamente la misma que se tenía en diciembre. Es decir una estructura altamente volátil, con el agravante que la estrategia del Banco Central de incrementar la madurez de la cartera de sus pasivos (de 45 a más de 150 días en promedio) esto ha incrementado substancialmente el riesgo de tasas de interés en el sistema.

Obviamente uno de los problemas difíciles de resolver en el diseño del programa era cómo evitar que los efectos del aumento de tasa tuvieran efectos de largo alcance sobre el sistema financiero, que presentaba por el gap de maduración entre sus activos y pasivos una alta exposición al riesgo de intereses.

Hemos visto como, a pesar de continuar existiendo el mismo desbalance básico en el mercado monetario, caracterizado por una estructura de depósitos volátil y un enorme riesgo de interés no cubierto por los intermediarios financieros, esos problemas no se han transmitido al mercado cambiario. La razón fundamental, ya señalada, tiene que ver con la magnitud de la devaluación y los efectos de portafolio involucrados. Adicionalmente vale la pena destacar la situación de los intermediarios financieros. A junio de 1996, la cartera de crédito apenas había crecido en 10%, significando una caída brutal en términos reales. Una caída similar no se había visto en el país desde junio de 1989, lo cual hace pensar que la caída del producto interno podría ser mucho mayor a la esperada. Esto ha implicado que los intermediarios financieros hayan tenido que incrementar sus tenencias de instrumentos de deuda pública. Por supuesto al incrementarse al demanda de esos títulos, ello ha motivado un incremento de sus precios y su consiguiente baja en rendimientos. Esa es una situación muy particular que tiene que ver con el alto porcentaje de tenencia concentrado en la banca comercial. En la medida que el Banco Central ha tenido como estrategia reducir el costo financiero de esos títulos y paralelamente aumentar la maduración de los mismos, lo cual luce correcto, si se hubiese hecho algo similar con la estructura de pasivos, ello ha contribuido al resultado aparentemente paradójico de una baja en los rendimientos con un aumento de las tenencias de esos títulos.

El largo camino al FMI
Es sabido que las negociaciones con el FMI no son fáciles. Colombia durante mucho tiempo se ha negado a establecer acuerdos explícitos con el FMI, bajo un argumento que resulta comprensible. Eso de someterse a la férrea disciplina de un organismo externo, con el riesgo de que retrasos que pueden ser naturales en el desarrollo de una programa, sean amplificados bajo un acuerdo con el FMI, ha motivado que los colombianos prefieran mantenerse al margen. La administración de Cardozo en Brasil, con un equipo de primera línea que incluía los mejores economistas brasileños durante más de tres meses intentó de manera infructuosa alcanzar un acuerdo con el FMI. La razón fundamental que el Fondo, por la incertidumbre política de las elecciones que dio como resultado el triunfo de Cardozo, prefirió darle largas al asunto en un escenario en que los brasileños sencillamente no podían esperar mas. Con el FMI en muchos casos no basta con tener la disposición de un acuerdo.

El caso de Venezuela es digno de estudio, no sólo por las circunstancias especiales de tener como protagonistas a un gobierno que hizo lo imposible por no acudir al FMI, sino también por el tipo de negociación que se llevó a cabo.

Antes de alcanzar el acuerdo de julio de 1996, Venezuela se había convertido en una especie de oveja negra para los organismo multilaterales. Alcanzar un acuerdo con el país se había convertido en una especie de reto que bien podía servir de catapulta para una carrera ascendente en el organismo. El obstáculo fundamental, sin duda era de carácter político, un gobierno que una y otra vez había negado la posibilidad de alcanzar un acuerdo, que había adoptado todo un conjunto de medidas incompatibles con la filosofía fundamental del organismo, era bien difícil que pudiese entrar a siquiera discutir con el organismo sino producía una rectificación profunda de sus políticas. Sin embargo, ese tipo de obstáculos políticos no eran los únicos. El otro obstáculo tenía que ver con el núcleo de consejeros de política económica del presidente. Es por ello que no hay que restarle méritos a quienes dentro del gobierno, con todas las limitaciones del caso hicieron posible el acuerdo.

El equipo de asesores del presidente era lo que se conocía como el grupo Tecoteca. A ese grupo pertenecían: Julio Sosa, Ramón Espinaza, Enzo del Búfalo, Asdrúbal Batista, Luis Carlos Palacios, Rafael Macquae, Rafael de Kries, Werner Corrales, Edgard Paredes Pizani y algunos otros.

