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Revista Electrónica Bilingue       Nº 7     Septiembre 1996
Editorial
El juicio al Presidente y otros juicios


La política venezolana no ofrece signos de discreción, y mucho menos de tolerancia. El torbellino en que se debate desde los intentos de golpe de Estado de 1992 y de sus derivaciones parece ser alimentado día tras día por renovadas furias. Ahora se ha puesto sobre el tapete el juicio al Presidente de la República por los auxilios financieros otorgados a los bancos en 1994. Al escoger al Presidente como blanco y como meta, se está cometiendo un serio error, y una temeridad. Conviene de tiempo en tiempo revisar la historia porque quien no la conoce está condenado a repetirla, según ya nos advirtió George Santallana. No invocamos la reflexión sobre la historia como quien pasa una factura o busca el desquite. No estamos para desquites de menor cuantía: el país reclama una visión y una percepción superiores, y es en nombre de esta convicción que escribimos sobre un tema cargado de emotividad y de subjetividad.

Estamos en vísperas del siglo XXI, y tramontamos una complejísima crisis de orden económico, financiera, y también política. Tenemos prioridades que reclaman no sólo claridad de ideas, sino transparencia en nuestras actitudes y en nuestra disposición para resolverlas. Enfrentamos, en una palabra, la prueba de fuego de la razón ética. Frente a ésta, es preciso una reflexión, un ejercicio de comprensión y una toma de conciencia. Una de esas prioridades es la redimensión del Estado. Tanto el gobierno del Presidente Rafael Caldera, como la mayoría de los portavoces políticos y de los medios de comunicación, y las instituciones que aún cuentan en el espectro nacional, están contestes en que este desafío debe acometerse reduciendo la dimensión burocrática del Estado, por una parte, y su perniciosa interferencia en todos los asuntos de la economía o de la vida pública. Cuando se habla de la redimensión del Estado parece que nos refiriéramos apenas al Ejecutivo Nacional, que las gobernaciones y las alcaldías no formaran parte de ese monstruo llamado el Estado, y que, por consiguiente les ha llegado el turno a ellos de practicar el error de aumentar su tamaño y comprometer recursos que no tiene ahora y que en el futuro inmediato serán pesadísima carga, muy difícil de cumplir. La observación es válida para otros sectores, sobre todo los que se cobijan bajo el manto de las autonomías administrativas. Podríamos mencionar otras prioridades: la de crear confianza en el sistema legal, la de no utilizar el poder judicial para resolver rivalidades o pugnas internas que deben resolverse en las calles y en las convenciones políticas. Hay quienes proclaman la dignificación del poder judicial, pero tienen bajo la manga algún recurso incompatible con esa dignidad. Al hablar de esta manera no abogamos por la impunidad, que quede suficientemente claro.

Lo que aquí propiciamos es el diálogo civilizado, el intercambio de ideas, la toma de decisiones que compete a todos, porque los problemas por enfrentar no pueden ser resueltos por ningún factor por poderoso que sea. Requiere de la disposición del gobierno a gobernar con todos y para todos, y en esta tarea el diálogo y la concertación son recursos indispensables. Entre las prioridades nacionales, no cabe duda, está la defensa y preservación de la majestad presidencial. Sabemos que esto es necesario, conveniente, y finalmente deseable para todos. La imagen del país serio y respetable que debemos y queremos construirle a Venezuela comienza por ahí. Como independientes, abogamos por el respeto en la lucha política. Como independientes y como observadores comprometidos, abogamos por la lealtad entre los adversarios, que en una forma inequívoca es también la lealtad con nosotros mismos y con nuestros intereses permanentes. Debatir, por tanto, sobre un juicio al Presidente de la República equivale a jugar al azar, sin importarnos qué rumbo tome el país ni que emergencias o crisis pueda enfrentar. Los riesgos son demasiado severos, como para que no constituyan una advertencia capaz de movernos a la cautela, a la ponderación y al predominio de la razón. Preservemos nuestros valores, enriquezcámolos pensando en el bien de todos, y abstengámonos de trillar o de continuar trillando el camino de la destrucción estéril. Los problemas de Venezuela son extremadamente graves, tanto en su dimensión exterior como en su dimensión interna. Aboguemos, pues, por el diálogo civilizado y por la búsqueda de lo tanto que nos es común.

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