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La política venezolana no ofrece signos de discreción,
y mucho menos de tolerancia. El torbellino en que se debate desde
los intentos de golpe de Estado de 1992 y de sus derivaciones
parece ser alimentado día tras día por renovadas
furias. Ahora se ha puesto sobre el tapete el juicio al Presidente
de la República por los auxilios financieros otorgados
a los bancos en 1994. Al escoger al Presidente como blanco y como
meta, se está cometiendo un serio error, y una temeridad.
Conviene de tiempo en tiempo revisar la historia porque quien
no la conoce está condenado a repetirla, según ya
nos advirtió George Santallana. No invocamos la reflexión
sobre la historia como quien pasa una factura o busca el desquite.
No estamos para desquites de menor cuantía: el país
reclama una visión y una percepción superiores,
y es en nombre de esta convicción que escribimos sobre
un tema cargado de emotividad y de subjetividad.
Estamos en vísperas del siglo XXI, y tramontamos una complejísima
crisis de orden económico, financiera, y también
política. Tenemos prioridades que reclaman no sólo
claridad de ideas, sino transparencia en nuestras actitudes y
en nuestra disposición para resolverlas. Enfrentamos, en
una palabra, la prueba de fuego de la razón ética.
Frente a ésta, es preciso una reflexión, un ejercicio
de comprensión y una toma de conciencia. Una de esas prioridades
es la redimensión del Estado. Tanto el gobierno del Presidente
Rafael Caldera, como la mayoría de los portavoces políticos
y de los medios de comunicación, y las instituciones que
aún cuentan en el espectro nacional, están contestes
en que este desafío debe acometerse reduciendo la dimensión
burocrática del Estado, por una parte, y su perniciosa
interferencia en todos los asuntos de la economía o de
la vida pública. Cuando se habla de la redimensión
del Estado parece que nos refiriéramos apenas al Ejecutivo
Nacional, que las gobernaciones y las alcaldías no formaran
parte de ese monstruo llamado el Estado, y que, por consiguiente
les ha llegado el turno a ellos de practicar el error de aumentar
su tamaño y comprometer recursos que no tiene ahora y que
en el futuro inmediato serán pesadísima carga, muy
difícil de cumplir. La observación es válida
para otros sectores, sobre todo los que se cobijan bajo el manto
de las autonomías administrativas. Podríamos mencionar
otras prioridades: la de crear confianza en el sistema legal,
la de no utilizar el poder judicial para resolver rivalidades
o pugnas internas que deben resolverse en las calles y en las
convenciones políticas. Hay quienes proclaman la dignificación
del poder judicial, pero tienen bajo la manga algún recurso
incompatible con esa dignidad. Al hablar de esta manera no abogamos
por la impunidad, que quede suficientemente claro.
Lo que aquí propiciamos es el diálogo civilizado,
el intercambio de ideas, la toma de decisiones que compete a todos,
porque los problemas por enfrentar no pueden ser resueltos por
ningún factor por poderoso que sea. Requiere de la disposición
del gobierno a gobernar con todos y para todos, y en esta tarea
el diálogo y la concertación son recursos indispensables.
Entre las prioridades nacionales, no cabe duda, está la
defensa y preservación de la majestad presidencial. Sabemos
que esto es necesario, conveniente, y finalmente deseable para
todos. La imagen del país serio y respetable que debemos
y queremos construirle a Venezuela comienza por ahí. Como
independientes, abogamos por el respeto en la lucha política.
Como independientes y como observadores comprometidos, abogamos
por la lealtad entre los adversarios, que en una forma inequívoca
es también la lealtad con nosotros mismos y con nuestros
intereses permanentes. Debatir, por tanto, sobre un juicio al
Presidente de la República equivale a jugar al azar, sin
importarnos qué rumbo tome el país ni que emergencias
o crisis pueda enfrentar. Los riesgos son demasiado severos, como
para que no constituyan una advertencia capaz de movernos a la
cautela, a la ponderación y al predominio de la razón.
Preservemos nuestros valores, enriquezcámolos pensando
en el bien de todos, y abstengámonos de trillar o de continuar
trillando el camino de la destrucción estéril. Los
problemas de Venezuela son extremadamente graves, tanto en su
dimensión exterior como en su dimensión interna.
Aboguemos, pues, por el diálogo civilizado y por la búsqueda
de lo tanto que nos es común.
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