Aunque se trataba de un grupo no homogéneo, con diferencias importantes entre ellos, todos mas o menos comulgaban con tres ideas básicas: 1) La estabilización necesitaba de un sólido componente redistributivo, los problemas de la economía venezolana estaban más en la esfera de la distribución que en la producción. 2) El problema inflacionario de Venezuela tenía un fuerte componente inercial, que no respondía a prescripciones ortodoxas de ajuste, es decir de ajuste fiscal y monetario. y 3) La expansión petrolera y los recursos involucrados, hacían que el programa no necesitase de ningún soporte externo.

Ese grupo tuvo una influencia fundamental en los primeros intentos de estabilización emprendidos por la presente administración. Sin embargo , la poca coherencia interna, el desorden a la hora de la ejecución, y los evidentes fracasos iniciales hicieron que ese grupo poco a poco perdiera incidencia en la formulación de políticas económicas, aun cuando siguió gravitando alrededor del gobierno. De hecho las tres ideas básicas que servían de aglutinador del grupo, siguieron manteniendo cierta entidad en las altas esferas del gobierno. De ellas la principal quizás era la idea de que el gobierno no necesitaba ir al FMI.

Decir que el país no necesita ir al Fondo, era no comprender la magnitud de los problemas que aquejaban a la economía venezolana al cierre de 1995. El fuerte desbalance entre activos y pasivos del sector público y la necesidad de emprender un programa orientado al crecimiento, que requiere de una fuerte asistencia de recursos externos, son dos razones que por sí solas debieron despejar toda clase de dudas sobre la necesidad de la firma de un acuerdo lo más rápido posible. Sin embargo, esa idea continuó prevaleciendo aun en medio del proceso de negociación. Básicamente ello se expresaba en dos dimensiones. En primer lugar, se pensaba que el país sólo necesitaba un acuerdo de supervisión, no eran propiamente recursos externos lo que se buscaba al acudir al Fondo. Se trataba simplemente de un acuerdo, mejor sin la formalidad usual, que garantizase la entrada a los mercados internacionales, los cuales se habían cerrado desde 1994. La concepción prevaleciente es que la negociación no tenía por qué hacer del financiamiento interno una variable de importancia. En segundo lugar, la otra dimensión en la que esa concepción se manifestaba era que la negociación con el FMI era fundamentalmente política, poco importaban los detalles técnicos de la negociación, no importaba si el FMI imponía tales o cuales metas de crecimiento del crédito doméstico, no importaba mucho cual era el soporte técnico del acuerdo.

Esa concepción en buena medida implicó que si bien se iniciase un proceso de apertura a las negociaciones con el FMI, a lo largo del proceso toda la negociación se subestimase. Ello se manifestó en el mismo diseño del equipo negociador. El primer equipo de negociación estaba conformado por: David Morán, Rosevelt Velázquez, Armando León y Ramón Espianza quien servía de apoyo por PDVSA.

La primera fase del proceso sencillamente consistió en discutir algunos escenarios elaborados por el FMI en relación a la magnitud de los ajustes involucrados. En realidad no fue propiamente una negociación, sino que los negociadores locales sólo se limitaban a suministrar la información necesaria para reproducir esos ejercicios. Alguno llegó a decir, cuando la negociación se ponía un tanto exigente en términos técnicos, que la única diferencia entre los negociadores locales y los del FMI era que aquellos leían el Dornbush en inglés , mientras los nuestros lo leían en español. En realidad había muchas más diferencias. Ellas comenzaron a manifestarse cuando empezaron a verse los primeros números y el tipo de programa que el FMI estaba pidiendo.

La negociación con el FMI, si bien tiene un alto componente político, involucra una serie de aspectos técnicos que son en definitiva los que hacen la diferencia entre una buena y una mala negociación. Especialmente en cuanto al tipo de programa que sirve de base para un acuerdo con el FMI.

Desde hace cierto tiempo los programas del Fondo, y la metodología que los acompañan, han estado sujetos a fuertes críticas. Estas apuntan en su mayoría a la enorme simpleza con que el Fondo tradicionalmente ha enfocado los problemas de estabilización y ajuste. De hecho diferencias muy importantes alrededor de esos tópicos se han producido en torno a otros organismos multilaterales, en especial el FMI.

