1. La metáfora : el museo como mancha.
En un breve, denso, intenso texto sobre la pintura
escrito en 1917 Walter Benjamin proponía una serie de distinciones
entre los "signos" que parecen constituir lo pictórico
y lo gráfico. Allí se refería a algo, oscuro
irremediablemente, que el ensayista llamaba "la esencia metafísica
del signo".
Habría, según él, una forma
de "signo absoluto" : la marca de Caín, el signo
sobre las casas israelitas durante la décima plaga de Egipto,
la marca de Alí Babá y los cuarenta ladrones.
La mancha -decía- a diferencia de los signos que se imprimen,
emerge. Esta emergencia, que puede comprenderse en el sentido
de su inexorabilidad como en el sentido de su surgimiento, caracterizaría
a lo pictórico. Lo propio de la mancha consiste así
en desestabilizar el asiento de la imágen, en desmantelar
la certeza que permite distiguirla de un fondo. La mancha surge
de su fondo, sin dejar de serlo al mismo tiempo, como una excremencia
o como una secreción, como un rubor o como un estigma,
como una erupción o como una perturbación congénita.
La mancha, aquella que signa a lo viviente, tiene
que ver con lo temporal y con lo colectivo. La mancha disuelve
la individualidad en su raigambre común y por ello "diluye
la personalidad en ciertos elementos primitivos". Puede suceder,
concluye Benjamin con fingida inocencia su escrito, que la mancha
aparezca también en formaciones espaciales. "Manchas
en el espacio (...) como cenotafios o tumbas, entre las cuales,
seguramente, no son manchas en un sentido preciso sino las formaciones
arquitectónicas y plásticamente informes."
Esta idea del cenotafio como mancha y, a fortiori,
de la tumba como formación arquitectónica "informe"
se hace eco a no dudar de la afirmación según la
cual lo propio de la mancha consistiría en manifestar sintomáticamente
una regresión de la personalidad hacia su configuración
primitiva. Más allá de disimular toda una ontología
virtual, en la que románticamente se diluyen los límites
entre artificio y naturaleza, el texto de Benjamin sirve como
piso metafórico para hablar del museo como mancha. Para
ello habría que recordar cierta genealogía, harto
comentada, en el marco de la cual el museo es una variación
-acaso mítica- del cenotafio; una forma -acaso viva- de
la tumba.
El museo sería pues una "mancha en el
espacio". Pero sería también algo que, como
el cenotafio, esconde tras su monumental diseño, tras sus
formas precisas y grandilocuentes, aquel destino hacia lo "informe"
que acecha y amenaza, por igual, a la vida de los individuos que
yacen en las tumbas y a la vida de las formas que en el museo
yacen. El museo sería, como una mancha, una manifestación
inexorable de la vida que, contra la muerte, se busca a sí
misma. El museo sería, como cenotafio, una afirmación
y un deseo de permanencia sobre aquello cuya resonancia se ensordece,
cuya materia se descompone, cuya intención se desdibuja
: las obras del arte que son en su imposible conjunto, como toda
memoria, un amasijo informe.
2. La leyenda : el museo como mausoleo.
De allí surgiría el proyecto, los lineamientos
de labor, el trabajo del museo. No basta con poseer una sede,
ni con atesorar un conjunto de obras. Es museo, ante nada y sobre
todo, el trabajo de quienes laboran la interpretación de
las obras, la labor de quienes se ocupan de la conservación,
de la exposición o de la difusión, de la discusión
alrrededor de la significación que esas obras pueden poseer
o producir sobre nosotros. Como un mausoleo es aquello que promete
presencia del ausente; sería museo, a la vez como trabajo
y también como duelo museal, aquello que suple el vacío
o el olvido, la inadvertencia o la desestima de las obras del
arte, y en fin lo que permite y acomete una nueva mirada sobre
ellas.
Esta dimensión monumental del museo -el museo
cenotafio- no debe pensarse solamente como leyenda escatológica,
como si se tratara de un ámbito para la taxidermia o para
la momificación de las obras. Lo propio del cenotafio no
es la presencia en su interior de un cuerpo grávido y sin
vida, sino justamente su ausencia, su sustitución por otro
que lo recubre y que, disimulando y permitiendo su metamorfósis,
le confiere permanencia y presencia en el tiempo más allá
de su antigua o primitiva manifestación.
Hay quienes pensamos que esta comparación
tiene un fondo y también una frontera de invalidez. Porque
así como el museo puede y debe conservar la forma inicial
de las obras que atesora, así mismo es incapaz de conservar
su sentido inicial o -aún más precisamente-
es incapaz de evitar que este sentido se transforme. Sucede con
las obras del arte -y en esto se distancian radicalmente de los
seres vivos- que su configuración física puede ser
el fruto exclusivo de una intención artística; pero
su sentido, su significación, su trascendencia, su resonancia
es la consecuencia de una relación compartida con los espectadores
de un tiempo y de un lugar. El museo debería ser, pues,
a la vez y con equivalente intensidad el sitio en el que aquella
configuración se conserva y el ámbito en el que
esta relación se produce, se renueva, se sustituye, se
deforma y se transforma deformando y transformando el sentido
de las obras. La paradoja del museo como cenotafio consiste en
ser, a la vez, el garante de la conservación y el promotor
de la transformación de la percepción de las obras
que contiene. Como todo cenotafio es, a la vez, monumento de permanencia
y resguardo de una metamorfósis que diluye un cuerpo en
otros cuerpos, sobre un infinito e inimaginable campo analógico.
