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| Revista Electrónica Bilingue Nº 7 Septiembre 1996 | ||
![]() El Doctor Jekyll y Mister Hyde Elsa Cardozo de Da Silva
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Los eventos recientes en las relaciones hemisféricas me han tentado a tomar prestado este título de Carlos Fuentes quien, en El espejo enterrado (México: FCE, 1992), señalaba que, desde Latinoamérica, "Nuestra percepción conflictiva de los Estados Unidos ha sido la de una democracia interna y un imperio externo: el Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Hemos admirado la democracia. Hemos deplorado el imperio. Y hemos sufrido sus acciones, interviniendo constantemente en nuestras vidas en nombre del destino manifiesto y el gran garrote, la diplomacia del dólar y la arrogancia cultural." La verdad es que desde 1993, cuando fue convocada por el gobierno de Estados Unidos la Cumbre de las Américas, hasta hoy, han ido cambiando aceleradamente las expectativas acerca de la reconstrucción de las relaciones hemisféricas. Alterando la metáfora de Fuentes, considero que cada vez es más evidente desde Latinoamérica que tanto la política doméstica como la externa de Estados Unidos contienen la duplicidad que Robert Louis Stevenson describió en El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Debo señalar, que la lectura de un trabajo reciente del respetado latinoamericanista estadounidense Howard J. Wiarda (Latin American Politics, Belmont CA: Wadsworth, 1995) me ha estimulado a repensar y a revalorizar el enorme potencial del Dr. Jekyll en este contexto histórico, a la vez que a reflexionar acerca de lo que podemos hacer para neutralizar a Mr. Hyde desde Latinoamérica.
Dr. Jekyll : A pesar de la enorme trascendencia global y hemisférica de los cambios estratégicos, sociopolíticos y económicos mundiales, y de la sacudida que éstos han significado para la posición de los Estados Unidos, la política exterior fue un tema deliberada y ostensiblemente ausente durante la campaña electoral que llevó al equipo Clinton-Gore al Gobierno, bajo la premisa de que había problemas domésticos que reclamaban cuidado prioritario. Luego, el peso de problemas y promesas difíciles de atender se unió a un ambiente de creciente distanciamiento hacia lo internacional que se profundizó con las elecciones legislativas de noviembre de 1994, con el anuncio del "Contrato con América" y con el casi inmediato proceso de definición de precandidaturas republicanas, entre otros eventos reforzadores de ese estado de ánimo. No obstante ese ambiente y la crítica a la ausencia de definiciones claras en política exterior, es importante recordar que el gobierno de Clinton se siguió ocupando de asuntos de indudable interés y proyección internacional: El final de la intervención en Somalía; la aprobación de NAFTA; el apoyo financiero al recién llegado gobierno de Ernesto Zedillo en México; la continuación del impulso a las negociaciones de paz en el Medio Oriente; la normalización de relaciones con Vietnam; la finalización de la negociación y la aprobación de los acuerdos de la Ronda Uruguay del GATT; la convocatoria de la Cumbre de Miami y la aprobación de una Declaración de Principios y un Plan de Acción a nivel hemisférico; las negociaciones para la expansión de la OTAN; la búsqueda de acuerdos con Japón en materia comercial; la intervención en Haití; el impulso a las negociaciones anglo-irlandesas; y el compromiso con las negociaciones de paz entre bosnios, serbios y croatas, incluyendo el envío de tropas conjuntamente con los socios de la OTAN. Finalizando 1995, el Presidente Clinton viajó a Europa donde participó en la definición de una nueva Agenda Atlántica y en dar nuevo impulso a las negociaciones de paz en Irlanda del Norte. Estos pasos fueron interpretados como un giro en la política exterior de Clinton, quien se aproximó así a sus orientaciones iniciales de enlargement y engagement, en contraste con la reducción de la presencia y compromiso internacional asociados a la reaparición del aislacionismo. Una lista como ésta es apenas indicativa del inevitable nivel de actividad internacional que ha debido asumir Estados Unidos en el mundo de postguerra fría, aún sin quererlo con demasiado entusiasmo y aún a partir de un cierto vacío de orientaciones "maestras". Lo que ha estado ocurriendo, como señalaba hace varios meses un análisis de la revista Time ("Uncertain Beacon", 27-11-95:14-19), es revelador de un conflicto interno aún no resuelto: que el mundo necesita el liderazgo de Estados Unidos y que a los estadounidenses sólo parece interesarles proveerlo respecto a un limitadísimo espectro de temas. No es el caso negar que el Presidente Clinton ha retado una visión prevaleciente de desconfianza hacia el mundo y de concentración el los