El Dorado (parte II)
Andrés Germán Otero
Eran las seis de la mañana y Cabruta estaba despertando
en todo su esplendor. Especialmente en lo que se refiere a los
olores de los nidos donde durmieron la gran cantidad de cochinos
que al parecer eran los dueños del lugar. Nuestro aposento,
el flamante y recién nombrado Cabruta Chilton se llenó
de aromas gastronómicos criollos, en donde destacaba un
sofrito que serviría de base para uno de los mejores pericos
que me haya comido en mi vida. Sin embargo, yo no tenía
hambre, ya que solo podía pensar en la aventura que nos
aguardaba río arriba. Jugaba y jugaba con el machete que
compré en casa de los turcos por la escandalosa suma de
cuatro bolívares, hasta que José Ribas, nuestro
baquiano y capitán de falca, a gritos avisó que
era hora de partir. La falca estaba dotada de 2 motores Johnson
fuera de borda a los cuales se les había adoptado un aparato
casero de madera, que al parecer servía de timón
para el hijo de Ribas, quien por cierto cerraba el grupo de viajeros.
El plan de viaje era muy simple, primero navegaríamos durante
todo el primer día para montar campamento en alguna ribera
interesante como a las cinco de la tarde. Luego prepararíamos
una parrilla especialmente aderezada para la ocasión y
luego de pasar la noche en nuestros chinchorros con doble mosquitero,
partiríamos tempranito hacia el cerro mágico de
La Urbana, mejor conocida como: El Dorado. Pasaríamos un
día y su noche en la búsqueda de los preciados tesoros
por que habíamos venido, para finalmente rehacer el camino
río abajo con una parada estratégica para soltar
los mojones transmisores de mi abuelo. De aquella primera noche,
recuerdo la magia infinita de la naturaleza venezolana. Con el
crepúsculo avanzando hacia el oeste por la llanura infinita,
se dejaron ver los miles y miles de pájaros que retornaban
hacia sus sitios de dormir, para luego ser arrullados por las
voces ancestrales del Orinoco. Tuve la oportunidad de presenciar
un espectáculo muy poco conocido por los venezolanos, como
lo es el retozar de las toninas en el medio del caudal, mientras
que, al igual que sus primos del mar, completaban un cerco mortal
alrededor de algún cardumen de peces incautos. Al verlas
saltar me sorprendió su color rosado y su larga nariz de
donde parecía salir un murmullo que decía "rico
papi, quiero más pescado". Pensando en esto, se nos
hizo la hora de levantar campamento y continuar hacia el Dorado.
Es sorprendente, pero recuerdo poco las interacciones con mis
tíos y primo, pero todavía siento que todos estábamos
en armonía con nosotros mismos y con la naturaleza, la
cual se rompía de vez en cuando con alguna "grosería"
solitaria. El mayor problema lo representó una tradición
citadina muy difícil de perder como es el baño diario.
Le pregunté a Ribas si era seguro bañarme en el
río a lo cual respondió: Bueno gordito, lo primero
que tienes que hacer es buscarte alguna herida, ya que cualquier
gota de sangre te convertirá en desayuno de caribes, luego,
si estás limpio de sangre, debes agarrar un palo más
o menos largo para espantar a las rayas, acuérdate que
te pueden matar solo del dolor, ay, pero también recuerda
que tienes que estar pendiente de los tembladores ya que esos
no perdonan ni a un Toro de mil kilos y ni se te ocurra miar mientras
te bañas ya que hay un pescadito chiquitico que se te mete
por la paloma y chas, te la tienen que cortar ..... -"Coño"
fue lo único que alcancé a decir, mientras volvía
a guardar el jabón y dije- me baño cuando regrese
a Caracas. Alcanzamos a la Urbana como en dos horas de navegación
y el calor de la media mañana nos llenó de sudor.