La primera analogía con el cenotafio es, pues,
la presencia del monumento -la mancha- que en el espacio indica,
como un síntoma de vida que emerge del campo de la muerte,
una voluntad de permanencia y de memoria. La segunda analogía
con el cenotafio sería, acaso más perturbadora,
un recinto interior en el que los cuerpos se diluyen en polvo
y cenizas, en materia informe.
Todos sabemos, en rigor, que la materia no es jamás
informe, que la ausencia de forma es un espejismo o una metáfora
(quizá logocéntrica). Se dice de la materia que
es informe cuando en nuestra conciencia carece de sentido y de
límites precisos. Pudiera entonces decirse que, tomado
como conjunto de disimilitudes, la suma de las obras y objetos
que un museo conserva es una materia informe, polvo y cenizas
de los deseos perdidos, de las ilusiones desdibujadas, de las
pasiones de otrora, de los encandilamientos y de los espejismos
de una cultura pasada.
Entrar en un museo no es, pues, un acto indiferente.
Se trata de pisar la cima -o de ahogarse en la sima- de ese magma
de sentido que son todas las obras y todas las ausencias que ellas
mismas nos dibujan. Y la leyenda del cenotafio tendría,
para añadir gravedad al gesto de entrar en un museo, un
complemento político. Se trataría, tal como se ha
escrito muchas veces, tal como toda leyenda repitiéndose
en el laberinto de las voces que la narran, de una sustitución
de cuerpos por medio de la cual, en la Europa de fines del siglo
XVIII, la suma de las obras del Príncipe, que era para
la teoría monárquica su otro cuerpo, su cuerpo vicario,
yace expuesta en el mismo recinto palaciego convertido en tumba
del monarca ejecutado; yace expuesta públicamente como
un despojo abierto para que el Pueblo de la República advenga,
allí mismo, sobre el cadáver del rey que son sus
obras de arte, a ser un nuevo sujeto político. El cenotafio,
que fue palacio y es ahora museo, viene con ello a ser habitado
por un sujeto viviente y colectivo que observa e identifica en
las obras del espíritu sin fronteras, en la mañana
de una ilusión ideológica universal e ilustrada,
a su propio espítiru de pueblo.
3. La historia : el museo y la euforia nacional.
El museo sería, según esto, además
de síntoma de vida laborando los síntomas de su
muerte, además de cenotafio y monumento, un espejo republicano.
Ello corresponde a una ilusión histórica que tuvo
en Venezuela su lugar culminante hace apenas veinte años.
Fue entonces el tiempo de una euforia nacional. Euforia posesiva,
en la que se identificó plenamente al país con sus
recursos materiales y se lo creyó poseer política
y definitivamente.
De ese tiempo surgieron muchas instituciones que
sintomatizan, como una erupción desigualmente feliz, aquellas
ilusiones y aquella idea de nación. La Galería de
Arte Nacional es uno de los más felices resultados de esa
época de nuestra historia. Pero no por feliz deja de cargar
sobre sus hombros el fardo de un proyecto, acaso frustado, acaso
abortado, agotado acaso, de identificación nacional. Un
proyecto que llevó los síndromes de un desarrollismo
energético a su colmo, al colmo de sus hipotecarias consecuencias
y que hoy, a la sombra venidera de un nuevo siglo y de un nuevo
milenio, estamos padeciendo sin vislumbrar umbrales de salida.
No quiero yo decir que la GAN sea una frustración
o un fracaso. Creo, al contrario, que es un museo feliz en cuanto
Venezuela lo permite, con las limitaciones y con los logros de
una espontánea tradición institucional y burocrática.
Creo que ha suplido, históricamente, la inmensa laguna
de un centro en el que se observe, con sistematicidad y permanencia,
el arte del país.
Pero no puedo dejar de anotar que, epocalmente, la
GAN manifiesta la emergencia de un tiempo en el que, por razones
precisas y no aisladas, pudo pensarse que era posible cernir la
idea de un arte nacional. Y ello sin pensar que, acaso, las bases
y sustentos sobre los que se erigió nuestra euforia nacional
y productiva no eran suficientes para otorgarnos la posibilidad
de acceder a la idea real de la nación.
Las dificultades que ha podido enfrentar nuestro
museo nacional para convertirse en un verdadero centro de investigación
y procesamiento del arte de la nación no son, pues, simplemente
institucionales, ni personales, ni administrativas. Creo que lo
hecho es, a la vez, prodigio y heroismo. Pero creo también
que las imposibilidades para saberse como nación artística,
las imposibilidades para verse como espejo de las artes, o para
conocerse desde el museo como república de las artes son
inherentes a una deficiencia nacional, a una deficiencia en la
idea misma de nación que coincidió, en los tiempos
de su euforia, con los tiempos de su fracaso universal, más
allá de nuestras propias fronteras y, en el interior de
nuestros límites, con el agotamiento de muchas de las bases
sobre las que descansó, y aún descansa, nuestra
ilusión republicana.