temas domésticos, como en su compromiso con la aprobación de NAFTA, con la misión militar a Haití, con la ayuda financiera a México, y con el apoyo decisivo a las negociaciones de paz en la ex-Yugoeslavia. Por otra parte, en cuanto al papel de Estados Unidos y su capacidad de influencia en los eventos mundiales, hay un reconocimiento de esa capacidad de influencia en las prioridades que, según una encuesta reciente, los estadounidenses definen a la política exterior: Parar el flujo de drogas ilegales; proteger los empleos norteamericanos; prevenir la difusión del armamento nuclear; controlar la inmigración ilegal; y garantizar el abastecimiento seguro de energía. Precisamente esas preocupaciones, con todo y su sesgo doméstico, son el punto de partida para argumentar sobre la imposibilidad del regreso al tradicional concepto de aislacionismo, y para constatar la fatalidad de la interdependencia. Los Estados Unidos no son "aislables" de la realidad mundial: sus vínculos comerciales, energéticos en particular, financieros, ambientales, demográficos y sociopolíticos con el mundo se lo hacen muy costoso y arriesgado. Ésto plantea un desafío enorme, aún no enfrentado seriamente, no obstante las numerosas reflexiones acerca del nuevo papel de Estado Unidos en el turbulento mundo de la postguerra fría: El reto de la innovación estratégica y táctica para influir en las transformaciones del orden mundial en beneficio propio -en el de sus principios y objetivos específicos. Esto implica redefinir y/o fortalecer coaliciones y mecanismos de seguridad cooperativa alrededor de las regiones y temas que -en creciente número y complejidad- requieren atención global. La Cumbre de las Américas, que finalmente tuvo lugar en Miami en diciembre de 1994, fue precisamente un intento muy importante para redefinir agendas y estrategias hemisféricas ante temas tan relevantes como la preservación y el fortalecimiento de la democracia (que incluyó derechos humanos, lucha contra el problemas de las drogas ilícitas y contra la corrupción y el terrorismo, y medidas de fortalecimiento de la confianza mútua), la integración económica y el libre comercio, la eliminación de la pobreza y la discriminación, y finalmente, la garantía del desarrollo sostenible y la preservación del medio ambiente. Este temario logró vincular de manera sana y eficiente las preocupaciones domésticas y globales de los treinta y cuatro participantes. Así, lo característico del Dr. Jekyll es la búsqueda de nuevas fórmulas y espacios de coordinación hemisférica, percibiendo la enorme ambigüedad de la situación global y la vulnerabilidad relativa de Estados Unidos ante ella, en una actitud responsable y consciente del poder del "elefante en la cristalería."
Mr. Hyde: El analista estadounidense Alex Hybel ha señalado acertadamente en su libro Power Over Rationality. The Bush Administration and the Gulf Crisis (New York: Suny, 1993) que la percepción de invulnerabilidad de los Estados Unidos -particularmente en el período de la postguerra fría- se ha constituido en una traba mayor a la calidad de las decisiones que un momento como éste requiere de una potencia. Esa visión, anota Hybel, va acompañada de la percepción de vulnerabilidad doméstica, lo que apenas deja espacio para iniciativas de política exterior fuertemente orientadas por imperativos de política y corrientes de opinión doméstica. Ésto se ha acentuado, naturalmente, durante el período electoral, tal y como se evidencia en los temas hemisféricos que han merecido atención en los últimos meses: el enfriamiento del temario del libre comercio, el endurecimiento del bloqueo a Cuba, y la relación con Colombia. Desde luego, eventos muy diversos que no es el caso juzgar aquí en su especificidad -el levantamiento en Chiapas en enero de 1994, la crisis financiera mexicana y el efecto tequila desde finales de 1994, los "narco-casettes" y el "proceso 8.000" en Colombia, y el derribo de los aviones de "Hermanos al rescate" por la Fuerza Aérea cubana en marzo de 1996- provocaron respuestas muy enérgicas e incluso importantes virajes en la actitud inicial del Presidente Clinton, como en el caso de la Ley de solidaridad con la libertad y la democracia en Cuba (Helms-Burton). Lo que se revela como característico de Mr. Hyde, entonces, es su autopercepción de invulnerabilidad internacional, su tendencia al unilateralismo, la mala apreciación de la complejidad e interdependencia global, la proyección de su vulnerabilidad interna hacia el mundo, y la poca conciencia de su responsabilidad -por acción y por omisión- en la configuración de los procesos mundiales. A pesar de su carácter no vinculante, los términos de la propuesta programática aprobada en la que algunos han llamado la "Convención Buchanan" son buenos indicadores de la actitud recién descrita.