Varios analistas (ver Bacha (1985) y Edwards (1989)) han venido señalando desde mediados de los ochenta, que la ausencia de un bloque de oferta agregada, el menosprecio por los problemas de crecimiento, hace que los modelos tradicionalmente utilizados en el Fondo devienen en simples ejercicios contables. El problema no sería ciertamente importante si se tratase de simples ejercicios académicos, el asunto fundamental es que dichos ejercicios conducen a decisiones de política como restringir el crédito doméstico en tal o cual magnitud, o reducir el déficit de tal o cual forma, que tienen enormes e importantes consecuencias en la forma en que las variables económicas se ajustan a esos cambios de política económica.

La tradición de esos ejercicios contables es ya bastante vieja y conocida. A partir de supuestos simples sobre la forma y la estabilidad de la demanda de dinero, la llamada programación monetaria es un ejercicio de manipulación de la demanda agregada con casi los mismos vicios de los modelos keynesianos más ingenuos. A pesar de esas enormes inconsistencias, parece mentira que un modelo que no incorpora para nada problemas de oferta o modelaje de expectativas, pueda haber llegado tan lejos en su influencia en la formulación de políticas.

Hoy es materia de consenso entre los economistas profesionales que el peor programa de estabilización que país alguno puede tener es precisamente la cartilla del Fondo basada en sus famosos ejercicios de programación monetaria. Un programa que no reconoce que los problemas de oferta tienen una responsabilidad fundamental en las labores de estabilización y que los cambios de reglas tienen un gran impacto en la formación de expectativas, termina por producir un costo excesivo en términos de producto y empleo, en definitiva la única forma como las cosas pueden ajustarse de forma contable.

Por supuesto, para hablar con justicia, el FMI como institución se ha dado cuenta del problema y de allí la importancia que han adquirido las llamadas reformas estructurales, pero ello no ha sido suficiente. Los equipos de consulta, quizás por comodidad intelectual y a veces por simple incompetencia, continúan haciendo sus ejercicios de programación monetaria como base para la formulación de políticas.

A decir verdad, no es sinónimo de la firma del acuerdo tener un programa basado en esos ejercicios contables, pero existe una probabilidad alta, sobre todo si usted no hace su trabajo, de terminar adoptando un típico programa fondo monetarista. Es por ello que el proceso de negociación es tan importante.

Finalmente el Fondo Monetario se hizo cargo del asunto y puso el piloto automático. Ante el riesgo de que alguien por accidente encendiera las turbinas o disparara algún misil, los competentes funcionarios del FMI decidieron imponer una muy simple cartilla de vuelo, el clásico programa del Fondo de ajuste de demanda agregada. acompañado con una meta de acumulación de reservas que garantice la recuperación de los recursos otorgados. Al final el Fondo ha actuado como un mal prestamista. No importa si el deudor a la larga soluciona sus problemas, lo importante es que pague. Nada de ejercicios complejos de política económica, no se tenía la confianza necesaria en pilotos que bien pueden volar papagayos en un cielo despejado, pero no naves sofisticadas que exigen un alto nivel de maniobra. En cierta forma, se trata del peor programa que país alguno puede tener, porque sencillamente no es un programa para la estabilización, es decir, para reducir drásticamente la tasa de inflación, sino repite el mismo tipo de ajuste que ha experimentado la economía venezolana desde 1983. Ajustes de demanda agregada que sólo funcionan con una economía en recesión y que más temprano que tarde escalan otro peldaño inflacionario. Países condenados a inflaciones de 50% y 60% y que tienen que hacer ajustes recurrentes. En la medida que los agentes económicos descubren que la llave de cierre siempre termina siendo producir sorpresas inflacionarias a través del mecanismo de la devaluación, esos ajustes se tornan en estabilizaciones fallidas, sorpresas que cada vez son más anticipadas y que tienden a incrementar los costos de los nuevos ajustes.