5. El presente : la (doble) crisis del museo (nacional).
No solamente ha hecho aguas la idea del museo como
espejo republicano, como espejo del espíritu del pueblo
y más aún de un supuesto espíritu de la humanidad,
tal como lo vienen demostrando los atolladeros sucesivos a los
que se han confrontado los grandes paradigmas museísticos
del mundo. También ha naufragado, epistemológicamente,
la ilusión de una república universal, de una universal
ciudadanía sobre la que se fundó el Museum Universal
y de la cual el Museum es, acaso, el primero de los instrumentos
y el síntoma primero.
A ello habría que añadir en Venezuela,
país de dobles tiempos, un fenómeno que yo quisiera
caracterizar brevemente y que atañe directamente a la idea
de museo y a la función de visibilidad que lo acompaña.
Creo, en suma, que nuestros fundamentos nacionales, la escritura
de nuestra historia patria, las columnas jurídicas de nuestro
sistema político, el patológico eurocentrismo de
nuestras élites, la impensada sustitución del ideal
republicano por el inmediatismo instrumental de una democracia
populista, todo lo que configura el campo de batalla de esas dos
actitudes sentimentales que Luis Castro Leiva ha llamado el "republicanismo
gestual" y el "republicanismo racional"; la ingeniería
de nuestros planes de desarrollo y la arquitectura de nuestro
sistema productivo, en fin, el ideal venezolano moderno se constituyó
antes de que la nación pudiera advenir a su propia
visibilidad real.
Si mi diagnóstico no se equivoca en demasía
creo poder afirmar que hemos intentado fundar un ideal nacional
moderno antes de que las inmensas poblaciones que lo pueden constituir
advinieran a hacerse realmente visibles, antes de que -sobre todo-
tuviesen verdadero derecho al discurso público. Venezuela
ha sido el fruto de gestos autoritarios y de gestos elitescos
que no podían ver, realmente, el rostro físico de
la humanidad venezolana y aún menos podían entender
la suma de sus discursos públicos.
Tal ideal nacional -así lo llamó la
tiranía- se hizo históricamente posible a partir
de los años cincuenta, cuando la inmensa riqueza del subsuelo
venezolano se convirtirtió en las más insospechada
acumulación rentística que haya conocido país
alguno de este continente. Pero, justamente, con esa conversión
del recurso natural en renta pública se produjo un brutal,
masivo, abrupto advenimiento a la visibilidad pública,
urbana, política de la humanidad venezolana que había
estado, como un rastro secular del peonaje, escondida o soterrada,
muda o martirizada.
Nunca tuvo esa gente derecho a la palabra pública
-analfabeta como era- y me temo que aún no tiene derecho
al discurso. Lo cierto es que su manifestación pública,
a partir de 1945, coincide plenamente con la erupción de
la renta y con la conversión del ideal nacional en proyecto
de gran Venezuela, hacia los años setenta. Me temo que
esta efracción de la humanidad escondida del país
a la visibilidad histórica contribuyó, tanto o más
que el hundimiento de sus fundamentos epistemológicos,
a la fractura de cierta idea de nación.
Exactamente en ese momento surge, institucionalmente,
por primera vez en nuestra historia, un museo nacional. En el
momento preciso en que se fragua, insospechada, su doble crisis
: crisis de una idea de nación históricamente desestabilizada
por su propia e ignorada visibilidad real; trauma de una imágen
de la nación, visiblemente perturbada, "movida",
abruptamente "desenfocada" por la inconmensurabilidad
manifiesta entre sus ilusiones y su historia, entre el discurso
de su historia, acaso ficticio, y el inasible decurso de su instante
presente, acaso irrepresentable.
Al celebrar con entusiasmo y esperanza veinte años
del museo nacional no podemos más que desear, intensamente,
que desde el museo se piense a la nación en sus fracturas,
en las ilusiones y desilusiones del arte. Pero no con la intención
de simular que se sabe con certeza a la nación; más
bien con la expectativa de reinventarla en su imágen estética,
modestamente, porque los desafíos del museo nacional en
este fin de siglo no son otros, ni menos urgentes, que los desafíos
de la nación venezolana.
"Vivirá largos años" -dijo
Tiresias de aquel Narciso que se contemplaba sin reconocerse en
la fuente límpida del agua- y añadió : "si
no se conoce". De esa escena, amputada en nuestra memoria
de la voz de Eco enamorada, puede decirse que la tradición
de lo visual como problema artístico conserva el extrañamiento
de una imágen propia en la que somos incapaces de vernos,
pero cuyas fatigas, los trabajos que engendra, nos introducen
en la historia. Como en toda mancha, como en todo cenotafio,
como en todo espejo es de una visión escindida, y en la
propia imágen fracturada, ruina brillante acaso espejeando
en los recintos del museo, que las labores verdaderas de la reflexión
se inician.