Desde Latinoamérica: No obstante la incomodidad que tratar con Dr. Jekyll / Mr. Hyde produce entre los latinoamericanos, las razones que impulsaron el nuevo diálogo hemisférico en Miami siguen estando vigentes. Por un lado, Latinoamérica es una región cada vez más importante para los Estados Unidos. Precisamente, el previamente citado texto de Howard J. Wiarda -que ojalá fuese leído por muchos estadounidenses... y latinoamericanos- presenta un excelente análisis de las razones que en la era de la postguerra fría recomiendan elevar la prioridad de la relación de Estados Unidos con Latinoamérica. Insiste Wiarda en que el desarrollo de una relación positiva, cooperativa, y mutuamente beneficiosa no es un proyecto idealista; antes bien, es del interés de los Estados Unidos prestar más y mejor atención a Latinoamérica y a la formación de un espacio hemisférico integrado. Las áreas específicas de interés para los Estados Unidos son: la democracia; los nuevos ámbitos de complementariedad; el petróleo; los asuntos de la nueva agenda de la interdependencia; México, como interlocutor de especial sensibilidad; y la apertura de mercados. Por otro lado, Estados Unidos sigue siendo un interlocutor fundamental para Latinoamérica, no sólo por la significación global de las relaciones comerciales y financieras, sino por el atractivo del prospecto estratégico de configurar una zona hemisférica integrada. Si examinamos con cierto cuidado las razones que detalladamente expone Wiarda, y las analizamos desde nuestra perspectiva encontraremos sin mayor dificultad una amplia zona de complementariedad de intereses.
Democracia.
Intereses económicos complementarios.
Apertura de mercados.
Agenda de la nueva interdependencia.
Energía. Vista esta amplia zona de intereses complementarios, y aún convencidos de que una nueva relación hemisférica es una necesidad y no un mero desvarío idealista, el desafío sigue siendo ¿Cómo reforzar las conductas del Dr. Jekyll? ¿Cómo promover una nueva fórmula de cooperación desde ambos lados?. Dos respetables analistas estadounidenses -Mark Falkoff y Peter Hakim- han coincidido en señalar recientemente que después de noviembre de 1996, una vez elegido el nuevo Presidente, el libre comercio hemisférico -y con él Latinoamérica- recuperarán su prioridad en la agenda de política exterior estadounidense. Creo, sin embargo, que eso no va a ocurrir automáticamente y que, aún si sucediese, no sería suficiente para construir la relación hemisférica que necesitamos para entrar con buen pie en el tercer milenio. Desde Latinoamérica tenemos que replantear nuestra relación con los Estados Unidos en los términos que exige un nuevo contexto mundial. Podemos contribuir a neutralizar a Mr. Hyde a través de políticas domésticas y exteriores que refuercen la coordinación regional y que limiten la poca racionalidad a la que suele conducir nuestra vulnerabilidad, que nos hagan más responsables y comprometidos en el manejo de los problemas regionales, y que nos hagan más asertivos y eficientes en nuestras posiciones y propuestas colectivas.
Más allá de la perspectiva tradicional de las relaciones
internacionales, debemos buscar alianzas con el Dr. Jekyll. La
fórmula es promover las vinculaciones entre interlocutores
que en Latinoamérica y en Estados Unidos compartan esta
otra visión de las relaciones hemisféricas: En las
redes gubernamentales y no gubernamentales que se ocupan de asuntos
con potencial para la coordinación y complementación
y, muy especialmente, en círculos de académicos
y analistas productores de lo que se ha dado en llamar "conocimiento
políticamente relevante", es decir, conocimiento específico
sobre Latinoamérica, sobre Estados Unidos, sobre la agenda
de cada cual y del hemisferio, y sobre las nuevas estrategias
para construir una sana y auspiciosa política hemisférica.
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