Pero a fin de cuentas, al menos por los momentos, todos los actores del juego obtienen algún beneficio. El gobierno puede anunciar que finalmente logró un acuerdo con esa criatura antipática, aunque útil a los fines de acceder a financiamiento externo, en que se ha convertido al FMI. Los funcionarios del gobierno venezolano que avalen la cartilla, se podrán convertir en los nuevos mariscales de un ajuste fallido, con una pasantía segura en algún organismo internacional. Los funcionarios del FMI, pueden anunciar que llegaron a un acuerdo con la oveja negra del contexto latinoamericano. Esa puede ser la credencial capaz de darle algunos puntos para subir en el escalafón del organismo. Al final si el ajuste no funciona, siempre será fácil echarle la culpa a los funcionarios venezolanos del fracaso del programa. Si eso ocurre, probable dado el tipo de programa que sirve de base para el acuerdo, todo vuelve a ìsquare oneî. El Fondo seguirá siendo la criatura antipática y Venezuela la oveja negra. El que no recibirá beneficio alguno será el país, como no lo recibió de los ajustes anteriores. Ese es un ajuste que no va a reducir la inflación a niveles de un dígito, que va a mantener la economía postrada en una larga recesión, y que va exhibir resultados contables basados en menos servicios públicos, en menores sueldos para los empleados públicos, en más miseria en las calles. En pocas palabras mas de lo mismo. Y es que un programa de estabilización que no esté orientado al crecimiento, que no aborde el desbalance fundamental de activos y pasivos que tiene el Estado venezolano, está condenado al fracaso. Una estabilización fallida que hoy resulta evidente al preguntarse como se van a cerrar la cuentas de 1997. Quien se haga esa pregunta no encontrará mas respuesta que más devaluación y más inflación. Lo triste es que a nadie le preocupa mirar hacia adelante, los funcionarios del Fondo y el gobierno parecen querer vivir la ilusión de 1996.

A estas alturas algunos lectores se preguntarán. øPero es que acaso no es suficiente la firma con el FMI ?. øCÛmo se puede ser tan negativo en relación al gobierno, si ustedes mismos han venido recomendado que acudiese al FMI? Y efectivamente esas son preguntas válidas. Yo he sido un defensor de la idea de ir al FMI. No para tener un guachiman antipático, sino para acceder a recursos externos vitales para un programa exitoso de estabilización orientado al crecimiento. Pero siempre he dicho que existe una gran diferencia en el acuerdo que se alcance. Esas diferencias van desde un acuerdo muy malo que es la cartilla del FMI, hasta un acuerdo conveniente para el país en el cual el Fondo acepta el rol fundamental de las políticas de oferta en una estabilización exitosa. Entre esos dos extremos, un ajuste contable de demanda agregada y un programa orientado al crecimiento hay, por supuesto, un amplio margen para la negociación. Un acuerdo con el Fondo no significa un ajuste exitoso y el rÈcord del organismo es prueba de ello. Si los funcionarios del gobierno hacen una mala negociación, se quedan callados en la reuniones, acatan los regaños y no contra-argumentan, entonces el Fondo les impone la cartilla, pone el piloto automático. Ese, lamentablemente, es el caso actual. Una pésima negociación, con el resultado de un pésimo programa.

Yo comprendo plenamente la preocupación del Presidente Caldera, quien quizás sin ser un profesional en la materia, advierte los peligros que representaría para el país la firma de un acuerdo con el Fondo bajo esas premisas. Comprendo perfectamente sus preocupaciones, cuando su Ministro de Cordiplan le rendía cuenta sobre el tipo de ejercicios que sus pupilos hacían en la sede del Fondo. Para una persona que en definitiva no es experto en la materia, pero tiene una educada intuición, debe ser de terror escuchar como la simple manipulación contable del déficit vaya a producir toda esa cadena de milagros que vaticina el buen muchacho de Cordiplan. En verdad Dr. Caldera lo comprendemos plenamente, las mismas dudas que usted tiene la comparten un gran número de economistas profesionales, empezando por economistas del mismo departamento de investigaciones del Fondo.

El problema estimado Dr. Caldera es que la culpa no la tienen en el Fondo; vea como por ejemplo los argentinos, los yugoslavos, los mexicanos, han negociado sin suscribir la cartilla, con programas fuertemente orientados al crecimiento. El problema básico es que usted ha sido engañado desde los tiempos en que se reunía con sus asesores en Tecoteca. Tanto hablar de alternativas de ajuste, tanto criticar el ajuste del 1989, que han terminado por suscribir, y quizás sin entenderlas a plenitud, las mismas recetas que criticaban. En realidad ha sido un largo camino. De los cursos de planificación del Cendes a los ejercicios de programación monetaria del FMI.