Yo me estaba esperando una montaña colosal llena de peligros
en donde luego de sortear gigantescos obstáculos naturales,
luchar con fieras mitológicas y tribus de indios hostiles
llegaríamos a una ciudad perdida ancestral y llena de tesoros
nunca descubiertos por el hombre. De repente salí de mi
trance con un nuevo grito de Ribas:-ahí está el
cerro mágico, allá está La Urbana, llegamos,
llegamos ... -. ¿Qué les parece? -dijo mi Tío
Pancho emocionado, -una cagada -dijo Gonzalo con el ceño
fruncido. Mi montaña majestuosa era solo un cerrito de
piedra oscuro, flanqueado por un caserío de unas 20 viviendas
todas llenas de gente que se asomaron para ver a los recién
llegados. Me sorprendió ver un gran número de niños
con muy pocos adultos lo que me hizo sospechar sobre la actividad
favorita del lugar. Bueno, pero volviendo a nuestro tema, yo no
podía esperar para comenzar nuestra búsqueda. Pancho,
sin embargo, ceremonialmente estableció: - Primero vamos
a comer la especialidad del pueblo, pastel de terecay, el mejor
del mundo preparado por Doña Petra, matriarca del lugar.
Saboreando esa delicatez, por que la verdad es que estaba buenísimo,
Doña Petra, ayudada por nuestra significativa colaboración
monetaria, aceitó su memoria y nos dio las instrucciones
para llegar hasta el Dorado, advirtiéndonos que era un
lugar sumamente peligroso, especialmente para la nariz. No entendiendo
nada, dormimos una siestica y como a las tres de la tarde partimos
hacia nuestro destino. Llevamos implementos genéricos tales
como picos y palas y algunos más sofisticados como un cepillito
de arqueólogo que me regaló mi mamá, pero
por sobre todo llevaba una sospecha de fraude muy grande ya que
las instrucciones de D. Petra nos llevaron a un cerrito detrás
de la última casa del pueblo, a no más de cuatrocientos
metros de distancia de donde habíamos almorzado. La primera
señal negativa fue la gran cantidad de papel higiénico
que colgaba de las ramas de los arbustos y el fortísimo
olor a metano que dominaba el lugar, de repente mi primo Armandito
pronunció sus primeras palabras del viaje: - coño,
este es el cagadero del pueblo, Estuvimos a punto de devolvernos
a la Falca cuando el hijo de Ribas, perdido el la espesura comenzó
a gritar: -vengan, vengan. Encontramos a niñito con una
figura en la mano ambas llenas de mierda. Al limpiar cuidadosamente
la pieza con mi cepillito y un poco de agua pudimos descubrir
una figura de mono, evidentemente indígena y aparentemente
antigua. La emoción nos embargó y comenzamos la
excavación arqueológica menos organizada de la historia
en donde pasamos el resto del día y toda la noche. Sacamos
más de cien piezas entre figuras y fragmentos. Mi mente
se nubló y solo escuchaba una palabra:-éxito, éxito
.... -Por la mañana no aguantamos más y nos volvimos
a la Falca para comenzar el viaje de regreso. La última
imagen que recuerdo del Dorado fue el grito de los niños
desde la ribera : - Ja, ja, ja ahí van los exploradores
hueliendo a pupú -. En el camino de vuelta ni lo voy a
contar, pero recuerdo que nadie me hablaba porque estaba cumpliendo
mi promesa de no bañarme hasta llegar a Caracas. Una vez
en casa de mi abuelo Ito, mi mamá me vió y me dijo:
-desnúdate inmediatamente niño del carrizo que te
vamos a pegar una baño de manguera y creolina - y llena
de asco añadió mientras empuñaba la manguera
de alta presión;- asco, fo, mira los piojos y las garrapatas,
tienes como mil, y que es esto, una sanguijuela, pásenme
el ron con eso la mato. Esto no se aguanta, más nunca te
vas con tus tíos a ningún lado ..... Dicho y hecho,
más nunca ha pasado y de ese viaje me quedó el refrán:
- el tesoro de un hombre es la basura de otro...., o será
al revés.
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