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Revista Electrónica Bilingue       Nº 7     Septiembre 1996
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El Dorado (parte II)
Andrés Germán Otero
Eran las seis de la mañana y Cabruta estaba despertando en todo su esplendor. Especialmente en lo que se refiere a los olores de los nidos donde durmieron la gran cantidad de cochinos que al parecer eran los dueños del lugar. Nuestro aposento, el flamante y recién nombrado Cabruta Chilton se llenó de aromas gastronómicos criollos, en donde destacaba un sofrito que serviría de base para uno de los mejores pericos que me haya comido en mi vida. Sin embargo, yo no tenía hambre, ya que solo podía pensar en la aventura que nos aguardaba río arriba. Jugaba y jugaba con el machete que compré en casa de los turcos por la escandalosa suma de cuatro bolívares, hasta que José Ribas, nuestro baquiano y capitán de falca, a gritos avisó que era hora de partir. La falca estaba dotada de 2 motores Johnson fuera de borda a los cuales se les había adoptado un aparato casero de madera, que al parecer servía de timón para el hijo de Ribas, quien por cierto cerraba el grupo de viajeros. El plan de viaje era muy simple, primero navegaríamos durante todo el primer día para montar campamento en alguna ribera interesante como a las cinco de la tarde. Luego prepararíamos una parrilla especialmente aderezada para la ocasión y luego de pasar la noche en nuestros chinchorros con doble mosquitero, partiríamos tempranito hacia el cerro mágico de La Urbana, mejor conocida como: El Dorado. Pasaríamos un día y su noche en la búsqueda de los preciados tesoros por que habíamos venido, para finalmente rehacer el camino río abajo con una parada estratégica para soltar los mojones transmisores de mi abuelo. De aquella primera noche, recuerdo la magia infinita de la naturaleza venezolana. Con el crepúsculo avanzando hacia el oeste por la llanura infinita, se dejaron ver los miles y miles de pájaros que retornaban hacia sus sitios de dormir, para luego ser arrullados por las voces ancestrales del Orinoco. Tuve la oportunidad de presenciar un espectáculo muy poco conocido por los venezolanos, como lo es el retozar de las toninas en el medio del caudal, mientras que, al igual que sus primos del mar, completaban un cerco mortal alrededor de algún cardumen de peces incautos. Al verlas saltar me sorprendió su color rosado y su larga nariz de donde parecía salir un murmullo que decía "rico papi, quiero más pescado". Pensando en esto, se nos hizo la hora de levantar campamento y continuar hacia el Dorado. Es sorprendente, pero recuerdo poco las interacciones con mis tíos y primo, pero todavía siento que todos estábamos en armonía con nosotros mismos y con la naturaleza, la cual se rompía de vez en cuando con alguna "grosería" solitaria. El mayor problema lo representó una tradición citadina muy difícil de perder como es el baño diario. Le pregunté a Ribas si era seguro bañarme en el río a lo cual respondió: Bueno gordito, lo primero que tienes que hacer es buscarte alguna herida, ya que cualquier gota de sangre te convertirá en desayuno de caribes, luego, si estás limpio de sangre, debes agarrar un palo más o menos largo para espantar a las rayas, acuérdate que te pueden matar solo del dolor, ay, pero también recuerda que tienes que estar pendiente de los tembladores ya que esos no perdonan ni a un Toro de mil kilos y ni se te ocurra miar mientras te bañas ya que hay un pescadito chiquitico que se te mete por la paloma y chas, te la tienen que cortar ..... -"Coño" fue lo único que alcancé a decir, mientras volvía a guardar el jabón y dije- me baño cuando regrese a Caracas. Alcanzamos a la Urbana como en dos horas de navegación y el calor de la media mañana nos llenó de sudor. Yo me estaba esperando una montaña colosal llena de peligros en donde luego de sortear gigantescos obstáculos naturales, luchar con fieras mitológicas y tribus de indios hostiles llegaríamos a una ciudad perdida ancestral y llena de tesoros nunca descubiertos por el hombre. De repente salí de mi trance con un nuevo grito de Ribas:-ahí está el cerro mágico, allá está La Urbana, llegamos, llegamos ... -. ¿Qué les parece? -dijo mi Tío Pancho emocionado, -una cagada -dijo Gonzalo con el ceño fruncido. Mi montaña majestuosa era solo un cerrito de piedra oscuro, flanqueado por un caserío de unas 20 viviendas todas llenas de gente que se asomaron para ver a los recién llegados. Me sorprendió ver un gran número de niños con muy pocos adultos lo que me hizo sospechar sobre la actividad favorita del lugar. Bueno, pero volviendo a nuestro tema, yo no podía esperar para comenzar nuestra búsqueda. Pancho, sin embargo, ceremonialmente estableció: - Primero vamos a comer la especialidad del pueblo, pastel de terecay, el mejor del mundo preparado por Doña Petra, matriarca del lugar. Saboreando esa delicatez, por que la verdad es que estaba buenísimo, Doña Petra, ayudada por nuestra significativa colaboración monetaria, aceitó su memoria y nos dio las instrucciones para llegar hasta el Dorado, advirtiéndonos que era un lugar sumamente peligroso, especialmente para la nariz. No entendiendo nada, dormimos una siestica y como a las tres de la tarde partimos hacia nuestro destino. Llevamos implementos genéricos tales como picos y palas y algunos más sofisticados como un cepillito de arqueólogo que me regaló mi mamá, pero por sobre todo llevaba una sospecha de fraude muy grande ya que las instrucciones de D. Petra nos llevaron a un cerrito detrás de la última casa del pueblo, a no más de cuatrocientos metros de distancia de donde habíamos almorzado. La primera señal negativa fue la gran cantidad de papel higiénico que colgaba de las ramas de los arbustos y el fortísimo olor a metano que dominaba el lugar, de repente mi primo Armandito pronunció sus primeras palabras del viaje: - coño, este es el cagadero del pueblo, Estuvimos a punto de devolvernos a la Falca cuando el hijo de Ribas, perdido el la espesura comenzó a gritar: -vengan, vengan. Encontramos a niñito con una figura en la mano ambas llenas de mierda. Al limpiar cuidadosamente la pieza con mi cepillito y un poco de agua pudimos descubrir una figura de mono, evidentemente indígena y aparentemente antigua. La emoción nos embargó y comenzamos la excavación arqueológica menos organizada de la historia en donde pasamos el resto del día y toda la noche. Sacamos más de cien piezas entre figuras y fragmentos. Mi mente se nubló y solo escuchaba una palabra:-éxito, éxito .... -Por la mañana no aguantamos más y nos volvimos a la Falca para comenzar el viaje de regreso. La última imagen que recuerdo del Dorado fue el grito de los niños desde la ribera : - Ja, ja, ja ahí van los exploradores hueliendo a pupú -. En el camino de vuelta ni lo voy a contar, pero recuerdo que nadie me hablaba porque estaba cumpliendo mi promesa de no bañarme hasta llegar a Caracas. Una vez en casa de mi abuelo Ito, mi mamá me vió y me dijo: -desnúdate inmediatamente niño del carrizo que te vamos a pegar una baño de manguera y creolina - y llena de asco añadió mientras empuñaba la manguera de alta presión;- asco, fo, mira los piojos y las garrapatas, tienes como mil, y que es esto, una sanguijuela, pásenme el ron con eso la mato. Esto no se aguanta, más nunca te vas con tus tíos a ningún lado ..... Dicho y hecho, más nunca ha pasado y de ese viaje me quedó el refrán: - el tesoro de un hombre es la basura de otro...., o será al revés.
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