Entre el ajuste de 1989 y el de 1996 existen algunas semejanzas y muchas diferencias. Una de las enormes diferencias es la comparación entre los equipos de dirección de política económica. El ajuste de 1989 tuvo como protagonistas un equipo de gran coherencia y alta capacidad técnica. La presencia, como figura protagónica, de Miguel Rodríguez, quizás uno de los economistas más capaces del país le daba al programa una cierta aureola de éxito. Al punto que los organismos multilaterales se encargaron de hacer las cosas de rigor. El equipo de 1996 es una especie de recontra del primero y sin embargo, por razones que no toca analizar, estamos en presencia de un optimismo parecido. Entre las semejanzas, habría que destacar que se trata de programas similares basados en una fuerte contracción de la demanda agregada y un cierto primitivismo monetario. øCu·l programa tendría mayores probabilidades de éxito? Si la pregunta fuera hecha dentro de 20 años, sin duda la respuesta favorecería al ajuste de 1989. Pero resulta que las cosas no son tan sencillas y no basta un buen equipo. Creo que la suerte de los dos programa al final será parecida, no por las diferencias en los equipos de dirección, sino por las semejanzas en el diseño de los programas.
Pero para hacer justicia a mis colegas de 1989 la historia recordará con mayor simpatía el ajuste de 1989. A Miguel Rodríguez las generaciones posteriores de economistas le debemos mucho. El programa de 1989 marcó una pauta muy diferente a la tradicional conducción de política económica. Miguel Rodríguez es, por lo demás, uno de esos economistas que actúa transparentemente y por lo tanto merece respecto y admiración.

Aunque ciertamente es difícil de creer que el programa de 1989 fracasó por causas distintas a las de un entorno político sumamente adverso, aquí hay que establecer una línea divisoria. Efectivamente el entorno adverso jugó un papel preponderante, pero más allá de la competencia del equipo, hubo también algunas concepciones de política económica que coadyuvaron al fracaso del programa. Concepciones que, desafortunadamente, son compartidas por el equipo actual de conducción de la política económica.

Una de ellas es la referente a la política cambiaria que Miguel Rodríguez promulgaba entonces y aun ahora defiende. En días recientes, refiriéndose al programa de Petkoff y compañía, este señalaba que el programa carecía de una política de desarrollo y que esta residía en dos herramientas fundamentales. La política cambiaria y la comercial. Esa noción del componente de oferta de un programa de estabilización descansa en la idea que la política cambiaria debe perseguir objetivos reales, el mantenimiento de una tasa de cambio que preserve la competividad de las exportaciones.

En mi opinión, como lo he señalado en otras oportunidades, esa concepción de la política cambiaria en 1989 significó desestimar los efectos perversos de inflaciones de 30 y 40%. Al tiempo que se trataba de cosechar éxitos en materia de crecimiento de muy poco alcance, fundamentado en un fuerte impulso fiscal, el programa no contemplaba una reducción de la tasa de inflación por debajo de las condiciones iniciales. En buena medida el fracaso de 1989 fue producto de esa concepción de la política cambiaria. Y la razón es muy sencilla. En la medida que se buscan esos objetivos reales, los cuales son muy difíciles de alcanzar en la medida que hay muchos factores de distinta índole que afectan una variable como el tipo de cambio real y que están fuera del alcance de la política cambiaria, ello a menudo significa la pérdida de un ancla nominal efectiva para contener el avance de la inflación. Esto es especialmente cierto en el caso de la economía venezolana, en la cual de las dos anclas nominales existentes, el tipo de cambio y la oferta monetaria, el Banco Central tiene muy escaso control de los agregados monetarios. Esa desestimación del objetivo de reducir drásticamente la tasa de inflación fue algo que además tuvo efectos retroalimentadores sobre el deterioro del entorno político y social. Esa misma tesis de manejo de la política cambiaria está hoy presente en los equipos encargados de la ejecución de la política económica, lo cual combinado a un equipo, sin duda, menos competente y a un enorme deterioro institucional hace pensar que la suerte del programa de 1996 tampoco va a ser muy afortunada.

La moderna concepción del crecimiento económico hoy descasa en la articulación de un programa ordenado de política de oferta, políticas de cambios estructural, de inversión en salud, educación, seguridad pública, infraestructura, mejoramiento en el funcionamiento de los mercados que son los factores que definen el crecimiento a mediano y largo plazo . Lamentablemente la lección de 1989 aun no sido bien entendida. La gran carencia de 1996 es la ausencia de un programa orientado al crecimiento.El tratar de estimular crecimiento a partir de manipulaciones de la demanda agregada, convirtiendo la tasa de cambio en la variable de estímulo al aparato productivo es un error de concepción que comparten el ajuste de 1989 y el de 1996. Los protagonistas de 1996 repiten los errores de 1989, pero sin la misma competencia. Esto quizás les da el mismo chance que podría tener un jugador de dominó que apenas sabe poner las piezas.

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